EL HOMBRE QUE LO TRAJO EL VIENTO

 

(GUAYRAPAMUSHKA)

 

Por Carlos Villamarín Escudero

 

PRIMERA PARTE

   

   Este relato que describe las peripecias de un singular viajero en el tiempo y en el espacio, no pertenece al género del legendario mito, como tampoco lo es una fábula con intención didáctica que manifiesta una moraleja final. Pues, sencillamente, se trata de una historia en el estricto sentido de la expresión. Un inusitado suceso que, pese a la enorme importancia que representara, su noticia jamás trascendió fuera del ámbito donde acaeció. Primero, debido a que sus testigos, humildes y pávidos labriegos, no querían atraer la maledicencia de los moradores de villorrios y poblados vecinos que los hubieran acusado de haber sido escogidos por Lucifer para albergar a uno de sus subordinados, sin duda con la consigna de incrementar con ellos la demografía del averno. Segundo, porque, luego de los primeros momentos de expectativa creada por la intempestiva aparición del extraño visitante, se acostumbraron a él, que, por cierto, les inspirara más que temor curiosidad y risa. Dos premisas de mediano peso para un silogismo razonable: el absoluto y sepulcral silencio.

     Esta historia me la contó mi abuelo cuando apenas era yo un niño, afirmándome que lo había sido testigo. No obstante el tiempo transcurrido, lo recuerdo, palabra por palabra, todo su contenido, narrado con esa circunspección y cautela con que los viejos de otrora solían hacer cuando de confiar un secreto de añosa data se tratara.

     –Verás hijo mío –empezó mi abuelo, decidiéndose al fin a revelarme uno de sus bien guardados recuerdos de cuando niño a su vez, que tantas veces se había negado a contármelo, aduciendo que a él mismo lo parecía irreal–, hay ocasiones en que advienen sucesos de insólito carácter que desafían las leyes físicas y la lógica. Ante sus manifestaciones los sabios se muestran sordos y silentes, la religión especula con ellos y los explota en su propio beneficio, atribuyéndolos de origen diabólico, y la gente común y corriente, casi siempre de ignara condición, no tiene otra opción que la de someterse al dictamen anclado en la superstición.

    “Pero no voy a extenderme aquí en circunloquios que, además de escapar a tu limitada comprensión de infante prorrogan el momento de mi prometida exposición –cargó su pipa con abundante tabaco, se retrepó en su sillón, invitó a sentarme frente a él, advirtiéndome que le concediera total atención, y retomó la palabra–. Todo ocurrió durante los meses de agosto y septiembre de 1906, o sea el mismo año en que acaeciera la guerra del Chasqui, una cruenta lucha que ocasionó cientos de muertos y heridos en ambos bandos contendientes, compuesto el uno por las “Montoneras de Alfaro” y, el otro, por las huestes leales al Presidente Lisardo García. Por aquel entonces, nuestra corta familia, compuesta únicamente de mi padre y yo, vivíamos en la circunscripción de Tanicuchí, más exactamente en Río Blanco, caserío ubicado a sólo tres kilómetros de Chasqui. Por entonces mi padre, emigrante y aún sin que pudiera encontrar en la ciudad un cargo digno de sus conocimientos académicos, hubo de conformarse con el de maestro de primera enseñanza, contratado por los notables locales, hacendados en su mayoría.

     “Morábamos junto a la escuela, en una casita compuesta únicamente de dos piezas, situada a la orilla de la plaza y a sólo unos minutos del riachuelo del cual había tomado su nombre la aldea y que también lo proveía de agua fresca y clara. Sin embargo, muchos de los pobladores preferían, en especial para beber, la del Cutuchi, que contiene minerales u otras sustancias disueltas que alteran su sabor y le dan un valor terapéutico. Este río, en oposición al Río Blanco, que discurre discretamente por el Este, fluye por el Oeste entre alegres murmullos que embelesan a los bañistas que, por lo regular, visitan su balneario durante las mañanas. El grato cosquilleo que siente uno al ser acariciado por su agua mineral lo es por cierto una delicia, una sensación que va de mano de la diosa Felicidad. Al respecto se comenta que el General Eloy Alfaro, que casualmente pasaba cerca de aquellas termas, no quiso continuar la marcha hacia el combate sin antes no haberse dado un prologado chapuzón en ellas. El gran hombre conocía sobradamente de las virtudes de aquella bienhechora linfa.

