LA CONQUISTA INCA
 

    La civilización incaica es el resultado de un prolongado proceso evolutivo que, habiéndose iniciado al menos unos veinte mil años antes en la cordillera andina, viene a culminar muy poco antes de la llegada de los españoles a estas regiones del continente americano, en la cuarta década del siglo XVI. Este es el momento de máxima expansión, contando el imperio con territorios que abarcan desde la región Sur de la actual república de Colombia hasta una zona media de Chile, y desde la costa del Pacífico hasta el comienzo del área del bosque tropical amazónico, lo que viene a representar en la práctica la totalidad del área andina en sentido geográfico, y casi un 80% del área andina en sentido cultural.

    En las últimas décadas antes de la llegada de los españoles, los pueblos indígenas ecuatorianos, sobre todo de la Sierra, experimentaron la expansión incaica hacia el Norte. Aunque se trata de una ocupación bastante corta, la tenaz resistencia que opusieron los aborígenes ha dejado una gran impronta histórica en relación a la presencia cuzqueña, tal y como ya hemos visto con los cañaris.

    Incluso si la influencia del Sur está claramente establecida en algunos casos, no se puede hablar en sentido estricto de un verdadero período incaico, ya que las sociedades del Período de Integración siguieron a grandes rasgos su propio desarrollo. La dominación cuzqueña no tuvo suficiente duración como para cambiar radicalmente los modos de vida, aunque, sin duda alguna, ellos estaban en plena preparación a la hora de la conquista española. 

    Sí resulta curioso cómo la memoria histórica de los actuales grupos identifica al mundo incaico como un mundo idealizado de desarrollo, como un padre bondadoso que ayudó a las poblaciones amigas del Ecuador. Y nada más lejos de la realidad. La conquista inca fue avasalladora, cruel y extremadamente violenta, tanto física como culturalmente. Siguiendo un modelo ya establecido, impusieron el poder brutal de su fuerza y un sistema de traslados forzosos de ingentes cantidades de individuos, cuyo fin era provocar el desarraigo, facilitando el control de los distintos territorios. Con Pachacuti Ynga Yupanqui, el noveno gran Señor Inca, se inicia la conquista del territorio ecuatoriano. Este había nombrado a uno de sus hijos más jóvenes, Tupac Yupanqui, como cogobernador del Imperio (y por lo tanto su sucesor), y es en esta situación, con Pachacuti en sus últimos años de vida, cuando se emprende una de las más largas y fructíferas campañas militares de todos los tiempos. Partiendo de la región de Cajamarca y el Alto Valle del Amazonas, Túpac Yupanqui se dirige hacia el Este, hasta Chachapoyas, siendo detenido en esa dirección por la impenetrable selva, haciendo otro tanto hacia Piura y Túmbez. 

    De aquí partirá a la conquista del reino de los Cañaris, los que, tras una feroz resistencia, tendrán que capitular ante el enorme poder del ejército incaico.

    En Tomebamba, o quizás en Hatun Cañar (Ingapirca), capital de los Cañaris, residirá durante algún tiempo, dedicándose a la construcción de caminos, puentes, templos, almacenes, etc., ganándose la confianza de los recién conquistados hasta el punto de que, en lo sucesivo, constituirán uno de los apoyos más firmes y seguros de su ejército; así nos lo prueba el que, al parecer, Túpac Yupanqui constituye su guardia personal con soldados cañaris.

    Después de esta conquista se lanzará al ataque contra los Caras y los Quitos, guerra de larga duración y gran dureza en la que las tropas incaicas sufrieron grandes reveses, pero de la que saldrían finalmente triunfantes, extendiendo las fronteras del Imperio hasta el río Ancasmayo.

    Pachacuti, tras haber ejercido el poder por sí mismo, o en colaboración con su hijo, le cede el trono en el año 1471. Éste gobernará con el nombre de Túpac Ynga Yupanqui. Pachacuti se retira de la vida pública y muere pocos años después. En este momento la situación del Imperio es casi la misma que conocieron los españoles. 

