LA GRAN COLOMBIA

    BOLÍVAR Y  LA  GRAN  COLOMBIA. Bolívar comenzó con la república federal creada en diciembre de 1819 en Angostura  -tres departamentos que eran Cundinamarca o la antigua Nueva Granada, Venezuela y Quito, cada uno de ellos gobernado por un vicepresidente-  para crear una nación unitaria un año después, tan pronto como la independencia empezó a ser una realidad.

    El golpe militar de Riego sorprendió al ejército expedicionario de Tierra Firme que estaba esperando refuerzos para recuperar el territorio perdido tras la batalla de Boyacá. El general Morillo recibió la orden de jurar la Constitución, poner en libertad a los presos políticos y concertar un armisticio con Bolívar. Los generales Sámano y Warleta se negaron a luchar en esas condiciones y se embarcaron para Jamaica.

    Morillo trató de concertar una negociación con el Congreso de Angostura a través de Bolívar. Éste le contestó que la única negociación posible era el reconocimiento de la independencia de Colombia, por lo que se acordó una tregua de seis meses, a partir del 25 de noviembre de 1820, y una regularización del estado de guerra para evitar matanzas inútiles.

    El 27 de noviembre Morillo y Bolívar se reunieron en Santa Ana y ratificaron el convenio. El general español se convenció de que seguir resistiendo no conducía a nada en tales circunstancias y decidió embarcarse para España en diciembre, dejando el mando del ejército a Miguel de la Torre.

El Congreso Constituyente de Colombia fue convocado por Nariño, que había regresado de España tras su liberación por el nuevo gobierno liberal, para el 6 de mayo de 1821. En él se decidió enterrar el estado federal ideado en Angostura y convertirlo en unitario, con un ejecutivo formado por un presidente (Bolívar) y un sólo vicepresidente (Santander). Tendría un legislativo bicameral y un judicial con una Corte de Justicia y unos tribunales de apelación. La capital quedaba establecida en Bogotá, la antigua Santa Fe.

    La victoria militar de los patriotas se impuso rápidamente. Bolívar rompió el armisticio y realizó una serie de acciones que culminaron con la batalla de Carabobo (24 de junio de 1821), en la que derrotó al ejército de La Torre. Los últimos efectivos realistas se encerraron entonces en Puerto Cabello, donde La Torre resistió hasta noviembre de 1823.

    Tras Carabobo, los patriotas se volcaron en la antigua Nueva Granada o Cundinamarca, tomando en octubre de 1821 Cartagena. Bolívar dejó en la costa el baluarte realista de Santa Marta, de escasa importancia y que terminó cayendo en 1823, y se dirigió a Popayán, en diciembre de 1821 para acabar con la resistencia pastusa. Tras arduos combates logró entrar en Pasto en Junio de 1822.

    Mientras tanto en Quito hubo que plantear dos batallas: una contra los realistas y otra contra los propios patriotas, que siendo partidarios de la independencia veían con reticencia su integración en Colombia. El 9 de octubre de 1820 estalló un movimiento independentista en Guayaquil que instaló una Junta de Gobierno, cuya presidencia recayó en León de Febres Cordero, mientras que las funciones civiles fueron para el poeta José Joaquín de Olmedo.

    El general Antonio José de Sucre fue enviado por Bolívar, junto con un millar de hombres, para en primera instancia apoyar la revolución contra las fuerzas realistas bajo el mando del general Aymerich, y posteriormente convencer a los patriotas de la conveniencia de unirse a Colombia, lo que aceptaron al fin como una solución provisional.

    Las tropas libertadoras acantonadas en Guayaquil se organizaron para abatir los últimos baluartes del poderío español. El día 22 de abril de 1822, al mando de las argentinas y chilenas, el general bonaerense Lavalle expulsa a los realistas de Riobamba. Las tropas restantes, unidas a los guayaquileños y a los patriotas del interior, al mando del futuro mariscal de Ayacucho logran el armisticio de Babahoyo y, desde Santa Rosa, barren los últimos retazos del dominio español en las provincias de Loja y Cuenca.

