FUNDACIÓN DE QUITO

 

    QUITO,  CAPITAL  DEL  ECUADOR. La zona sobre la que está emplazada la actual ciudad de Quito estuvo poblada ya hace miles de años por sociedades de cazadores y recolectores, mantuvo una población durante el desarrollo de las primeras aldeas agrícolas y fue desarrollándose al compás de los cambios sociales, políticos y culturales de todo el área andina. Este proceso concluye con el período de los señoríos étnicos de Quito, que verán truncado su desarrollo con la llegada del Incario. Durante el período de dominación incaica todo el territorio sufrió cambios sustanciales, tanto en el plano social, económico y administrativo, como en el militar.

    Tras la llegada de los españoles al territorio, y la posterior conquista del incario representado en la cabeza de Atau Huallpa, el territorio ecuatoriano es conquistado; a partir de ese momento se fundan las nuevas ciudades hispanas, muchas de ellas sobre o junto a los antiguos asentamientos. Sebastián del Belalcázar, al llegar por segunda ocasión al sitio en el cual se ubica actualmente la ciudad, el domingo 6 de diciembre de 1534, mandó pregonar públicamente «que todos los españoles que quisiesen asentarse como vecinos, se presentasen en ese día al escribano que les mandaría señalar solares y ejidos». La mayor parte de las 204 personas que con él iban así lo hicieron. Estos hombres provenían de todas partes de España. Además, destacan un griego, Juan de Chipre; un francés, Juan Bretón; un portugués, Gonzalo Duarte; un belga, Juan Borgoñón; y dos esclavos negros, Antón y Pedro Salinas.

    Dentro del primer año de funcionamiento, la mayoría de las disposiciones legales del Cabildo estuvieron dirigidas a legalizar la condición de vecinos de la villa, a posesionarse de los solares y estancias, y a dar normas sobre las formas toleradas de obtener los privilegios económicos y sociales. También se ocuparon de desmontar las viviendas de los indígenas, ubicadas en los solares destinados a los españoles, y de trasladarlas a las afueras de la población ocupada por los conquistadores, de dictar ordenanzas sobre las actividades económicas que podían realizar los españoles y de localizar, dentro de la ordenación de la nueva ciudad, almacenes, establos, etc.

    Se desarrolló una concepción distinta del modelo de ciudad, de ahí que se optara por calles rectas y esquinas ortogonales, que no se acondicionaron a la topografía sino que se impusieron a ésta, además de por una conformación volumétrico-urbana con nuevos elementos: pretiles y atrios (San Francisco, La Catedral), retablos que al salir a la calle se convirtieron en fachadas (La Compañía) y elementos arquitectónicos convertidos en doradas, en deslumbrantes y barrocas invitaciones para ingresar a los templos (mampara del Sagrario).

    Se optó también por amplias y enormes plazas, como no se habían realizado en Europa, porque el indígena no concebía el espacio interior de un templo como el sitio adecuado para dirigirse a Dios. Por ello surgieron los espacios urbanos de transición entre el exterior y el interior: atrios y capillas abiertas.

    Una ciudad es algo más que un trazado geométrico. Es el espacio cívico en el cual se materializan las relaciones sociales y, en consecuencia, los intereses opuestos de los grupos que viven en ella.

    Tanto la ciudad como la sociedad americana que surgen en el siglo XVI son nuevas, diferentes, y hay que estudiarlas tratando de rescatar sus características, sus propias particularidades, pues el tiempo histórico permitirá conformar una gruesa plataforma de identidad cultural americana tan clara como aquellas antiguas de otras partes del mundo.

Algunas ciudades, como es el caso de Quito, sufrieron en los primeros años de la colonia (hacia 1556) un espectacular aumento de la población indígena. Las nuevas condiciones sociales explican este fenómeno: por una parte se habían atomizado las vinculaciones étnico-indígenas tradicionales en muchas comunidades, y por otra, la demanda de bienes y servicios era cada vez mayor.

    La primera descripción completa de Quito se hizo en 1573, y en ella daba la impresión de ser una población en pleno proceso de conformación.

    Bajo una vegetación de robles, alisos y cedros, y atravesada por anchas quebradas que obligaban a construir puentes, se extendían las cincuenta y siete manzanas que agrupaban los solares de los fundadores y de los nuevos vecinos.

    Se podían apreciar las calles rectas pero con frecuencia interrumpidas por la topografía o por el aprovechamiento de los vecinos, que bajo el pretexto de nivelarlas las aprovechaban como parte de su huerta.