    En 1493, cuando contaba al parecer más de ochenta años, Túpac Yupanqui enferma y muere en su palacio preferido, Chinchero, próximo a Yucay (Perú). El nombre del heredero era Tito Cusi Huallpa, más conocido al acceder a su dignidad de Sapay Ynga como Huayna Cápac, que había acaparado el cariño del viejo Pachacuti en los últimos años de su vida y que, por una intriga palaciega, iba a tener que luchar duramente por su legítima sucesión, a la muerte de su padre Túpac Yupanqui.

    Aunque durante el reinado de Huayna Cápac (1493-1522 ó 1530) prosiguió el esplendor del Imperio, el proceso de engrandecimiento había acabado con la muerte de su padre, al alcanzar las fronteras, posiblemente, sus límites naturales.

    En los primeros años de su gobierno hizo el recorrido tradicional por las tierras del Imperio, lo que le obligó a residir durante muchos años en Tomebamba, la capital imperial del Norte, región que por diversas circunstancias reclamaba entonces una acción y un interés más particular. 

    Huayna Cápac vuelve al Cuzco, conquista a Chachapoyas y Moyopampa y, estando en el Cuzco celebrando la victoria, le llegan noticias de la rebelión de los Quitos. Vuelve al Ecuador y vence a los quiteños, «matando en el campo al rey en una batalla que le dio y después se casó con la reina viuda, que era moza y muy hermosa y hubo en ella un hijo llamado Atahualpa, que quiere decir «gallo fuerte», tal y como recoge Gutiérrez de Santa Clara en su crónica.

    Las conquistas de Huayna Cápac siguieron más al Norte, hasta llegar al reino de los Pastos, tras lo que, una vez pacificada toda la región, vino a residir a Tomebamba, donde construyó un nuevo palacio que se llamó Mullucancha, porque sus habitaciones estaban decoradas con las rojas conchas del spondylus, y un templo del Sol y monasterio para seiscientas vírgenes o doncellas escogidas. De esta época debe ser también el ushnu de Ingapirca, edificio conocido comúnmente como «El Castillo».

    Según la tradición, fue el mismo Huayna Cápac quien, en su lecho de muerte, dividió el Imperio entre su hijo primogénito Huáscar, a quien daría la fracción meridional, con la capital en el Cuzco, y Atau Huallpa, a quien concedería la región septentrional. Pero esta versión no parece concordar con la realidad. Según otras fuentes, Huayna Cápac había designado como sucesor en primer lugar a Ninam Cuyuchi y poco después a Cusi Huallpa o Huáscar. La lucha entre ambos acabaría pronto, al morir el primero, probablemente como consecuencia de la misma epidemia de viruela que acabó con la vida de su padre.

    Pese a esta situación, parece que en un principio quedó admitida, explícita o implícitamente, la división del Imperio entre Huáscar y Atau Huallpa. Sin embargo, muy pronto (1530) se inició la feroz lucha entre ambos que acabó con la victoria y asesinato de Huáscar y su familia (panaca) por parte de Atau Huallpa y la muerte de éste a manos de los españoles, poniendo punto final a la brillante y fulgurante historia del Imperio incaico.

    A continuación, vamos a referir algunos de los elementos más destacados de la historia ecuatoriana en relación con el dominio por parte del Inca, así como su intervención en la guerra civil que acabó con el Imperio. 

    La historia nos cuenta de la conquista de Cañar por los incas que el Sapay Inca, Túpac Yupanqui, se encantó tanto con el paisaje y el clima del área que éste se volvió el rincón favorito de su imperio. Por eso, él construyó Tomebamba como una réplica del Cuzco, ciudad que sería el sitio donde nacería su hijo, el gran Huayna Cápac. 

    Esta leyenda que nos muestra al Inca como un romántico y a los cañaris como unos bárbaros ansiosos de pelea y prestos a ser derrotados es una afrenta tanto a los Cañaris como al Inca. 

    El estado Inca basa su desarrollo en las conquistas con manu militari, montando un sistema, posteriormente, que se ha dado en llamar pax incaica. No eran gentes que se enamoraban de un paisaje o clima, dedicando su vida al ocio y al reposo. Los incas en menos de tres siglos lograron controlar la casi totalidad del área andina.

    Incaización es la palabra que define su política y sus conquistas. Ellos formaban alianzas con los régulos vencidos y, de acuerdo con su importancia y la estructura social sobre las que gobernaban, se les permitía volverse más o menos incas.