    Bolívar había proyectado originariamente libertar Panamá después de Venezuela, y luego ir hacia el Sur, por mar, hasta Guayaquil. Sin embargo, la principal razón que llevó a Bolívar a marchar hacia el Sur fue el miedo a que San Martín pudiera llegar antes al Ecuador y lo reclamara para el Perú. Los acontecimientos se desencadenaron, y Panamá se encontró con una situación inmejorable para acceder a su liberación de una forma incruenta.

    Todo se debió a que Juan de Sámano llegó a Panamá como virrey de Nueva Granada y estableció un gobierno fuerte para impedir el progreso de la independencia, cortado rápidamente por su improvisada muerte. Accedió al mando el mariscal de campo Juan de la Cruz Murgeón, que comprendiendo la importancia de la batalla que se estaba librando en Quito, hizo reunir todos los efectivos militares panameños que encontró para enfrentarse con ellos a Bolívar y Sucre, dejando libre de fuerzas el territorio panameño, lo que favoreció su proceso de liberación.

    Mientras tanto, Sucre dirigió distintas operaciones contra los realistas para evitar que éstos concentraran sus fuerzas en el Norte, donde estaba Bolívar empeñado en la batalla de Pasto.

    En Quito, Sucre se vio atrapado en un laberinto político, estorbado no sólo por los realistas que le cerraban el camino a la capital, sino por las distintas facciones que peleaban dentro de Guayaquil, dividida como estaba entre quienes querían la independencia tanto respecto de Colombia como de España, y los que pedían la unión con el Perú. Pero Sucre necesitaba de los insurgentes de Guayaquil y éstos necesitaban de Sucre y de Colombia. Así, sin mencionar el estatuto de Guayaquil se firmó una alianza en mayo de 1821. Sucre podía defender la costa de modo efectivo, pero continuaba sin tener el poder para pasar por las tierras altas hasta Quito, y en ese frente quedó encantado de aceptar un armisticio en noviembre de 1821. Protegida por la cordillera por el Oeste, Quito era también inexpugnable desde el Norte, donde los enclaves realistas cerraban los pasos de montaña a la revolución.

    Finalmente Sucre, tras atravesar las alturas de la cordillera en abril de 1822, en vez de atacar por el Sur como se esperaba, avanzó desde el Norte, y el 24 de mayo dio la gran batalla del Pichincha, con su extinguido volcán cubierto de nieves eternas, que fue un gran triunfo patriota y supuso la liberación del territorio que luego sería ecuatoriano. Sucre entraba victorioso en Quito y aceptaba la rendición del Gobernador Aymerich.

    Quito aceptó integrarse en Colombia, pero Guayaquil siguió defendiendo su independencia, por lo que el Libertador tuvo que ir personalmente a dicha ciudad en julio de 1822 para convencer a los guayaquileños. La anexión de Guayaquil y la entrevista con San Martín fueron los grandes hechos de aquel julio de 1822.

    El 16 de junio de 1822 el Libertador entró en la capital, pero sólo para dejar a un no muy contento Sucre como presidente del nuevo departamento de Quito.

    A su llegada a esta ciudad Bolívar conoce a la ecuatoriana Manuela Sáenz, una criolla ilegítima. Esta joven se convirtió en su celosa amante, que le acompañaba del campamento al campo de batalla y de ahí al Palacio Presidencial, tan enamorada de la causa de la liberación como de los hombres que la defendían y, sobre todo, de aquel cuyos designios dirigía.

    En mayo de 1830, cuando Bolívar abandonó Bogotá obligado a un exilio desesperado, dejó atrás a una Manuela amargada que intentó suicidarse siete meses más tarde al recibir la noticia de la muerte del Libertador, y que pasó sus últimos días vendiendo caramelos y tabaco en una pequeña ciudad del Perú.

