El Soldado

Carlos Villamarín Escudero 

 

IMPRESIONES  “CANON”

 

 

 Sólo quien tiene la valentía de enfrentarse a la Muerte, merece vivir. Porque el mirar de cara a la Muerte, mientras ella se dispone a guiarle hacia las tinieblas de la Eternidad, no es nada fácil.
Sólo lo está permitido a un reducido número de privilegiados.
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Fragmento de esta novela

  
 

 

INTRODUCCIÓN

    EL SOLDADO, obra cumbre de Carlos Villamarín Escudero, no es una novela más del género denominado evasión que, como las aguas del Leteo, tiene la virtud de borrar de la mente las preocupaciones rutinarias de quien se sumerge en su lectura. Pues, todo lo contrario, con cada uno de sus pasajes, descriptos con amargo realismo, vapulea severamente a la sociedad ecuatoriana (especialmente de sus líderes), la cual, aduciendo falsos sentimientos pacifistas, ha ido perdiendo su bien más preciado: la DIGNIDAD. Es una bofetada en pleno rostro y, como tal, su efecto perdurará en el lector hasta mucho después de haber cerrado sus páginas.

   El Ecuador, víctima del canibalismo de la “hermandad panamericana”, desde su independencia política de España, no ha cesado de perder su heredad territorial con pasmosa celeridad. Del área geografía que le fuera asignada al convertirse en Estado libre y soberano, en la actualidad le queda apenas una pequeña fracción, una porción diminuta de suelo patrio mal defendida y expuesta a la voracidad de sus vecinos. Es una dolorosa realidad, qué duda cabe. Pero ¿existe razón valedera como para continuar con este estado de cosas? Ninguna que no sea la cobardía de sus hijos para pedir cuentas al usurpador, obligándole a mantenerse quieto detrás de sus fronteras. ¿Hasta cuándo permitiremos los ecuatorianos disfrutar al enemigo de la ocupación de los territorios despojados a la madre Patria? No antes de que surja en el pueblo un sentimiento imbuido de profundo nacionalismo que inculque en sus hombres la convicción de llegar hasta el sacrificio en aras de la Patria. Por cierto, para que tal aspiración se conmute en fructuosa realidad, hace falta desde luego el advenimiento de un líder en el cual confluyan elevadas cualidades, de un Mesías, inspirado en la DIGNIDAD NACIONAL, que genere suprema confianza en el pueblo que ha de guiar a la cima del triunfo. Ciertamente. Pero aquel líder o Mesías está ya aquí. Está entre nosotros. ¡Es El Soldado! 

   EL SOLDADO es un libro escrito por un ecuatoriano para ecuatorianos. Su primera edición, aparecida hace poco y agotada de inmediato, obtuvo resonante éxito incluso más allá de los lindes patrios. Hoy Editorial ESCRIBA, en su afán de propagar la cultura nacional, se complace en presentar esta interesante obra, con una nueva edición.

Ángel de la Riva.

 

 

Refugio de Atabatza, febrero 21, hora 8

   El fragoroso estallido del bombardeo y el violento remezón, que originó grandes desprendimientos de material pétreo del cielo del túnel, sin duda fueron simultáneos. Pero debido al pánico que me dominaba, pude darme cuenta de que me hallaba casi sepultado sólo cuando el fragor se extinguió y en el ámbito flotaba un ominoso silencio de efecto más sobrecogedor que el de las explosiones que lo habían precedido.

   No podía saber si algún pedrusco, de las muchos que me habían caído encima, me hubiese herido, ya que no me atrevía a mover un solo músculo, temeroso de producir el menor ruido que pudiese atraer la atención de quienes, probablemente, se hallarían examinando palmo a palmo las inmediaciones de mi refugio. Y de caer en sus manos, ¡Dios mío!, nos habrían liquidado ipso facto, puesto que ellos no eran partidarios de hacer prisioneros a los vencidos. Una ráfaga de tiros o el estallido de una granada y todo habría concluido para nosotros. Los conocía yo bien cómo se las gastaban con los vencidos.

   Fue sólo entonces cuando empecé a percibir aquel sonido similar al de una campana rota que, en el transcurso de un pequeño lapso, incrementó su volumen acústico hasta un nivel insoportable. Mas lo peor no era la tortura infligida al oído sino esa intermitente dolencia que laceraba mi pecho con la crueldad de un buitre empecinado en arrancar las entrañas. Me sentía en la misma situación de Prometeo cuando, como castigo a sus transgresiones, Zeus lo hizo encadenar a una roca en el Cáucaso, donde era atacado continuamente por un águila furiosa. En mi desesperación supuse que aquella terrible tortura no debía ser sino el efecto destructivo de alguna máquina infernal puesta en marcha. En más de una ocasión se había jactado el enemigo poseer cierta arma bélica, desarrollada a partir de las ondas sonoras, capaz de aniquilar en el acto a todo un batallón.

   ¿Se trataba ciertamente de esos artilugios diabólicos?

   Pero ¡había transcurrido toda una eternidad y aún me sentía vivo!

   Y de pronto, al igual que se prende una lámpara, sentí que mi mente se iluminaba con el fulgor del razonamiento. Fue entonces cuando, lleno de asombro, descubrí que la causa de mi inquietud no se originaba en el exterior, sino dentro de mí. ¡Eran los latidos de mi corazón magnificados por el pánico!  

   Traté de serenarme a toda costa. No había sitio para la desesperación en tales circunstancias. Y procurando imprimir en cada movimiento sumo cuidado, fui desprendiéndome del material pétreo hasta verme totalmente libre. Me encontraba ileso afortunadamente. Arrastrándome, fui hasta la puerta de la gruta, que se hallaba disimulada por unas ramas colocadas allí, y atisbé el exterior. Nadie aparecía en ese verde mar de aparente soledad que se dilataba frente a mí en forma de selva, aunque el enemigo no podía andar muy lejos, deslizándose al amparo del exuberante bosque, en acecho de posibles supervivientes del ataque.  

   Tampoco percibí el menor ruido. Toda señal de vida parecía haber huido tras el feroz bombardeo que acababa de sufrir ese lugar. Los cráteres abiertos por las bombas, mostraban sus desdentadas bocas aún humeantes.

   Escuché que alguien se quejaba a mis espaldas.  Mire sorprendido hacia donde provenían los gemidos. Era el cabo Uribe, uno de mis compañeros de patrulla que el día anterior había resultado herido en una emboscada tendida por el enemigo. El terror que momentos antes se había apoderado de mí, había alterado temporalmente la memoria, haciéndome olvidar que el refugio lo veníamos ocupando tres soldados dispuestos a ofrendar la vida por la dignidad de una nación pacífica pero orgullosa, pequeña pero valerosa, que nunca más permitiría al invasor hollar su suelo impunemente.

   De los tres, únicamente yo me hallaba físicamente indemne y en condiciones de luchar. Los dos restantes, heridos de gravedad y sin asistencia médica, tal vez no volverían a contemplar el sol. Nos hallábamos aislados de nuestros compañeros que, en diferentes puntos, luchaban con valor para expulsar al agresor de nuestro territorio.

   Hasta hace tres días antes formábamos parte de aquellas valerosas tropas y entonces se nos destinó a patrullar una zona no comprometida en el conflicto bélico. Allí, las posibilidades de combate eran remotas, pero, al llegar, la encontramos llena de infiltrados. Y luego de entablar desigual combate contra ellos fue necesario buscar refugio. Por fortuna, en una colina, situada sobre una meseta, dimos con el sitio adecuado. Se trataba de una vieja gruta utilizada quizá como guarida por las fieras. Según el mapa, aquel sitio se llamaba Atabatza.

   Gracias a su privilegiada situación, que dominaba gran parte del sector, un dilatado horizonte se abría ante la vista. Al nordeste, algo desdibujado por las azules brumas de la lejanía, se divisaba Cóndor Mirador. El fragor del cruento combate que se libraba en ese puesto militar, cual macabra sinfonía, ponía la música de fondo para ambientar las dramáticas escenas que se desarrollaban durante esos días en aquella zona de la Amazonía ecuatoriana.  

   Al oeste, asida a la ladera de una elevación desprovista de árboles, situada a unos dos kilómetros de distancia, se levantaba una pequeña capilla en la cual quizá jamás se efectuó oficio religioso alguno presidido por un sacerdote. Era una rudimentaria construcción de exigua cabida. Pero aun así, y pese a que la mayoría de los militares se confiesan católicos, hubiese resultado holgada a la hora de celebrar misa. Ciertamente, de todo puede vanagloriarse el soldado ecuatoriano pero no de devoto. Cree que la religión es buena solamente para las mujeres.

   Mi criterio nunca fue opuesto al concepto que de la religión tienen mis colegas. Aunque jamás me haya solazado con broma alguna tejida en torno de quienes poseen el hábito de asistir a los oficios religiosos celebrados por el capellán, en más de una vez llegué a calificarles de fanáticos. Por qué habría de negarlo.  

   En un patrullaje anterior, ya había visitado yo la capilla que ahora se recortaba sobre el verde manto de la selva, frente a nuestro inopinado refugio. Su única imagen, conocida como "El Soldado", con la cual contaba el sagrado recinto, produjo en mí una profunda impresión. Se trataba de un viejo crucifijo del tamaño de un hombre de mediana estatura, al cual, alguien de irreverentes ocurrencias, le había vestido con atuendo militar y dotado de un equipo completo de campaña, fuera de uso. Claro que no todos los útiles los llevaba encima, como es fácil de imaginar. El casco estaba colocado, como un sombrero, sobre el extremo superior del madero vertical de la cruz, y el fusil, las cartucheras y las granadas colgaban de los extremos del travesaño. El aspecto del crucifijo no era desde luego el de un inofensivo sujeto disfrazado de guerrero que inspirase lástima o mofa, sino más bien el de un bizarro gladiador presto a entrar en combate. La cabeza, ligeramente ladeada, y los brazos, vigorosamente desplegados, le daban la impresión de que tomaba impulso para lanzarse a la lucha con fiereza irreductible. 

   Era impresionante.  

   Desde tiempos muy remotos, existía en la región la creencia de que por Atabatza, aun sin la presencia de guarnición ninguna, al invasor le sería imposible ingresar a suelo ecuatoriano, porque "El Soldado" era el mejor guarda frontera. De ahí el supuesto de que ese lugar se mantendría inviolable siempre.

   En la mañana de esa víspera, poco antes de que descubriésemos a los infiltrados y fuéramos descubiertos por ellos, visitamos la capilla, la cual bordeaba el camino que llevábamos. Estaba solitaria como de costumbre. Su puerta, solamente entornada, nos permitió libre acceso. "El Soldado" nos recibió con una dulce expresión plasmada en su mórbido rostro saturado de sangrantes lastimaduras y moretones. Nos sonreía con sus serenos ojos. Al menos era eso lo que me pareció. En todo caso, su presencia me infundió una deliciosa paz nunca antes experimentada. Le saludé al estilo militar. Martillo, uno de mis compañeros y simple soldado como yo, me imitó gustoso. Por su parte, el cabo Uribe, aduciendo ostentar un grado superior al de humilde soldado, no sólo que se negó a saludar al crucifijo, sino que le reprochó por su flagrante incumplimiento de las ordenanzas militares. Pues, según él, era “El Soldado” quien debía saludarle. Aquello nos pareció una broma de mal gusto y simulamos no haberle concedido atención.

   No tardamos en alejarnos de allí.  

 

*  *  *

   Al acercarme al cabo Uribe, vi que le habían respetado la tierra y los guijarros que en cambio habían cubierto totalmente a Martillo y parcialmente a mí. Éste había resultado herido en una pierna durante la emboscada en la que lo hirieron también al cabo. Fui sin tardanza en ayuda del sepultado, que pugnaba por librarse de aquel pétreo manto que amenazaba con transformarse en su mortaja. Cuando llegué junto a él, ya había logrado sacar una mano y con ella escarbaba la tierra que aplastaba la cara, como lo haría una gallina en busca de un gusano. Y hube de aplicarme a fondo para impedir que pereciera por asfixia. Mas, a pesar de mi ayuda, apenas consiguió respirar cuando al fin quedó libre.  

   Con todo, fue sólo cuestión de tiempo para que superara el estado de postración en que le había dejado la asfixia, momentánea por fortuna. De ocurrir lo opuesto, habría sido una cruel ironía del destino para con un valeroso soldado que había logrado salir con vida de la batalla para luego morir como consecuencia de algo no previsto como riesgo militar.

   Claro que a veces acaecen cosas bastantes extrañas cuando el destino se propone burlarse de alguien. Por ejemplo, sé de un buen hombre que pasó la mayor parte de su existencia soportando tantas y tantas enfermedades perniciosas que al común de los mortales le hubiese bastado tan sólo una de ellas para liquidarlo. Además de gustar empinar el codo con notable exageración, era pendenciero contumaz, pésimo amigo y se adornaba con todas las pintas y señales del chulo, porque en realidad era él chulo. La vida no era otra cosa para él que una interminable regalada fiesta. Con facilidad superaba las enfermedades, saliendo bien librado de manos de los médicos, sorteaba hábilmente la acción de la justicia y se burlaba siempre de la venganza de los maridos ofendidos. Era lo que se dice un chico con suerte. Mas un día, cuando menos lo esperaba, fracasó frente a una empresa que no revestía de ilegalidad ni abarcaba peligro. Por el contrario, se trataba del primer acto decente que se le ocurrió acometer en su túrbida existencia, como el de contraer matrimonio. Durante la boda, su bella desposada enloqueció de repente y él, abrumado por semejante desgracia, falleció en contados minutos.

   Pero no salgamos del tema y vayamos adelante con lo que realmente interesa.  

   Luego de auxiliar a Martillo, limpiándole la herida de su pierna solamente con agua, ya que lo habíamos perdido el botiquín, acudí en ayuda de mi superior, que profería leves y sostenidos gemidos, como si se avergonzara de manifestar sus dolencias. El disparo que le había atravesado el costado derecho, cerca del hombro, parecía haber comprometido en alguna magnitud el pulmón, ya que la sangre le llegaba hasta la boca para verter en forma de permanentes hilillos que corrían por sus comisuras, además de los escupitajos escarlatas detrás de cada acceso de tos. Por cierto, en cuanto se movía, sangraba también por las heridas visibles. 

   La tos se le volvía continua mientras permaneciera acostado y, con ella, el sufrimiento iba en aumento. De ahí que prefiriera mantenerse todo el tiempo recostado en una de las paredes de la gruta. Su recia complexión, obrando en contra de las ventajas que siempre le había significado el poseerla, le impedía encontrar alivio en el desmayo. Tampoco había podido dormir un instante desde el día anterior. La tortura del dolor la soportaba, en toda su intensidad, con los sentidos intactos y despejados.  

   Sabía mi cabo Uribe que la llama de su vida se apagaba, sin embargo, no le preocupaba dar el gran salto al Más Allá. Era todo un valiente. Merecía más que nadie continuar en este mundo.

   Sólo quien tiene la valentía de enfrentarse a la Muerte es digno de vivir. Porque el mirar de cara a la Muerte mientras ella, tomándole en sus descarnados brazos, se dispone a conducirle hacia las tinieblas de la Eternidad, no es nada fácil. Solamente lo está permitido a un reducido número de seres privilegiados.

    Al tocarle la frente, comprobé que la fiebre había subido ostensiblemente. Todo él daba la sensación de un horno en plena incandescencia. Del residuo del agua que conseguía recoger en uno de los cascos, de las gotas que rezumaba el techo de la gruta, di a beber unos sorbos y también lavé sus heridas. Era lo único que podía hacer por mi superior. La imposibilidad de contar con los medios necesarios para combatir la infección o, al menos, mitigar el sufrimiento hasta cuando ocurriese el milagro de que nuestros compatriotas viniesen a rescatarnos, me desesperaba.

   —Mi cabo, tenga usted la seguridad de que saldremos con bien de ésta —quise alentarle, pintándole una idea que le anclase al deseo de vivir, negándose a aceptar lo inevitable—. El bombardeo que acaba de lanzar el enemigo, forzosamente habrá sido visto o detectado por alguna de nuestras patrullas que vigilan las áreas aledañas. Supondrán que el ataque habrá dejado supervivientes en nuestras tropas y no tardarán en venir para ayudarnos.     