    Mientras, en la periferia inmediata se podían apreciar las viviendas indígenas como antes de la llegada de los españoles, dispersas, con igual formalidad y presencia.

    «[En 1650] Quito tiene doscientas cuadras de tierra y en ella, quince cuadras a lo largo y al través, todas transversales y siete plazas que por oriente y poniente atraviesan al sesgo de esquina y lo mismo de septentrión al medio día. Hay edificadas dos mil quinientas casas de una y otra parte. Tiene hasta tres mil quinientos vecinos y moradores dentro de la ciudad y sus cinco leguas, sin los indios que asisten a ella, criollos y trajinantes, mujeres, niños y de todo sexo, veinticinco mil personas [...] El consistorio y Sala del Cabildo está en buen edificio, con gran portada de piedra, con rejas de hierro doradas. También dice, que hay juzgado eclesiástico bien adornado y la casería de toda la república con altos y bajos patios y algunos jardines. Unos edificios de cal y canto, otros de adobes y tierra, con buenas maderas y cubiertos con tejas coloradas que esto junto con las torres de la Catedral, contos y Compañía de Jesús, ejidos y montes, la hacen grandiosa y populosa de las mayores de este reino, que si se hubiera plantado desde su principio en campo llano, fuera muy extendida y no tan apretada como al presente está».

    (Rodríguez Docampo, «Forma de la ciudad de Quito», 1650.)

    Al desarticularse el predominante sistema de producción indígena, apareció una nueva relación entre las áreas rurales y los centros urbanos, ya numerosos, surgidos bajo estricto condicionamiento español.

    El campo quedó como sede de la producción y del enriquecimiento, mientras que la ciudad se conformó como centro del consumo, del poder económico, político y religioso. Centro donde, además, residían los empresarios o dueños de los medios de producción.

    La presencia y hegemonía de la Iglesia iba dejando huellas en la ciudad. Una tercera parte de la extensión de la ciudad estaba ocupada por construcciones religiosas, mientras la vivienda de los españoles apenas llegaba a ser la cuarta parte.

    A nivel urbano, la construcción de estas edificaciones religiosas fue durante toda la colonia la única industria importante que demandaba mano de obra, materiales y recursos económicos.

    Basta comparar la magnitud de las edificaciones religiosas con las civiles para darse cuenta de que éstas no fueron de preponderante importancia dentro de la ciudad, pero sí en el campo, en donde aparecerá una nueva característica tipológica arquitectónica: la casa de hacienda, lugar en donde se distribuye y funcionaliza el espacio según la organización social para el trabajo, así como para expresar la fusión entre el poder religioso y el civil.

    De mediados del siglo XVIII, y con motivo de la misión geodésica francesa, Jorge Juan y Antonio de Ulloa dan las siguientes descripciones de la ciudad:

    «Hacen la vecindad los llanos espaciosos, el uno por el Sur llamado Turubamba y el otro por el Norte que nombran Iñaquito [...] estos vánse estrechándose y forman con su unión una especie de garganta donde se halla Quito.

    Estuvo en otro tiempo, mucho más opulenta de lo que ya se halla, pues la disminución del vecindario y particularmente de los indios la ha minorado, como lo dan a entender las ruinas que se ven de barrios casi enteros.

    Las cuatro principales calles que atraviesan los ángulos de la plaza principal son derechas, anchas y hermosas, pero apartadas de ellas tres o cuatro cuadras, empieza la imperfección de subidas y bajadas. Esta desigualdad es causa de que no tengan uso los coches ni ningún otro carruaje; en su lugar llevan las personas de distinción algún criado que les acompaña con un gran quita sol y las señoras principales andan en sillas de manos.

    Las casas principales son muy capaces, algunas son desahogadas y bien repartidas viviendas, todas de un alto [...] pero sus puertas y ventanas [...] son pequeñas y estrechas, costumbre que se conserva de la que tienen los indios [...] los materiales usados en su construcción son adobes y lodo, pero es la tierra de tan buena calidad [...] que tienen la permanencia como si fueran hechas de otra cosa más consistente».

    Asimismo, hacen una cumplida referencia de sus pobladores:

    «El vecindario de gente baja o común puede dividirse en cuatro clases que son: españoles o blancos, mestizos, indios o naturales y los negros con sus descendientes, los primeros serán una sexta parte, los indios una tercera y también los mestizos.