    Volviendo a junio de 1822, mientras Sucre quedaba en Quito, Bolívar se encontraba en Guayaquil, uno de los más intratables y difíciles problemas de su carrera y causa de una creciente tensión entre Colombia y Perú. Tomó la precaución de enviar tropas a Guayaquil, y allí fue él en persona, como ya hemos apuntado, a principios de julio.

    Colombia quería Ecuador y Ecuador necesitaba de Guayaquil. Económicamente las tierras altas no tenían salida al mar. Bolívar se aprovechó también de la necesidad de salvar Guayaquil del dominio de la plebe: «Sólo vosotros os veíais reducidos a la situación más falsa, más ambigua, más absurda, para la política como para la guerra. Vuestra posición era un fenómeno, que estaba amenazando la anarquía; pero yo he venido, guayaquileños, a traeros el arca de salvación». Y el 13 de julio decretó la formal incorporación de Guayaquil a Colombia, posteriormente confirmada por el «voto» de los guayaquileños.

    Bolívar esperó ahora la llegada de San Martín y los dos libertadores se entrevistaron durante dos días, el 26 y el 27 de julio.

 

    LA  ENTREVISTA  DE  GUAYAQUIL. La entrevista de Guayaquil es, sin duda, uno de los episodios más controvertidos de toda la campaña libertadora de Sudamérica. San Martín, debido a sus ideas monárquicas, se veía cada vez con una mayor oposición entre los peruanos, siendo su única salida el negociar con Simón Bolívar, el gran libertador del Norte. Pero no podía esperar una fácil solución ya que la asociación con el Libertador planteaba más problemas que resolvía: puso a discusión la base entera de la colaboración militar, exacerbó el asunto monarquía frente a republicanismo, e introdujo el problema del conflicto de intereses por Guayaquil.

    Guayaquil era una importante base naval, un centro de construcción de buques y un puerto importante. Estratégica y comercialmente era indispensable para la revolución,

y de gran importancia para los intereses de la República de Colombia que representaba Bolívar. A fines de 1820 Guayaquil se declaró independiente, formó un nuevo gobierno y abrió sus puertas al comercio exterior. Los dos generales querían contar con este estratégico centro neurálgico: San Martín lo quería para Perú, aunque reconocía su derecho a decidir su propio futuro político; Bolívar, por su parte, sostenía que debía unirse a Colombia sobre la base de que la presidencia de Quito, en donde se incluía la provincia de Guayaquil, había pertenecido al virreinato de Nueva Granada y lo consideraba como materia no negociable.

    A finales de 1821, San Martín contaba con algún poder negociador, porque Bolívar tenía dificultades para libertar Ecuador y necesitaba de la ayuda de la división proporcionada por San Martín, bajo el mando del coronel Andrés de Santa Cruz. Sin embargo, tras el golpe de mano de Sucre y su victoria en Pichincha, Bolívar tenía todas las cartas en su mano. De este modo, al ir aproximándose a Guayaquil, San Martín tenía clara la situación: él era el que proponía y Bolívar el que disponía.

    Bolívar fue el prototipo del criollo: ambicioso, paternalista, impaciente, siempre seguro de sus métodos y de sus metas. Su brillantez brotaba de la singular intensidad de su visión, que fue capaz de llevar la liberación a un continente, pero que fracasó al valorar la dinámica de las nuevas naciones. Su contrapunto argentino, José de San Martín, era estoico, taciturno y retraído, el complemento ideal de Bolívar. La única vez que se encontraron, en Guayaquil, para planear el futuro de la Gran Colombia y del Perú, uno de los grandes momentos del Ecuador, la actitud obstinada de Bolívar envió a un exasperado San Martín al exilio europeo.

