ESCRITURA  PRECOLOMBINA


Dr. Carlos Villamarín E.  

Por: Giovanny Villamarín Herrera

        y Carlos Villamarín Escudero



Lcdo. Giovanny Villamarín H.

   Se ha dicho hasta la saciedad que el hombre americano, anterior a la invasión europea, carecía de dos herramientas decisivas que procurasen el progreso de su sociedad: la rueda y la escritura. De ahí su manifiesto retraso frente a los pueblos que sí contaban con ellas. Desde luego, hay que admitir que la humanidad, antes de alcanzar estos inventos, muy poco había adelantado en el ya largo transcurso de su existencia. Su advenimiento fue fundamental para su desarrollo. Ellos proveerían al hombre las alas que le permitirían trasponer el limitado horizonte físico e intelectual que hasta entonces lo había conocido y en el cual había permanecido aprisionado como en un cepo.

   Su beneficiario, una vez desembarazado del ominoso lastre de la inmovilidad física y mental y al fin libre como el viento, no le concedería tregua en su rauda carrera hacia el progreso. Barrera tras barrera irían cayendo para mostrarle sin óbice todo un universo de promesas y oportunidades insospechadas. Este nuevo y colosal horizonte que se abría ente sus maravillados ojos, le sedujo y despertó a la vez su innata apetencia de aventura. Y bien, ahora que tenía él la ventaja de poder acortar la distancia y de transportar enormes pesos con relativa facilidad, gracias a la ayuda de la rueda, y el de nutrirse de la fuente de sabiduría, que la escritura la enriquecía constantemente, se propuso conquistar el mundo en su absoluto beneficio. 

   Las grandes civilizaciones de la antigüedad, como la del valle del Indo, de Sumeria, de China, del Egeo, de Persia, etc. no habrían visto jamás florecer las ciencias que cultivaron, de no ser por el conocimiento de la escritura. Además, sin su invalorable aporte, nada concreto conoceríamos de ellas. Incluso con el socorro de la arqueología, estaríamos aún dando palos de ciego e inmersos en mil conjeturas antagónicas, como sucede cuando se descubre inopinadamente algún filón arqueológico. Tampoco habrían conseguido aquéllas expandir sus dominios territoriales y políticos sin la contribución del carro de combate, que permitía al guerrero, provisto de este raudo vehículo, atacar a su enemigo con el mínimo riesgo para sí.

   Por cierto, para que estos inventos llegasen al grado de eficiencia que presentan hoy, hubieron de atravesar un largo proceso de perfeccionamiento. Sin embargo, no sabemos si en su origen la rueda fue cuadrada o al menos no tan redonda como la conocemos hoy. Pero a partir de algo hubo de empezar, qué duda cabe al respecto. En cuanto a la escritura —que es el tema que hoy nos ocupa—, el panorama de su historia está clarísimo, al punto que se puede describir con detallada exactitud su origen, trayectoria, innovaciones y modificaciones. Un libro abierto en el cual resulta difícil desviarse. No obstante, no nos detendremos aquí para ponderar su transparencia, pues únicamente nos limitaremos a centrar la atención en una de las técnicas de escritura más difundida en Oriente Próximo, la cuneiforme.                           

"Las antiguas civilizaciones de Oriente Próximo utilizaron la escritura cuneiforme, que seguramente surgió en Sumeria, para las inscripciones de piedras y tablillas. Consta de más de 600 caracteres que representan una sílaba o una palabra. Se empezó a descifrar tras el descubrimiento de la Roca de Behistún (hacia el 3000 a.C.), un talud situado al oeste de Irán. Las inscripciones estaban en tres lenguas: persa antiguo, babilónico y elamita, que utilizaban un mismo sistema de escritura, el cuneiforme. La traducción fue posible gracias a las similitudes del persa y del babilónico con las lenguas modernas, y a que las tres transcribían el mismo texto".