   Me miró con sus ojos encendidos por la fiebre, que, a la precaria luminiscencia que se filtraba hasta la galería, parecían bañados de un fulgor fosforescente.  

   —Gracias, soldado Pérez —musitó el moribundo en medio de gemidos prolongados que transmitían a mi alma sus dolencias en toda su infinita crudeza—, reconozco en lo que vale su buena intención por obsequiarme con una remota esperanza de vivir cuando para mí todo ha concluido. Dentro de poco tiempo habré de partir llevando conmigo la satisfacción del deber cumplido. El haber acudido al llamado de la patria para defenderla, confiere a mi espíritu una felicidad nunca antes sentida. Pérez, ¡qué mayor gloria pude haberla esperado!

    Un ataque de tos interrumpió por unos instantes sus palabras apenas audibles pero llenas de emoción. Luego continuó:

   —Cuando niño, mientras los pacíficos ecuatorianos vivíamos el sobresalto del conflicto de Paquisha, temerosos de que la patria volviese a ser víctima de los cercenamientos y vejaciones que sufriera desde su inicio como Estado soberano, escuchaba lamentar a mi abuelo de los actos de barbarie perpetrados por el invasor con las provincias del sur, durante el transcurso de los años de 1941 y 1942, mientras las retenía como prenda para forzar a Ecuador la suscripción del llamado Protocolo de Paz, Amistad y Límites, celebrado en Río de Janeiro.

   "Escuchaba impresionado rodar de sus trémulos labios compungidas frases, rebotando entre el dolor contenido y la inútil furia, en un intento por graficar el silencio cómplice (salvo México) de todos los países de América, que se limitaron a mirar, con la indiferencia del cobarde, la sangre inocente derramada por el Caín de América. "Qué suerte le cupo a mi Patria —decía aquél—. Igual que la de Cristo: ¡crucificado entre bandidos!"

   Le sobrevino un nuevo ataque de tos, más intenso que los anteriores, trayendo consigo otra interrupción. Pero no tardó en retomar la palabra:  

   —Aquellas conmovedoras palabras —continuó el cabo—, atravesadas como una espina en mi mente, me han acompañado durante mi existencia, cubriéndome de vergüenza y llenándome de temor, temor a que la integridad y la misma existencia de mi país, como nación, dependiesen de la voluntad de su  malvado vecino; recordándome la realidad lastimosa de que el Ecuador ha adolecido siempre de dirigentes políticos honestos y de  convicción cívica, con un propósito y una meta de forjar la grandeza de la Patria, instaurando y propagando la Cultura del Honor; lamentándome de que todo ecuatoriano nace marcado con el estigma de la deshonra (versión nacional del "pecado original" que la iglesia católica asegura pesar sobre todo recién nacido) como efecto de la falta cometida por sus antecesores incapaces de defender su heredad territorial; exhortándome a dedicar todos los actos de mi vida al servicio de la Patria, de esa Patria humillada, parcialmente ocupada  por el enemigo, y en espera de que sus medrosos hijos, revistiéndose de dignidad, echasen al contumaz invasor a la orilla sur del Amazonas.

   Ahora hablaba con energía y firmeza. Se diría que de pronto se había liberado de las dolencias.  

   —Al principio —prosiguió el cabo—, impulsado por la inocencia de la juventud sentí viva atracción por la política, convencido de que hallaría en ella el vehículo que permitiría llegar al aletargado corazón del ecuatoriano para despertarlo con una eclosión de sentimientos patrióticos. Reacción indispensable para crear el frente cívico que la furtiva dignidad nacional lo requiere. Pero pronto hube de renunciar a esa aspiración al descubrir el templo de la política convertido en guarida de gángsteres, peleándose a dentellada limpia entre sí por obtener la tajada más suculenta. Por desgracia, en la política criolla no existe cabida para la honestidad ni se puede encontrar el camino idóneo para llegar a la solución de los graves males que aquejan al país. Su infecto mundo no admite la menor posibilidad de poder llevar al terreno del debate temas que, por su transparencia, pusiesen en riesgo la posición de ventaja de quienes medran en él. En su tribuna, la tesis de invalidez de esa conspiración internacional llamada Protocolo de Río de Janeiro, no encuentra asidero y sirve solamente para sacudir el avispero formado por una caterva de infames detractores. Ya José María Velasco Ibarra, al proclamarla, hubo de enfrentarse a la antipatria desenmascarada por primera vez.

   "Créame usted que, de haber prosperado esta propuesta, no se habría limitado ella a un lírico manifiesto de inconformidad unilateral acerca de aquel tratado, sin otro apoyo que el de la fuerza de la razón, sino con el que otorga una acción militar nutrida por la energía generada por todo ecuatoriano, en condiciones de tomar un arma, convertido en soldado. Y es precisamente ahí donde y cuando salta la liebre.  

   "¿Pues aquellos caballeretes metidos a soldados, con el riesgo que ello implica? ¡Jamás! ¡Qué se jueguen la piel los demás!  

   "El servicio militar obligatorio y la profesión castrense está bien para los chagras, indios y cholos, cuyo destino es la servidumbre y que nunca están mejor que cuando obedecen. En cuanto a ellos, los batracios del pantano político y la fauna oligárquica, que no nacieron sino para gozar, ¿por qué habrían de buscarse problemas innecesarios que comprometan su muelle existencia? La sola posibilidad de que alguno de sus dorados vástagos se viera forzado a tomar el arma y luchar de cara a la muerte, les pone la carne de gallina. ¿Cómo sacrificar a sus hijos en el ara de la Patria cuando ellos, sus padres, no saben sino esquilmarla?

   "He aquí, soldado Pérez, uno de los motivos que explica la oposición a ultranza de la oligarquía y sus aliados naturales, los politicastros encaramados por turno en el poder, a dar trámite tal tesis, convirtiéndola en bandera de reivindicación que obligara la retirada inmediata del invasor del territorio ocupado por él. Pues, si los israelíes consiguieron recuperar su Patria, luego de dos mil años de haberla perdido, cómo no conseguir los ecuatorianos, si apenas ha transcurrido algo más de medio siglo del despojo de parte de la nuestra. La sangrante herida abierta en nuestra Patria con la alevosa invasión de 1941, se cerrará tan sólo cuando su territorio ocupado haya sido liberado del usurpador.     

   Martillo volvió a pedir agua. Fui en su socorro. Di a beber y revisé la herida que, por falta de asistencia médica, presentaba un aspecto feo y desconsolador. Inflamada y convertida en un verdadero manantial de fétida purulencia, denunciaba que la gangrena había puesto en ella sus mortales garras. La dolencia debía ser intensa, sin embargo, no profería una sola queja. La cubrí con unas hojas, para protegerla de las moscas, y retorné donde el cabo, que se hallaba recostado unos metros más allá.  

   —¿Cómo se encuentra ese valiente? —interrogó mi jefe, refiriéndose a Martillo.

   —Bastante mal —respondí con pesar.  

   —No obstante, lo soporta con admirable resignación. Supongo que también él habrá de partir pronto. En todo caso irá feliz. Porque él ha saldado ya su deuda con la Patria.

   Efectivamente, Martillo había cumplido con el deber que la Patria impone a sus hijos: el de defenderla. Y lo había hecho heroicamente, diezmando varios hombres a las patrullas enemigas de avanzada, antes de caer herido. Era él un verdadero patriota digno de emulación. Mas mi caso era diferente. Todavía no había causado baja alguna al enemigo y, lo que era aún peor, durante el combate me vi sobrecogido por el miedo y la desmoralización hizo presa de mí, impidiéndome afinar la puntería. Era evidente en mí la falta de aptitud para la lucha. Y aquello me afligía.  

   —¿Se siente usted bien, Pérez? —me pregunte el cabo, centrando su mirada en mi rostro, seguramente desencajado por la vergüenza que me producía aquella gélida sensación que se posaba en el corazón en cuanto comparaba el valor de mis compañeros con el mío— ¿Ha resultado usted lastimado por algún pedrusco durante el derrumbe? La verdad es que tiene mal semblante.

   No podía engañarle con una respuesta falsa y la comuniqué‚ el motivo de mi sufrimiento. 

   —Pero ¿cree acaso usted que yo me he sentido mejor durante los combates y, sobre todo, cuando acaeció el bombardeo? —reveló el héroe— ¡Nada  de eso! Si usted me hubiese prestado atención durante esos momentos, se hubiera dado cuenta que me hallaba abatido por el miedo. El verme expuesto a perder la vida de un instante a otro no me hacía gracia alguna, cuando poco antes hubiese apostado a que llegaría yo los cien años de edad.  

   "El miedo y la desmoralización son debilidades muy humanas, soldado Pérez. Todo aquel que ha vivido similares experiencias, incluyendo el más bravo de los combatientes, conoce de sobra que se torna en su víctima cuando los nervios han sido triturados por la tensión. Entonces espera que un balazo certero ponga fin a ese estado de cosas. Tampoco resulta fácil substraerse del miedo una vez que se ha caído en su red, porque mientras más lucha uno por librarse de él más atrapado se ve. Lo conveniente es no tratar de oponerse a este sentimiento y esperar a que él sucumba abatido por su propia frigidez. El miedo viene y se va como la tempestad, sin que nada ni nadie puedan oponérselo. Sin embargo, regresa para abatir a quien se lo dé por oponérselo. Por tanto, es mejor aprender a vivir en su oprobiosa compañía. 

   Sus palabras mitigaron mi ansiedad. Y entonces empecé a recobrar el dominio de mis nervios.

   —Y bien, soldado Pérez, como decía, éste es sólo uno de los motivos que ha permitido al usurpador apoderarse de nuestro suelo patrio —dijo el cabo, refiriéndose a su razonamiento anterior—. Pero existe otro, mucho más repugnante que el comentado, que a priori resulta inexplicable, difícil de aceptarlo, sobre todo si se fija en quienes recae la culpa. No obstante, el enigma no resiste el análisis más superficial. Además, basta con formular la siguiente pregunta para que su respuesta señale la dirección del mismo fangal que albergó a Judas y a Arroyo del Río y donde ellos ensayaron su perfidia: la traición. ¿Por qué ciertos sujetos, miembros conspicuos de la dorada sociedad del país, abogan con ferina vehemencia por una solución inmediata, privada y pacifica del diferendo fronterizo, renunciando sin argumentos valederos a todos nuestros derechos en beneficio del agresor? En su premura, simulan ignorar que el Ecuador posee títulos jurídicos que lo acreditan como de su perpetuo dominio el territorio desmembrado mediante la fuerza irracional de las armas. Suceso atroz que contraviene flagrantemente los mandatos los convenios internacionales vigentes.

   —¿Por qué? —pregunté alarmado.

   —Sin duda porque se traen entre manos un asunto tenebroso y a la vez altamente beneficioso a sus mezquinos intereses, el cual les es indispensable finiquitarlo cuanto antes.  

   —¿Buscan entonces cumplir con absoluta fidelidad el compromiso pactado con quienes cotizaron su traición? ¡Vaya honor entre bandidos!

    —Lo increíble del caso es que esta cofradía de traidores son inmunes al remordimiento que al réprobo de Kariot obligara a buscar en la cuerda la expiación de su infamia. ¿Arroyo del Río terminó sus días gracias a la corbata de cáñamo? No, de donde se sabe. Pero sus discípulos ¿acabarán por pender del extremo de una soga atada a la rama de un árbol? Quién sabe. Aunque yo no apostaría a que tal cosa no vaya a ocurrirles tarde o temprano. Ya aparecerán quienes les pidan cuentas.  

   "Y como usted puede suponer, en ese mercado de conciencias, donde el honor ha sido inmolado al dios metal y enarbolan su bandera como emblema de la felonía, el credo del nacionalismo no tiene sitio. El ideal de forjar la nueva Patria, el Ecuador profundo, grande y respetado, se estrella en la indiferencia, porque ese antro no alberga sino miserables individuos de mente ratonil.

   —Pero existen en nuestra sociedad instituciones de probada solvencia moral en las que uno puede confiar —reflexioné—. El Magisterio, los medios informativos, por ejemplo.  

   —Tampoco el civismo tiene mejor acogida en ninguna de esas instituciones que usted las cita ingenuamente —respondió el cabo Uribe, mirándome con cierta decepción—. ¿Acaso no ha escuchado usted tanto a docentes como a periodistas defender la tesis peruana con ahínco y convicciones aun mayores que los usados por los mismos peruanos? Precisamente de ahí proviene la culpa de que parte de los ecuatorianos (irónicamente, la que se proclama culta) se pronuncie por la solución que menos le conviene a los intereses de la Patria. Uno se resiste a creer cuando ve cómo estas entidades esenciales del Estado, que tienen como misión la obligación de desarrollar y perfeccionar las facultades intelectuales del niño y del adolescente, la una, y la otra de informar con absoluta veracidad, contribuyen más bien a desorientar y debilitar el fervor cívico de la población. La entidad educativa es rea de omisión, la informativa lo es de complicidad de este crimen.  

   La declaración, que atribuía a los medios informativos del delito de lesa patria, me llenó de preocupación y hasta de miedo. Desde luego, no por parecerme ella temeraria sino por la audacia con que la había formulado en presencia de testigos, aunque ninguno de nosotros fuera capaz de denunciarlo ante los lacayos ni mucho menos ante los jefes de tan poderosas empresas. Porque en nuestro país cualquiera puede insultar impunemente a los demás, si así lo desea, pero nadie se atreve siquiera a arrugar el ceño delante de los hipersensibles chicos de la prensa. Del haraquiri son devotos tan sólo los súbditos del País del Sol Naciente.

   Con la esperanza de que un distinto razonamiento de mi superior me aliviase el efecto producido por sus anteriores palabras, dije:

   —Mi cabo, a pesar de todo, existen sectores de la sociedad que estarían dispuestos a permitir la difusión, desde sus tribunas, ideales tan altruistas. Me refiero a los sindicatos y gremios de profesionales de los cuales, precisamente, no carece el país.  

   —¡Imposible! —profirió el cabo, hurgando la herida con sus dedos, como si tratara de buscar algo en ella. Luego de mirar por un instante los dedos esmaltados de sangre, continuó—: Pues, ni en las satrapías sindicales ni mucho menos donde guarece la rabiosa burocracia, ensayando irreverentes gestos contra la abnegada Patria que la amamanta, existe lugar para nada decente. Su aparente respetabilidad sirve apenas para encubrir la fétida podredumbre que corroe y mina sus entrañas, mas no para abrigar ideales de redención social. Son nada más que carroña con la cual satisfacen su apetito los buitres de la política, que no cejan de cernir los túrbidos cielos del oportunismo.  

   —Jamás he tenido yo la oportunidad de tratar a esa gente y mucho menos de analizarla —dije conmovido de mi falta de ilustración y perspicacia—. Salvo la diferencia de su elevada posición frente a la de los humildes, la suponía dominada por vicios y virtudes comunes. Debido a la ingenuidad que, es la nota predominante del estrato social al cual pertenezco, he podido mirar sin ver y oír sin entender lo que acontece realmente en la alta sociedad y en las cúpulas del Poder.  

   —Afortunadamente, Pérez, en nuestro país, manteniéndose inalterable su naturaleza, como el aceite sobre el agua, existen aún gente de alma generosa que hace de la decencia su marco de conducta. Es ella la que, por conservar intactos los valores morales, genera la esperanza de ver reintegrada la Patria, ya que se ha constituido en artífice de su defensa. De ella proviene aquel hombre sencillo, modelo de dignidad, valentía y abnegación, que ha sido armado soldado por Marte para asumir la gloriosa misión de luchar por la Patria. ¿Qué otro honor puede aspirar el ecuatoriano que no sea el de lavar con sangre las ofensas inferidas a su madre? Y yo, el más humilde de sus hijos, manteniéndome fiel a la promesa de vengarla, que la hiciera un día ya lejano, renuncié a predicar en el árido desierto y no pensé sino en abrazar la fervorosa profesión de militar.  