    San Martín llegó a Guayaquil el 26 de julio de 1822, donde le esperaba Bolívar. Aquel día hablaron una hora y media sin testigos, mientras que en la siguiente jornada la entrevista se alargó por algo más de cuatro horas, también sin la presencia de testigos. Luego hubo un baile para los dos libertadores del que salió San Martín para embarcarse de regreso a El Callao. Lo tratado lo conocemos por la correspondencia posterior entre ambos personajes y por fuentes indirectas. San Martín le pidió ayuda militar a Bolívar y se ofreció, como posibilidad, a estar bajo sus órdenes en la campaña del Perú. Bolívar se negó a aceptarle como subordinado, ofreciéndole poco más de mil hombres.

    Ante esta posibilidad y la diferencia de pensamiento sobre el sistema de gobierno, Bolívar no quería una monarquía en Sudamérica, San Martín interpretó que su presencia era un obstáculo para la liberación del Perú  -que pensó emprendería Bolívar en cuanto desapareciera-  y decidió salir de la campaña.

    Al regresar al Perú convocó el Congreso para el 20 de septiembre, presentó en él su renuncia al mando y anunció su deseo de dejar la vida pública. Ese mismo día dirigió un mensaje de despedida en Pueblo Libre en el que manifestaba su satisfacción por haber presenciado la declaración de independencia de Chile y Perú, con lo que consideraba cumplidas sus promesas de hacer la independencia de los pueblos.

    Ese mismo día abandonó Perú y partió entonces hacia Chile, desde donde pasó a Mendoza para posteriormente, en febrero de 1824, partir hacia Europa donde se autoexilió voluntaria y casi ininterrumpidamente. Vivió entonces en Bélgica y Francia, muriendo en este último país en el año 1850.

 

    ECUADOR  Y  LA  LIBERACIÓN  DEL  PERÚ. Libre el territorio que pocos años después se conformaría como la República del Ecuador, se continúa la lucha, entre 1822 y 1824, por parte de los ecuatorianos por la liberación de Perú. Los batallones Pichincha, Yaguachi, Voltígeros, Vencedores y Quito, integrados por quiteños, guayaquileños y cuencanos, colaboraron muy activamente en la liberación del territorio peruano, plantando en Junín el estandarte republicano.

   Afirma el historiador colombiano Restrepo que «los departamentos del Ecuador (así denominábase el Norte de la sierra ecuatoriana), Azuay y Guayaquil hicieron en aquellas circunstancias grandes y dolorosos sacrificios y parecía que nada les costaba». Aparte de proveer de alimentos, municiones, caballos, mulas, vestidos, equipo, etc., los tres departamentos exprimieron sus angustiadas arcas para contribuir en numerario: Quito con doscientos mil pesos; Guayaquil con ciento sesenta mil; y Cuenca con una cantidad algo inferior. En total unos 20 millones de sucres de moneda actual.

 

    EL  FIN  DEL  SUEÑO  BOLIVARIANO. El año de 1830 marca el fin del sueño de unidad del Libertador y, tristemente también, el final de su existencia. Morirá con la desdicha de ver cómo el abismo que preveía en su «delirio en el Chimborazo» se abría, tragándose todas sus expectativas de unidad y desarrollo para Sudamérica.

    Ese mismo año, Sucre, el sucesor elegido por el Libertador, fue asesinado en el camino de Bogotá a su residencia en Quito. Este hecho influyó sobremanera en un Bolívar enfermo de muerte que exclamó, al recibir la noticia, «han matado a Abel». En Santa Marta, el litoral septentrional del Continente que él había transformado, en casa del español Joaquín de Mier, muere Simón Bolívar el 17 de diciembre de 1830, como un hombre derrotado y frustrado, que resumía su vida con estas palabras: «Hemos estado arando en el mar».

    La Gran República comenzó su existencia en época difícil. Sin embargo muy pronto su independencia es reconocida por  Gran Bretaña (1822), mientras que en 1823 la República Mexicana establece relaciones con su hermana colombiana. No había crédito con el que comenzar a levantar el nuevo estado, pero se logró negociar un empréstito con Inglaterra, mejorando la situación al entrar el año 1825. Mientras tanto, el prestigio de Bolívar como estadista iba creciendo.

