EL SUICIDA

 

Por: José Vicente Quevedo Uribe

 

De existir la otra  vida, no anhelo el paraíso,

                                                               tampoco  el infierno, solo un lugar razonable

                                                                           que me permita ser yo.

                                                          

                                                                            José Vicente Quevedo

 

 

Un día, o mejor dicho una noche de plenilunio, decidí suicidarme; la razón: pamplinas. Me dirigí al bosque siendo las doce en punto, escogí el árbol más grande y dije: este es el lugar perfecto, no para ahorcarme, porque esa muerte debe de ser muy torturante, sino simplemente para que mi cuerpo descanse en paz bajo la sombra. ¿Por qué las doce? Es la hora preferida para las andanzas de este expatriado, llamado Lucifer, quien suele engatusar a tantos despistados que, por ambición, comodidad, lujos y mujeres, se dejan atrapar.

 

Este personaje, será por la edad, remedia su ineficacia intuitiva con lucha pertinaz. No le importa la hora ni el clima; de noche o de día está al acecho. Su plato favorito son los demagogos, esbirros, vendepatrias. Seguramente necesita asesores. ¿Cuántos miles de años creen que tiene este brujo que no se sabe ni donde nació y se considera ciudadano legítimo de este planeta? ¿Por qué estos llamados “Ángeles Rebeldes”, con este bufón a la cabeza, no perecieron en el diluvio universal? ¿O será que el diluvio no fuera de tal magnitud, a menos que Noé lo haya camuflado en alguna parte del arca,  en medio del tremendo susto, hasta que la palomita regresara con la rama de olivo en su pico, anunciando el descenso de las aguas?

 

Que estos infernales se encuentran encadenados en tenebrosas y abismas prisiones (según las Profecías de Enoc): falso, porque de ser así, el Shemihaza, otro de los tantos nombres que ostenta este revoltoso, no tendría posibilidad de realizar tales proezas.

 

Desde luego que este gran esfuerzo físico lo ha vuelto intocable, aniñado, pelucón, que sólo con mover la cola a todo ritmo, atrae a tantos morbosos trasnochados que, plantados en las esquinas, esperan recibir sus “favores”. ¿Por qué no escogió otro lugar de los tantos que deben existir en alguna parte del universo, también poblado de alienígenas?

 

***

 

Que quede claro que yo no lo busqué por dinero ni por lujos, tampoco a cambio de mujeres, basta con lo que tengo. Pero a lo que iba, es que dicen que el suicida, desde el primer momento en que planifica su muerte, ya está condenado para siempre. Porque según las reglas divinas, nosotros no debemos disponer de nuestras vidas, sino sólo aquel que creó todo este sistema enmarañado de cosas tan complicadas, que nadie entiende. Pero el momento en que desobedecemos y rompemos la regla, como en mí caso que me arrebaté así nomás, sin meditar concienzudamente, Dios ya no se hace cargo. Y ¿quién puede discutir al respecto? Porque si alguien se atreve a opinar lo contrario, es ateo, impío, hereje, descomulgado, comunista; así que en este punto mejor me callo.

 

Es entonces cuando este saltimbanqui, pernicioso, maldición de afligidos y consuelo de vanidosos, a mantel tendido, saltando en chulla pie y latigueando con la cola las barbas de los esbirros que no les faltan a su alrededor, se adueña a manos lavadas de nuestras modestas almas.

 

Pero el objetivo de mi visita al bosque, fue con el propósito de encontrarme en vida con el que iba a ser el dueño de mi ánima allá donde espera la paila al rojo vivo, y antes de sacar el arma homicida que, seguramente haría trizas mi cráneo, quería que se hiciera presente para charlar un poco y ver si existiese la posibilidad de condicionar algunas cosas: como por ejemplo, el tiempo de permanencia en el infierno. Porque sí sería saludable conocer los otros parajes y curiosear un poco de las tantas maravillas que dicen que existe, sobre todo allá en el cielo. Y, ¿por qué no hacer también una pasadita y purgar un tanto en el purgatorio, como para salir nuevecito y limpio de todo mal? Pero aquí ocurrió algo inesperado: en la espesura del bosque, donde solo se escucha el campaneo de las cigarras y uno que otro ruido lúgubre y lejano, pero a cambio se percibe un olorcito a hojas frescas y perfumadas, y esa intensa energía que emanan esos troncos milenarios, que en ese mismo instante se renuevan todas la neuronas, nos hace aparecer las cosas más claras y como que nos arrepentimos de las barbaridades que cometemos. Y cuando ya me iba en camino un poco decepcionado, escuché a la distancia a alguien que se acercaba entonando música satánica.

 

Yo, con el alma en el cuerpo, contento de que por fin iba a conocer a un personaje tan mentado por sus hazañas, tanto aquí como en el cielo, porque dicen que por indisciplinado, Dios lo arrojó al espacio a él y sus secuaces. Seguramente organizó paros, manifestaciones, o por lo menos pretendía algún ascenso o mejoras salariales, cosa que no le gustó al que “sabemos” y procuró deshacerse, pero le salió el tiro por la culata, y para desgracia de él y de la nuestra, este bribón sigue vivito y haciendo de su vida lo que le viene en gana; pero cuando se puso frente a mí, ¡cuál fue mi frustración!, no por el inesperado encuentro con otro que nada tenía que ver con el caso, sino simplemente porque fracasé en mi intento de conocer al señor Luzbel en vivo y en directo y que importunó mi suicidio; resultó ser un amigo, aficionado al rock pesado, con su transistor a todo volumen. Y, quitándole la palabra de la boca, porque seguramente él iba a hacerme la misma pregunta, me anticipé y le dije: ¿qué haces aquí y a esta hora? Pero no me quiso responder. Seguramente tenía algo oculto en ese rincón del bosque. Y, con un semblante de asustado, se alejó rápidamente, pero sin antes llevarme a empellones, atemorizándome de que en aquel sitio es la guarida del diablo, de lo que quiere decir que yo no estuve equivocado, por lo menos del lugar.

 

***

 

 

Estoy consciente de que les he tenido mucho tiempo en espera, engatusados con respecto al verdadero motivo de mi cándida decisión. Al no representar un asunto de mucha importancia, casi me olvido. Sencillamente me da mucha vergüenza decirles que solo se trató de un mínimo despecho, ocasionado por una desilusión amorosa. ¡Qué tontería!, ¿verdad…? Habiendo tantas mujeres, aventureras o no, eso que importa. ¿Cómo es que se me ocurrió llegar hasta esa desfachatez, loca y absurda…?   

 

Don Sata, a pesar de su elocuencia y prestidigitación que ha demostrado a lo largo de los milenios, no le tengo mucha fe, puesto que si fuese tan astuto, persuasivo y calculador, que siempre está puntual cuando alguien lo necesita, no me hubiera dejado plantado; o sería porque yo no lo había invitado antes ni comunicado de mis malas intenciones. Pero si fuera como todo el mundo cree: sabio, con dotes de clarividente, como para desafiar al que lo hizo “famoso”, pues esa era su oportunidad y debía haber evitado a toda costa de que apareciera un intruso he hiciese fallar un plan tan bien armado, del que yo creí que saldría triunfante y no estaría aquí para contar esta fracasada historia.