 Figura 1

 

   Es necesario recalcar que el conocimiento de la escritura, que al iniciado le confiere posibilidades intelectuales ilimitadas, ha sido el factor determinante para el engrandecimiento cultural de las sociedades que han disfrutado de tal privilegio. Las ciencias, el arte, la historia y el pensamiento mismo progresaron aceleradamente a partir del advenimiento de la escritura, ¿cómo pretender negarlo? Por tanto, es inconcebible suponer que el esplendor de las más conspicuas civilizaciones de la antigüedad, como por ejemplo, de China, de Mesopotamia, de Persia, de Grecia y de Roma, hubiese tenido lugar si sus políticas no se hubieran servido de la experiencia acumulada durante mucho tiempo y recogida en anales cada vez más enriquecidos. Asimismo, sin una detallada relación escrita, bien poco habríamos conocido de ellas.

   Partiendo de estas premisas, no resulta difícil comprender el porqué del exitoso desarrollo de los pueblos precitados. El conocimiento de la escritura les volvió auténticos magos a sus hijos, quienes, valiéndose de complicados cálculos matemáticos y, por cierto, de su prolífera inventiva, realizaron verdaderos prodigios en el campo de las artes y las ciencias, que aun hoy nos causan asombro. Sin embargo, lo que sí resulta difícil de entender, que confunde y desconcierta, es cómo las civilizaciones de América precolombina, a las que se las niega la invención de una escritura más compleja que la ideográfica, consiguieron progresos técnicos y científicos tanto o más que sus sucedáneas asiáticas y europeas de la misma época. Los conocimientos que tenían ellas de los cielos (por citar solo un ejemplo), superaban en mucho al poseído por ciertos astrónomos modernos. ¿Cómo consiguieron semejantes portentos aquellos semisalvajes, sin el aporte de las matemáticas y de una escritura objetiva que permitiera una fácil comunicación de las ideas y la posibilidad de aprovechar el fruto de la asimilación de elementos anteriores? ¿Acaso los eruditos no han sostenido y sostienen el aserto de que el hombre americano precolombino se hallaba enquistado en la edad de piedra cuando le dominó el europeo?

   ¿Una conspiración para ocultar la verdad?

   Todo hace presumirlo así. Pues, de otra manera, el peso de las evidencias habría gravitado en la decisión de la comunidad académica para emprender una prolija investigación sobre un caso que ha demandado siempre inexcusable atención. ¿Sin duda, espera ella a que desaparezca en silencio todo vestigio de una cultura que dejó testimonio escrito de su brillante trayectoria? Es posible. Pero, afortunadamente, sus huellas se resisten aún a desparecer. Pues, según ciertas piezas arqueológicas, casualmente encontradas al oeste de la provincia de Pichincha ─cuyo emplazamiento lo hemos denominado provisionalmente "Cultura S" ─, el poblador precolombino de esta comarca, desde una época aún no establecida pero muy anterior a la invasión europea, conocía un sistema de escritura que a los conquistadores les pasó desapercibido y, si lo notaron, lo habrían tomado como simple motivo decorativo de los utensilios de cerámica autóctonos. Su grafía, totalmente diferente respecto al alfabeto latino, el único que conocían ellos, les ocultó la importancia del verdadero significado que tenía ella.  

 

   ¡Eh aquí la irrefutable prueba de que el sudamericano precolombino disfrutaba de las ventajas de un lenguaje escrito! La inscripción de esta antiquísima tablilla, muestra fuera de toda duda un conjunto de frases. La pieza, como se puede ver, es sólo una parte (¿cómo saber si pequeña o grande?) de un objeto triangular de mayor tamaño y fabricado exclusivamente para ser escrito en su anverso. Su reverso, en forma de media caña, no contiene grabado alguno.
   ¿Cuál es el contenido de este documento? ¿Tal vez un poema de amor? ¿Acaso una sentencia de muerte? ¿O quizá parte de una crónica de guerra? Cómo saberlo. Tal vez nunca lo sepamos. Hace falta aquí algo como "La roca de Behistún" para poder descifrar, como ocurrió con la escritura cuneiforme.