    Sin embargo, poco a poco el inconformismo con la situación política planteada por Bolívar fue aumentando. Empezaron a circular rumores de que el Libertador quería coronarse Emperador y se decía que la Constitución Vitalicia que había elaborado para Bolivia iba a ser impuesta en la República de Colombia. El rumor se divulgó ampliamente en Perú, que había nacido a la independencia sin las antiguas provincias de Quito y Alto Perú.

    La idea de una Confederación de los Andes (Nueva Granada, Venezuela, Quito, Perú y Bolivia) no agradaba a los independentistas, que acababan de sacudirse el yugo del imperio español. Además no había entendimiento entre los distintos vicepresidentes de la República: José Antonio Páez, que gobernaba en Venezuela, desconfiaba de Santander, que lo hacía en Nueva Granada, por como había negociado el empréstito con Inglaterra; en Quito, el general venezolano Juan José Flores, esperaba el momento para desligarse de su antiguo caudillo Bolívar.

    Además había cuadrillas de rebeldes y facciones políticas que se levantaban en armas, y el reclutamiento de soldados era motivo de resentimiento, sobre todo en  Caracas; y los nuevos países empezaron a manifestar grandes desacuerdos sobre sus demarcaciones fronterizas. Bolívar mediaba en todos ellos, pero sólo lograba acuerdos forzados, sin fe en el entendimiento.

    En 1828 se reunió la Convención de Ocaña para dilucidar los problemas políticos. Santander rechazó la proposición de introducir la Constitución Vitalicia y aunque el partido de Bolívar pudo aún conservar la dirección de los negocios públicos, en Perú se inició la lucha contra lo que el Libertador representaba. Poco tiempo después el ejército peruano invadía Bolivia, y el partido contrario a Bolívar fue ganando adeptos, llegándose al atentado fallido contra su persona en 1828. El general La Mar sublevó a los guayaquileños y hubo guerra entre Perú y Colombia, y en 1829 dos nuevos generales se levantan en armas.

    1830 marcará el fin del sueño: Páez convocó un Congreso con el objeto de declarar la autonomía de Venezuela; Santander queda al frente del gobierno de Nueva Granada; Quito rechaza su anexión a Colombia y declara su independencia; Sucre, el fiel amigo del Libertador muere asesinado. La existencia de la «Gran Colombia» termina, junto con la vida del Libertador Simón Bolívar.

 

    EL  FIN  DEL  SUEÑO  BOLIVARIANO. El año de 1830 marca el fin del sueño de unidad del Libertador y, tristemente también, el final de su existencia. Morirá con la desdicha de ver cómo el abismo que preveía en su «delirio en el Chimborazo» se abría, tragándose todas sus expectativas de unidad y desarrollo para Sudamérica.

    Ese mismo año, Sucre, el sucesor elegido por el Libertador, fue asesinado en el camino de Bogotá a su residencia en Quito. Este hecho influyó sobremanera en un Bolívar enfermo de muerte que exclamó, al recibir la noticia, «han matado a Abel». En Santa Marta, el litoral septentrional del Continente que él había transformado, en casa del español Joaquín de Mier, muere Simón Bolívar el 17 de diciembre de 1830, como un hombre derrotado y frustrado, que resumía su vida con estas palabras: «Hemos estado arando en el mar».

    La Gran República comenzó su existencia en época difícil. Sin embargo muy pronto su independencia es reconocida por  Gran Bretaña (1822), mientras que en 1823 la República Mexicana establece relaciones con su hermana colombiana. No había crédito con el que comenzar a levantar el nuevo estado, pero se logró negociar un empréstito con Inglaterra, mejorando la situación al entrar el año 1825. Mientras tanto, el prestigio de Bolívar como estadista iba creciendo.