    Los españoles son los de más jerarquía pero asimismo son los que en proporción son los más infelices, pobres y míseros porque los hombres no se acomodan a ninguno de los ejercicios mecánicos, concibiendo en ello, desdoro de su calidad la cual, consiste en no ser negros, pardos ni tostados.

    Los mestizos medio presuntuosos se dedican a las artes y oficios. Los indios son zapateros, albañiles, tejedores y otros».

    (Jorge Juan y Antonio de Ulloa, «Descripción de la ciudad de Quito», 1738.)

    El territorio de la Real Audiencia de Quito vivirá, con el desarrollo de los movimientos libertarios del siglo XVII, un auge de sus ansias de Independencia, expresadas con el levantamiento de agosto de 1810 y conseguida en 1822 tras la célebre batalla del Pichincha.

    Sus intereses, desde este momento y hasta 1830, se verán ligados a los del sueño bolivariano, la Gran Colombia, y el departamento del Sur, lo que algo más tarde será el Ecuador, tendrá en Quito su capital.

    Quito acentúa de esta manera su destino de ciudad histórica de importancia. En realidad no cambiará su morfología urbana, sus plazas y calles, ni siquiera su formalidad arquitectónica. Entre los finales de los siglos XVIII y XIX la ciudad no crece; se limita a copar las manzanas periféricas que llegaban hasta la Alameda.

    Hasta el siglo XIX, llegar a Quito desde otras partes del mundo era difícil. Los europeos tenían que dar la vuelta por el Cabo de Hornos o atravesar en mula Panamá para desembarcar en Guayaquil o Manta y desde ahí, emprender el ascenso hasta la ciudad, a tres mil metros de altitud. Para los norteamericanos que habían logrado iniciar su desarrollo por la costa occidental, el comercio con ella era prácticamente nulo. Quito nunca fue un centro de tránsito o de paso, sino un punto de partida o de llegada. La ubicación geográfica explica su aislamiento, que disminuirá con la apertura del Canal de Panamá.

    Por otro lado en Quito se encontraba la sede del poder, razón por la que le resultaba imprescindible tener una comunicación frecuente y fácil con Guayaquil y el resto del país. Una preocupación constante en el siglo XIX será, precisamente, la integración a través de los transportes, las comunicaciones, el comercio y la educación.

    El país, y con él Quito, comenzó a adquirir, de la mano de García Moreno, una nueva fisonomía.

    En el aspecto urbanístico, muchas casas se restauraron, otras se construyeron y se ampliaron. Esto hasta hace algunos años era fácilmente distinguible por el distintivo que sobre el dintel de la puerta principal comenzaron a poner los dueños de casas: una cruz o cualquier otro símbolo religioso que aludía a la consagración del Ecuador, que este polémico Presidente había hecho, al Sagrado Corazón de Jesús.

Quito no se expandió durante el siglo XIX, no tenía necesidad. Mejoró su aspecto, su arquitectura y hasta sus calles. García Moreno se preocupó de empedrarlas y obligar a que se las tuviera limpias. De 1861 recogemos la siguiente descripción:

    «Quito, capital del Ecuador es una ciudad de 60.000 almas situada a las faldas del volcán Pichincha. En ésta, las casa son de dos pisos casi todas, unas pocas de tres y otras pocas de los suburbios, de uno. Algunos tramos de los conventos, son de cal y piedra o cal y ladrillo y la generalidad de adobes de barro de excelente consistencia: tanto que debemos atribuir su fortaleza el que las casas hayan resistido por tantos siglos a los sacudimientos volcánicos del Pichincha. Son cómodas, bastante bien distribuidas con mejores patios y muchas con jardines y hasta huertas: han mejorado mucho en belleza y aseo [...]

    La plaza principal está conformada por la Catedral, el Palacio Arzobispal, la Casa Municipal y el Palacio de Gobierno, el cual es obra de los conocimientos de Lavezzari [...] Hay días que esta plaza presenta a la vista de los extranjeros la caprichosa unión de muchos hombres de costumbres y vestidos diferentes pues, se ven cruzando y confundidos aquí y allí al pisaverde vestido a la parisiense, al campesino o chagra con zamorros o chaquicaras, al indio de las cercanías con cuzma y capisayo, a las bolsiconas con zapatos de raso y en pernetas y con pie descalzo y a los indios del Oriente, medio cubiertos con una especie de escapularios que no pasan del ombligo, calzones que no llegan a los muslos y pintados el rostro y las piernas con achiote».