 

  Figura 2

   

   Esta otra tablilla (figura 3), de forma idéntica a la anterior y, al igual que ella, incompleta y escrita únicamente en una de sus caras, presenta una alineación regular de las incisiones (signos). Pero esta impresión es sólo aparente, pues, cuando se la observa con detenimiento, se descubre una escritura tan compleja como la precedente. Sin embargo, es notoria la diferencia entre una y otra. El orden y la posición de los signos indican que se trata de cifras.
   Por tanto, esta tablilla, llena de guarismos, si se trata de un documento que perteneció al Estado, sería un registro de algo importante, como el número de habitantes, de ganado, de medidas de semilla o de frutos recolectados, etc. O tal vez alberga alguna ecuación, o fue usada quizá como representación de un ábaco, el precursor remoto de nuestras calculadoras actuales.

 
   

Figura 3               

   Dos impresionantes tablillas triangulares de arcilla endurecida mediante el fuego intenso, muestran nítidamente la escritura que usó la avanzada "Cultura S". La uniformidad, aplicación y distribución de sus signos, indica claramente su parentesco con la cuneiforme, sistema que probablemente tuvo su origen en Sumeria, la emplearon los antiguos pueblos de Mesopotamia y Anatolia. Su semejanza con ésta es innegable. ¿Se trata, acaso, de una mera coincidencia? Difícil de creerlo.

   En tal caso, lo más probable es que, tanto la escritura mesopotámica como la que presentan las tablillas de las figuras 2 y 3, tuvieran la misma procedencia. Habrían tenido ambas un origen común y luego evolucionaron por separado, de forma diferente, tomando cada una características particulares para sí, aunque conservando intacta la identidad del parentesco. No existe otra explicación más convincente.

   Sin embargo, esta deducción tiene serios cuestionamientos de acuerdo con la arraigada creencia de que, en el pasado mediato, el aislamiento del continente americano respecto al resto del mundo era total. Los más connotados arqueólogos y antropólogos ortodoxos, entre otros gurús de las ciencias, lo diagnostican así y quién de los humanos comunes y corrientes estaría en capacidad de cuestionarlos. Además, para nadie constituye secreto ninguno que, hace apenas cinco siglos, fue Cristóbal Colón quien descubrió América, un continente que hasta entonces había permanecido ignorado por todos. Ergo, ¿de qué otro modo pudieron surgir dos sistemas de escritura idénticos, con seguridad, al mismo tiempo, en lugares tan apartados entre sí y que se ignoraban mutuamente? ¿Qué extraño prodigio inspiró simultáneamente a estas civilizaciones a ensayar similar arte? Ciertamente, el caso que nos atañe parece de difícil solución. 

   Pero si, reverencia aparte, tomamos la precaución de no confiar demasiado en las sacrosantas opiniones de estos eruditos, que se niegan rotundamente a rever sus teorías, y más bien empezamos por mirar cuidadosamente nuestro contorno, la respuesta de tan difícil interrogante no sólo que la tenemos resuelta espontáneamente, sino que nos sorprende por su sencillez. Pues, se diga lo que se dijere, está probado que nunca existió tal aislamiento de América, mucho menos en la época señalada como la del empleo de la escritura cuneiforme en Mesopotamia y Anatolia. A la sazón existió un fluido intercambio de comunicación entre Oriente Próximo y Sudamérica. Eso sí, no sabemos si fueron rutas comerciales las que enlazaban a estos dos puntos, o si se trataron de colonias sumerias establecidas aquí, o americanas instaladas allá, o sencillamente de visitas esporádicas de viajeros que, al igual que las golondrinas, iban o venían de allá para acá. Todo pudo haber sucedido. Aunque la primera opción parece la más probable.