     “Sin embargo, aunque la guerra había quedado a seis meses largos de distancia y Alfaro se había consolidado en el Poder, el miedo, la zozobra y la inseguridad eran calamidades imperantes aquí. Nadie se aventuraba solo por los extramuros durante la noche e incluso a la luz del día si deseara continuar en el mundo de los vivos. Bandas de forajidos, formadas por desertores del ejército vencido, ahora lejos de sus lares y perseguidos por la Ley, y demás gentuza que ha-bían decidido pescar a río revuelto, merodeaban los caminos reales, cayendo como aves de rapiña sobre los inermes viajeros. También las aldeas aisladas, pese a contar por lo regular con número respetable de hombres, que eventualmente hubieran podido fungir en sus defensores, eran a menudo devastadas sin que nadie opusiera resistencia. La impunidad campeaba por todas partes. Y en lo que a nuestro idílico caserío concierne, la fama de ser un reducto liberal, imponía algún respeto a los facinerosos a la hora de perpetrar sus desmanes. Los ricos patrimonios, comprendidos en latifundios, de los caciques Donoso, Ramos, Plaza y Lasso, lo rodeaban por los cuatro costados como las murallas de una prisión. Es necesario aclarar que los personajes citados ostentaban membrete liberal y hacían gala de su alto rango militar.

     “Las consecuencias de una guerra, por breve que fuese, se hacen sentir a corto plazo bajo el signo del hambre, el miedo y la desconfianza en los lugares que fueron teatro de los enfrentamientos. Los componentes alimenticios escasean tanto por falta de producción local como por el alto precio que alcanzan los importados. El recelo de sus hombres, temerosos de una eventual incorporación a las fuerzas armadas, que les obliga a mantenerse escondidos o a emigrar, es su principal causa. Y como en nuestro villorrio no podía ser la excepción, padecíamos por la carencia de víveres, que nos obligaba a apretar cada vez más el cinturón y a nutrirnos del recuerdo de los días de abundancia. Sumándose a esta calamidad, que nos condenaba a la inanición, advino otra para hurtar la luz que ilumina el horizonte de la esperanza. Pues, la naturaleza, quizá en represalia de la lucha fratricida que acababa de ocurrir, no dejó de manifestar su disgusto. La desolación que ofrecían los campos de labrantío convertidos ahora en eriales como resultado del verano más cruel que se tenga noticia, dio cuenta con la música que anima el ritmo de la vida. Por tanto, con el vigor del ánimo en su nivel más bajo, parecía que nada podía ser capaz de anclarnos a la piadosa esperanza.

      “Aquel nefasto mes de agosto, superando en mucho la expectativa, se había iniciado con abrasadoras canículas emparejadas a vientos huracanados que levantaban gigantescos torbellinos y arrasaban con cuanto obstáculo hallaran en su desenfrenada carrera, cebándose especialmente con las techumbres de las casas cuando no con éstas mismas. Los bosques de eucaliptos, que hoy pueblan frondosos los campos de aquel sector y que hubiesen podido mitigar los embates de Eolo, aún estaban por nacer. A la sazón, salvo los raquíticos capulíes y los agaves, con sus fantasmales pencos, ninguna planta perenne de tronco grueso y elevado, cubría la llanada barrida por el soplo destructor. Y pese a esta situación de hambre y desolación, la escuelita, regentaba por mi padre, cerró jamás sus puertas. Sus alumnos, aun en su aspecto de zombies, encontraban fuerzas para asistir a clase.

     “Ciertamente, la sola vista de los enclenques chiquillos recordaba las leyendas tejidas acerca de aquellos desdichados que se les supone muertos y que han sido reanimados por arte de brujería, con el fin de dominar su voluntad. También las tenebrosas quimeras contadas sobre las almas en pena de los caídos en la reciente guerra contribuían a incrementar tan funesta impresión. Se decía que, durante la noche, era cuando los soldados fenecidos, burlando la quietud de la muerte, abandonaban sus sepulcros para deambular la llanada y los caminos reales entre suspiros y gemidos de dolor. Afirmaban que se podía ver claramente las heridas aún sangrantes, causadas por los disparos y las bayonetas.

     “Y fue un jueves pasado el mediodía, cuando sobrevino aquel enigmático suceso, cuyo recuerdo lo llevo incrustado en la memoria sin que pudiera retirarlo jamás. Normalmente, las remembranzas de acontecimientos grandes o pequeños que hubieran rozado mi existencia, se han debilitado y perdido paulatinamente su consistencia absorbidas por el tiempo. Pero la que tuviera origen en el evento de aquel lejano jueves a mediodía, sin que supiera yo cómo, se ha negado a batirse en retirada, manteniéndose siempre incólume al rigor de las vicisitudes. En conclusión, ha sido un desafío mental al cual he sido impotente de vencerlo.