   Pese a que sus últimas palabras las había expresado con energía y coherencia, era evidente que el momento supremo había llegado para él. Su palidez cadavérica, sus ojos vidriosos, desmesuradamente abiertos pero impotentes de retener en sus pupilas la menor señal de luz, el pulso y la respiración cada vez más tenues, decían que las parcas se ocupaban ya en cortar el cordón que le unía a la vida. No obstante, volvió a mover los labios para decirme con un soplo de voz:  

   —Soldado, el enemigo habrá de pasar también sobre su cadáver para tomar Atabatza. Luche hasta la muerte. ¡Es una orden!  

   —¡Mi cabo! —exclamé, sin poder evitar la angustia que me causaba verle morir— Resista un poco más, que no tardarán en venir en nuestra ayuda.

   Exhaló un profundo y entrecortado suspiro, que liberó en la galería de fatídicos augurios, y musitó:  

   —Todos llegamos a la vida en deuda con la Muerte. Si la pagamos hoy no la deberemos mañana.

   Y expiró.

 

 

 

   Colina de Atabatza, febrero 20, hora 7

    —¿Pues tanto les ha molestado a ustedes que le hubiera dirigido yo una broma a "El Soldado?” La verdad es, amigos míos, que ese muñeco estrafalario, con su aspecto descarnado, no me provoca risa sino —comentó el cabo cuando dejamos la capilla.

   Nos adentramos en el espeso bosque para continuar con el patrullaje amparados por su densidad, ya que de modo alguno resultaba prudente desplazarnos a campo abierto, aunque la posibilidad de tropezarnos con una patrulla enemiga la creíamos remota. Solamente unas horas antes habíamos intercambiado, mediante radio, amplia información con la guarnición fronteriza de Atabatza, sin que nos hubiesen reportado novedad ninguna.

   Martillo avanzaba adelante, procurando buscar el terreno apropiado para transitar por él, pero al escuchar el irreverente comentario del cabo, detuvo en el acto y se volvió para encararse a éste. Hinchó el cuello como una serpiente dispuesta a atacar, pero logró dominarse. Y algo tranquilizado, le pidió guardar respeto a la imagen del Salvador. Yo, en aras de la paz común, no emití criterio alguno en contra ni en favor de ninguno de los dos, aunque no me faltó el deseo de unirme a Martillo. 

   El cabo no pudo contener la risa viendo que uno de sus subalternos estuviese a punto de insubordinarse por cuestiones religiosas. Mas no quiso dar importancia al incidente y, sin dejar de sonreír, dijo:

    —¡Oh!... ¿Es qué realmente se siente usted inclinado a venerar ese trozo de madera pésimamente labrado? Martillo, demuéstreme el poder que le atribuyen a esa imagen y le aseguro que no tendré inconveniente en adorarla de hinojos. ¿Qué me responde usted? —dijo y volvió a reírse, mirándonos alternativamente a los dos.  

   —Mi cabo —argüí—, ¿qué me dice usted del increíble caso de que jamás patrulla enemiga alguna haya podido ingresar aquí, no obstante la reducida guarnición que la protege, cuando por otros sitios mejor guardados lo han hecho con frecuencia?  

   Eso era cierto. Por puestos fronterizos como, por ejemplo, Tiwintza, Base Sur, Cueva de los Tayos, Coangos o Cóndor Mirador, donde en número respetable nuestros soldados vigilan alertas sus posiciones, tropas peruanas habían logrado infiltrarse. A esas mismas horas, en tales sitios se libraba cruenta lucha para expulsar al invasor. ¿Y cómo era que Atabatza, pese a su reducida vigilancia, persistiera siempre inaccesible a las turbias aspiraciones de aquel mal vecino? Pues bien, para quien creyera en la leyenda de "El Soldado", la respuesta era simple: jamás permitiría él una invasión por el sitio encomendado a su custodia.  

   —Vamos. Esta circunstancia se debe en parte a las características inmejorables que presenta esta posición para la defensa —dijo el cabo, mirando la pequeña meseta, coronada por una colina, que se alzaba a dos kilómetros en dirección Este—. Soldado, mire esa planicie que se levanta entre acantilados formados por dos ríos de apacibles aguas que, al acercarse acá, se abren como brazos para abarcar la belleza del paisaje. Sólo unos pocos hombres situados allí, podrían detener fácilmente el avance de todo un batallón. Y detrás de esa meseta existe otra de características similares y es ahí donde está la guarnición fronteriza. Tratar de conquistarla supondría una inútil pérdida de vidas humanas. Es esta la principal de las razones para que este sector permaneciera pacífico.  

   —¿La principal de las razones? ¿Y cuáles son las otras, mi cabo? —el talante de Martillo volvió a encresparse. Sus ojos echaban chispas inflamados por la ira.  

   —Otra de las razones para que hasta ahora los “peruchos” se hayan mantenido alejados de aquí es, simplemente, de origen supersticioso —respondió el cabo, achicando los ojos—. La leyenda de "El Soldado" de Atabatza ha sobrepasado los lindes patrios, generalizando afuera la creencia de que tal imagen custodia este lugar como lo haría una compañía bien artillada. Y dado que los militares de allá, igual que los de aquí, son gente sencilla y, debido a ello, propensas a dejarse engañar con lo primero que se les cuenta. Por tanto, lo temen a "El Soldado" con todo el temor que les es posible acumular en su pecho, porque la superstición tiene excelente acogida también en ellos.

   —Mi cabo, y aquel temor supersticioso que genera en ellos, ¿no es, acaso, un milagro? Porque lo que cuenta en este caso es que el enemigo carece de suficientes arrestos para aventurarse a probar suerte aquí —expresó Martillo, satisfecho de poder demostrar a Uribe que aquel asunto no estaba desprovisto de poderes sobrenaturales.

   Uribe mostró su perfecta dentadura al entreabrir sus labios con franca sonrisa. No obstante, había en ella una expresión maliciosa y algo desafiante cuando dijo:

   —Ese milagro, como lo llama usted, dejará de surtir efecto en cuanto las tropas enemigas dejen de recibir órdenes de los mandos medios (que comparten también de las creencias de sus subalternos) para obedecer exclusivamente las provenientes del Ministerio de Guerra. Entonces el temor de enfrentarse a un consejo de guerra por insubordinación superará al que lo sienten por "El Soldado".

   Con aquellas palabras dio por terminada la discusión el cabo y, situándose él en primer lugar, nos invitó a proseguir la marcha.  

   Luego de dos semanas de haber formado parte de una patrulla de combate en uno de los puntos más candentes del conflicto, con riesgo de recibir, de un instante a otro, la bala que te borraría de la demografía o de pisar la mina, plantada por el enemigo, que te dejaría con sólo la mitad de tu anatomía para enfrentarte así al resto de tu vida, me parecía bien ganado el traslado a una patrulla de reconocimiento en el lugar menos peligroso de todo el cordón fronterizo. Una misión rutinaria. Al sumergirme en ese remanso de tranquilidad, creí que mis nervios, destrozados por la tensión y la imposibilidad de poder dedicar el suficiente tiempo al sueño restaurador, encontrarían la oportunidad de reponerse. Más tarde, con renovados bríos y la eficiencia del guerrero experimentado, volvería a la línea de combate.

   Nos desplazábamos por un área umbría cubierta por grandes y frondosos árboles, cuyo tupido follaje hurtaba los rayos del mañanero sol, manteniendo el interior dominado por una sempiterna penumbra y reteniendo en su atmósfera un delicioso frescor. La ausencia de maraña y de accidentes topográficos pronunciados, además de un suelo relativamente firme, facilitaba la caminata que tenía como primera meta del día el arribo a la cima de una elevación que dominaba el valle. Unos minutos más y habríamos llegado.  

   Todo era tranquilidad y calma en torno a nosotros. Demasiada calma, se diría. De pronto, el bosque, normalmente pleno de festivos trinos, ferinos gritos, zumbidos y susurros misteriosos, se cobijó de un ominoso silencio. Parecía haberse apagado todo el embrujo de aquel paraíso terrenal.

   Nos acercábamos a la meta fijada. Apenas un centenar escaso de metros y estaríamos allí para contar con la facilidad de poseer, en ese sector, un campo visual que abarcaría todos y cada uno de los 360 grados de la circunferencia. Uribe continuaba adelante, andando sin prisas mientras fumaba con deleite su cigarrillo. Parecía disfrutar del recorrido y hasta daba la impresión de hallarse abstraído en la contemplación de la estática belleza circundante.

   Pero, ¡no!

   De pronto se quedó inmóvil, equilibrándose en un solo pie para impedir que el próximo paso, impulsado por el precedente, llegara a producirse. Al fin decidió afirmarse, luego de examinar el suelo con sumo cuidado. Acto seguido, ordenó que retrocediésemos, caminando exactamente sobre las huellas que habíamos dejado para llegar hasta allí. Mientras le obedecíamos, se puso él a examinar cuidadosamente el suelo, junto a sus pies. Pronto se reunió con nosotros y nos advirtió que el terreno estaba, prácticamente, sembrado de minas antipersonales.  

   Nos habíamos salvado de puro milagro.  

   —¡Hemos venido a dar precisamente al sitio donde, en breve, será el centro de la tormenta! —musitó el cabo Uribe, sin dejar de escudriñar el terreno con la mirada. 

   —Debemos comunicar de inmediato a la brigada lo que ocurre aquí —opinó Martillo.  

   —¡Ni pensarlo! ―exclamó el cabo― Un mensaje mediante la radio no servirá sino para prevenir al invasor que acaba de ser descubierto y, en tal situación, se apresuraría a fortificarse, presentando mayores dificultades para su desalojo. Lo que debemos hacer es tratar de salir de aquí lo antes posible e informar personalmente a la brigada. Porque es de suponer que el enemigo descifra todo mensaje que se transmite. ¡Adelante compañeros! Espero que la suerte esté de nuestra parte —concluyó Uribe, poniéndose en camino.

   No lo estaba.  

   Recorrimos tan sólo una pequeña distancia, improvisando una vía hipotéticamente idónea para poder escapar por ella, cuando Martillo, que, a través de su catalejo, oteaba el entorno, distinguió un grupo de cinco soldados peruanos, caminando con toda tranquilidad en nuestra dirección. Nos parapetamos detrás de unos troncos mientras ellos se acercaban. Iban tan seguros de que nadie les estorbaba el paso, que hasta uno de ellos entonaba a voz en cuello una marinera. Los demás se reían a mandíbula batiente, mofándose sin duda de los berridos del cantante.

   Eran ellos muy jóvenes. Conscriptos, presumí. Carecían de aquel aire marcial que caracteriza al militar de carrera. Parecía más bien una jorga de adolescentes de regreso al hogar luego de vagabundear parte del día, burlando la vigilancia de sus progenitores.

   Daban la impresión de no tener ningún respeto por la profesión que ejercían. Traían el fusil de dotación, tomado por la correa o usándolo como bastón, salvo uno, que lo transportaba en bandolera. Se diría que lo consideraban una carga inútil e insufrible. Dos de los sujetos llevaban consigo sendos machetes con los que se entretenían dando tajos a mansalva a los árboles que encontraban a su paso. Su atavío consistía en camiseta y pantalón de manga corta, de color verde oliva, igual que la banda de tela atada en torno de la cabeza, y sandalias elaboradas de tiras de hule obtenidas de neumáticos viejos de vehículos. Por supuesto, no llevaban casco. Si acaso alguna vez contaron con este objeto, quizá lo dejaron olvidado pronto o lo descartaron creyéndolo superfluo. Tampoco traían consigo cartuchera alguna.

   Y era esta parodia de militares la que se había atrevido a profanar nuestro territorio. Aquello manifiesta que la política expansionista del Perú, representada por un militarismo caduco y corrompido, se sustenta en la perenne e infame campaña de ficticia reivindicación territorial, orquestada por el cuerpo diplomático más artificioso que se conozca, y en la compra de conciencias más que en su solvencia militar. Sin embargo, el enemigo, con estas mismas huestes, en 1941 invadió el Ecuador y continúa aún ocupando parte de su territorio. Pero ¿qué sucede con los ecuatorianos? ¿Hasta cuándo permanecerán inertes, posponiendo con su indiferente actitud la hora de pedir cuentas al agresor? ¿Quién lo sabe? No obstante, tengo el presentimiento que no será por mucho tiempo. Pero en tanto que esto suceda no sería mala idea la de empezar por adornar las ramas de los árboles más altos con los cuerpos de los traidores que no tuvieron ni tienen embarazo en beneficiarse del oro peruano a cambio de la venta de su Patria.  

   Ocultos detrás de unos árboles, atentos a sus movimientos, esperamos a que llegasen junto a nosotros y cuando los tuvimos copados, con los M-16 prestos a disparar, les conminamos a que se rindieran. Ninguno de ellos opuso resistencia. Con la sorpresa y el miedo pintados en sus rostros, dejaron caer sus armas y levantaron los brazos.

   Su expresión era la de quien asistiera a su propio funeral. Con seguridad, daban por descontado que sus días como inquilinos de este valle de penas, gracias a nuestras balas, tocaban a su fin. Nos juzgaban de acuerdo a cómo obrarían ellos mismos en iguales circunstancias.

   Siempre con los M-16 en ristre, les apartamos de las armas que acababan de caer a tierra entre gemidos metálicos, buscando evitar, por su propio bien, inútiles tentaciones. No era nada imposible que alguno de ellos, deseando interpretar el papel de héroe, intentase recuperar una granada, por ejemplo, con la intención de inmolarse con tal de llevarse por delante a sus captores. Por lo demás, estaba en su derecho adoptar cualquier decisión por desesperada que fuese. Sin embargo, al parecer no abrigaban ningún propósito temerario, sólo retrocedían en silencio. Bueno, entendiendo como tal la ausencia de sonidos articulados. Pero si se toma en cuenta el ruido que producían como efecto del constante castañeteo de sus dientes, entonces la semántica varía.

   Retrocedieron hasta donde una de las enormes y semienterradas raíces que anclaban a tierra a un gigantesco matapalo, les impidió continuar el avance, levantándose como un paredón dispuesto para recoger el postrer aliento de cinco hombres que verían pronto tronchada su existencia en la flor de su edad. Era evidente que aquel poco sugestivo escenario no contribuía precisamente a saturar de optimismo a los prisioneros.

   —Pues bien. ¿Quién de ustedes capitanea esta banda de forajidos? —inquirió Uribe, negándose a reconocerles como militares. Y se puso a examinarles detenidamente con la mirada.

   Nadie respondió. El miedo les encadenaba la lengua. Pero cuatro de ellos miraron con disimulo a su quinto compañero, quien se distinguía por tener los ojos singularmente saltones como los de una langosta, descubriéndole fatalmente. El cabo se dirigió a él:

   —¿Es usted el jefe?

   No hubo respuesta. 

   —¿Es usted, acaso, sordo o mudo? ¡Hable, bandido! —espetó el cabo.

   El sujeto le miraba angustiado con sus ojazos de saltamontes.  

   —Está bien. No me lo diga ahora si usted lo prefiere así —se resignó de momento Uribe a continuar sin escuchar la misteriosa voz de nuestro prisionero de mayor jerarquía—. Pues este lugar tal como se presenta ahora no se presta para arrancarles la verdad mediante la tortura. Pero le advierto que un poco más allá, mientras les conducimos hasta nuestra brigada, les obligaremos a decirnos cuántos son ustedes y desde cuándo se encuentran aquí.  

   De pronto, aquella lengua rompió su mordaza para asombrarnos:  

   —Pero ¡cómo, mi capitán! ¿Es que no van ustedes a fusilarnos aquí mismo? ¡Gracias, mil gracias mi capitán! —profirió atropelladamente el medroso individuo, invadido de pronto por la inmensa alegría de saber que su vida, poco antes supuesta irremisiblemente perdida, no corría el menor riesgo.