   Lo cierto es que culturas de influencia sumeria dejaron en Sudamérica indelebles huellas de su presencia. Lo están presentes en la terracota que, imperecedera como el oro, ha logrado desafiar la estampida del tiempo, conservando incólume la herencia confiada a ella, en espera de que fuese algún día rescatada de las tinieblas del olvido al cual le recluyera la negligencia. Las tablillas, representadas por las figuras 2 y 3, lo dicen por sí solas.

   Y bien, qué duda cabe ya de que, en algún lugar remoto del tiempo, existiera entre estas dos civilizaciones un sólido y prolongado vínculo. La luz que proyectan sus evidencias no puede ser más límpida. A tal punto que parecería innecesario el aporte de pruebas adicionales llamadas a transparentar mejor el caso. Sin embargo, por qué omitir otros testimonios, tan importantes como la escritura emparentada con la cuneiforme, descubiertos en el mismo filón arqueológico de la "Cultura S", por supuesto. Se trata de figuras (por desgracia, fragmentadas) de barro cocido, las cuales guardan sorprendente semejanza con las estelas y estatuas de los pueblos de influencia sumeria y babilónica.  

 *Estela hitita, que representa una procesión, muestra claramente a los Grandes Dioses, tocados con altos casquetes. Estos aparecen sobres cimas de montañas, animales, aves o aun sobre los hombros de asistentes divinos.

  Figura 4

 

       
 


   Esta pieza, con absoluta seguridad, constituyó el tocado de alguna divinidad representada recurrentemente en la cultura "S". La adornan tres misteriosas figuras en alto relieve: una especie de diadema que corona su cima, una enigmática protuberancia romboide,  situada en el centro, y más abajo,  dos brazos se entrelazan indisolublemente.
   Aquí abundan similares piezas , que gracias a su estructura mucho más sólida que el resto de la imagen, se desprendieron intactas de la cabeza que adornaron. Casi todas están provistas de misteriosas figuras en altorrelieve que no pueden ser simples decoraciones colocadas arbitrariamente allí por el escultor. Lo más probable es que, el artífice de la escultura, se limitase a reproducir exactamente lo que mostrase el modelo.
   En consecuencia, tales figuras pudieron representar algún importante significado para los miembros de aquella lejana cultura.

 

  

Figura 5 

     

 

 

 

  Los soberanos y sacerdotes de los pueblos de influencia sumeria o mesopotámica, como el egipcio, iban tocados siempre con altos casquetes. Un ajuar emblemático de su condición divina.

 

 

 

         Figura 6

 
 

   Este detalle de una estampa mural, descubierto en una tumba egipcia, muestra un personaje común con un casquete estilizado en la cabeza. El uso de este símbolo divino no estaba restringido a los dioses y sacerdotes. También las personas de la buena sociedad podían ser representadas con él cuando fallecidos. Una manera jactanciosa de proclamar que gozaban del favor de los dioses.
   ¿El equivalente de la cruz, el rosario o el escapulario de los católicos?                         

 
 

Figura 7

   

   Cómo negar la semejanza de esta figura con la parte superior del casco que lleva el faraón representado, en primer plano, en la figura 6. Pero, sobre todo, con el morrión del personaje de la figura 8. Se diría que  su artífice hubo de inspirarse necesariamente en este objeto. Este suceso es, por tanto, una prueba fehaciente de que, tanto en Mesopotamia y su zona de influencia como en Sudamérica, honraban a los mismos dioses.
   A esta pieza no la adornan signos extraños en altorrelieve, como a su similar de la
figura 5, sino hileras de pequeñas muescas, trazadas en sentido horizontal, e infinidad de puntos aparentemente realizados al azar.
   Sin embargo, el talentoso artista, nada puso en ella por casualidad. Tan sólo hace falta mirarla con detenimiento para descubrir su genial ocurrencia. Entonces maravillados podemos ver al hombre que, desde la superficie del casquete, nos mira displicente. ¿Se trata de la imagen de uno de sus dioses o de su autorretrato?

