La chuquiragua, flor símbolo de los Andes, cual preciosa gema, adorna la corona del Quilotoa, volcán y laguna, ubicado en la Cordillera Occidental y a escasa distancia de Sigchos.

Paisaje sigchense con las pirámides gemelas del Iliniza al fondo. La vista occidental de estos albos colosos es poco conocida.   

Impresionante cascada, situada a pocos
kilómetros de la ciudad de Sigchos 

  HIMNO A SIGCHOS

      SIGCHOS

 

  Biodiversidad

 

  Atractivos

     (BALCÓN DE LOS ANDES)  

   

  A mi tierra

Texto: Dr. Carlos Villamarín E.

         La incomparable Sigchos, perenne flor del altiplano, a la cual el prolongado tránsito del tiempo no ha conseguido marchitar su lozanía, ni las vicisitudes su belleza. El sempiterno esplendor que disfruta es la consecuente expresión de la eterna primavera que privilegia al país de la mitad del mundo, donde el clima se ha detenido precisamente en la más benigna de sus estaciones y donde la diáfana atmósfera andina facilita la presencia de los astros, pletóricos de irradiación, cada instante del día. Desde su atalaya, situada ostentosamente entre la Cordillera Occidental y la de Chugchilán, ha presenciado ella la estampida de los siglos hasta confundirse en lontananza, sin que su longevidad se sintiera amenazada por la decrepitud. Pues, si se ha de dar crédito a la arqueología, su origen se remonta a una época muy anterior a la que viera el nacimiento de Roma. También ha revelado esta ciencia, que su densidad demográfica, al contrario de lo que ocurría con las naciones y ciudades de la antigüedad, sujetas siempre al flujo y reflujo de su población, se mantuvo en un nivel alto en todas las épocas.

Sigchos, fundada en el corazón de un territorio de ubérrimos valles y majestuosas montañas azules, bañada generosamente por la luz solar y acariciada por la errabunda brisa, en cuyas alas transportan el pensil sus esencias, fue patria de un pueblo de origen panzaleo, el cual elaboró aquí la arquitectura de una gran civilización. Sus cimientos se proyectan desde la remota profundidad de la prehistoria. Esta entidad social preincaica constituyó una de las bases sobre las cuales habría de edificarse la nacionalidad ecuatoriana. Suceso éste que honra y, a la vez, motiva inmensurable orgullo en quienes nos cupo la fortuna de contar en nuestro patrimonio étnico y cultural la herencia milenaria de una raza de barro y de sol.

Sus tradiciones y leyendas, añejas y hermosas como las montañas que pueblan sus paisajes, se hallan intactas y aún transmiten a las generaciones presentes el oro de aquella sabiduría que fue el motor de la evolución de su cultura.

Toda una escuela de valiosas enseñanzas que, con su divina luz nutre el espíritu e ilumina el sendero del comportamiento humano se halla escrito en el libro de los aforismos populares.

Su colosal lucha contra los rigores de la naturaleza, o para arrebatar las riquezas minerales escondidas en las pétreas entrañas de los cerros; su cruenta y gloriosa oposición a la invasión incásica, primero, y posteriormente a la española, con el anhelo de defender la sagrada libertad de su pueblo, proclaman la autenticidad de un Estado soberano, perfectamente organizado y bélicamente fuerte.

   Pujilense de nacimiento pero sigchense por adopción y corazón, el ilustre caballero don Rafael Galo Troya Robayo, demostrando ser uno de los más abnegados hijos de su patria chica, ha consagrado todos sus esfuerzos a la realización de un áureo sueño acariciado durante luengos años: transformar la relegada parroquia de Sigchos en floreciente cantón.
   También le cupo a él la honra de ser el primer presidente del Concejo Cantonal de Sigchos y, en consecuencia, el diseñador del progreso del flamante Cantón.

Sr. Rafael Galo Troya R.

