FORAJIDOS

 

 

Por: José Vicente Quevedo Uribe

 

 

                                                        Si a la hora de morir nos viene el arrepentimiento,

                                                        no debemos dudar, así  quedará saneada  nuestra

                                                   conciencia.

        

                                                   José Vicente Quevedo

 

 

El alboroto y confusión de la multitud, lloros y juramentos de venganza, daban a entender que algo muy grave había ocurrido. Si, nuevamente alguien partió muy pronto al más allá.

 

“Esto es por aquí pan de cada día”, decía la gente.

 

El último en morir acuchillado una semana atrás, fue el pendenciero que colmaba la paciencia a todo el mundo; el que no faltaba a las fiestas sin ser invitado y sólo acudía a poner el desconcierto, fastidiando a las damas sin considerar su estado civil ni edad. No le importaba si eran gordas o flacas, negras o blancas, casadas o viudas, para él todas eran iguales.

 

En las reuniones familiares o sociales, su único tema de conversación –debido que su nivel de instrucción no daba para más-, consistía en comentar sin censuras de temas carnales y de todo aquello que significa morbosidad y lujuria.

 

Este malhechor, que ya tenía achicharradas las neuronas de tanto desorden acumulado durante su vida, no diferenciaba lo bueno ni malo, ni lo justo ni injusto. Sin embargo, hacía alarde de su generosidad, y decía que hace bien en dar muerte a quienes no desean vivir, ya sea por despecho o arrepentimiento, de no haber alcanzado nada fructífero en la vida.

 

También fanfarroneaba con mucho júbilo y orgullo, por haber alcanzado cierta fama con las mujeres, que por superar en número al de los hombres, tenía el deber inconmensurable de intervenir en el equilibrio biológico, y, como buen samaritano, anhelaba que todas vivieran en paz y armonía. Pero cayó en su propia ley al enfrentarse al temido Segundo Garay y terminó cortado la yugular, por cortejar a su concubina.

 

Segundo Garay, maleante, de ojos malévolos y sanguinarios, de tez amarillenta, de carácter irritable y engreído. Cada vez que se pegaba unas copas, acto que sucedía todos los días, y sentía el efecto del alcohol recorrer vertiginosamente por sus venas, se plantaba como un gallo fino. Si se veía alzar la visera del sombrero y ajustar bien el cinturón, era señal de que se estaba preparando para ensartarse en pleito con cualquiera, que para mala suerte, alguien estaba en su mira.

 

Un día menos pensado, apareció muerto Nicolás Herrera. Ciudadano con buen sentido del humor, de buena palabra y de costumbres civilizadas.

 

Días atrás, en una riña, decían que el Nico, a puñete limpio lo había dado una paliza para el santo y la víspera, porque Garay para el puño era flojo, sólo con el puñal y el cortaplumas que nunca les faltaba, se hacía el hombronazo. Pero esta vez, confiado en que su adversario iba a ser pan comido, deshizo de sus armas, como queriendo revalorizar su reputación, de lo cual Salió mal parado, pero había jurado vengarse. Por lo que dispusieron apresarle para las respectivas investigaciones. Pero ya dónde estará escondido, semejante resbaladizo que es. Además, conoce todas las huecas donde se junta con otros de la misma horma.

 

Nicolás Herrera, se interesaba mucho por asuntos de cultura general, y no le faltaba voluntad por atender temas que revelaban ciertos conocimientos de carácter científico y filosófico, y qué mejor si en aquellos contenidos prevalecía uno que encerrara una buena dosis de misterio, no se desprendía ni un solo minuto.

 

En las noches despejadas de luna llena, se deleitaba mirando el firmamento, sin importar las largas horas ni el horrendo frío de la madrugada. Daba la impresión de que contaba las estrellas y meteoritos.

 

Al enterarse por la radio de que el hombre había llegado a la luna, con lágrimas en los ojos, suspirando desde el fondo de su corazón, se lamentaba largamente de no haber sido él el afortunado.