    Si aplicamos esto a los Cañaris, vemos que este grupo poseía un alto desarrollo, y aunque ofreció una ardua resistencia al Inca, le fueron reconocidos sus valores y su importancia. Cómo si no explicar que el siguiente Inca naciera en Tomebamba, habiendo santificado el sitio enterrando su placenta en la plaza central; o que se construyese la fortaleza-templo de Ingapirca; o que los Cañaris integrasen la guardia personal del Inca; o que un grupo de mitimaes cañari fuese designado para cuidar la huaca más importante del incario, en la isla de Copacabana en el lago Titicaca. 

    Su lealtad al Inca, tras medio siglo de dominación, era tal que cuando surgió el enfrentamiento entre Huáscar y Atau Huallpa, ellos se pusieron del lado del cuzqueño, siendo el cacique principal Ulcocolla, con lo que se granjearon, tras los fracasos de éste en las tierras de Quito, el odio del vencedor, que asoló toda la región cañar, destruyó la magnífica Tomebamba y aniquiló a la mayoría de la población autóctona, que no había sido trasladada a otras regiones del incario.

    El cronista Juan Díez de Betanzos se extiende en los datos sobre la eficacia inicial de los ataques cuzqueños a los ejércitos de Atau Huallpa, gracias a la ayuda de los valientes cañaris, entre los que destacaron dos caciques: Rocosaca y Ucoxicha.

    El primero sucumbió en uno de los primeros combates, pero el segundo dirigió la ofensiva cuzqueña contra el tenaz Chalcochima hasta las tierras de Jauja, desafiando con arrogancia al feroz general de Atau Huallpa. Finalmente fue hecho prisionero por Chalcochima y fue mandado honrar por Atau Huallpa por su valor y lealtad.

    Atau Huallpa, que residió durante bastante tiempo en Caranque, cerca de Otavalo, contaba con el poderoso y experimentado ejército de su padre, que seguía aún en el extremo septentrional del Imperio, aún no del todo pacificado, y con una serie de veteranos generales como Chacuchima, Kizkiz y Rumiñahui. De hecho, el pucará de Caranque fue mandado construir, según recoge Betanzos, por Atau Huallpa, en los momentos de la ruptura de hostilidades con Huáscar; y en ella se proclamó e hizo reconocer por todos los señores naturales como soberano de todo el Tahuantinsuyu con el nombre de Caccha Pachacuti Ynga Yupanqui Ynga.

    La preferencia de Atau Huallpa por este lugar tan septentrional sobre los centros incaicos más sureños de Quito y Tomebamba, parece indicar que confiaba más en la lealtad de las etnias Caras que en las de Quito o los Cañaris.

    Para entender la conquista del territorio ecuatoriano por el incario nos debemos remontar cerca de 5.000 años, cuando en la costa del Ecuador la concha espinosa de labios encarnados, el spondylus princeps, era arrancado de las profundidades del mar para ser usado en ritos que propiciaban la lluvia. El uso del spondylus fue con los agroalfareros hacia el Sur andino ecuatoriano y de allí a los Andes del Norte del Perú, donde se volvió la insignia principal de un culto de lluvia, agua y fertilidad. La importancia de este culto y su subsiguiente avance por todo el Perú y hacia el Sur se puede determinar alrededor del 1.000 a. C., en Chavín de Huantar (Perú), donde las conchas de spondylus se encuentran representadas en las tallas religiosas de mayor importancia: el obelisco Tello y la estela del dios sonriente. Durante los siguientes 2.500 años, las valvas de spondylus serían la más importante parafernalia ritual de los Andes.

    Fue tan importante el spondylus que la leyenda nos cuenta que el dios incaico Pacacaisha rehusó la tradicional ofrenda de llama que le ofrecía el Inca Viracocha diciendo, «yo no como de esas cosas ... apamuy mullacta (traedme de la concha roja llamada mullo)». Mullo es la palabra quechua para el spondylus. Por treinta siglos las gentes de los Andes Sureños del Ecuador, a quienes los arqueólogos llaman las culturas de Cerro Narrío, redistribuyeron la atesorada concha al Perú, y llegó el momento en que este amplio elemento de poder y rango, unido a todo el conjunto de las rutas comerciales, tenía que caer en sus manos, así como ocurrió con la conquista.

 

 

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