   Estaba claro que ellos nos juzgaban de acuerdo con la brutal conducta que sus compatriotas usaban con los prisioneros ecuatorianos. Tan sólo días antes, el mundo se horrorizaba cuando en Lima, en medio de la algarabía general que destacaba la saña de un pueblo desinformado y sustentado por el odio, exhibieron al sargento Chalá, luego de habérsele vaciado un ojo, junto a la indumentaria, teñida en sangre, de soldados ecuatorianos caídos en combate. Los medios de difusión internacional cubrieron estos actos de barbarie y, por supuesto, también muchos otros de similar impacto.

   —¡Diablos! Pero ¿por qué habríamos de cometer tamaño crimen? —respondió el cabo desconcertado con lo que acababa de oír—. No niego que ustedes se lo merecen. Pero los ecuatorianos somos civilizados y respetuosos de las Leyes. ¡Claro que no vamos a fusilarlos! Qué disparate se les ocurre a ustedes. Sin embargo, permanecerán prisioneros mientras dure el conflicto. Otra cosa: no soy capitán sino apenas cabo.

   Sabiéndola garantizada su seguridad, el militar peruano describió sin omitir detalle los sucesos en los que, él y sus compañeros, intervinieron desde el instante en que se habían infiltrado en nuestro territorio. A medida que avanzaba el relato, sentíamos que nuestra inquietud iba en aumento. La situación, por lo que podía inferirse de los hechos expuestos por el prisionero, prometía terribles e inmediatos desenlaces.

   Dos meses atrás, a mediados de diciembre, una patrulla de avanzada peruana había penetrado en esta zona, sin que nunca la hubiésemos detectado. Su misión era la de establecer aquí un puesto militar que, más tarde, cumpliese la función de puente a las huestes invasoras, además de servir testimonio de soberanía, en el próximo conflicto territorial que el Perú se disponía a crear en la región. Ante esta forjada evidencia, una probable inspección delegada por los países llamados garantes del Protocolo de Río de Janeiro no pondría reparos en ratificar los argumentos peruanos. Y cuando el Ecuador, ateniéndose a la verdad, denunciara que su puesto militar fronterizo, situado a varios kilómetros al levante, había sido vulnerado por el enemigo, serviría para acusarlo que más bien él había invadido a su "pacífico" vecino. Era el sistema usado siempre tanto por los usurpadores como por sus cómplices.

   La misión encomendada al elemento de infiltración, en todos sus detalles, había sido cumplida con pulcritud y eficacia para esa fecha. A esa hora, los preparativos para realizar uno de los actos de usurpación más alevosos, estaban a punto. Todas las acciones prestas a consumarse estaban trazadas cuidadosamente para que nada pudiese conducir al fracaso. Y como prólogo de la historia sangrienta que se iba a escribir, la reducida guarnición fronteriza de Atabatza acababa de ser aniquilada.  

   Porque la invasión tendría lugar durante las primeras horas del día siguiente.

   Por desgracia, no existía posibilidad de que el prisionero nos mintiese, forjando una historia con el fin de desconcertarnos y poder así evadir él y sus compañeros. Según sus afirmaciones de él y la conclusión a la que habíamos llegado orientados por su conducta, eran ellos los más interesados en abandonar cuanto antes aquel "polvorín" a punto de estallar. Y lo que era peor, tanto si éste estallaba como si permanecía estable, ellos saldrían perdiendo, puesto que se trataba de cinco ilustres desertores.  

   Fieles a un plan concebido días antes y aprovechando la oportunidad que se les presentara horas antes, desertaron de sus filas con la intención de alejarse de ese sector de la jungla que, a corto plazo, se transformaría en un infierno. La selva era inmensa y en ella se protegerían mientras durase la guerra. Desde luego, en sus planes no figuraba el propósito de entregarse al ejército ecuatoriano, vía simulacro de rendición voluntaria, ya que más de una vez habían escuchado hablar del típico salvajismo de él, que procurarían evitarlo a toda costa. De ahí el inmensurable susto que se llevaran cuando vinieron a caer en nuestras manos.  

   Tan sólo Talavera (el tipo de los ojos de langosta) era militar, en la exacta acepción de esta palabra, mientras que los demás no eran más que campesinos reclutados, apenas tres meses atrás, para incorporarlos a viva fuerza al ejército. La única virtud que poseían era la de conocer con anterioridad las acechanzas que esconde la selva en sus laberintos. Por cierto, sus servicios forzados habían sido de indiscutible utilidad en tanto se desarrollaba la etapa previa a la de la invasión. A partir de ese momento serían útiles solamente como carne de cañón. Y semejante perspectiva no les seducía. Consideraron que ya habían pagado a su Patria mucho más de lo que habían recibido de ella y optaron por auto licenciarse.  

   Nos encontrábamos rodeados por el enemigo y, por añadidura, sobre un campo minado de donde resultaba difícil retirarnos. A Talavera le parecía realmente increíble que hubiésemos podido llegar hasta allí sin que fuéramos interceptados por las patrullas peruanas que se movían constantemente y tomaban nuevas posiciones cada vez más al interior, ni que llegasen a detenernos las minas colocadas profusamente en los sitios por donde, probablemente, habíamos transitado.

   De aquella "siembra" mortífera, dijo Talavera, no se habían librado ni siquiera la capilla de "El Soldado" y los puntos de acceso a ella. Al conocer Martillo este último dato, dejándose llevar por una furia ciega, se dispuso a caer a culatazos sobre los prisioneros. A duras penas pude contenerle, y entonces se contentó con llamarles infieles y vaticinó que no tardarían en ser castigados con severidad por "El Soldado". Este incidente dio pie a Uribe, que aun en los momentos álgidos no perdía el buen humor, para comentar que, tan pronto como pusiese a buen recaudo a los infiltrados, regresaría a la capilla para fusilar personalmente a "El Soldado", ya que la colaboración de éste con el enemigo era evidente. Y como se podía prever, la violenta reacción de Martillo no se hizo esperar: le acribilló al cabo con asesinas miradas.  

   En vista de la dificultad que teníamos para alejarnos prontamente de allí, el cabo se decidió a usar el radiotransmisor con la esperanza de poder alertar a nuestra base de la situación que atravesaba Atabatza. Sin embargo, hubo de renunciarlo luego de infructuosos intentos. Una rara interferencia, emitida sin duda desde una base enemiga instalada en las inmediaciones, cubría todos los canales, impidiendo la transmisión y recepción. La solución sería apartarnos de su área de influencia. Pero ¿cómo conseguirlo encontrándonos cogidos en aquel cepo mortal?

   No obstante, sirviéndonos de la circunstancial guía de Talavera y sus compañeros, que conocían con exactitud los campos libres de minas y de vigilancia, no resultaba demasiada aventurada la esperanza de poder escapar. Además, aparte de los prisioneros, nadie conocía de nuestra presencia allí. Por tanto, la posibilidad de una emboscada era mínima.  

   Llenos de optimismo emprendimos la marcha precedidos siempre por los desertores, que se desplazaban con absoluta seguridad por donde conocían a ciencia cierta que no corrían el menor riesgo. Naturalmente que también a ellos les interesaba alejarse de ahí con la piel intacta. Al no tener ideales que defender ni deudas que saldar, consideraban su permanencia en aquel inhóspito y remoto lugar como en un campo de concentración del cual estaban obligados a fugarse en resguardo de su legítima seguridad. De ahí que nuestra intervención en nada perjudicaba sus planes de fuga. Más bien les favorecía, ya que el Estado ecuatoriano les protegería. 

   Con facilidad habíamos dejado atrás el valle de Atabatza, sintiendo en cada paso que dábamos renacer la esperanza. Transponer la loma que se interponía entre nosotros y la planicie de Danta no ofrecía mayores dificultades. Una vez allí, la cobertura electromagnética habría quedado atrás y podríamos entonces utilizar, sin peligro, nuestro transmisor de radio para alertar a la brigada.

   Todo contribuía a cimentar el optimismo en el espíritu. La mañana se tornaba hermosa. El magnánimo sol, de áureos destellos, se filtraba a través del follaje, dotándole al verde de las plantas de brillantes matices. Un pájaro carpintero, aferrado a un tronco, telegrafiaba con insistencia. Y hasta una bandada de bulliciosos loros dejaron sentir su presencia no lejos de nosotros. La música de la floresta empezaba a dejar oír sus agradables notas.

 

    

*   *   *

   El ascenso de la ladera no resultó en modo alguno placentero ni rápido. La necesidad de encontrar tránsitos seguros, que no estaban en terreno de fácil acceso, obligaba con frecuencia a buscar vericuetos y a escalar barrancos que absorbían el tiempo y diezmaban las fuerzas. Pero, a la postre, el esfuerzo invertido fue recompensado con la alegría de vernos sanos y salvos en la cima de la loma, donde, de acuerdo con los datos obtenidos de los desertores, se hallaban las últimas posiciones tomadas por los invasores.

   Aquél sitio era indudablemente el más peligroso de todo el recorrido, porque estaba allí la mayor concentración de tropas, atentas al menor indicio de presencia de sus rivales ecuatorianas. Con todo, tal cosa no nos causaba demasiada inquietud. Pues, si se tenía en cuenta que, en la madrugada de ese propio día, camino de Atabatza, habíamos atravesado ya por algún punto de ese mismo sector sin que nadie lo notase. Ahora, gracias a la oportuna guía de los desertores, se reducía la posibilidad de que ocurriesen contratiempos.

   Pese al cansancio, ninguno pensó en tomar un instante de reposo. La tarde apenas promediaba y el azul del cielo prometía buen tiempo. Dos excelentes circunstancias para poder desplazarse con relativa facilidad por los laberintos del bosque. La suerte parecía contribuir al logro de aquella carrera contrarreloj.  

   El paradisíaco valle de Danta, tendido al sol y arrullado por las susurrantes aguas de varios ríos que bordaban sobre él complicados arabescos, se desplegaba en todo su esplendor ante nuestros ojos. Lo alcanzaríamos con sólo descender la loma.  

   Los peruanos, encabezados por Talavera, nos precedían, como no podía ser de manera diferente. Al empezar el descenso, éste aminoró el paso para que le alcanzáramos y poder decirnos que en adelante la vía estaba "limpia". Luego, con la confianza de que el peligro ha sido superado, aceleró el paso. Y fue entonces cuando la tierra estalló bajo sus pies con la furia de un volcán en erupción.

   No hace falta decir que el infeliz sureño se había equivocado y que aquello le indujo a descartar la precaución, llevándole a colocar los pies donde no debía.

   La explosión pulverizó virtualmente a Talavera, no quedando de él sino una viscosa y sanguinolenta pasta impregnada a los desgarrados y temblorosos tronos de los árboles cercanos, que parecían horrorizados de la catástrofe que también ellos acababan de sufrir. La muerte jamás había cumplido su macabra tarea con mayor celeridad y menor piedad que en esta ocasión.

   Sin observar el mínimo cuidado, los prisioneros habían caminado demasiado juntos, formando entre sí un grupo compacto. Fue ese el error para que también otros dos desventurados volaran convertidos en fragmentos y otro más fuese alcanzado en las piernas por la metralla. Sólo uno de ellos, a pesar de estar más cerca de Talavera, el momento en que la mina fue activada, salió ileso de milagro. Al igual que a los demás, se le vio elevarse por los aires propulsado por un chorro de llamas, como si se tratase de un cohete. Al retornar a tierra, estaba irreconocible debido al hollín que le cubría íntegramente. 

   En cuanto a nosotros, nadie sufrió daño. La onda expansiva fue, afortunadamente, lo único que nos alcanzó, sin otro efecto que el de tumbarnos con violencia y ponernos momentáneamente sordos. Nada irremediable.  

   Al fin nos habían descubierto. Al escuchar el estallido, el enemigo no tardaría en llegar para investigar lo ocurrido. Por tanto, era necesario que nos pusiéramos en camino de inmediato, manteniendo el rumbo hacia el noroeste, de ser posible.

   No lo era.  

   Pues no sólo teníamos al enemigo a las espaldas, sino también al enfrente y por todas partes, cercándonos como una jauría de lobos hambrientos. Ni siquiera habíamos dado un solo paso, cuando el rumor de varias personas, acercándose a la carrera, llegó precisamente de la dirección que teníamos en mente seguir.

   De manera que nuestros informantes no estaban al tanto de todas las operaciones llevadas a cabo por las patrullas de las cuales formaran ellos parte. Claro, eran simples labriegos, sin ninguna disposición a someterse a la rígida disciplina militar y que, durante su reclutamiento, no habían hecho otra cosa que añorar a su Patria chica. En esas circunstancias, la oficialidad jamás les habría concedido la menor confianza en prevención de una posible defección. En consecuencia, sus ocupaciones habrían estado restringidas a la cocina y no a la actividad castrense. Era lógico.  

   Nos movimos para tomar posiciones, situándonos detrás de unos árboles derribados por la tremenda explosión. La espera fue corta. Más exactamente, no hubo espera, puesto que apenas tuvimos el tiempo justo para ocultarnos cuando aparecieron tres soldados, cada uno de ellos con su respectiva arma preparada para ser usada en cualquier momento, pero sin tomar otra precaución. Por lo visto, estaban tan seguros de que nada les amenazaba. A quien lo había activado la mina, le suponían a esas horas tan muerto como su ilustre compatriota don Ricardo Palma.  

   Llegando a la carrera hasta el lugar donde se produjo la explosión, se pusieron a observar complacidos la magnitud del efecto que aquella mortífera arma había producido. Miraron, sin llegar a conmoverse, los aún trémulos árboles astillados y salpicados de sangre, extendiéndose por su superficie como una capa de pintura roja y fresca, o cayendo de ellos en forma de gelatinosas gotas. Midieron visualmente la extensión del área destrozada y removieron con los pies, en algunos sitios, los maderos aún humeantes y los miembros humanos esparcidos por el suelo, confundidos con las hojas desprendidas y listos a convertirse en polvo, en el elemento del cual provenían.

   Mientras iban de un lado para otro, examinando el suelo, escucharon los apagados gemidos de aquel infeliz que había sido destrozado las piernas. Su lastimera voz provenía de entre unos matorrales, donde fuera a caer impelido por la onda expansiva. Avanzaron hasta allí y de inmediato le descubrieron. El herido debió estar totalmente desfigurado, ya que no pudieron reconocer en él a uno de sus compañeros.  

   —¡Ah! Maldito “mono”, que tengas buen viaje al infierno —se le oyó decir a uno de los recién llegados, dirigiéndose al herido, seguro de que tenía frente a su arma un soldado ecuatoriano.  

   Y de pronto se oyó ladrar repetidas veces los fusiles. Sus furibundas voces perforaron el silencio para galopar por los cuatro puntos cardinales, pregonando que la muerte se había proclamado reina y señora de aquel lugar. Ahora mismo recibía ella su tributo en sangre de la víctima propiciatoria, derramada pérfidamente por mano fratricida.  

   El único superviviente de los prófugos, que también se hallaba oculto junto a nosotros, atemorizado por el salvajismo de sus ex compañeros, se dejó invadir por el pánico y, antes de que pudiésemos impedir, emprendió veloz carrera en dirección de Danta, desapareciendo entre los árboles en breves segundos. El rumor de la carrera atrajo la atención de los desalmados, que, entre risas, comentaban el lamentable estado en que había quedado su víctima luego de haber sido acribillada a tiros. No acusaron alarma, imaginando tal vez la proximidad de alguno de sus compañeros. Pero en cuanto notaron que el ruido en vez de acercarse se alejaba, no pensaron sino en la persecución del fugitivo. Empezaron a mover los pies con celeridad. En pocos segundos habrían desaparecido tragados por el bosque. De eso no había duda.  

   Fue entonces cuando Uribe les paró en seco, sorprendiéndoles con su profunda voz.

   —¡Eh!... Gallinas —les dijo despectivo—. ¿Adónde piensan volar con tanta prisa? Los gallos estamos aquí —y les roció con una ráfaga de su M-16, abatiéndolos a todos.

   No podía fallar a la corta distancia de cuarenta metros, que era la que nos separaba del objetivo. Un blanco demasiado fácil para un experto tirador como mi cabo Uribe.