    Sin embargo, poco a poco el inconformismo con la situación política planteada por Bolívar fue aumentando. Empezaron a circular rumores de que el Libertador quería coronarse Emperador y se decía que la Constitución Vitalicia que había elaborado para Bolivia iba a ser impuesta en la República de Colombia. El rumor se divulgó ampliamente en Perú, que había nacido a la independencia sin las antiguas provincias de Quito y Alto Perú.

    La idea de una Confederación de los Andes (Nueva Granada, Venezuela, Quito, Perú y Bolivia) no agradaba a los independentistas, que acababan de sacudirse el yugo del imperio español. Además no había entendimiento entre los distintos vicepresidentes de la República: José Antonio Páez, que gobernaba en Venezuela, desconfiaba de Santander, que lo hacía en Nueva Granada, por como había negociado el empréstito con Inglaterra; en Quito, el general venezolano Juan José Flores, esperaba el momento para desligarse de su antiguo caudillo Bolívar.

    Además había cuadrillas de rebeldes y facciones políticas que se levantaban en armas, y el reclutamiento de soldados era motivo de resentimiento, sobre todo en  Caracas; y los nuevos países empezaron a manifestar grandes desacuerdos sobre sus demarcaciones fronterizas. Bolívar mediaba en todos ellos, pero sólo lograba acuerdos forzados, sin fe en el entendimiento.

    En 1828 se reunió la Convención de Ocaña para dilucidar los problemas políticos. Santander rechazó la proposición de introducir la Constitución Vitalicia y aunque el partido de Bolívar pudo aún conservar la dirección de los negocios públicos, en Perú se inició la lucha contra lo que el Libertador representaba. Poco tiempo después el ejército peruano invadía Bolivia, y el partido contrario a Bolívar fue ganando adeptos, llegándose al atentado fallido contra su persona en 1828. El general La Mar sublevó a los guayaquileños y hubo guerra entre Perú y Colombia, y en 1829 dos nuevos generales se levantan en armas.

    1830 marcará el fin del sueño: Páez convocó un Congreso con el objeto de declarar la autonomía de Venezuela; Santander queda al frente del gobierno de Nueva Granada; Quito rechaza su anexión a Colombia y declara su independencia; Sucre, el fiel amigo del Libertador muere asesinado. La existencia de la «Gran Colombia» termina, junto con la vida del Libertador Simón Bolívar.

 

 

    LA  INDEPENDENCIA  Y  SUS  CONSECUENCIAS. La Independencia puso fin al monopolio español, eliminó a la antigua metrópoli y confirió a Hispanoamérica un acceso directo a la economía mundial. Los comerciantes e industriales británicos, o sus agentes, irrumpieron con presteza en los nuevos mercados en busca de ventas rápidas a bajo precio, vendiendo tanto a los sectores populares como a las elites. Gran Bretaña no era sólo el mayor exportador a Iberoamérica, sino que también era el principal mercado para la exportación latinoamericana.

    Existió al principio un desequilibrio comercial, dado que las exportaciones agrícolas y mineras hispanoamericanas se estancaron y el capital local se gastaba en importaciones en lugar de acumularlo para la inversión. Los principales poseedores de capital, como eran la Iglesia y los comerciantes, tenían pocos estímulos para invertir en la industria a falta de un mercado fuerte y protegido. Resultaba más fácil permitir que los productos manufacturados británicos invadieran el mercado, incluso a expensas de los productos locales.

    Los líderes de la Independencia comenzaron reivindicando libertad y acabaron reivindicando autoridad. El pensamiento y la práctica políticos en el período posterior a la liberación tendían a favorecer un poder ejecutivo fuerte y la centralización. Durante las guerras estas tendencias se justificaban por la necesidad de derrotar a España, defender los nuevos Estados y conseguir la confianza de las potencias extranjeras.

    Tras la guerra cambiaron las preocupaciones. El desorden político continuado y el empeoramiento de las expectativas económicas persuadieron a los líderes políticos de la necesidad de gobernar a los hispanoamericanos con mano dura si querían evitar la anarquía y la guerra civil, e imponer la ley y el orden.