    (Pedro F. Cevallos, «Cuadros descriptivos del Ecuador», 1861).

    Las transformaciones vienen de la mano de los montoneros de Alfaro que da inicio a la moderna nación ecuatoriana, con una clara separación entre Estado e Iglesia. Estos cambios dejan su huella en Quito; así, la ciudad conventual, administrativa y tradicional pronto verá alterado su ritmo de crecimiento con la llegada del tren desde Guayaquil (1909) y con la instalación de los primeros servicios básicos: electricidad (1900), alcantarillado (1905) y tranvía (1913). Junto a la terminal ferroviaria se implantarán las primeras industrias y por lo tanto los asentamientos obreros y marginales.

    Entre 1906 y 1914 la población aumentó únicamente en 142 habitantes. Sin embargo, su área o extensión aumentó en quinientas hectáreas, pasando de 230 a 731. Quedó así marcada la densidad más baja de los primeros 70 años de este siglo.

    Pese a la Independencia y luego la Revolución Liberal, la ciudad había seguido creciendo bajo el mismo principio morfológico iniciado con la llegada de los españoles. Sin embargo, era innegable la presencia de nuevos agentes urbanos y de nuevas pretensiones formales: los solares tendrán frentes más estrechos y las casas ya no tendrán los amplios patios de antaño. El suelo, por su parte, adquiere la categoría mercantil capitalista y la construcción adopta mecanismos para acelerar la obtención de beneficios.

    La superficie urbanizada había comenzado tímidamente a romper las características de una delimitación compacta. Aquí debe verse el inicio de un fenómeno que a partir de la década de los treinta señalará una nueva tendencia morfológico-funcional del modelo de ciudad moderna. La casi natural lógica del crecimiento había logrado conservar hasta entonces una ciudad compacta, única aunque estratificada, pero no dispersa. Sin embargo, los nuevos modelos de desarrollo potenciaron la fragmentación de las antiguas haciendas cercanas a la ciudad, comenzando por las del valle Norte. Estos terrenos incorporaron un modelo arquitectónico desconocido hasta el momento en el territorio, el chalé, casa de una o dos plantas, sin ningún elemento central que se parezca a un patio y con una volumetría maciza, compacta.

    En los años treinta, por primera vez, las Instituciones del Estado realizan programas masivos de vivienda, integrados en la ciudad bajo el denominativo de ciudadelas: la Caja de Pensiones hizo 217 casas en el barrio de Bolívar, mientras que en 1938 la Caja del Seguro comenzaba la ciudadela México, con 257 casas, y el barrio Álvarez, con 25. En 1956, con motivo de la undécima Conferencia Interamericana, en la que Ecuador aspiraba a presentar su reclamación limítrofe, se construyó la Ciudad Universitaria, el Palacio de Justicia, el Legislativo, la Caja del Seguro, el Hotel Quito, y se restauró el Palacio Presidencial.

    En la década de los sesenta, el gobierno militar dictó la controvertida ley de reforma agraria, que lejos de mejorar la situación del agro la empeoró, provocando un abandono del campo con el consiguiente aumento del flujo migratorio a las ciudades. Esto dio lugar a la aparición de los barrios ilegales, los «hábitats espontáneos». Estos, en veinte años, han llegado a albergar una tercera parte de la población total de Quito.

    Los tres valles que circundan Quito, tan distantes en la Colonia, han permitido a los quiteños que ahora, a veinte minutos de desplazamiento, puedan escoger el clima más adecuado para vivir: frío-húmedo al Sur (Turubamba), templado-seco al Norte (Mitad del Mundo) y templado semihúmedo al Oriente (Tumbaco-Los Chillos). La imponente panorámica de la ciudad ya no permite diferenciar las quebradas que condicionaron el emplazamiento original ni los valles en donde pastaban los animales. Todo se ha urbanizado. Con más de un millón y medio de habitantes, el Quito de hoy tiene una longitud superior a los treinta kilómetros y un ancho mayor de apenas cuatro. Por esta razón, y como consecuencia de los condicionamientos al crecimiento impuestos por la planificación urbana, la ciudad está fragmentada en tres: al Sur, con amplia perspectiva, de construcción baja y decantación social, popular; al Norte, con un rico comercio, una arquitectura transnacional y una oferta de servicios muy buena; y el Centro, que no ha perdido su significado histórico y cultural tradicional. Sigue siendo la referencia urbana imprescindible. Además, en magnitud e importancia, Quito es el centro histórico mejor conservado de toda Sudamérica.

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