       ASÍ ES SIGCHOS

Un mosaico de los más variados contrastes donde se entrelazan altas y frescas mesetas, cálidos valles, ríos de rumorosas y diáfanas aguas, cañadas profundas e impresionantes montes que se acercan al cielo, así es Sigchos. Es también fúlgida y transparente acuarela esmaltada de esmeralda, oro y añil, que el supremo artífice plasmara en un laberinto de los Andes, y es suelo de campiñas, dehesas y labrantíos, donde se nutren los rebaños y madura la mies.

Aquí el amanecer se presenta invariablemente pletórico de promesas mientras la vida, descolgándose por los rayos de la luz, inunda de animación la comarca durante todo el día. La actividad en sus múltiples facetas, marcha sin tregua, arrullada por su propio rumor que es música y voz de la tierra.

Los espectáculos maravillosos del ocaso y en las noches el rutilar de las estrellas o el hechizo de la luna, confieren al alma una sensibilidad capaz de percibir los más sutiles matices de la emoción. Así es Sigchos.

Sujeto siempre a la inmutable ley de la altitud, su clima oscila en una amplia escala dentro de un área relativamente reducida. Tal es aquí su particularidad topográfica que, en un corto espacio de recorrido, de la suavidad primaveral, que es la predominante, la temperatura se modifica hasta alcanzar la subtropical o se desplaza hacia los dominios del frío. Esta diferencia climática que, como es lógico, determina la variedad de la fauna y la flora, imprime asimismo en la gente características anímicas distintas entre si. Así, el hombre del páramo, adusto, reservado y embargado de una profunda melancolía, va encerrado siempre en una aureola de frialdad, incluso cuando desciende al valle, mientras que el habitante de ámbitos más benignos conserva su gracejo y desenvoltura naturales en todas partes. Sin embargo, tanto en éste como en aquél priman la valentía, la generosidad y la lealtad.

Sigchos, lugar favorecido por la naturaleza. La riqueza que genera la fertilidad de su suelo, con ser abundante y de fácil obtención aun mediante técnicas agrícolas primitivas, no es su único patrimonio ni será en un próximo futuro su única fuente de energía económica, ya que su subsuelo abriga infinitos filones de los más preciados metales. Los farallones que bordean el turbulento Toachi y muchos otros ríos y riachuelos de su cuenca, al igual que si se tratase de colosales escaparates, exhiben una amplia e impresionante gama de minerales. Además, de los lechos de casi todos los cauces de la zona no están ausentes de auríferas pepitas.

Desde la prehistoria hasta una época menos lejana, perfectamente localizable en la historia, fueron explotados yacimientos de plata, oro y cobre. Según sus vestigios, debieron ser enormemente ricos y aprovechados durante largo tiempo.

Semiocultos por los derrumbes, o disimulados por la maleza, están ahí los fabulosos yacimientos de Gualaya, Sarapullo, Cataba (?), etc., los cuales llenaron tanto de asombro como de alegría a los conquistadores incas y españoles. De acuerdo con estudios mineralógicos realizados hace poco tiempo, aún contienen aquellos yacimientos minerales de óptima calidad en grandes cantidades. En consecuencia, se encuentran en espera de contribuir al progreso de la patria en cuanto se los conceda la suficiente atención.

El nuevo siglo que ha sorprendido a nuestro país rezagado con respecto a vecinos, y luchando denodadamente por romper las cadenas del subdesarrollo, bien podría saludarnos con un esplendoroso y próspero amanecer si los cuantiosos recursos naturales de esta privilegiada zona pudiesen ser aprovechados con presteza, sabiduría y honradez.

Sin caer de modo alguno en la delirante exageración y tan sólo ateniendo a la escueta pero firme realidad, se puede confiar que Sigchos, a corto plazo, se convertirá en uno de los propulsores que permitirá el despegue de la nave de la patria hacia el desarrollo. Si ahora mismo constituye un sólido pilar de la economía provincial su producción agropecuaria y maderera, mañana, gracias a la oportuna explotación de ricos filones, traerá indudablemente la bonanza a todo el Ecuador.

