Quito, Luz de América

 

Escudo de Quito

 

 

 

Texto: Carlos Villamarín Escudero

 

   Situada en la avenida de los volcanes e imponente como los níveos colosos que se divisa desde su balcón, Quito resplandece y hechiza como la preciosa joya que lo es. Egregia soberana de los Andes, cual cóndor irreductible que tiende sus alas hacia horizontes de libertad, incapaz de continuar sometida a la tiranía del colonialismo español que se abatía sobre América cada vez con mayor salvajismo, elevó su altiva voz para hender el ámbito con el primer grito de independencia, ganándose honrosamente el calificativo de “Luz de América”.

 

   A la sazón, Iberoamérica se hallaba crecida y configurada para independizarse y la proclama lanzada desde el Pichincha encontraría resonante eco en ella. Mas la factura que por tal episodio le presentó a Quito el opresor, fue realmente costosa. Sin embargo, generosa con la sangre de sus hijos, al verse atrapada en el torbellino de la conflagración que ella misma la desencadenara, aceptó con dignidad el sacrificio impuesto. Fue así que la búsqueda de su emancipación política no sufrió menoscabo por el holocausto de los mártires del 2 de agosto de 1810, que más bien le valió para acrecentar la hoguera cívica que se mantendría incólume hasta alcanzar la independencia con la gloriosa Batalla de Pichincha.

 

   A partir de entonces, Quito, desde su encumbrada posición histórica y topográfica, marca el ritmo de la marcha de la Patria hacia campos promisorios, segura de romper nuevas cadenas que amenacen con despojar su libertad. 

 

Tesoros arquitectónicos de la ciudad.
 Quito, patrimonio cultural de la humanidad.

 

 
 

 

 

Plaza de la Independencia. La Catedral Metropolitana, en primer plano. Al fondo, el palacio de Carondelet, conocido también como Casa Presidencial, es la sede del representante de la Función Ejecutiva del Gobierno ecuatoriano.

   

Quito, ciudad sin igual

   Quito, majestuosa ciudad, loada por trovadores y poetas hechizados por el fulgor de su belleza, cortejada y sitiada por arribistas politiqueros que la sienten suya en el festín de sus sueños impúdicos, obsesión de tiranuelos de aldea que ansían someterla a su déspota égida, nombrada por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad, regazo maternal de nativos y extranjeros, difícilmente se verá amenazada por la competencia de una rival. Cuando cierto afamado turista, que no encontraba placer sino en contemplar las maravillas del mundo, refiriéndose a Quito, afirmó exaltado que como ella no existía otra, simplemente se ciñó a la escueta verdad. Porque el embrujo que ejerce Quito no estriba únicamente en la espléndida arquitectura religiosa, plasmada con estética genial, y en la perfección alcanzada por el arte de la escultura y la pintura, sin igual en Sudamérica. Si bien, sus templos con sus maravillosas fachadas e interiores dominados por una extraordinaria profusión de elementos decorativos casi siempre chapeados en finísimo oro, son auténticos monumentos. Tampoco depende su proverbial atractivo exclusivamente de ese peculiar sello que imprimen las angostas y sinuosas calles al serpentear perezosas las laderas de la urbe, pues él sólo contribuye a reforzarlo. Mas estos atributos coadyuvan a configurar solamente la grandeza tangible de ella.

 

   Pues Quito cuenta además con otra cualidad tanto o más importante que las anteriores, aunque ésta no se la ve sino con los ojos del alma. Mimetizada en el aire, pero mucho más sutil que éste, se filtra en el ser para rozar sus fibras más sensibles. Es el espíritu de la hidalga ciudad que, en su condición de liberal anfitrión, no restringe indulgencias en beneficio de sus huéspedes. Se lo percibe por doquier abstraído en dotar de una suerte de mágica sensibilidad a los objetos yertos, que de pronto parecen haber adquirido vida y que sólo esperan el momento oportuno para establecer diálogo. Se adivina que las calles, plazas y edificios desean con vehemencia relatar las vicisitudes acaecidas a la venerable ciudad en su luengo recorrido por el irreversible camino del tiempo.

 

   La atmósfera destila una deliciosa esencia de naturaleza espirituosa y susceptible de poder libarla por vía respiratoria, la cual origina una dulce y extraña sensación semejante a la embriaguez, pero que, en vez de adormecer la mente, la confiere una levedad inusitada. Se trata del nepente con que los dioses del Olimpo, antes de ser desplazados por el cristianismo, honraban sus célicos festejos. El ambiente se vuelve propicio para dar vuelo a la imaginación.

 

   Pero ¿pertenecen nada más que al plano de la imaginación esas sensaciones?