   Ni Martillo ni yo tuvimos oportunidad de disparar un solo tiro. A él le impidió la posición que, debido al movimiento del objetivo, se le presentó desfavorable a último instante. Mas mi caso era diferente. Les tenía en la mira de mi arma y cuando me disponía a apretar el gatillo, ya no hacía falta. Todo estaba consumado.

   Nos movimos con cuidado hacia el norte, siguiendo el lomo de la elevación, que se situaba al oeste del valle de Atabatza y diagonal a la Cordillera del Cóndor. Recorrerla nos desviaba mucho de la dirección que habíamos seguido poco antes. Pero de momento no teníamos alternativa. De ser posible, la rectificaríamos más adelante, poniendo rumbo hacia Danta. 

   El suelo presentaba huellas humanas frescas. Daba la impresión de que apenas un rato antes hubiese pasado por allí un nutrido grupo de personas. Aquello indicaba que el lugar era frecuentado por patrullas enemigas y que en cualquier momento podíamos encontrarnos con ellas. Pero también significaba que se hallaba limpio de minas. Pues no iban a ponerlas en su propio camino. Era una conclusión de elemental lógica.

   Volvimos a intentar comunicarnos con la brigada pero tampoco esta vez tuvimos suerte. El manto de interferencia electromagnética era ahí, por decirlo así, más espeso que en otra parte. La base de operaciones enemiga debía estar muy cerca. La única esperanza era romper el cerco y alejarnos. Quizá la suerte se pusiera en favor nuestro. Bien mirado, era imposible de creer que toda la extensa ladera, por la cual debíamos descender, estuviese vigilada o minada. Pues, siempre quedaría en ella algún resquicio libre que sólo hacía falta encontrarlo.

   Antes de efectuar esa especie de ruleta rusa, nos sentamos sobre un tronco tendido para satisfacer el hambre con la ración de atún y galleta que constituía nuestra dieta cuando recorríamos la selva. Llevábamos muchas horas sin probar bocado y el hambre empezaba hacer estragos. Sin embargo, dos circunstancias impidieron que pudiésemos disfrutar de nuestro frugal almuerzo.

   Primera. Una explosión, que la calculamos a un kilómetro y medio al suroeste, volvió a quebrar el umbrío silencio del bosque con su grito de muerte. Con seguridad, el desertor acababa de cumplir su cita con el destino al pisar una mina antipersonal. Segunda. A Martillo le pareció de pronto ver que un matorral, situado a una treintena de metros de distancia frente a nosotros, se agitaba mientras sus vecinos inmediatos permanecían quietos. Concentró toda su atención sobre ese punto y se alarmó al comprobar que no se trataba de una ilusión óptica. El matorral se movía de un modo raro como no podría hacerlo el viento. Además, no había viento. Tampoco se lo podía atribuir a una fiera, puesto que su actitud ante nuestra presencia habría sido la de procurar pasar inadvertida. Lo que significaba que un hombre apartaba las ramas para atisbarnos sin que le pudiésemos ver. Era obvio.  

   Aquel descubrimiento nos alarmó sobremanera y, en consecuencia, actuamos sin pérdida de tiempo.  

   Nos lanzamos con velocidad inusitada detrás del tronco que usábamos como asiento, en busca de protección. Y esto nos salvó la vida. Varias ráfagas de tiros barrieron el sitio que una fracción de segundo antes lo ocupábamos.  

   De acuerdo con la trayectoria de los disparos, debían ser varios los atacantes. Quizá tres o cuatro, situados en posiciones de verdadero privilegio. Aparte del hombre que se ocultaba precariamente bajo el follaje del matorral, los demás se encontraban mejor parapetados. Era difícil para nosotros poder determinar con exactitud sus posiciones, en tanto que ellos nos tenían perfectamente localizados. Sin embargo, habían perdido la oportunidad de conseguir una victoria fácil. Pues el factor sorpresa con que contaban inicialmente, acababan de perderlo sin que hubiesen llegado a causarnos una sola baja.

   Agazapados, al abrigo del voluminoso tronco, oíamos cómo las balas silbaban sobre las cabezas, para impactar furiosamente en los árboles contiguos. También las oímos repiquetear insistentes contra el tronco que nos resguardaba, como si buscasen abrir en él un boquete que les permitiesen llegar hasta nosotros.  

   No podían engañarnos con aquella tupida lluvia de balas que iban a perderse inútilmente. Se trataba únicamente de una estratagema para cubrir a quienes se desplazaban en busca de mejores posiciones que les permitieran coparnos. Debíamos prevenirnos, buscando la manera de evitar la encerrona con que pretendían sorprendernos.

   Por la rapidez con que se produjeron los acontecimientos, no fue posible recoger las mochilas, que se hallaban en el suelo mientras comíamos. Las perdimos todas y, con ellas, valiosos Adminículos como el transmisor, el botiquín y las vituallas. Pero no así las armas, gracias a Dios.

    Obedeciendo las órdenes del cabo, Martillo y yo, dobladas por la cintura, corrimos hasta un extremo del tronco y luego nos confundimos entre la maleza. Uribe, en cambio, apenas se movería de ese sitio. El plan era simple y consistía en alejarnos hasta cierta distancia y efectuar disparos como si se tratara de un combate. Esto les haría suponer que no estábamos solos y, en consecuencia, tratarían de alejarse o de acosarnos, pero se moverían, dejándose ver. Entonces el cabo entrará en acción, disparando según lo convenido previamente: dos tiros seguidos y uno con intervalo de cuatro segundos. Esta advertencia permitiría reconocernos y localizar nuestras respectivas posiciones.  

   Tan pronto efectuado el simulacro, daríamos un rodeo para sorprender a los invasores entre dos fuegos. Era indispensable aniquilarlos o, al menos, desalojarlos para poder recuperar el transmisor.  

   Sin dificultad, pero sin dejar de oír las voces de las armas enemigas, avanzamos unos doscientos metros en dirección norte. En ese punto dificultaba el paso una quebrada seca y poco profunda pero de difícil tránsito. Atravesarla para simular el combate más allá y luego volver a cruzarla para regresar en busca del cabo, suponía un precioso tiempo del cual no se podía substraer la menor fracción. Ante esa circunstancia decidimos que ese sitio era tan bueno como cualquier otra para cumplir con nuestra consigna. Y fue en ese instante cuando distinguimos con sobresalto un grupo de cinco soldados que se acercaba al borde opuesto de la mentada depresión, un poco más al abajo de donde nos encontrábamos.

   Llevaban el fusil en bandolera, tal vez en prevención de la necesidad de ayudarse con las manos mientras salvaban la dificultad del trayecto que tenían por delante. Exhalando autosuficiencia por todos los poros, venían con la loable intención de facilitar la humanitaria labor de sus compatriotas, ayudándoles a liquidarnos en nuestra propia casa.  

    Martillo abatió a dos enemigos con los primeros disparos y tal vez hirió a otro con los siguientes. En todo caso fueron dos hombres los que rodaron pesadamente hasta el fondo de la quebrada y uno que huyó pendiente abajo, desarmado y renqueando ostensiblemente.

   En cuanto a mí, mirar al grupo y elegir mi blanco fue una sola cosa. Lo apunté‚ tembloroso de emoción y apreté el gatillo, esperando verlo rebotar contra la peña, camino del infierno. Pero fallé. Quise enmendar el error y volví a fallar a pesar de que mi objetivo permanecía inmóvil y completamente al descubierto. Me sentía humillado.

   Luego fue demasiado tarde para quitarme el sabor de la frustración persiguiendo el fugitivo éxito. El hombre que tenía en la mira del fusil, en espera de ser alcanzado por mi tercer disparo, helado por el terror, se limitaba tan sólo a mirarme con sus oscuros ojos desmesuradamente abiertos. Pendiente del instante que fuese yo a oprimir el gatillo, jamás se le habría pasado por la mente la idea de defenderse, no obstante que sostenía en su mano un arma similar a la mía. Sin duda era su primera experiencia frente al enemigo. Pero también iba a ser la última. El odio que mi pecho abrigaba por los consuetudinarios invasores, me impelía a ejercitar mi venganza de la forma más drástica. La ocasión de poder lavar con sangre el honor de mi Patria tantas veces mancillado, había llegado finalmente.

   Apunté hacia el pecho del soldado para realizar el disparo. Su amplia área favorecía la ineficacia de mi pésima puntería. A un blanco tan grande como aquél no habría podido fallar ni siquiera deseándolo. Vamos. Pero a tan corta distancia sería capaz de alcanzar incluso un sitio mucho menor como, por ejemplo, la frente. ¿Por qué no? Desplacé la mira del arma hacia la frente, presto a oprimir el gatillo, y en el transcurso de ese lapso pude mirar de lleno el rostro del hombre que iba a morir a mis manos. Quizá fuera éste hermoso en situación normal, mas ahora se mostraba deformado por el pánico. Una horripilante máscara lo proveía de antemano la muerte como signo incuestionable de que ya le pertenecía. Di gracias a Dios por no encontrarme en su lugar. Y de pronto sentí una inmensa conmiseración por aquel muchacho que, a su pesar, aguardaba impaciente a la muerte para desposarse con ella. Bajé lentamente el arma impotente de poder usarla. 

   Martillo, molesto por mi vacilación me increpó:

   —Vamos, Pérez. ¿Qué esperas? Dispáralo antes que lo haga él.

   —No ves que el pobre diablo está más muerto que vivo víctima del pavor —respondí a mi compañero, negándome a obedecerle a pesar que su mayor antigüedad le permitía justificadamente darme órdenes en ausencia del comandante de la patrulla—. Dispararle en las condiciones que atraviesa él, no sería ni más ni menos que un vil asesinato. 

   Martillo volvió a conminarme, pero me negué a escucharle. En vez de ello, dirigiéndome al sureño le ordené que tirase el arma y se fuera. Éste, pese a su manifiesta postración anímica, o reponiéndose pronto de ella, acató de inmediato el mandato. Mientras le miraba con alivio alejarse, algo insólito me llamó poderosamente la atención: ¡teníamos otro soldado enemigo plantado frente a nosotros! La atención puesta en mi objetivo me había impedido verlo antes. Llevaba el arma aún en el hombro y los brazos en alto. Por lo visto, no representaba peligro. Y antes de recibir orden alguna en tal sentido, dejó caer el arma y las cartucheras e, imitando a su compatriota, se alejó también a la carrera. 

   —Por culpa tuya han salido bien librados dos invasores —me incriminó colérico Martillo—. Estoy seguro que con actitudes semejantes difícilmente ganaremos la guerra. Debiste liquidarlos sin compasión. 

   —Les habíamos desarmado moralmente —discrepé—. Nada ganábamos con arrebatarles además la vida. 

   —Lástima que, a mala hora, me quedara sin cartuchos —se lamentó mi colega, poniendo en claro el motivo de su pasivo comportamiento en circunstancias tan cruciales, que ya me lo había extrañado.

   —Pudimos al menos tomarlos prisioneros, ¿no te parece? —adujó. 

   —Y que íbamos a ganar echándonos a las espaldas semejante carga —respondí.

   Martillo admitió con un gesto mi razonamiento y se apresuró a ir en busca de las cartucheras abandonadas por los “peruchos”. No tardó en regresar bien apertrechado. Entonces fuimos en auxilio del cabo, quien, seguro de que los disparos oídos cumplían parte del ardid convenido, esperaría que continuásemos con él.  

   Bang bang….bang. Los disparos efectuados por Uribe indicaban que él se había desplazado notablemente hacia el nordeste durante los últimos minutos. Ciñéndonos a lo acordado, intentamos ponernos detrás de los invasores con el fin de acorralarlos. Mas aquella tarea era irrealizable. El número de los enemigos era ahora mucho mayor que el del inicio del ataque. Era obvio que, al escuchar el fragor del combate, quienes se hallaban por las inmediaciones, acudiesen para reforzar el grupo de sus combatientes.  

   No obstante, disparamos algunos tiros, para crear confusión, y retrocedimos hasta la quebrada, casi al sitio mismo donde poco antes sorprendimos a la patrulla peruana. Desde ahí, andando con extremada precaución, dimos un rodeo y al fin nos unimos a Uribe. 

   —¡Nada se puede hacer aquí que no sea retroceder! —se lamentó éste tan pronto vernos— Esos “plumíferos” son demasiado numerosos para que podamos enfrentarlos sólo los tres. Y lo peor es que hemos perdido el transmisor. No existe modo de prevenir a la brigada.

   —¡Si pudiésemos provocar un incendio para llamar la atención de los nuestros! —sugirió con inteligencia Martillo.  

   —¿Alguno de ustedes cuenta con algo para prender fuego? —inquirió el cabo, aceptando la sugerencia—. En cuanto a mí, no lo tengo. Perdí mi encendedor junto con la mochila.  

   No lo teníamos. Y siguiendo, aguas abajo, el curso de un manantial, emprendimos la marcha en dirección de Atabatza, sin hostilidades.

 

 

 

 

  Río Morona, febrero 20, hora 16

   Pasamos bastante alejados de la capilla y nos dirigimos hacia un gran río que bañaba el valle por su lado norte. Se trataba del Morona. ¿Podríamos atravesarlo a nado? Sin bien, la tarea se perfilaba riesgosa, existía la posibilidad de que al menos uno de nosotros lograría salvarse para dar la voz de alarma. Era una hermosa y loca esperanza.  

   Alcanzamos a paso forzado la orilla del Morona, acompañados de un silencio sobrecogedor, ominoso, cargado de presagios turbadores. La luz vespertina bañaba con áureos tintes la caudalosa corriente que se deslizaba entre discretos murmullos, como si temiese estimular al adormecido miraje, aletargado por una lúgubre quietud que oprimía su encanto tropical hasta reducirlo a la desolación del desierto. 

   Y en medio de esa desolación, como la materialización de nuestro anhelo, a pocos pasos de nosotros, atada a un tronco, se hallaba una pequeña lancha motora esperándonos para ser abordada. Era uno de esos diminutos vehículos fluviales que los invasores solían usar para sus incursiones, pero ahora serviría para llevarnos más allá del alcance de sus balas. Era precisamente lo que nos hacía falta.  

   Nadie se encontraba en ella ni andaba por sus alrededores. Estaba a nuestra entera disposición.  

   Avanzamos hacia ella, agradeciendo, cada cual a su manera, al autor de aquel milagro. Uribe lo atribuía a la protección su hada madrina mientras que Martillo admitía la intervención de "El Soldado". Mi gratitud, en cambio, era para la diosa Casualidad, que las más de las veces es la autora de los mayores portentos.  

   De pronto, sin que la menor señal anunciara, una ráfaga de tiros se abatió sobre nosotros. Vi con horror cómo el cabo y Martillo caían mordidos por las balas. Uribe se vio arrojado a varios metros más allá, empujado por la bala que recibió debajo del hombro, yendo a aterrizar boca abajo, exactamente, en el punto que el agua besaba ávidamente la playa. Pero tan pronto como tocara tierra, giró con asombrosa agilidad sobre sí mismo y empezó a disparar hacia el sitio del cual provenía el ataque. No daba importancia al dolor ni parecía impresionarle el haber caído en la emboscada. Aquella difícil situación la tomaba como gajes del oficio.  

   Martillo iba junto a mí, se diría que caminábamos pegados codo a codo, sirviéndome casualmente de escudo frente a los emboscados. La certeza de poder abandonar al fin Atabatza le hacia sonreír con infantil donaire, y de repente sintió que una de sus piernas se envaraba, hurtándole el equilibrio y la facultad de mantenerse erguido. Por un breve instante luchó para evitar desplomarse. Pero la magnitud de la herida terminó haciéndole caer. Fue a dar de costado entre unas piedras que poblaban la rivera. Tal vez llegó a creer que todo se debía a un simple tropezón, ya que de inmediato buscó recobrar su perdida verticalidad, mientras miraba confundido el suelo donde poco antes posaran sus pies. Sólo segundos después consiguió enterarse de lo que realmente le había ocurrido. Sin embargo, sin preocuparse de la herida se preparó a vender cara su vida.

   Yo, a mi vez, lanzándome en plancha, fui a situarme en medio de mis compañeros cuando las balas empezaron a rugir, buscando alojarse en mi cuerpo. Me hallaba aún con la piel intacta. Pero, ¿hasta cuándo iba a durar mi buena estrella?  