 

Con respecto de las almas, decía ser testigo y que hasta podía jurar, que cuando éstas se desprenden del cuerpo, suelen quedarse por las cercanías del muerto, rondando entre las sombras; en unos casos, cubierto su medio rostro con un manto blanco, de abajo hacia arriba sosteniendo el maxilar, ya que algunitos suelen quedarse con la boca abierta y la lengua afuera, sobre todo, aquellos que en vida dieran rienda suelta al habla. Y también para marear a los cachudos que, a dentelladas pretenden apoderarse, sin averiguar siquiera qué clase de alma es.

 

***

 

Por otra parte, Manuel Parra, el que fungía de presidente de la comuna, le temía como al diablo, porque ya en una ocasión, por haber violado a una viuda, intentando detenerle, lo había hecho regresar desde el patio de su casa como a un venado asustado, haciendo pelotear por el cañaveral. Dicen que salió con la escopeta apuntando a la frente, con el martillo levantado y el dedo en el gatillo, listo para aflojar el tiro.

 

Acusado de este crimen y de tantos otros delitos más, anduvo prófugo por algún tiempo, escondiéndose por los mismos territorios, haciendo de las suyas, sembrando el terror en la comarca. Husmeando por doquier para violar a tantas mujeres que, por desgracia caían en sus redes. Era como un fantasma que aparecía en cualquier lugar y momento, con tal de hacer sus trastadas a la gente.

 

Entraba en las cantinas armado hasta los dientes y todos debían quedarse quietos, sin poder pronunciar una sola palabra, a menos que él se lo pidiera. Inmediatamente se apoderaba de las botellas y les obligaba a beber a su capricho, y cuando estas se agotaban, ordenaba al cantinero servir a la mesa cuantas más fueran necesarias, sin hacer siquiera un gesto y nunca les pagaba. Por último, salía hiriendo a alguien, porque ese era su instinto; mientras no ver correr sangre humana no se quedaba quieto. Pero también tuvo lo suyo. En cuantas ocasiones este individuo estuvo al filo de la muerte, y si no murió, es porque tenía ocho vidas, como el cusumbo.

 

***

 

En una gresca suscitada en Asache por las fiestas de aniversario de la escuela, lo habían macheteado como a hierba mala. Luego de quedarse en el piso encharcado en su propia sangre, el otro “colega”, para cerciorarse de que si en verdad estaba muerto, le pellizcaba los ojos levantando los párpados. Y, para estar más convencido, incluso le punzaba las pupilas con la punta de su puñal. Y al comprobar que ya no daba señales de vida, se marchaba campante a la cantina.

 

Dos horas después el muerto se levantó, y al descubrir que una de sus manos se encontraba apenas adherida al cuerpo con un hilo de su piel, con los harapos de su camisa preparó un vendaje, y con la otra mano, la acomodó con sumo cuidado y, ayudándose con los dientes la sujetó doblemente, por un acaso, necesite jugar con el machete al enfrentarse a su verdugo o a algún otro facineroso, y se puso en camino, como si nada le hubiera pasado.

 

Pero eso no es todo, tenía varias heridas y muy profundas en el costado del abdomen, por donde chispeaba la sangre a borbotones, como cuando el matarife introduce el cuchillo en el corazón de un marrano. Recogiendo barbachas de los árboles las implantaba escrupulosamente en las heridas hasta que dejaran de sangrar, y se iba a beber, causando la admiración de unos y el desprecio de otros.

 

Al tener conocimiento de este hecho el compañero de bandalaje y autor de las heridas, de que el muerto en realidad no estaba muerto, porque un soplón fuera con el dato, tuvo que salir en quema, antes de ser él quien ocuparía el salón del velatorio, pero esta vez bien templado dentro de las cuatro tablas.

 

***

 

En una ocasión, típico de la gente novelera, aprovechando que se celebraba una importante fecha de aniversario en un recinto llamado San Juan, llegó un jovenzuelo, buscando alguna aventura posiblemente. Porque daba la casualidad de que una familia de por allí, viajó a Santo Domingo de los Colorados, con el propósito de adornarse los dientes con fundas de oro, y en ese grupo se encontraban dos chicas hermanas, simpáticas y sociables, que se fueron con ese mismo fin y se hicieran amigas de este fulano.