Nimbado por la magia de la leyenda e inspirado en fantásticos relatos que hasta hoy son escuchados con fascinación, el Gualaya ha originado sueños de opulencia, proporcionando alas a la imaginación. El imaginarse recorriendo sus faldas, cubiertas de trémulos pajonales sometidos al gélido viento cordillerano y encontrarse de pronto con un argentado filón que habrá de convertirle en un nuevo Creso, es lo que a menudo les sucede a no pocos moradores de circunscripción sigchense. Mas estas escenas que hoy adquieren vida sólo en la fantasía, en modo alguno pertenecieron antes al dominio de la efervescencia ilusoria, sino llanamente a la escueta realidad. Sin embargo, su recuerdo es inextinguible y se proyecta en el tiempo cada vez mejor ataviado con el atuendo que le tributa la tradición. Por tanto, no todos los relatos que se escuchan aquí se inscriben en el folklore, como si los pertenecen, por ejemplo:  las leyendas de “El fantasma impostor”, de “El güillanguille” y de “La loca viuda”. Esta última tradición inspiró la creación de la difundida novela de igual nombre.

Naturalmente que al respecto no existe dificultad para poder establecer diferencia entre los dos casos, aunque la leyenda y el realismo vayan a veces tomados de la mano. En esta tierra incomparable, iluminada por el sol de la poesía, leyenda y realidad son pétalos de la misma aromada flor.

Al contrario de lo que con frecuencia ocurre con las elucubraciones, en lo que se refiere al Gualaya, la neta verdad supera en mucho al mito. Los filones de plata, de alta calidad, que contiene él se los determina colosales. Este aserto, además de los análisis científicos que por cierto son incuestionables, se fundamenta en los hallazgos del argentado metal en diversos puntos de sus faldas, sin más instrumental que la simple vista y una significativa dosis de buena suerte.

En efecto, a través del tiempo, han sido muchos estos descubrimientos casuales que se han producido en las vertientes del Gualaya. Sus descubridores, pastores o leñadores, no han tenido reparo en aceptar la posesión  de significativas cantidades de aquel precioso metal como prueba tangible de la veracidad de su aserción. Además, para nadie constituye secreto aquí que la plata con la cual estaban elaborados los objetos sagrados utilizados en los oficios religiosos hasta hace poco tiempo tenía su procedencia en el cerro Gualaya. Infortunadamente, a la fecha, salvo una gran cruz tallada finamente, los demás objetos han desaparecidos quizá por obra y gracia de algún párroco con similares inclinaciones de las que poseyó Caco. El monte Gualaya es sin duda otro Potosí.

Y claro está, tampoco están ausentes del citado monte los yacimientos auríferos que han sido descubiertos en similares circunstancias de los anteriores.

El macizo montañoso denominado Sarapullo hablando siempre en plata, como se suelen decir aquíconstituye otra potencial fuente de riqueza. Su historia minera, la cual abarca la segunda mitad del siglo XVI, está repleta de incidencias trágicas y ejemplos de rebeldía por parte del mitayo frente a la inhumana expoliación española. Sus minas de plata, descubiertas en algún instante remoto del pretérito, probablemente estaban siendo explotadas cuando el conquistador inca las arrebató a sus dueños para, luego de poco tiempo, perderlas en manos de su sucedáneo español. Los peninsulares las dejaron misteriosamente tras de un lapso relativamente corto de explotación, pese a su excelente producción. ¿Cuál fue el motivo para que adoptasen semejante determinación? Al respecto se han aventurado múltiples hipótesis, aunque cual más deleznable. Una de ellas propone ingenuamente la resistencia del mitayo ante la crueldad de su amo. Pero el posible motivo para que el español se aviniese a dejar de enriquecerse fácilmente no pudo ser jamás éste, ya que el inhumano peninsular conocía de sobra la medicina que se debía administrar al revoltoso en circunstancias semejantes. En tal caso, lo que parece más admisible es la presencia de una probable epidemia de fiebre amarilla, que por entonces era frecuente hasta en lugares poco cálidos. La historia señala incalculables defunciones causada por ella en esa zona y en esa época.