   Aquel lugar, de suelo llano, sin vegetación y cubierto por pequeñas rocas, aptas tan sólo para facilitar el rebote de las balas, cumplía con todos los requisitos de la trampa mortal más perfecta. Nos tenían a su merced. Y lo estaban aprovechándola. No paraban de disparar desde los árboles cercanos.  

   Las balas silueteaban nuestros cuerpos, impidiendo movernos. Sin embargo, Uribe, pese a la dificultad que constituía la herida, se deslizó al agua y, dejándose llevar por ella, para luego ir a salir un centenar de metros más abajo, consiguió acercarse a ellos sin ser visto y silenciarlos mediante varias granadas.  

   Al fin podíamos apoderarnos de la lancha. Era indispensable que nos apresuráramos antes de que tuviésemos visita. Llevando a Martillo, sostenido por un brazo, nos acercábamos a la pequeña embarcación, ansiosos por abordarla. Y cuando todo parecía asunto concluido, de allí, de donde el río describía una suave curva, apareció otra lancha, pero ésta llena de soldados, que, como un bólido, se dirigía hacia nosotros. Y claro está, sus ocupantes no abrigaban muy buenas intenciones, puesto que los fusiles traducían con elocuencia el sentimiento de quienes los usaban. 

   Entonces, perseguidos de cerca por media docena de enemigos y cargando a cuestas con Martillo (gracias a la increíble fortaleza física y moral del cabo, a quien no parecía afectar en nada la lesión), nos dirigimos a la meseta situada enfrente de la capilla, en busca de refugio. Y con los últimos resplandores del día, en la colina que se alzaba sobre ella, encontramos, disimulado entre matorrales, un sitio a propósito para atrincherarnos.  

   Su hallazgo no pudo ser más oportuno, puesto que apenas instalarnos en él, todos los hombres que nos perseguían, pisándonos los talones, absolutamente todos, fueron aniquilados desde allí cuando su ansiedad por borrarnos de la demografía les puso al alcance de las granadas de Uribe. Con esta acción valerosa, el héroe de Atabatza cerraba con broche de oro la misión que le había encomendado la Patria: defenderla de la codicia expansionista de su enemigo tradicional, castigándolas severamente a sus huestes invasoras.

   El héroe, minado por la acción devastadora de la hemorragia, que con cada gota de sangre derramada escapaba otra de vida, se preparó para desposarse con la muerte. Y ésta llegó para tomar parte en tan solemne ceremonia, como suelen proceder todas las novias, precedida de una dilatada y penosa espera.  

   El refugio improvisado era una gruta, de entrada angosta y orientada hacia el noroeste, abierta por la naturaleza al pie de un risco. Era amplia y profunda, con una trayectoria que iba en sentido horizontal y en línea recta. Por el frescor y el aire puro que circulaba allí, se adivinaba que contaba con una o más galerías conectadas a la superficie. Se ubicada a una veintena de pasos sobre el nivel de la meseta, conectada por una ladera de similar cobertura vegetal a la observada en la mayor parte de ese sector, compuesta de una rara especie de chaparral.

   Esta particularidad sugería la presencia aquí de un asentamiento humano en años no demasiado lejanos. Tal vez los shuaras o achuaras cultivaron por un tiempo esta tierra y la abandonaron luego.

   Aquella noche mis compañeros, debilitados por las heridas sufridas en combate y por el cansancio ocasionado por los agitados sucesos del día, fueron sorprendidos por el sueño en cuanto encontraron sito para tumbarse. Tampoco yo fui la excepción. Al amparo y la seguridad brindados por la gruta, llevábamos durmiendo cerca de catorce horas cuando nos despertó el bombardeo que estaba siendo perpetrado sobre nuestro refugio. Fue un despertar brusco y aterrador. Pero, milagrosamente, salimos de él sin otro daño del que provoca un tremendo susto.

   Con seguridad la aviación peruana había sido alertada por las patrullas de avanzada que vieron o escucharon los estallidos de las granadas lanzadas por Uribe contra sus compatriotas. El lugar del incidente no podía ser de más fácil localización para el piloto encargado de la operación: el montículo que se alzaba sobre la meseta de Atabatza, situado precisamente enfrente de la capilla de “El Soldado”. Y con la seguridad de que habíamos hecho fuerte ahí, quisieron obsequiarnos con un caluroso buenos días. 

 

 

 

Refugio de Atabatza, febrero 21, hora 13

   Cerré los ojos al héroe y lo cubrí el rostro con su propio casco. La dolencia de su partida me sumió en un estado de profunda consternación que me hizo perder la noción del tiempo y aun olvidarme de la situación actual. Hubiese querido orar o pronunciar unas palabras en su honor, pero mi mente no conseguía elaborar nada digno de él. Imposible saber cuánto tiempo permanecí a su lado, mirándole desolado. Y sólo el estridente zumbido producido por un avión, al surcar el cielo muy cerca del refugio, me devolvió a la realidad.

   Impelido por la esperanza de que esta vez se tratara de una nave ecuatoriana de observación, acudí a la puerta del refugio para otear el cielo desde allí. Pero lo que pude descubrir me paralizó. Era un "Mig" que, procedente del sureste, avanzaba en vuelo rasante sobre Atabatza. El temor de un nuevo bombardeo sobre el refugio me aterrorizó.

   Según informes (que el enemigo había tenido buen cuidado de propalarlos y que mis compatriotas, ingenuos y crédulos, no habían tenido reparo en aceptarlos textualmente), las bombas menos nocivas, con las que contaba el usurpador, eran las de "ramillete". Arma de efecto devastador que, junto a ella, las bombas convencionales no parecían sino pompas de jabón.  

   El avión, cuando se hallaba muy cerca del refugio, describió un arco hacia el norte y, para mi sorpresa, dejó caer varias bombas explosivas de poca potencia, muy cerca del sitio donde el día anterior nos tendieran la emboscada. Era obvio que todavía la suponían sospechosa esa área. También fueron bombardeados varios sitios de la ladera oriental de la loma, que separaba el valle de Atabatza del de Danta, y cerca de la capilla. Sin duda, los enfrentamientos que tuvieron lugar durante el día anterior, en diferentes puntos, les había hecho pensar que el número de efectivos ecuatorianos era mayor del que respondía a la realidad. Los imaginaban repartidos estratégicamente en la zona.

    El bombardero, tan pronto hubo cumplido con su misión, regresó a su lugar de procedencia con la misma velocidad y altura utilizadas que cuando apareció. A su tripulación, con gran alivio para mí, en esta ocasión ya no le interesaron los objetivos poco antes atacados. Tenían sin duda la seguridad de que los combatientes que habían tomado parte en la acción que perecieran varios de sus hombres, estarían a esas horas haciéndoles compañía en el hades. Mas nunca se habrían imaginado en la existencia de una gruta aquí y que sus acosados pudiesen refugiarse en ella.

   Volví al interior y fui en busca de Martillo con el fin de averiguar la evolución de la infección de su herida. Entonces descubrí con sorpresa que él había cambiado de lugar. ¡Se hallaba ahora junto al cadáver del cabo, o sea, muy alejado del sitio que había permanecido desde nuestra instalación en el refugio!   Sentado, con las piernas extendidas sobre el suelo y la espalda apoyada en la pared, contemplaba con serena melancolía el inerte cuerpo de Uribe. Daba la impresión de experimentar un milagroso proceso de recuperación. Miré la herida y me pareció tan fea como antes, aunque la hinchazón parecía haber disminuido. Era eso al menos lo que creí ver. Pero lo que me llamó más la atención fue que la fiebre había desaparecido. ¡No podía yo creerlo!  

   —Ayúdeme a llegar hasta la puerta de la gruta —dijo con decisión al tiempo que, apoyándose en el muro, trataba de incorporarse. Lo creí tal cosa una locura, pero la superioridad que le otorgaba su mayor antigüedad me comprometió a obedecerle sin objeción. Una vez que se sitúo en la entrada de la gruta, ayudado por mí, dejó vagar su intensa mirada por la lindante meseta, esmaltada de verde esperanza y de sol, que un poco más allá se interrumpía bruscamente cortada por un profundo barranco.  

   Este sector de la planicie, inmerso en una farragosa tranquilidad, se hallaba a todas luces desierto, abandonado transitoriamente por quienes lo habían habitado ilegalmente los últimos dos meses. Los bombardeos efectuados la mayoría de las veces sobre objetivos seleccionados al azar y guiados sólo por la intuición, significaban que los tripulantes del "Mig" no temían que sus compatriotas pudiesen resultar afectados ni siquiera casualmente, ya que los creían fuera de allí. 

   —Según el modo que usted me mira —exclamó Martillo, dejando de mirar el paisaje para fijarse en mí—, parece que mi repentina recuperación le causa asombro, ¿no es cierto? Pues en eso tiene plena razón. Es más, también a mí me sucede lo mismo. Se lo confieso sin reservas. Sin embargo, me asiste la creencia de que se trata de un milagro de Dios, en quien jamás he perdido la fe. Y gracias a Él podré ayudarle a usted detener a los invasores que se aprestan a retomar Atabatza. En cuanto asomen sus narices por aquí verán lo es que luchar de frente con verdaderos soldados. Porque ellos intentarán pasar por aquí, no lo dude. No existe dentro de un amplio perímetro otro paso mejor que éste. Desde luego, podrían también utilizar uno de los ríos, pero no lo harán. Los presumirán estrechamente vigilados a partir del instante que se produjo la emboscada. Por tanto, no tardarán ellos en llegar acá, se lo aseguro.

   Creí que Martillo se había vuelto definitivamente loco. ¿Qué podría hacer yo para detener aquella arrolladora fuerza bélica? Si bien yo no era un cobarde y, en el caso de poseer mil vidas, las habría ofrendado gustoso a la Patria, no era más que un hombre común. Además, con la desventaja de ser un pésimo tirador. ¿Tal vez la inveterada manía de propalar a los cuatro vientos su pretendido parentesco con cierta santa que llevaba su mismo apellido, le había terminado por desquiciarle, haciéndole ver que los milagros estaban a la orden del día y al alcance de su mano?  

   Pero Martillo no estaba loco. Una vez que expuso sus argumentos, analizando meticulosamente la situación, hube de llegar a la conclusión de que su capacidad de discernimiento no podía ser más brillante y por cierto digna de ser tomada en cuenta. La profundidad de sus análisis sacó a flote múltiples detalles trascendentales que para mí habían subsistido ocultos o habían carecido de importancia. Y luego de escuchar su reflexión, empecé a mirar las cosas desde otro ángulo.  

   —Colega —expresó el soldado con persuasión—, este lugar, tal como lo decía el cabo, constituye un muro de contención a las acometidas del invasor. El haberlo perdido le significa un duro revés. Los supervivientes de las escaramuzas, imaginándose en peligro de ser copados, vagarán dispersos por la jungla hasta conseguir reagruparse para luego intentar recuperar sus anteriores posiciones. Es una posibilidad. Otra es la de que todos, de común acuerdo, caminaran a marchas forzadas hasta el puesto militar más cercano. Y una vez reorganizados y reforzados con personal fresco, intentasen caer sobre Atabatza. Por cierto, en ambos casos no se fijarán en pérdidas humanas ni escatimarán esfuerzos para intentar establecer aquí una cabeza de puente que permitiría el paso del grueso de sus fuerzas. Es fácil de suponer que el enemigo, tras el tiempo que lleva aquí, conoce perfectamente que esta zona no cuenta sino con un piquete ecuatoriano, susceptible de ser aniquilado. Pero no conoce el número de efectivos que lo compone ni cómo ni cuándo pudo llegar acá. Aunque, atando cabos, deducirá (erradamente, claro) que unos pocos soldados ecuatorianos no serían capaces de haber provocado tantas bajas en sus filas, a pesar de que no es la primera vez que esto le sucede. Es probable que llegase a esta conclusión. De ahí su inmediata reacción desatada con el bombardeo. Y bien, esto nos permite conocer con exactitud el próximo paso que se prepara a dar. Puesto que las bombas no eran para apoyar a sus patrullas de avanzada, porque desde horas antes ninguna hay aquí, con ellas sólo buscaban eliminar del área una posible resistencia que estorbase el ingreso masivo de sus huestes, quizá aerotransportadas, ya que el tiempo le apremia.

   Procuró equilibrar mejor el peso del cuerpo sobre su pierna sana, para poder mantenerse recostado sobre el poyo que poseía la entrada de la gruta. Era obvio que le parecía aquél sitio apropiado para permanecer allí en espera de lo que, según su presentimiento, iba a suceder. Y mientras continuaba acariciando con la mirada la llanura, añadió:  

   —Al enemigo le urge expandir la invasión desde este lugar hacia el interior, con el fin de presentar el nuevo territorio invadido como de su absoluto dominio ante los “Países Garantes”, que no pondrán reparo en otorgar la razón a sus alegatos. Es la táctica que ha venido utilizando siempre con inmejorables consecuencias. Sólo que en esta ocasión ha sido descubierto antes de que pudiese convertir en realidad sus malévolos planes y, en su lugar, habrá de huir vergonzosamente derrotado, porque jamás ha contado con el valor suficiente para luchar frontalmente. Por lo demás, el bombardeo debe haber sido detectado por alguna patrulla de las nuestras, que habrán alertado ya a la aviación. Por tanto, Pérez, es indispensable detener al enemigo para impedir que se haga fuerte en las lomas que circundan este valle.

   Y precisamente en ese instante fue cuando divisamos, casi sin sorpresa, un piquete de siete hombres, caminando presurosos a campo cubierto, por una franja de hierba baja. Procedían del este e iban en dirección del valle. Avanzaban por el costado sur de la meseta, a solo unos doscientos metros del refugio, lo que significaba que, con cada paso que daban, se ponían cada vez más cerca de nuestras armas. Iban en fila india y demasiado juntos. Parecían seguros de la soledad del paraje.  

   La planicie era amplia en ese sitio. Muy bien pudieron haber tomado el lado norte, bordeando el farallón del río Morona, donde el chaparro era más tupido, y el tratar de cortar su avance se nos hubiese puesto difícil. Pero la fatalidad les había señalado el camino equivocado.

   —Sitúese detrás de esos matorrales —dijo Martillo, indicándome unas frondosas matas ubicadas a unos cuarenta pasos de la gruta y algo adentro de la llanura— y dispare sólo cuando yo lo haya iniciado.

   Coloqué en sus manos fusil y cartucheras y fui a cumplir la orden recibida. La patrulla avanzaba a paso acelerado y apenas me permitió ponerme en posición de ataque antes de tenerla casi sobre de mí. Y de pronto surgieron dos disparos procedentes de la gruta. El espectáculo presentado por los dos sujetos que fueron alcanzados por las primeras balas disparadas, fue algo grotesco. Danzaron por un instante sobre la hierba y luego fueron a caer uno encima del otro, quedando cruzados e inmóviles.  

   Sobrevino un instante de total silencio. Los cinco hombres que aún permanecían vivos, miraban estupefactos a los hombres repentinamente abatidos. Dos cadáveres como resultado de sólo dos tiros. Un suceso fuera de lo común si se ha de dar crédito a las estadísticas que aseguran que por cada treinta y seis mil tiros disparados en un combate sólo uno de ellos consigue dar en el blanco. 

   Martillo era realmente un as en lo que al ejercicio del tiro se refiere. Ya el día anterior, en el incidente de la quebrada, lo había demostrado claramente. 

   ¡No puedo esperar más para disparar! Aprieto el gatillo una, dos, tres veces..., casi sin darme cuenta que en cada bala que sale de mi arma cabalga la muerte. La primera de ellas, golpea el pecho de un sujeto a quien creo haberle visto antes. El impacto le empuja varios metros hacia atrás y luego le hace caer de espaldas, con los ojos fijos en el azul del cielo. Parece aún asombrado de lo que acaba de sucederle. También los proyectiles siguientes dan en el blanco con mortal resultado. A esa distancia no podía haber fallado ni siquiera en la oscuridad. Pero la impresión producida por el primer hombre abatido por mi mano, me impide evaluar de inmediato su efecto. Tan sólo los veo tambalearse como ebrios y derrumbarse luego.