 

El foráneo, entre copas y copas se amistó con este individuo, a quien le invitó a participar de una serenata. Los dueños de casa y padres de las chicas, conocedores de los malos hábitos de aquel que acompañaba al fulano, no les dieron cabida. Pero ello no fue suficiente para que se desprendieran del lugar; por el contrario, con actitud petulante interpretaban canciones desafinadas. Y mientras que uno rasgueaba las cuerdas incompletas de una guitarra destartalada, el otro hacía dúo, golpeando con las manos la tapa de ese vejestorio, produciendo un sonido desapacible, que se parecía a la caja ronca de la que comentaban nuestros abuelitos, hasta que se armó la gresca entre ellos. El Segundito lo arremetió, primero con palabras de grueso calibre, luego a golpes, y por último le decía que: “por haberle caído bien, no lo introducía el chuzo hasta el mango”. El afectado, huía a la carrera dando vueltas por los alrededores del trapiche en busca de refugio. En el correteo, al abajeño se le quedaron los zapatos atascados entre las cañas que estaban listas para la molienda. Pedía auxilio a gritos invocando a todos los santos para que el mal amigo dejara de perseguirlo. Hasta que por fin llegó un instante, del que se apoderó un total silencio, como un sepulcro. ¿Qué habría ocurrido? Nos quedamos con la incógnita.

 

Al día siguiente, cuando una de las chicas encargada de prender el horno para elaborar la panela, lanzó un trozo de leña que serviría de soporte al bagazo para avivar el fuego; al acomodar con el jurgunero (una vara resistente de unos cuatro metros de largo aproximadamente), escuchó un grito desgarrador qué parecía salir de las profundidades del infierno. ¡No lo van a creer! Lo había introducido el palo puntiagudo concentrado de tizne por el recto del foráneo hasta alcanzar los intestinos, que por poco lo atraviesa como a un conejo listo para hornearlo.

 

La muchacha lanzó otro grito más ensordecedor que el anterior, que nos dejó a todos con los pelos de punta y absolutamente atónitos, sin poder descifrar el motivo. Un hermano suyo, con la velocidad del rayo se fue por una linterna. Al observar, ese pobre desdichado apareció masticando el carbón, revuelto completamente en ceniza y los ojos que le brillaban como los de un felino en la noche.

 

Todos a empujones se acercaron hasta ese pequeño agujero para sorprenderse con aquel impresionante espectáculo que, a unos les provocó la más grande carcajada de su vida, mientras que otros, sentían lástima por la suerte de aquel pobre desgraciado.    

 

Menos mal la tragedia no fue tan lejos. A duras penas pudo salir por aquella estrecha rendija estirándose como una víbora cuando abandona su cubil, y lleno de vergüenza, con una sonrisa de lelo, tocándose la parte afectada con evidencias de sangre, con un movimiento raro de la cadera, se encaminó a pie descalzo, por esos senderos de filudas piedras y lodo putrefacto, de regreso a su terruño.

 

***

 

En una de aquellas celebraciones, por el día de las Marías, el Segundito, confiado como siempre, aduciendo su temeridad, seguro de que nadie iba a interrumpirlo; se había quedado dormido entre los munches al lado de una casa donde vendían aguardiente “puntas”, en el recinto Santa Lucía, un domingo por la tarde, después de una larga borrachera. Y como no faltan los comedidos, inmediatamente lo habían soplado al representante de la comuna. Éste, más por el qué dirán, sacando valor de donde no tenía, temblando las piernas, se acercó hasta donde se encontraba el individuo inmóvil como un tronco, descuajeringado, con la bragueta abierta, los pelos mechosos y la cara verdinegra por caerse de cabeza en el pozuelo de melaza, luego de que hociquearan los cerdos. Transmitía a la distancia un olor nauseabundo por haberse revolcado sobre su propio vómito y los excrementos de tantos animaluchos que, plácidamente deambulaban por los alrededores. Las moscas cubrían su cuerpo como cuando  este se halla en avanzado estado de descomposición.