 

    Al arribar a la Plaza de la Independencia, escenario de mil acontecimientos políticos que habrían de perturbar diversas ocasiones la sosegada marcha de la Patria, surge de improviso, en su circunspecta elegancia, la gran catedral. Se muestra parca en detalles decorativos. Ciertamente, en nada se parece a la de San Basilio (Moscú) ni a la de Notre Dame (París), pero al igual que éstas resplandece de belleza. Y contiguo a la catedral, formando ángulo recto con ella, se yergue el magnífico palacio de Carondelet, impresionante como el Taj Mahal, aunque su estilo nada tiene que ver con el arte mongol sino con francés. Es sede del Gobierno ecuatoriano y cualquier ciudadano tiene libre acceso a él. Su amplio pasaje, que se mantiene en perenne contemplación del emblemático monumento a la Libertad, levantado en el centro de la plaza adyacente, y el típico balcón, el cual se abre a un dilatado horizonte, suscitan inevitablemente reminiscencias vinculadas con personajes históricos mártires de la Libertad unos y buzos expertos de las túrbidas aguas de la política otros, y tanto éste como aquél se ven poblados de errabundas sombras que adquieren gradualmente forma humana, que de inmediato entran en posesión del don de la palabra. Dejan, por un instante, pasear su parsimoniosa mirada sobre una multitud apoteósica, visible y audible sólo a sus órganos sensores de fantasmas, mientras se disponen a pronunciar floridos discursos elaborados de frases lapidarias.

 

   ¡Si queréis revolución, hacedlo primero en vuestras almas! Sin amilanarse, sin amilanarse… pronuncia con vehemencia la sombra de un elegante y demacrado caballero, mientras esgrime su afilado dedo índice como si quisiera atravesarlo un blanco en movimiento. El celebérrimo orador ha sido reiterado huésped de Carondelet, ya que por cinco ocasiones fue presidente la República.

 

   En el escenario se destacan nuevas sombras que profieren a su vez estentóreas expresiones, que no producen el efecto hipnótico de la primera y dan más bien la sensación de rebotar en el ámbito como si se tratara de granizo sobre una dura superficie. Carondelet, en su aristocrático señorío, se enciende de rubor. El encanto del espectáculo se rompe estrepitosamente por la  nada afortunada intervención de los últimos espectros, que aún persisten en asumir protagonismo político. Felizmente, la urbe, poco más allá, guarda otros mirajes dignos de admiración.

 

    Pero las voces no cesan al dejar Carondelet, especialmente de quienes escribieran las gloriosas páginas de la historia de la urbe y de la misma Patria. Procedentes de las profundidades del pasado, están presentes por doquier. A sólo una treintena de metros del palacio de los Presidentes, en dirección del Panecillo, exactamente enfrente del portal de la antigua casona universitaria, irrumpe una alocución firme y perentoria que se hunde en la conciencia como un flamígero rayo, no obstante pertenecer a una hermosa y delicada dama. La frase es bien conocida, pertenece a doña Manuela Cañizares, La Santa de la Libertad, y dice: "¡Cobardes… hombres nacidos para la servidumbre! ¿De qué tenéis miedo…? ¡No hay tiempo que perder…!"

 

   En Quito, joyel sin otra cobertura que el cielo abierto, donde se exhibe mejor el legado cultural que ilustra las actividades del hombre americano de la época colonial, apenas hace falta desplazarse para encontrarse junto a lugares históricos y consagrados por la fama. Así, la iglesia de la Compañía, receptáculo de una de las mayores colecciones de arte religioso de Hispanoamérica, con su pétrea fachada profusamente engalanada, con dominio de los relieves, y una extraordinaria abundancia de elementos decorativos que se combinan con columnas talladas en espiral, se levanta prácticamente a dos pasos de la catedral. Un poco más allá, en toda su grandiosidad, se alza la iglesia de San Francisco, que se diría esculpida en un gigantesco diamante. Es el templo más grande de la ciudad: “Treinta mil metros cuadrados de su planta, con tres iglesias, siete claustros y una huerta (Ernesto La Orden). Fue construido sobre las ruinas humeantes del palacio de Atahualpa.

  

   La iglesia de Santo Domingo con su hermoso arco y con su solitaria torre que parece inconsolable por la pérdida de su hermana gemela durante un violente terremoto, la de La Merced, la de San Marcos, la de San Agustín, la de Santa Bárbara, la del Robo y tantas otras más se hallan sólo al doblar la próxima esquina.

 

   Y en cada uno de estos monumentos de la arquitectura, del arte y de la belleza, realizados por quiteños durante la dominación española, como el aroma en la flor, esta presente ese hálito mágico que le da a Quito singular seducción.


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