     “Pese a que durante la mañana había galopado el viento entre rugidos y nubes de polvo, al llegar el meridiano le sucedió una calma absoluta. Ahora reinaba una quietud que, abrasada por el sol canicular, se volvía cada vez más pesada y asfixiante. Ventajosamente, dentro de poco tiempo no íbamos a notar sus estragos. Nos encontrábamos los alumnos (también yo figuraba en su grupo), en estricta formación, en el patio del plantel educativo, que era la misma plaza del caserío, dispuestos a ingresar a las aulas. Mi padre, como era su costumbre, de pie junto a la puerta, se mantenía atento del comportamiento de todos y cada uno de sus discípulos. Pero en esta ocasión, en vez de precautelar el ordenado y silencioso ingreso al “templo del saber”, como él lo denominaba a la escuela, nos distrajo con una exclamación de alarma que perentoriamente nos obligó a romper filas.

     “–¡Eh! Muchachos, miren hacia allí –expresó visiblemente alterado, indicándonos con la mano el extremo opuesto de la plaza–. ¡Qué cosa tan extraña!

     “Como movidos por un mismo resorte, todos los niños giramos la cabeza a la vez, para averiguar lo que acaecía a nuestras espaldas. Al comienzo yo no descubrí nada extraordinario, al menos en lo que ateniéndome a la fantasía podía esperar: “¡Una niña de largos cabellos de oro cabalgando un unicornio, o un dragón cornudo echando fuego por las narices!”, por ejemplo. Pero de pronto lo vi con sorpresa y exactitud lo que todos veían. Girando sobre sí mismo, como es propio del comportamiento de los remolinos de viento, se nos iba acercando lentamente uno de estos fenómenos meteorológicos de las características más curiosas. Pues, pese a desplazarse mediante giros vertiginosos, no levantaba del suelo el menor asomo de polvo ni una brizna de nada. Tampoco rozaba su improvisado camino ni producía ruido al desplazarse. Semejante a un largo tubo de superficie tenue y regular, parecía estar formado por humo o vapor. Su diámetro no rebasaría los tres metros mientras que su enorme longitud que se confundía con el azur del infinito.

     “–¡Cuidado! –volvió a dejarse oír el maestro, delatando en la inflexión de su voz, el pavor que empezaba a sentirlo–. ¡Puede ser peligroso! Debemos protegernos. Adentro todos.

     “Cual manada de corderos perseguidos por una jauría de canes furiosos, nos precipitamos todos al interior de la escuela. Mas una vez dentro del inmueble, a nadie se le ocurrió buscar el lugar más recóndito para protegerse. Por el contrario, todos, incluyendo mi padre, nos agolpamos a las ventanas que tenían vista a la plaza. La curiosidad podía más que precaución.

     “Al amparo de aquella sombra de protección, logramos ver maravillados el torbellino deteniéndose en el centro de la explanada. Y, como si en él se hubiese abierto una puerta invisible, salió un hombre, caminando lentamente y casi a tientas, como si se hallase deslumbrado por la claridad meridiana. Por su parte el remolino, en cuanto dejara salir a su “pasajero”, como si hubiera recibido un tirón desde arriba, se retrajo al cielo. Una forma de esfumarse más fugaz, imposible.

     “No recuerdo con precisión cuál de estas últimas escenas me impresionó más, el hombre que acababa de salir del torbellino o la insólita forma de retirarse éste. Sólo recuerdo que, luego de un débil y efímero susto, que me mantuvo en silencio, no podía sustraerme al deseo de saber lo que realmente había ocurrido. Acercándome a mi padre que, pálido y ansioso como la mayoría de sus alumnos, se halla mirando al desconocido a través de los cristales de la ventana, le inquirí dubitativo:

     “–Se trataba de un aeroplano y el hombre que se apeó de él es su aviador, ¿verdad papá?

     “El aludido se limitó simplemente a mirarme en silencio, no sé si debido a mi absurda pregunta, ya que mediante ilustraciones conocía yo perfectamente esa clase de vehículos que acaban de ser inventados en el extranjero, o porque el mismo dudaba de lo que hubiera visto y no quisiera emitir un juicio sin sustento. De inmediato se olvidó de mí y fijó su atención en el sujeto que había sido conjeturado por mí como aeronauta, quien continuaba caminando con dificultad, en nuestra dirección, guiado sin duda por el rumor producido por nosotros.

     “–Pero, ¡qué tonterías acabas de expresar, Fernando! –se dejó escuchar Bernardo, un chiquillo que me tenía ojeriza–. Verás, lo que acabamos de ver no era sino un automóvil, que en Quito para nadie es novedad, ya que estos bichos abundan allí tanto como las moscas aquí.

     “–Los automóviles se desplazan sobre ruedas y no aparecen y desaparecen de repente –repliqué con la seguridad de quien dice lo que conoce–. Además, no poseen la forma de un torbellino.

