La Confianza*
 
          

     Texto: Dr. Carlos Villamarín Escudero

   A tal punto ha llegado el sentimiento de desconfianza en la actualidad, que es asombrosamente reducido el número de personas que conceden a los demás el crédito de poseer alguna virtud o de abrigar intenciones laudables, mientras que la gran mayoría mira con mal disimulada suspicacia cualquier actitud de sus semejantes por buena que parezca ésta.

   Sin embargo, resulta aventurado juzgar esta conducta generalizada como una expresión de la malicia en su etapa terminal, aunque de ningún modo sería conveniente apostar un centavo a favor de una ponencia contraria. Pero la verdad es que ya casi nadie se fía del prójimo, temeroso de que en cualquier momento le hará víctima de la más aleve fechoría. En consecuencia, nadie ofrece ni recibe nada sin antes adoptar extremadas medidas de precaución en beneficio de su seguridad.

   Un simple acto de cortesía como, por ejemplo, la salutación, en muchos casos es motivo más que suficiente como para desatar todo un huracán de reconcomios y malentendidos en el agraciado con tal deferencia, que de inmediato empieza a elucubrar cábalas sobre las posibles complicaciones que aquello le implicaría en el futuro. Y qué decir tiene, si alguien, que conserva aún bondad y cree en la solidaridad, le expone ingenua y generosamente la simpatía que siente por él y el deseo de acudir en su ayuda cuando la precisase. Pues lejos de ser premiado con gratitud por aquella magnánima promesa que podría conmutarse en invalorable apoyo en una eventual calamidad, pasará a ser un elemento en quien recaerán urticantes sospechas, un individuo de quien habrá que tener sumo cuidado.

   Empezará el suspicaz por elaborar peregrinas conjeturas de la más variada morfología y terminará por ver que algo verdaderamente turbio se trae entre manos del oficioso. Es posible que recuerde entonces, en soporte de su suposición, que la época del buen samaritano quedó veinte siglos atrás. Se pondrá también a meditar que incluso por aquellos lejanos tiempos la desconfianza era ya moneda corriente hasta entre los santos. ¿Acaso Santo Tomás no dijo alguna vez: “Ver para creer”?

   Y cuando esta máxima tanto sabía como santa, que enseña a desconfiar de la apariencia que presentan las cosas a primera vista pero también a dar por sentada su naturaleza real luego de haberlas sometido a un concienzudo análisis, empieza por socavar su inveterada incredulidad, se acuerda de pronto de aquel pasaje bíblico que relata la malhadada ocurrencia que tuviera cierto caballero de Karioth para perjudicar a su maestro, un tal Jesús de Nazaret.

   Y sobra decir que con ello el desconfiado se torna más suspicaz que nunca.

   Es así como están las cosas en materia de confiabilidad en el presente. Pero ¿hacia dónde conduce este empeño morboso por exagerar el peligro que corre la propia inseguridad? ¿Hacia dónde conduce esta ominosa ansiedad que arrebata la tranquilidad y engendra sentimientos malévolos? Pues nada menos que a la patética soledad de la víctima, despojándole del colorido de la vida y sometiéndole a la miseria espiritual.

   Encerrarse en el reducto de la desconfianza, por razones válidas que se esgrima, no propicia en el “prisionero” sino angustia, miedo e infelicidad que, unidas a la claustrofobia surgida del aislamiento, equivalen a que le hubieran sepultado vivo.

   Por tanto, es indispensable que confiemos en los demás en la medida que ellos respondan con sinceridad a nuestro afecto y llamado de solidaridad. Procuremos sobre todo ser gratos con quienes tienen la grandeza de honrarnos con su valiosa amistad y nos otorgan la oportunidad de ser parte activa y útil de la gran familia llamada sociedad. La inseguridad, que en algún momento llega a ensombrecer la vida hasta de las personas de gran fortaleza espiritual, que a menudo soportan incólumes los embates del infortunio, es factible combatirla gracias a su antídoto más eficaz: la CONFIANZA mutua. La confianza, consecuencia cierta de la diáfana bondad, no sólo que enaltece con su contacto a quien la recibe sino también al que la ofrece.

   Si persistimos en mirar a nuestros semejantes como un potencial peligro para nuestra seguridad, a corto plazo estará el mundo repleto de patibularios misántropos, con los ojos desencajados por el pavor, huyendo continuamente el uno del otro. Y entonces, en absoluto aislamiento, habremos de lamentar como aquel poeta trágico cuando dice: «Aquí, donde hubo flores/ de fúlgidos colores/ hoy sólo se cobija/ de tétricos albores”.

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   * Artículo publicado en el rotativo santodominguense
El Periódico, el 13 de julio de 1994.