Un crimen de lesa humanidad

 

 

 
 
   Texto: Lic. Giovanny Villamarín H.

 

   Es increíble lo que la mayoría de la gente piensa acerca del aspecto que se gastan los criminales. Cree que los cleptómanos, asesinos, violadores, narcotraficantes y otros tantos sujetos que se han desviado de la angosta y recta línea trazada por la Ley, tienen que ser necesariamente de apariencia repulsiva y poseer modales de un cavernario, que no pueden pasar desapercibidos ante la escrutadora mirada de los demás. Por eso, cuando en una persona de agradable presencia se descubre a un avezado malhechor, llenos de asombro comentan: "Pero ¡quién lo hubiese creído, pues el individuo en cuestión no tiene catadura de forajido!"

   Es tan generalizada esta creencia que incluso el famoso psiquiatra y antropólogo italiano Cesare Lombroso, fundador de la antropología criminal, atribuía determinadas anomalías físicas al delincuente como consecuencia de su degeneración moral. En su obra fundamental, L´uomo delinquente (1878), expone los principios de una criminología experimental basada en el positivismo. Pero de modo alguno nos proponemos a hablar aquí de la dinámica del delito, sino por el contrario demostrar que quienes transgreden las leyes y dejan de lado la moral no exhiben un aspecto muy diferente del que posee usted mismo. Y muchas veces, cuando la habilidad y la capacidad de disimulo del delincuente son tales como para mantenerse al abrigo de la sospecha, que de otra manera le denunciaría, ni siquiera sus más allegados recelan de él.

   Sin embargo, para que un crimen se mantuviese en absoluto secreto, éste habría de ser perpetrado sin testigos y el cuerpo del delito refundido para siempre. De lo contrario, los sabuesos de la policía no tardarían en descubrir al culpable y someterlo a la potestad de los jueces, quienes a su vez le castigarían en proporción con el grado de culpabilidad que tuviese él. Entonces el crimen no habría quedado impune.

   No obstante, aparte de estos delitos comunes, que la sociedad los rechaza con toda razón por encontrarlos contrarios a la moral y nocivos para la seguridad pública, existen otros que bajo un matiz aparentemente legal e incluso loable pasan inadvertidos aun al ojo más atento. Estos delitos, no obstante ser cometidos públicamente y con las tres agravantes capitales: premeditación, ventaja y alevosía, jamás son castigados en Suramérica (y mucho menos en nuestro país). Uno de ellos es nada menos que el atentar contra el equilibrio de la madre naturaleza, al segar indiscriminadamente la vida de sus hijos predilectos, los árboles. Estos maravillosos seres, con igual derecho a la existencia que los humanos, pero mucho más útiles que éstos para la salud del planeta, hoy más que nunca son asesinados sin clemencia en grandes cantidades.

   Pero esta actividad no podrá continuar sin causar la ruina de la humanidad. De suerte que la culpa de unos cuantos sujetos inescrupulosos, tengamos que pagarla todos muy caro y a corto plazo.

   De la exuberante selva que hasta hace escasos años poblaba majestuosa esta privilegiada zona del planeta no queda al momento sino muy poco. Los verdes y rumorosos gigantes, reguladores del ecosistema, fuente del oxígeno, artífices de la belleza de los paisajes y canción de esperanza, caen constantemente bajó la implacable segueta de las empresas madereras, sin que ninguna autoridad forestal se atreva a parar su carrera destructiva. Tampoco es válido para estas omnipotentes corporaciones internacionales, ninguno de los mandatos que contempla Ley de Reforestación alguna.

   No puede ser más alarmante, pues, desde hace rato, la amazonía no cesa de perder diariamente miles de hectáreas de exuberante bosque para dar lugar al espeluznante avance del desierto que se acrecienta constantemente. A este paso, no es aventurado predecir que dentro de breve lapso habremos proporcionado a Suramérica un nuevo Sahara.

   La historia de nuestro planeta se presenta erizada siempre de vicisitudes y cambios drásticos impuestos por desastres naturales, cuyo origen y consecuencia fueron inevitables: terremotos, diluvios, inundaciones, incendios forestales y enfriamientos en grado extremo. Sin embargo, como el ave fénix que renace de sus cenizas, los lugares devastados, luego de un periodo de estabilidad, han recuperado para sí su anterior esplendor. Mas hoy experimenta la tierra un nuevo y mayúsculo peligro adicional: el hombre, convertido en su agente destructor. Este ser dotado de inteligencia, supeditada por desgracia a la insaciable codicia, amenaza con llevarla a su destrucción total si la reflexión tarda en asistirle.

   Ante esta nueva espada de Damocles que pende sobre nuestras gargantas, se hace indispensable, simultáneos a la creación de programas educativos que patrocinen al árbol, instituir el "Fondo Internacional del Árbol", para  velar por la seguridad de este noble ser, y la "Corte Forestal de Justicia", con amplios poderes coercitivos, para castigar severamente a sus asesinos. Un mecanismo idóneo para que este ideal tribunal de justicia pudiese actuar con eficacia, sería la potestad de juzgar a los culpables inclusive en ausencia y de extraditarlos de cualquier país del mundo.

   Ciudadano, por tu propio interés, contribuye enérgicamente a combatir este crimen de lesa humanidad, impidiendo la tala de los bosques naturales. Es tu deber proteger esta grandiosa herencia que te llegó intacta a través de millones de años. Caso contrario, la humanidad entera te condenará.