Quizá ocurrió así, quizá no.

Pero ¿qué nos ofrece el Cataba, esa globular colina situada junto a la antiquísima Sigchos, pero que da la impresión de estar más interesada en vigilar las pirámides gemelas del Iliniza que a su vecina? Eh aquí una buena pregunta que clama y reclama una respuesta que se inscriba en la verdad. Pues bien, en lo que concierne a ella tal vez nadie pueda satisfacerlo basado simplemente en el sentido común, ya que esta elevación, respecto a sus características geológicas, en nada se parece a las anteriores. Ciertamente, la naturaleza del material que muestra el Cataba no hace pensar en la existencia de un filón de oro, plata, cobre o cualquier otro metal guardado en sus entrañas, que hubiese sido explotado en la antigüedad. El material del cual se compone totalmente la citada colina no es otra cosa simple tierra. Sin embargo, un gran túnel horadado a media altura de su flanco oriental, Dios sabe de qué longitud, está allí presente como para decirnos traten ustedes de averiguar qué extraño mineral encierro en mis entrañas.

Los reiterados y cuidadosos exámenes de las paredes del túnel (siempre a simple vista y no más allá del centenar de metros de profundidad), no han servido jamás para dilucidar su misterio, ya que éstas no contienen rastros de nada extraño a su naturaleza. De ahí surge la sospecha de que fuera construido más bien con la finalidad de usarlo como refugio y no para extraer mineral ninguno. ¿Tal vez en la antigüedad, los niños y mujeres de la población vecina, solían ocultarse allí ante el peligro de una agresión bélica mientras sus guerreros desvanecían el peligro? O por el contrario, ¿lo construyeron para ir paulatina y discretamente acumulando en él armas y vituallas cuando tenían en mira una campaña guerrera contra una nación rival? O prosiguiendo en el campo de la hipótesis ¿lo fue fabricado con el piadoso propósito de granjearse la indulgencia de algún dios de las profundidades terráqueas y donde se practicaran sacrificios? Todo pudo haber sido posible y nada se puede descartarlo mientras no se realice rigurosos estudios científicos de esa famosa galería.

Pero el folklore que, con la magia de la poesía, lo explica fácilmente todo, conserva una curiosa leyenda del origen del túnel del Cataba. Se intitula precisamente “El túnel del Cataba”.

 

        Construyendo el futuro
     Durante el periodo inicial del cabildo, no obstante la dificultad que representa comenzar una empresa avanzando desde cero, con titánica voluntad de servicio a la comunidad, no sólo que se fijó la infraestructura de la edificación del naciente Cantón sino también se realizaron cuantiosas obras de innegable importancia social.
   El exiguo presupuesto que por entonces asignaba el Gobierno a los cantones no fue, ciertamente, un óbice para poner en marcha el desarrollo de esta bella ciudad cotopaxense.

    El presidente del Municipio de Sigchos, señor Galo Troya, junto a varios concejales, inspeccionan este gigantesco tractor de reciente adquisición. 

   

 Sigchos inicia su etapa de cantón

Ubicar, en el calendario, la fecha de creación del Cantón Sigchos, significa contemplar su proyección hacia horizontes promisorios, estimulada por faustos auspicios.   

Este importante suceso que reconoce los derechos administrativos de este eje socio-económico de un conjunto de parroquias y aldeas circunvecinas que constituyen una definida unidad comarcal, es el colofón de una prolongada aspiración sostenida por este sector de la patria en su anhelo por erigirse en artífice de su propio destino. Con él habrá de abatirse el cerco de aislamiento y postergación para conmutar su estático letargo en luminosa trayectoria y para diseñar, sobre la esperanza, el croquis del progreso.