 

No le fue difícil atar las manos hacia la espalda. Cuando ya lo tuvo bien maniatado, le lanzó un baldazo de agua. Apenas suspiraba y seguía dormido. ¿Cuánto alcohol estaría envasado en ese zurrón de carne que por nada del mundo se despertaba? Por lo que optaron por sujetarlo a un frondoso árbol de naranjo, luego de requisar sus armas. Nada menos que, cargaba un puñal por dentro de la manga del pantalón desde la cintura hasta sobrepasar la rodilla, enfundado en una vaina de lujo, que no envidiaba en absoluto a la espada de un sultán; dos dagas que portaba en los bolsillos laterales, y un cortaplumas bien camuflado en un bolsillo fabricado para el efecto, al lado del botón de abrochar, en la parte interna del pantalón.

 

No sé si lo hicieron con premeditación, pero lo cierto es que habían dejado una extensión de cabo suficiente que le permitía moverse, por lo que, cansado de pasar toda la noche arrimado al tronco como un muñeco de año viejo, luego de veinticuatro horas de sueño ininterrumpido, se estiraba a todo lo largo, como un animalito rastrero, para recibir los primeros rayos del sol, hasta quedarse nuevamente dormido con la boca abierta y, atrancado con la baba pegajosa que servía de anzuelo a las moscas, se despertaba dando tumbos contra el piso, con un acometimiento de tos, que terminaba en vómito otra vez.

 

Por tratarse de un individuo de mucha peligrosidad, dieron aviso al destacamento de policía rural, asentado en la población de Alluriquín, para que se hicieran cargo de este contumaz criminal, que mantenía en vilo a todos los moradores de la región.

 

Cuando no encontraba a individuos de su misma clase con quienes abrirse el cuerpo en sangrantes heridas, buscaba pleito a cualquiera, valiéndose de métodos sarcásticos: como introduciendo palillos en los oídos, empuñando a manos llenas los glúteos de la manera más insolente, extirpando por manojos las barbas y bigotes a tantos desdichados que se creían comunistas, o lanzando escupitajos a la cara, para ver si así alguien se animaba. Pero esta vez, se encontraba disminuido físico y anímicamente como para ofender al prójimo con esas prácticas.

 

Transcurrió toda la noche del lunes y el día siguiente en esas condiciones. Y cuando un condolido quiso brindar algo de comer, lo arremetió a puntapiés. Lo único que pedía es alcohol. Echaba espuma por la boca como un zaino arrinconado en su propio reducto, listo para articular sus mandíbulas.

 

Por último, con su dúctil lengua que proyectaba como la de un camaleón hambriento cuando desea atrapar una mosca; alargando su cuello como una jirafa que se escurre ávida por los escasos matorrales tratando de alcanzar el follaje; y, con un grito apocalíptico como la de un alma en penas, lanzaba improperios, vilipendiando a todo el mundo, y jurando que cuando esté suelto, pasará la cuenta de uno en uno.

 

El policía, un mulato de buena contextura, de ojos vivaces. Apenas llegó, le miró fijamente, de pies a cabeza, y de verle en esas fachas, no pudo contenerse una risa encubierta.

 

Aquella noche, el fanfarrón no pudo conciliar el sueño. Creía tener pesadillas. Un pájaro de gran tamaño, de color negro como el carbón, permanecía sobre el árbol de naranjo graznando sin cesar, y en cada suceso, el forajido tenía la sensación de escuchar la voz de sus víctimas reclamando justicia. Fue una noche oscura, fúnebre y olvidada. Al rayar el día, con descomunales aleteos y estruendosos chillidos, roncos y siniestros, el pájaro feroz de pico enorme y ojos chispeantes, despertó a la vecindad mientras se alejaba del árbol, produciendo un remezón en el aire, con dirección hacia a la espesura del monte. 

 

***

 

El miércoles, el gendarme aderezó su caballo e hizo cabalgar al forajido. Cosa curiosa, de lo que se ha visto es que el criminal siempre va a pie tirado por la bestia. Seguramente había una razón. El vigilante se dio cuenta que, en esas precarias condiciones físicas en las que se encontraba el reo; no había comido tres días y se hallaba todavía bajo el efecto de  un endemoniado chuchaqui, por lo que no podría resistir una caminata de aproximadamente ocho horas. Además, por la pertinaz lluvia de los últimos días, el camino se encontraba empantanado de lodo, que el caballo, a pesar de su buen tamaño, se hundía hasta los ojos, imposible para que el disminuido fanfarrón transitara a pie por allí.