     “–Pero ¿quién asegura que a estas horas no se haya inventado ya automóviles con las características de un torbellino? –no quiso Bernardo dar el brazo a torcer.

     “–Tal cosa es un absurdo, como todo lo tú pronuncias –terció Florencio Donoso, que a su vez tenia ojeriza hacia Bernardo–. A mi parecer no cabe duda de que fuera un tren, pues mi padre me ha contado que esa máquina corre como el viento.

     “–Pero si el tren ni siquiera llega a Ambato –le recordó Simón Castro–. Además, para moverse necesita de raíles. ¿Aquello no te ha contado tu papá?

     “–¡Basta de proferir tonterías! –intervino con autoridad el maestro–. Pues, ¿no han visto ustedes que no se trataba sino de un torbellino de los que proliferan en esta época seca?

     “Y, sin duda considerando que el hombre llevado allí por el remolino no parecía peligroso y que más bien requería de ayuda, fue a su encuentro. Su intervención fue oportuna. Pues, cuando el citado personaje, inclinándose como un árbol que ha sido cercenado en la base de su tronco, se hallaba a punto de medir el suelo con su cuerpo, lo sostuvo y, luego, pasando uno de los brazos de éste por sus hombros, lo condujo hasta el interior de la escuela.

     “Muchos de los pobladores que también habían presenciado el desarrollo del extraño acontecimiento, movidos por la curiosidad, ingresaron en tropel detrás del profesor. Manifestando no poco temor, trataban de prevenirle de lo riesgoso que podía ser el conservarse cerca de un guayrapamushka, es decir, hijo del viento o traído por él, en lengua quechua. En esa zona, por aquel entonces territorio de haciendas y, en consecuencia, con una alta proporción de quechua hablantes en su demografía, era inevitable que el lenguaje coloquial castellano no fuera mezclado con expresiones indígenas. Esta particularidad oral, no depende de la educación o el nivel sociocultural del hablante, sino que cualquier hablante, en las circunstancias que favorecen la asociación de factores, lo utiliza.

     “Lo acostaron desfallecido sobre un banco y esperaron su reacción mientras el corro no cesaba de preguntarse en voz baja, como temerosos de despertarlo: “¿Quién será el guayrapamushka? ¿Será nada más que un mestizo o un blanquito de aquellos que te miran por encima del hombro? ¿Será un enviado del maligno o él mismo en persona? ¿De dónde habrá venido? ¿Vendrá de lejos, vendrá de cerca? ¿Cuánto tiempo habrá permanecido viajando en el huracán?...” Un sinfín de preguntas motivadas por el temor inspirado por la insondable condición del desconocido. A poco, en tanto que yacía en el improvisado lecho era examinado atentamente por los presentes inmediatos, que no dejaron en él sitio por explorar. Miraron detenidamente su pálido y delgado rostro que apenas apuntaba el bozo y determinaron que se trataba de un adolescente. Descubrieron que tenía los ojos verdes y el cabello castaño claro y decidieron que pertenecía a la raza blanca. El buen paño y excelente confección del traje (aunque de un estilo nada convencional) y la camisa de seda que llevaba puesto les aclaró que el hombre en cuestión provenía de una familia acomodada y refinada, probablemente urbana. Según el criterio de los lugareños, de la forma menos convencional, el caserío contaba ahora con un huésped de alta categoría, que bien podía ser hijo de un banquero o de un ministro de Estado. Se preguntaban dubitativos si, a la postre, aquello les iba a redundar beneficioso o, por lo contrario, de alguna manera perjudicial.

     “De pronto, don Calixto Mena –un ex oficial de las huestes de Alfaro que acababa de licenciarse y de volver al terruño–, que desde el principio de la inopinada reunión se había preocupado más que los demás en escudriñar al yacente, habiéndose fijado en los zapatos que éste llevaba puesto, sin perder tiempo, dio la voz de alarma, sobresaltándonos a todos.

      “–Lleva los zapatos más extraños que se haya visto –atronó escandalizado el sujeto en tanto indicaba los objetos aludidos–. Apenas le cubren el empeine y el talón y su suela parece estar elaborada en fino cartón. Pues, miren ustedes mismos, lo delgada que es.

     “Todos los examinaron con grande interés mientras movían la cabeza de arriba a abajo dando a entender que la alarma de don Calixto no podía ser más justificada.

     “–De seguro que con ellos no se podría ir por caminos abruptos o siquiera caminar sobre grava –opinó Clemente Acuña, un vivaracho seminarista que en época de vacaciones disfrutaba con lucir su sotana en Río Blanco, su solar nativo–. Parecen tan frágiles como si estuvieran confeccionados para una delicada señorita. Digo, si desde luego la hipotética dama usara calzado de este material y diseño.

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