   Entonces me doy cuenta de que, de los siete militares que llegaron, quedan posiblemente apenas dos con vida. Pero no los veo por ningún lado. Pienso que, en la confusión que produjo el tiroteo, han logrado alcanzar unos matorrales situados a varios pasos a mi izquierda. Cambio de posición, manteniéndome siempre agazapado, con el fin de no dejarme sorprender. Y de pronto, miro que alguien, a sólo dos metros de distancia y oculto debajo de los mismos matorrales que me esconden, me apunta desde el suelo con su fusil. Le miro sorprendido, sin poder hacer otra cosa que esperar el disparo. Y es cuando descubro en él a uno los sujetos que el día anterior, en la cortada, les permitiéramos ir sin otra herida que en su amor propio. Ahora nos volvíamos a ver.

     Tenso, curva el dedo sobre el gatillo, y es entonces cuando también él logra reconocerme. Arruga rencorosamente los ojos, pensando sólo en lavar con mi sangre la afrenta recibida el día pasado, aunque, debido al terror que le había invadido entonces, el panorama de aquellos sucesos lo tiene confuso. Y es aquello lo que me salva. Su mente, en vez de concentrarse en lo que debe consumar instantáneamente se distrae en ordenar los recuerdos que, aun en la crueldad de la guerra, calan muy hondo en el alma.  

   Voy a lanzarme de costado mientras levanto en su dirección el cañón de mi arma, pero él sonríe adivinando mi pensamiento y, sin conceder importancia a mi mala intención, dice:  

   —“Mono”, ayer por mí, hoy por ti. Favor por favor. Deja caer el arma y lárgate. Pero tenlo presente que la deuda queda saldada.

   Dejo caer el fusil y empiezo a retroceder con los brazos en alto, sintiendo que vuelvo a nacer, que sigo vivo gracias a la bondad de mi enemigo. Quiero preguntarle su nombre pero la lengua me pesa como una enorme piedra y no puedo articular palabra. No siento temor ni vergüenza, pero continúo retrocediendo con lentitud, pensando en las cosas extrañas que está sembrado el camino de la vida. Y pienso que también es extraño lo que ese momento se cruza por la mente.

   Continúo caminando de espaldas y llego a terreno despejado. Martillo logra verme y nota con inquietud mi raro comportamiento. Sabe lo que está ocurriéndome y no vacila en intervenir. Dispara una ráfaga contra el matorral que poco antes me ocultara. Agito una mano para advertirle que debe cesar el tiroteo. Pero él entiende lo contrario y redobla los disparos. Entonces me lanzo hacia un cráter abierto por una bomba y desde allí espero ver el desenlace de los acontecimientos.

   Escucho replicar a los disparos de Martillo. Es tan sólo uno el que ha puesto a ladrar su fusil, desde otro cráter de reciente formación y que se sitúa a doscientos metros al norte. Es otro de los supervivientes y trata de ayudar a su compañero. Temo por la vida de mi enemigo que ha demostrado, para sorpresa y beneficio míos, sentimientos de gratitud y generosidad. Imagino que puede estar herido, tal vez muerto, de la manera que él no quiso obrar conmigo. Pero, para mi satisfacción, no ha sufrido daño. Ahora, procurando mantenerse oculto por unos arbustos, se aleja veloz en dirección de su paisano. Está a salvo. Estamos en paz por ahora, claro. Pero tal vez luego, cuando uno de los dos esté en la mira del fusil del otro, nada podrá salvarlo.

   Ya sin demasiado peligro, regreso al matorral y recupero mi arma y también echo un vistazo a los caídos. Miro con atención al hombre que me había parecido conocido y reconozco en él al otro soldado que le perdonáramos la vida.

    Me acerco a los cadáveres y busco en sus mochilas. Sin el mínimo remordimiento, me apodero de las vituallas y me dirijo a la gruta, contento de poder probar bocado luego de un ayuno prolongado. El corto camino de retorno (¡es curioso que no lo haya notado antes!) es imposible de poder recorrerlo sin que el estómago pugnase por echarse fuera. Por todas partes hay restos humanos, pudriéndose en aquel calor infernal y volviendo el aire imposible de respirar. Son fragmentos de los cuerpos de quienes nos perseguían la tarde de ayer, destrozados por las granadas de Uribe.

 

 

*   *   *

   Martillo almorzó sin mucho apetito, pero a mí me fue imposible ingerir un sólo bocado. El olor de la muerte, que ahora se extendía por todas partes con características de calamidad, hostigaba el olfato, mareaba y estrangulaba el alma.

   En la vida he atravesado por situaciones difíciles, sensaciones ciertamente dolorosas, pero ninguna como la actual.  

   Para borrar de la vista una imagen desagradable, basta con sólo mirar a otro lugar o, a lo sumo, con cerrar los ojos. Y el problema desaparece. Se puede librarse del ruido estridente con la simple medida de taponar los oídos; evitar el sabor amargo, sencillamente con dejar de degustar aquello que lo produce, y conjurar el peligro de ofender la sensibilidad del tacto, con el remedio de la precaución. Pero nada puede evitar que el olor penetre en tu ser, porque lo está en el aire que respiras. Y el aire tiene la Admirable propiedad de filtrarse hasta los sitios más recónditos. Además, ¿cómo impedir su ingreso en uno, siendo indispensable respirar para poder vivir? Por esta razón y por muchas otras, la peor de las torturas para el ser humano se presenta cuando su ámbito ha sido impregnado de pestilencia. Sin embargo, en teoría, existe un medio sencillo para poder evitarlo. Pero, ¿cómo? Basta con sólo huir del foco de contaminación o, al menos, de sus inmediaciones.  

   No obstante, en circunstancias especiales, esta medida no es factible adoptarla. Y nosotros no podíamos apelar a semejante solución por la simple razón de que nuestro deber era ni más ni menos que el de permanecer allí mientras imperase aquella situación excepcional.

   —Es necesario darles la impresión de que no estamos solos —dijo Martillo, mirando el lugar donde se habían refugiado los “peruchos”—. Debe usted llegar sin ser visto hasta el borde de la meseta, donde empieza la pendiente que se descuelga hasta el valle, y desde allí efectuar disparos, procurando cambiar constantemente de sitio. Es necesario hacerles creer a los invasores que el avance en dirección del valle, está bloqueado por un respetable número de efectivos. 

   —Pero ellos no son más que dos y, además, los tenemos localizados. No podrán ir a ningún lado mientras los tengamos vigilados —aduje, respirando con dificultad la atmósfera viciada que nos cobijaba.

   —Pero pronto serán más de dos. Serán quizá veinte. Tal vez más. Y debemos cerrarles el paso —reflexionó Martillo, dejando oír su voz deformada por tener la nariz firmemente sellada con su pañuelo.

    —¿Lo conseguiremos?

   —¡Téngalo por seguro que no sucederá de otra manera! —afirmó con proverbial convicción. La seguridad con que expresó iba más allá de la ansiada esperanza, más lejos de la bella ilusión. Tenía la fuerza y la firmeza de la profecía.  

   Gracias al impulso vital que animaban sus últimas palabras, pude al fin comprender con absoluta claridad el misterio de su súbita recuperación. El verle levantar de su lecho de muerte para enfrentarse al enemigo con la fiereza del león, me tenía confundido y no hallaba la causa atribuible de semejante prodigio. Pues hora lo entendía perfectamente: la mágica medicina había sido nada menos que su acendrado civismo, ese anhelo inmensurable de ser útil a la Patria, que se anida en el corazón del soldado de innata vocación.

   Su restablecimiento era anímico. Podía influir y ejercer dominio sobre la materia mientras se mantuviera encendido el fuego de esa divina locura que consistía en ver realizado su anhelo. Pero no sobreviviría a la excitación del triunfo ni mucho menos al sinsabor del fracaso.  

   —Le dejaré mi dotación. Tal vez le pueda hacer falta más pertrecho —dije, por demostrar que tenía yo absoluta confianza en él más que por considerarlo necesario—. Yo tomaré de los caídos tanto material como pueda llevar conmigo. ¡Buena suerte, soldado! Nos veremos tan pronto como hayamos triunfado —añadí, sabiendo que el triunfo no podía estar más lejos. 

   —No podrá ser de otro modo —aseguró Martillo, mirando con esperanzada insistencia la capilla, como si esperase que de un rato a otro fuese a surgir de ella el refuerzo salvador.

   Sin convencimiento y ateniéndome únicamente al deber, me aparté presuroso de Martillo con la finalidad de cumplir sus órdenes. Quizá consiguiésemos engañar al enemigo por algún tiempo y también tenerlo inmovilizado mientras siguiese representado por aquellos dos efectivos sin mayor apego a las incidencias del combate. Pero una vez que su número fuese incrementado con la llegada de un nuevo contingente, entonces ¿cómo íbamos a poder contenerlo? Aunque mi compañero se hallaba bien ubicado y mejor atrincherado, estaba sujeto a la inmovilidad y expuesto a que su fortaleza espiritual fuese minada y demolida por las dolencias físicas. Y en cuanto a mí, tratando constantemente de cambiar de sitio sobre un campo casi totalmente despejado, no iba a durar mucho.  

   Cargando conmigo las cartucheras y granadas que pude recogerlos y caminando siempre agachado, cubierto por los disparos de Martillo, conseguí llegar sin inconveniente al lugar previsto.  

   El lugar elegido para realizar la maniobra, constituido por una ladera de brusca pendiente que descendía del borde de la meseta hasta el valle, iba a permitir desplazarme por un amplio espacio sin ser visto por el adversario. Y mientras lo creyera él que tenía por delante a una respetable fuerza defensora muy bien atrincherada, no se arriesgaría a tratar de avanzar sin apoyo de un gran número de efectivos o de la aviación.  

   De momento no tenía cerca más que a dos invasores medio muertos de miedo. Pero, incluso así, era necesario adoptar medidas disuasivas. Caminando por la cima de la ladera, pero debajo del nivel de la planicie, fui al lado sur y disparé una ráfaga de tiros en dirección del sitio donde se ocultaban el par de "peruchos". De inmediato me dirigí hacia el lado opuesto, disparando constantemente mientras corría, y llegué hasta el punto donde el barranco ponía fin al recorrido. Abajo, a unos trescientos metros de profundidad, el Morona se arrastraba como un gigantesco reptil. Antes de ponerme a disparar desde allí, miré con poco interés el río, más por desafiar al vértigo que me producía la altura que guiado por la fugitiva esperanza. Mas lo vi me puso, prácticamente, loco de alegría. ¡Oh, Dios mío, estábamos salvados!... 

   Una motonave ecuatoriana, de aquellas destinadas al patrullaje fluvial, surcaba veloz el río, aguas arriba. Se hallaba precisamente debajo de mí. Confiando en que me descubrieran sus ocupantes, disparé al aire de acuerdo con la clave establecida: Bang bang….bang. Tuve suerte y conseguí hacerme notar. Me respondieron de la misma manera, pero la nave continúo navegando aun con mayor prisa que antes.

   Deslizándose por las aguas como una exhalación, el pequeño vehículo desapareció de inmediato de la vista, ocultándose en una curva del río. Y con él, de la misma forma que surgió, se esfumó toda esperanza de conseguir comunicar a la superioridad lo que acontecía en Atabatza. Con seguridad, la tripulación se hallaba convencida de que aquí no existía novedad y que mis disparos no tenían otro propósito que el de patentizar mi atenta vigilancia. Caso contrario, se hubiesen detenido para averiguar lo que estaba sucediendo.

   Pensé que no me quedaba más opción que la de atenerme al plan trazado por Martillo, procurando cumplirlo con eficacia. Y continué con mi ruidoso recorrido. Sin embargo, el reciente suceso me Deprimió el ánimo y ahora empezaba a creer que nuestra patraña no podría engañar a nadie y que más bien serviría para que el enemigo, ya consolidado, extremase precauciones al acercarse. Y así fue.

   Agazapados entre la hierba y desplegados en abanico, venían una veintena de efectivos dispuestos esta vez a arrollarnos. Al usurpador le urgía tomar posesión del valle para presentar a la opinión mundial como una posesión de antiguo dominio suyo.

   No estaban lejos. A unos trescientos metros cuando más. No sé cómo pudieron acercarse tanto sin que Martillo notase su presencia. Recién ahora empezaba él a tratar de prevenirme. Bang bang….bang.

 

 

*   *   *

   Sobrepujando al persistente tableteo de los fusiles, que lastima los oídos y tritura los nervios, resuena en la mente la voz de mi madre, hablándome emocionada el momento de mi partida al frente: "Hijo mío, loado sea Dios por haberte concedido la gracia de luchar por la madre Patria, defendiendo su heredad territorial y su dignidad. ¡Oh!... Cuan orgullosa me siento de ti. Y lo estaré mucho más cuando te vea regresar del frente lleno de gloria: con el pecho cubierto de cicatrices. Entonces, hijo mío, celebraremos juntos la victoria". El eco de sus palabras me invita a enfrentar con coraje el último combate de la jornada.

   El concepto vago de "enemigo", nombrado en singular, pierde total significación para referir al conjunto de efectivos que ahora, en cada uno de sus componentes, adquiere personalidad distinta e independiente y, en consecuencia, se comportan según su individual arbitrio. Los enemigos que se acercan son muchos, muchísimos, y no escatiman balas. Reptando como las culebras, avanzan lentamente, pero avanzan hacia el borde oeste de la meseta, protegidos por una nutrida barrera de plomo que les mantiene irreductibles e incólumes a la vez. Las balas silban arriba de mi cabeza, obligando a mantenerme todo el tiempo bajo el nivel de la llanura. Pero voy y vengo de uno a otro sitio respondiendo a ciegas el fuego, en mi desesperado empeñó de continuar engañándoles con la ficticia existencia de varios defensores. Sin embargo, ellos engañados o no, actúan confiados en que su fuerza numérica se impondrá finalmente. La distancia que nos separa es de apenas cien metros. Han superado en mucho la que existe entre Martillo y yo.  

   No sé qué le habrá sucedido a mi compañero. No obstante, sé a ciencia cierta lo que va a ocurrirme en cuanto tenga a mis enemigos encima: pasarán sobre mi cadáver.

   Se acercan en tumulto al borde de la meseta, disparando alocadamente y a cuerpo descubierto. Se encuentran tan cerca que es posible oír con nitidez el ruido que producen sus asquerosas botas al pisar brutalmente el suelo, ¡mi sagrado suelo! Siento de pronto un lacerante dolor como si pisasen los puntos más sensibles de mi ser. Enardecido por la furia, supero el pequeño trecho que me separa de la superficie de la llanura y, pegado a tierra, como un gusano, busco con la mirada a mis enemigos que ni siquiera notan mi presencia a pesar de tenerme cerca. ¡Se hallan desconcertados, mirando con la boca abierta a un estrafalario soldado que acaba de ascender a la meseta y de súbito se lanza como un bólido contra ellos! Su insólito comportamiento les aturde, les confunde. Este sujeto no utiliza el fusil; mejor dicho, si lo usa pero no del modo convencional, que es disparando con él, sino que lo utiliza más bien como una maza, asiéndolo por el cañón. Todo golpe que da es infalible. Y cada uno de ellos descalabra a un invasor, que cae indefectiblemente, con el pavor pintado en su rostro. Con asombrosa rapidez da cuenta del grupo, de siete u ocho “peruchos”, que pretendía ser el primero en descender la ladera. 

   Nadie tiene tiempo de reaccionar apropiadamente. Parecen haberse olvidado de las armas, que las sostienen inútilmente sus manos. Unos se someten al castigo con indecible mansedumbre, como algo que lo ven inevitable; otros intentan evitar el ataque, empleando la misma táctica usada por el insólito luchador o valiéndose de golpes de karate, y los demás no hacen otra cosa que retroceder. Pero, fuese cual fuere su actitud, todos reciben igual ración. 