 

Mientras la autoridad caminaba a paso lento, un tanto distraída, observando a los contornos la majestuosidad de la naturaleza. Árboles gigantescos de diferentes formas y matices, como el majestuoso cedro, impoluto y consagrado de aromas, cuyos troncos parecían columnas de mármol elevándose al infinito; alisos, caobas, laureles, en su conjunto, brindando un pintoresco paisaje pocas veces visto. Pájaros de mil colores que revoloteaban juguetones de rama en rama, cantando a las mil maravillas canciones en su lenguaje. El pájaro carpintero, repiqueteando cauteloso y con premura, astillando el tronco, preparando el nido donde próximamente depositaría sus huevos. En la copa de otro árbol, un poco melancólicos los tucanes, en coro, con sus enormes picos abanderados, como en acto de humilde plegaria, canturreaban: “dios te dé, te dé, te dé”. Pavas monteses de diferentes colores y tamaños, cruzándose de un árbol a otro en permanente cortejo, escuchó un ruido en el matorral.

 

Al poner la debida atención, divisó que los pequeños montículos se movían agitadamente con dirección hacia el fondo del barranco. Algo terrible lo anunció. Dirigió la mirada hacia la cabalgadura, ¡vaya!, se pegó el gran susto de su vida. La acémila, caminaba sola, sin su jinete. ¡No podía creerlo! El detenido, a pesar de encontrarse impedido las manos, se había lanzado al monte con intenciones de fugarse. El policía, sin pensar dos veces, con ojos melancólicos se introdujo en el bosque y, en menos de lo que canta un gorrión, el forajido se hizo humo.

 

El agente optó por quedarse quieto, con mucha cautela, aguantándose la respiración, con el corazón que se daba trampolines, tratando de percibir algún ruido sospechoso. Aguzando el oído, apenas pudo escuchar el murmullo del río Toachi, que llegaba como un canto lejano. Por lo demás, todo fue inútil.

 

Pero las cosas no podían quedarse así. Con el arma en mano, husmeó por todos los rincones donde el reo pudo haber encontrado refugio. Observó a corta distancia unas enormes bambas retorcidas de matapalo, rodeadas de hojas de pugse y otras espesuras. Acercándose al pie del árbol, sigilosamente introdujo la cabeza en medio de la enramada. El policía, que se encontraba tenso, con la mirada inquieta y los nervios de punta, escuchó unos silbidos roncos, anhelosos e intermitentes, que surgían desde la base. El gendarme, no pasó más que unos segundos que salió volando, como impulsado por una fuerte descarga de algún artefacto explosivo y, se desplomó hacia atrás, creyendo que un animal salvaje de gran tamaño se arrojaba sobre él, pero no, fue el maleante que salía de su escondite como un torpedo, y ese ruido extraño, nacía de la garganta de una enorme serpiente, debido a que el intruso, al darse cuenta de que fuera descubierto, se le había ido encima.

 

En vista de que el bandido podía esfumarse en el bosque y provocarle una severa crítica de la población, como también una sanción ejemplar de sus superiores; después de perseguirle un buen tramo y de haberlo dado el ultimátum, y al no ser obedecido, no anduvo por las ramas. Apuntó y aflojó el tiro. Inmediatamente rodó un tramo y se quedó quieto, sostenido por un arbusto, vomitando sangre.

 

Cuando el gendarme se acercó con el arma en mano, por un acaso; el moribundo, sintiéndose acabado, indefenso, solitario, de que la muerte lo alcanzó cuando menos él pensara, y ante la rabia de su impotencia, apenas pudo pronunciar unas palabras: “termina de una vez, maldito”. Pero no fue necesario, sus miembros se extenuaron hasta aquietarse por completo; su mirada turbia y retardada; la tenue luz del bosque a donde no llegan los rayos del sol, se la hizo negra, más negra que su propia muerte, y un suspiro que naciera desde adentro como una burbuja, seguido de una conmovedora agonía,  al caer la noche en medio de un torrencial aguacero que relampagueaba como el día del juicio final, lo llevó a la tumba.