Sin embargo, la expectativa para conseguir que esta centenaria población fuera elevada a la categoría de cantón no ha estado únicamente signada por la zozobra, que normalmente genera las gestiones trascendentales, sino también por la tardanza, increíblemente dilatada, cuya duración abarcó luengos años contabilizados en tres cifras. Se conoce de buena fuente que poco tiempo después de constituirse Sigchos en parroquia civil (22 de septiembre de 1852), optó ya por demandar su autonomía y así poder instaurar su propio ayuntamiento. La razón aducida para ello era que el inmenso potencial agropecuario y minero que poseía, venía siendo malogrado por la desidia consuetudinaria de las autoridades de su cabecera cantonal. Pero el esfuerzo realizado, por ese lejano entonces y desde luego posteriormente, con el afán de predisponer la decisión del Gobierno en favor de aquella causa justa, resultaría no sólo arduo sino difícil de obtener el corolario apetecido. Sus representantes (especialmente los de la función congresal), aquejados de la misma indolencia perniciosa que adolece la gran mayoría de los funcionarios públicos ecuatorianos, que han erigido la ominosa apatía como deporte nacional, iban acumulando en sus polvorientos archivos los reiterados petitorios destinados para su estudio tan pronto como llegaran a sus manos.

Un conocido axioma inscrito en el libro de sabiduría popular dice que no existe mal que dure cien años ni enfermo que lo soporte, para aludir que una racha infortunada (igual que una afortunada, se entiende) no posee la consistencia necesaria para desafiar indefinidamente al tiempo, manteniéndose incólume frente él. Por cierto, nada hay como el transcurso del tiempo para modificar el estado de las cosas, desdibujándolas y debilitándolas, lo mismo si pertenecen éstas al campo real o virtual. Nada permanece fresco ni en pie ante su frenética estampida, salvo los ideales anclados en nobles propósitos. El ideal, como el vino, mientras más añejo con mejores virtudes cuenta.

Y el ideal, abrigado por tantas generaciones, de ver encumbrada a la condición de Cantón a su patria chica, se consolido al fin el 21 de julio de 1992. La perseverancia de uno de sus hijos, quien con proverbial fervor cívico asumiera el reto de edificar la ruta del progreso de su parroquia, consiguió en un lapso relativamente corto lo que no pudo la presencia de un siglo de hermosas ilusiones a menudo rotas por la frustración. Este sigchense, que por cierto fuera también elegido acertadamente para la dignidad de presidente de la corporación municipal del flamante cantón, fue don Rafael Galo Troya Robayo, altruista caballero que ha fijado en el servicio a la comunidad su credo y razón de ser.

Desde su juventud, imbuido de un sentimiento de patriotismo químicamente puro, permaneció Troya atento a los requerimientos de su parroquia con el laudable propósito de resolverlos ventajosamente en beneficio de ella. Ya por entonces había abrazado la causa que habría de conmutar en realidad el sueño dorado del pueblo sigchense, acariciado durante las interminables noches del tiempo. Durante su cargo de presidente del ayuntamiento, consciente de la distinción que le habían concedido, no se dio tregua ni escatimó energía para sacar de la endémica postración sociocultural y económica en que se debatía la naciente ciudad, no obstante sus ilimitados recursos potenciales. Asistido por un grupo de colaboradores, cada uno de ellos experto en la función que le fuera encomendada, dio comienzo a la titánica tarea de transformar a Sigchos en una urbe a tono con la época actual, provista de los adelantos que disfrutan sus sucedáneas del mundo moderno, y dotarla de grata fisonomía.

A esta administración le cupo la gloria de arrancar a Sigchos de su ominoso estancamiento para unirla al tren del progreso en transición de especulares cambios. A partir de entonces, su proyección hacia horizontes de bonanza sería rauda e incontenible. Un nuevo panorama, poblado de hermosos mirajes, poblaría ahora las expectativas de la comarca de la hoya del Toachi. 

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Desfile


Grupo familiar


  Agradecimiento


Asamblea inaugural

LOA  AL  BALCÓN  DE  LOS  ANDES

 ¡Felicitaciones, flamante Alcalde, un pueblo sediento de progreso os da la bienvenida!