   De pronto, varios hombres que se encuentran algo alejados actúan en solidaridad de quienes están sien-do vapuleados. Es así cómo desde diferentes puntos, con la esperanza de salvar a los que aún quedan en pie, se dedican a disparar con exasperado ahínco. Pero lo hacen con tan mala puntería, que acaban con todos menos con su atacante, que ni una fracción de segundo se mantiene quieto ni en el mismo sitio. Esquiva las balas y las granadas con la habilidad de un torero la envestida del toro. Es ágil como una pantera y veloz como la centella.

   Su presencia me tiene confundido. No forma parte de ninguna patrulla de vigilancia terrestre o fluvial, porque de serlo no habría venido solo. Miro el valle, el río y la ladera que se arrima a la meseta, y no avisto a nadie más. Pero es indudable que ha llegado de dirección del valle, porque es imposible que viniese de otro sitio valiéndose únicamente de los pies. En todo caso debe ser miembro de una patrulla que avanza hacia acá y que se ha adelantado para explorar el terreno. Sin embargo, su extraña pero eficaz técnica de lucha, me desconcierta. No recuerdo haber recibido jamás instrucción parecida ni haber tenido noticias de ella. 

   Lo que me seduce es su acción defensiva más que la ofensiva, que desde luego también merece admiración. Porque para atacar sin ser atacado, en una lucha cuerpo a cuerpo, se requiere de la destreza de un verdadero campeón en artes marciales y de las caudales de un gladiador. Con todo, esto no es nada insólito. Pero aquello de que puedas burlarte de la bala que ha elegido como su blanco tu preciosa anatomía, bueno..., eso es otra cosa bien diferente.

   El ejército es como una familia grande y sólidamente unida y en el cual nos conocemos todos. Nada sucede en él sin que sus miembros no se hubiesen enterado. Aun el secreto mejor guardado por la superioridad es susceptible a filtrarse hasta las esferas inferiores, al menos, como rumor. Debido a ello me intriga la técnica que emplea este soldado contra su oponente, la cual resulta para mí total y enteramente desconocida.

   Desde luego, tampoco me resulta conocido el soldado. No reconozco en él a nadie que lo haya visto antes. Ninguna de sus características me resulta conocida. Sin embargo, hay en él algo que indudablemente me es familiar, como sucede con las cosas que permanecen siempre cerca sin ser advertidas.

   Su sola presencia, al margen de la complacencia que experimento por sus dotes de guerrero invencible, otorga a mi espíritu una seguridad y una confianza tal, que me siento capaz de contener las balas enemigas con la sola ayuda de las manos.

   Es él de elevada estatura, constitución atlética, pero no muy joven... En su enjuto y varonil rostro abundan hematomas y magulladuras, y sus manos llevan heridas aún no cicatrizadas, lo que demuestra que a lo largo del conflicto se ha mantenido activo. Su larga y enmarañada barba proclama además que en mucho tiempo no ha sido huésped de la base militar. 

   Todo en él es fuerza y vitalidad. No obstante, cuando lucha, ni en su gesto ni en su mirada trasluce la fiereza destructora. Se refleja más bien la satisfacción del cumplimiento de una prolija y delicada misión que le ha sido confiada ejecutarla por absoluta necesidad.  

   El campo de batalla recobra la paz por un instante y un silencio ominoso se abate sobre él, fundiéndose con la viciada atmósfera que envuelve y envenena este lugar donde la muerte ha sentado sus reales.  

   Los intrusos, sorprendidos de lo que ven, dejan de atacar y retroceden sin perder tiempo en busca de posiciones más seguras. No tienen reparo volver las espaldas y perder lo alcanzado. Son diez o doce hombres que recurren a la agilidad de sus piernas para poder salvar lo más valioso que poseen: la vida. Su pánico quizá no proviene únicamente de la espectacular derrota que han sufrido sus compatriotas al enfrentarse al temible soldado ecuatoriano, sino también de la posibilidad de vérselas con otros como él.

   Al fin abandono la inmovilidad, me levanto y voy a situarme detrás de uno de los pocos árboles que existen en la meseta. Se encuentra bastante adentro. Está muy cerca del refugio. Y esta asociación de ideas me hace pensar en lo que pudo haberle acaecido a Martillo, que continúa sin dejar oír la voz de su fusil. ¿Ha sucumbido acaso como consecuencia de la herida recibida ayer o de una nueva que habría recibido ahora? Sin embargo, dos circunstancias, sucediéndose una a otra, impiden seguir adelante con mi reflexión y en su lugar concentro toda mi atención en ellas. 

   Primera. Reparo en el combatiente, que ha llegado en mi socorro —a quien le llamaré “Guerrero” mientras no conozca su nombre y su grado militar—, que persigue a varios "peruchos", empujándoles hacia el este. Dispara mientras avanza a la carrera en pos de ellos, que se asemejan a asustadas liebres, pero no tira a matarlos. Segunda. Observo, casi al mismo tiempo, que uno de los adversarios que han logrado ponerse a sus espaldas, se prepara a dispararle con toda tranquilidad. Con una de sus rodillas apoyada en tierra, fija la puntería de su arma. Sin pérdida de tiempo y sin apenas apuntar, aprieto el gatillo de mi fusil una y otra vez, en espera de ver al invasor recibir con un respingo la dentellada de la muerte. Mas, en vez de ello, escucho con terror los apagados "clips" del percutor, golpeando repetidas veces el vacío. ¡Válgame Dios! Mi arma se halla descargada. ¡Va a morir ante mis ojos un compatriota mío sin que pudiese yo hacer nada por salvarlo!

   El terror no logra esta vez paralizar mi mente y trato de pensar a marcha forzada en el medio de impedir esa muerte. ¿Tal vez si logro distraerlo?... Abandono precipitadamente el escondrijo mientras hiendo el ámbito con ruidosos gritos capaces de hacerse oír a varios kilómetros a la redonda. Pero nada ocurre. El tipo parece sordo como una roca. ¡Ha afinado la puntería con calma y va a disparar! Sin embargo, no llega a materializar su propósito. De pronto sufre una sacudida y se desploma ya quieto. Ha sido herido en la cabeza por Martillo, quien ha puesto término a su prolongado silencio.

   —¡Se ha salvado el “Guerrero” una vez más de la muerte, ahora sin siquiera saberlo! Él no ha escuchado nada y continúa con el acoso. Pronto desaparece de mi campo visual, al igual que sus perseguidos, absorbido por el chaparral.   

   El disparo de Martillo parece recordar a los invasores, que aún permanecen ocultos en las cercanías, el deber de combatir. Son ellos cuatro o cinco no más. Disparan a ciegas. Se diría que impelidos solamente por la nerviosidad. Están un poco al este del refugio, casi juntos, y exactamente en el sitio donde, pudriéndose al reverberante sol y devorados por las moscas, yacen los cuerpos destrozados de sus compatriotas. El aire se ha puesto allí irrespirable, y no entiendo cómo pueden ellos permanecer indiferentes ante semejante castigo para el olfato. Con relativa facilidad podrían buscar un lugar menos incómodo en otra parte, no obstante, ni siquiera lo intentan. Es indudable que se creen copados.

   Bang bang….bang. Escucho alarmado la clave establecida para señalar nuestras posiciones. Me parece que se trata sólo de una coincidencia de tiempo en los disparos que efectúa alguien ajeno a lo convenido por nosotros. Pero, no. La señal se repite varias veces. Viene del este, o sea, de la dirección que momentos antes tomara el “Guerrero”. Entonces debe ser él quien trata de alertarme de algo. Pero ¿cómo se ha enterado de nuestro secreto? Bueno, qué importa el cómo. Lo importante es que lo conoce. Replicó de la misma forma y la contrarréplica es inmediata. Pienso que se halla en dificultades y que precisa de mi ayuda. Debo acudir a él. 

   Doblado por la cintura, empiezo a desplazarme hacia el norte para rodear a los peruanos, que se hallan ocultos, y acto seguido tratar de avanzar hacia el este. El recorrido no presenta dificultades y supongo que no encontraré excesivo peligro para volver a la meta. Entonces sabré lo que el “Guerrero” trata de prevenirme. ¡Cielos! Pero ya no hace falta ir hacia él para saber lo que ocurre... ¡Las tropas aerotransportadas del enemigo empiezan a llegar! 

   Escucho rugido de motores que aumenta su intensidad hasta volverse ensordecedor. De pronto, avisto un helicóptero artillado que, surgiendo del barranco oriental de la meseta, se acerca en vuelo lento y de baja altura. El aparato, sin ser demasiado voluminoso, posee la suficiente capacidad para transportar una veintena de hombres. La cabeza de puente, tal como lo temíamos, va a ser establecida.

   Acercándose con decisión, como si surcase el espacio aéreo de su territorio, aterriza en el centro de la meseta. El viento que producen sus hélices aplasta entre convulsiones la hierba, dejando el contorno de la nave aplanado. Y miro cómo se abren las escotillas por donde saltarán los soldados armados y equipados. ¡Vienen para tratar de apoderarse parte de mi territorio! Y un fuerte escalofrío recorre todo mi ser.

   Martillo empieza a disparar con insistente furor contra la máquina. Pero se halla demasiado lejos y difícilmente podrá hacer blanco. El “Guerrero” aparece y también dispara mientras se acerca a la carrera. Y yo, mucho más cerca al helicóptero que los demás, disparo con mayores probabilidades de alcanzarlo.  

   Los flamantes invasores no llegan a descender y la nave más bien procede a despegar. Algunos proyectiles, que han sido alcanzados, les convencen que la zona está convenientemente defendida. La máquina se eleva con celeridad y, en tanto que evoluciona, lanza granadas a su contorno. Una de ellas estalla cerca de mí, hiriéndome el brazo derecho con su metralla. No es grave y no me impedirá manejar mi arma.

   El helicóptero continúa evolucionando y disparando granadas. En una de sus maniobras se acerca demasiado precisamente al único árbol que existe en la llanura y el rotor de cola impacta violentamente contra su copa. Este vuela en pedazos y el aparato pierde control. Se eleva como un proyectil por un instante y, luego, desciende en picado hasta clavarse en tierra. La meseta toda se estremece con la explosión originada por los tanques de combustible y las municiones al producirse la colisión.

   Las llamas se extienden por el suelo y amenazan con transformar en piras humanas a los invasores que, casualmente, se ocultan cerca del incendio. Cuando el fuego empieza a lamer sus ropas, no tienen otro remedio que el de salir en carrera de sus escondites.  

  El “Guerrero”, que con su extraordinaria agilidad está en todas partes, les intercepta y les toma prisioneros. Son apenas cuatro. Están asustados y mantienen los brazos en alto. Temen infundadamente que el castigo que les espera sea el pasaporte inmediato al otro mundo y, como un recurso desesperado para alcanzar clemencia, gritan al unísono: “¡Viva el Ecuador! ¡Viva el Ecuador!” Es asombroso el desenlace del combate. Estoy a punto de llorar de alegría, motivada por la certeza de que, al menos de momento, no tengamos enemigos asechándonos. 

   Me acerco al “Guerrero” para saludarle y también averiguar quién es realmente él. Y es entonces cuando alguien, situado cerca del refugio y oculto en la maleza, dispara una ráfaga contra nosotros. De inmediato interviene Martillo desde el refugio y silencia al enemigo para siempre.

   Enseguida entra en acción otro emboscado, dirigiéndonos una ráfaga de tiros. Mientras me lanzo en plancha a tierra, veo que el “Guerrero” gira como un trompo y termina por caer pesadamente, manchando la hierba con su sangre. Le han herido. Increíblemente, yo no he sido tocado. Desde el suelo disparo por repetidas veces en la dirección de donde poco antes proviniera la ráfaga mortal y consigo abatir al hasta entonces invisible tirador, que al fin se deja ver con la cabeza destrozada. Con un ojo fijo en los prisioneros, que no se atreven a mover un solo músculo, y el otro, pendiente del camino que recorro arrastrándome, me acerco al herido. Le examino y comprendo que la herida que acaba de recibir en el pecho es mortal de necesidad. Además, tiene otras en diferentes partes de su anatomía. Sangra profusamente. ¡Parece el mismo Cristo!  

   Agoniza. Jadea y mantiene los ojos cerrados. Estoy convencido de que pronto dejará de respirar... Pero, ¡no! Ante mi sorpresa, ¡abre los ojos y de repente se pone en pie! Con su serena mirada abarca toda la meseta, como si quisiera estar seguro de que en ella ha concluido el peligro. Comprende que es así y sonríe complacido, olvidándose de la tortura que las heridas infligen a su carne. No tiene dificultad para caminar y se aleja en dirección del valle. Pronto desaparece por el borde de la meseta y, un momento después, reaparece en el sendero que lleva a la capilla. Sí, va hacia allá. Lo veo ingresar en aquella destartalada choza. Y pienso que ha elegido un buen lugar para morir.

 

 

 

 

 

Epílogo

   Los rugidos de las máquinas aéreas vuelven a estremecer los cielos de Atabatza. Vuelos rasantes de “cazas”, deslizándose en el aire cual centella; pesados helicópteros artillados, transportando paracaidistas en número crecido; diminutos aviones de reconocimiento, están presentes. La gloriosa Fuerza Aérea Ecuatoriana ha llegado para obligar a aquel consuetudinario invasor, cobarde y débil pero oportunista y audaz, a mantenerse quieto. Finalmente quedará develado que el poder de aquel mal vecino estriba únicamente en los golpes de efecto que, con su bien organizada campaña publicitaria acerca de su poderío militar (en realidad inexistente), ha conseguido hasta ahora engañar a los ingenuos líderes ecuatorianos.  

   Apenas una hora antes había sido alertada la brigada desde una motonave de la guardia fluvial (la avistada por mí) de la presencia del enemigo en esa zona completamente fuera del área comprendida en el diferendo limítrofe.  

   El comandante del batallón aerotransportado, una vez en Atabatza, no podía creer en lo que veían sus ojos. Me inquirió estupefacto:  

   —Soldado, ¿cómo ha sido posible que usted, con la sola ayuda de su compañero moribundo, haya conseguido derrotar a tantos enemigos, incluso apoyados por la aviación? ¡Es increíble! Es usted el mejor soldado de quien yo haya tenido noticia.

    —Señor —respondí aún maravillado por los sucesos que fuera yo testigo—, el artífice de la victoria no es Martillo ni tampoco yo, por supuesto. Ha sido cierto soldado que, cuando la situación se volvía insostenible, apareció no sé de dónde para enfrentarse al enemigo. Su técnica de combate, desconocida en nuestra escuela, pero semejante a la usada por los gurkhas, ha sido el factor determinante de la victoria.

   —¡Cómo! Si luego de la muerte de Uribe, no quedaron aquí sino dos soldados vivos, ¿quién pudo venir en socorro de ustedes?

   —Sin embargo, alguien estuvo aquí, señor. 

   —¡No es posible! —argumentó el comandante, mirando a todas partes sin encontrar lo que buscaba— Vamos. Pero, ¿dónde está ese campeón, pues no lo veo por ningún lado? Deseo conocerlo. ¿Acaso se encuentra él herido?  

   Le expliqué hacia donde se había retirado aquel magnifico guerrero luego de que fuera herido. Los prisioneros, que aún permanecían junto a nosotros, apoyaron mi afirmación. El comandante no quiso esperar un solo instante para ir en busca del misterioso personaje. Yo solicité y conseguí ir con él. Me urgía averiguar la identidad del desconocido hombre que, no obstante, me parecía demasiado familiar.

   Pronto, arribamos a la capilla, que ahora más que nunca tenía la apariencia de un maternal asilo.

   Sí, el “guerrero” se encontraba allí. La sangre le fluía aún abundante por sus muchas heridas, descendiendo por sus enjutas piernas para formar charcos en el suelo. Su expresión era de agonía. Sin embargo, en su mirada, melancólica y cálida a la vez, que proyectaba una paz y una ternura infinitas, fulguraba la satisfacción del deber cumplido.

   Estaba él, como siempre, clavado en su cruz. ¡No era otro que el solitario Cristo conocido como “El Soldado”!

   Carlos Villamarín Escudero
  
Quito, junio de 1997

 

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