    Los instintos políticos se hallaban polarizados, y en el período de 1820 surgieron dos modelos constitucionales: el del gobierno centralizado, inspirado por la Constitución española de 1812, y el de un estado absolutista por el que abogaba Simón Bolívar. Las elites criollas se sintieron atraídas hacia el modelo de Cádiz porque trataba problemas que les concernían directamente y que eran peculiares del mundo hispano.

    Mientras la elite civil se inspiraba en el constitucionalismo liberal como referencia para su pensamiento político, otros elementos de los grupos dominantes, en especial el grupo de los militares, eran herederos de otra tradición política, la del absolutismo ilustrado, cuyo representante más distinguido era, como ya hemos dicho, Simón Bolívar.

    En la práctica, el modelo propugnado por el Libertador no fue capaz de granjearse el suficiente apoyo para sobrevivir. La dificultad consistía en encontrar un presidente cualificado y merecedor del cargo. Pese a todo, constituciones con esta base fueron adoptadas en casi todos los países del área. En 1843 fue proclamada con este espíritu una Constitución en Ecuador, de la mano de un ex oficial de Bolívar, el general Juan José Flores, en este caso con un mandato presidencial de ocho años y el senado vitalicio  designado por él.

    El poder político será ejercido, a partir de la Independencia, por los que ostentaban el poder económico, y éste radicaba en la tierra. Así, la elite urbana, que había ostentado el poder durante la Colonia, no supuso una fuerza poderosa en las nuevas ciudades.

    Se produjo, pues, un vuelco en el equilibrio del poder, que pasó de la ciudad al campo, y éste se mantenía firme en manos de un grupo reducido de criollos que comenzaron a movilizar la mano de obra de un modo más eficiente que el que se les había permitido en el período colonial.

    Socialmente se producen cambios en la estructura instaurada por España, aunque no con la rapidez que cabría esperarse, sobre todo por parte de los grupos menos favorecidos y que colaboraron activamente en la liberación de los distintos territorios.

    En general, la cronología de la abolición estuvo determinada por el número de esclavos que había en cada país y por su importancia económica. Sin embargo, la emancipación de esclavos es algo muy difícil. De hecho, pese a la revuelta de negros en Ecuador (1825-1826), no se facilitaron las circunstancias apropiadas para esta liberación.

No cabe separar la cuestión de la esclavitud en Hispanoamérica del régimen agrario al que estaba sometido el resto del campesinado, al que el propio ex esclavo solía unirse.

    Por su parte los indios fueron, en cierto sentido, emancipados, porque ahora eran ciudadanos libres y en la mayoría de los países fueron liberados del peso del tributo. La tesis liberal blanca era que los indios debían ser hispanizados y, a ser posible, se debía legislar para que dejaran de existir como grupo, declarándoles libres de tributo y otorgándoles propiedades privadas de tierras. De esta manera se intentaba hacerles individualistas e independientes y no súbditos protegidos del Estado, integrándoles en el orden social estatal.

    Si las expectativas de los negros y los indios no experimentaron prácticamente ninguna mejora con la Independencia, las de las razas mezcladas, los mestizos y los pardos no eran mucho mejores. Supuso ciertas ventajas en su condición legal y en promociones militares, pero dichos beneficios fueron a parar a unos pocos solamente. Los mestizos y pardos libres de la costa se vieron confinados al sector de servicios y a los talleres locales, y sus perspectivas en la industria textil se vieron frenados por la competencia extranjera.

    La población blanca disminuyó a causa de las bajas de la lucha y a la emigración; y tras la guerra, el grupo de elite se encontraba en una desventaja demográfica aún mucho mayor. Los pardos exigían ahora la liberación de las restricciones tradicionales que la ley y la sociedad les imponía y comenzaron a aspirar a oportunidades hasta entonces reservadas a los criollos.

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Bibliografía: Infopedia en Español