  Figura 8

 


 

 

(Lámina) La reina Nefertari, esposa de Ramsés II, de la mano de la diosa Isis. Fresco de la tumba de la reina en Tebas. XIX dinastía       Isis, en la mitología egipcia, diosa de la fertilidad y de la maternidad. Según la creencia egipcia, era hija del dios Geb (tierra) y de la diosa Nut (cielo), hermana-esposa de Osiris, juez de los muertos, y madre de Horus, dios del día. Antiguas historias describen a Isis como poseedora de una gran destreza mágica, y se la representaba con forma humana, aunque frecuentemente se la describía  con un disco solar y cuernos de vaca en la cabeza. Se creía que su personalidad era semejante a la de Hator, la diosa del amor y la alegría.
   El culto de Isis se difundió desde Alejandría por todo el mundo helenístico después del siglo IV a.C. Apareció en Grecia en combinación con los cultos de Osiris. El historiador griego Herodoto identificaba a Isis con Deméter, la diosa griega de la tierra, la agricultura y la fertilidad. 

 

Figura 9

 

   

   Este cuerno, descubierto a 25 Km. del sitio que provienen las piezas anteriores, mientras se construía una zanja, no es por cierto la imitación directa de un asta de un vacuno. Pues, como todos sabemos, a esta especie de animal lo trajeron los conquistadores españoles hace menos de cinco siglos, mientras que la antigüedad de esta figura sería de milenios. De modo que la cornamenta  de aquel cuadrúpedo, jamás  pudo haber inspirado al artífice de la pieza en cuestión.
   Ésta se trata de un cuerno similar a los de Isis, la deidad de la
figura 6. El orificio cerca de su base indica que, mediante un perno, se conectaba con su compañero, para los dos, en conjunto, sujetar al disco del sol, que debió ser una pieza sobrepuesta y presumiblemente de oro.
   Por tanto, los sudamericanos precolombinos veneraron a esta diosa que alcanzó gran popularidad en el mundo antiguo.

Figura 10

   Como se ha podido demostrar, de pruebas que lo respalden no carece nuestra tesis, aunque estamos conscientes de que ésta no rebasará el plano de la mera especulación mientras la comunidad académica no le confiera su bendición. Lo que significa vernos precisados a esperar por tiempo indefinido, no obstante, que en nuestras deducciones no puede existir el menor resquicio donde pudiese alojar la sombra de la inconsistencia. Sabemos que nuestra lucha contra conceptos dogmáticos, no será fácil, máxime que quienes los sostienen son miembros de aquella sociedad científica. Todos ellos, eminentes autores y también catedráticos de afamadas universidades, no se avendrán de buen grado a ver vulnerada su autoridad y a poner en tela de duda su sapiencia, para revisar un asunto que lo preconizan como verdad irrebatible. Pues, ¿en qué predicamento quedarían entonces su prestigio de arqueólogos insuperables y sus obras científicas usadas como textos académicos? Ciertamente, del harakiri sólo disfrutan los japoneses.

   Y bien, el asunto está planteado y aspira concitar el interés de pundonorosos expertos dispuestos a analizarlo con imparcialidad. Todo el material del cual nos hemos servido para la elaboración de este artículo (y mucho más) queda a su entera disposición. A nosotros nos asiste únicamente el afán de que, por justicia para América, sea conocida su antigua cultura en toda su gloriosa magnitud. Por cierto, muchos jóvenes arqueólogos y antropólogos, en quienes prima el anhelo de honrar su profesión, respaldan la validez de nuestra tesis y están dispuestos a hacer causa común con nosotros.

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  Estela hitita, tomada de "El  Planeta 12" de Zecharia Sitchin. Editorial  ATE, 1981

  

  

  

 

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