EL FANTASMA VENGADOR

 

La venganza, licor amargo y dulce, destilado
por los dioses en los viñedos del Olimpo.

José Vicente Quevedo

En un paraje excepcional, donde la naturaleza es benigna y la vida florece; donde el arco iris se levanta para engalanar las tardes invernales, existe una planicie de terreno fértil, en la que se asienta la ciudad de Sigchos, fundada mucho antes de la llegada de los españoles; lugar de sosiego temporal del monarca Atahualpa y sus huestes. Aquí, hace aproximadamente un siglo, sucedió un extraño caso... Don Segundo Vizcaíno, hombre amable y generoso, propietario de una cantina situada a la entraba del pueblo, lugar estratégico para que: comerciantes, finqueros, contrabandistas, aventureros, forajidos, como dice el refrán: “donde el que no cae resbala”, se reunieran todos los sábados por las noches y con alargue hasta el otro día. Al calor de las primeras copas, que gentilmente brindaba su anfitrión (licor extraído de los alambiques de Chualó y Ahuilla), se prendía la fiesta. Al día siguiente, día de feria, se realizaban diferentes eventos: tales como carreras a caballo, pelea de gallos, o práctica del tiro al blanco desde el lomo de un corcel, entre otras.     

Mientras en la puerta de la cantina se aglutinaban algunos trasnochados recibiendo los primeros rayos del sol, Sergio Paredes montaba un brioso alazán. Era buen jinete, elegante, ágil, y diestro en el manejo del revólver. En cada pasada, hacía saltar los cuellos de las botellas de manera espectacular.

En un momento inesperado, apareció no sé de dónde, un borrachín, balanceándose como una marioneta. Este, sacándole de casillas a Paredes, con un gesto de absoluta aversión, pedía a gritos que lo disparase al sombrero que llevaba puesto, y lo hacía con actitud desafiante, como queriendo comprobar si tenía las agallas y la serenidad suficiente para hacerlo. Los camaradas del jinete, conocedores de su excelente puntería, no se oponían a espeluznante prueba.

Como a las nueve de la mañana, hora de un agitado trajín, los pobladores efectuaban sus tareas de todos los domingos. Finqueros que, apresuradamente se disponían a emprender el viaje, debido a su larga jornada, sin embargo, nadie quería perderse la oportunidad de vivir un momento de adrenalina, conservarlo en su memoria para contárselos a sus hijos, nietos y  bisnietos.

El impertinente ebrio, llamando la atención a presentes y ausentes, provocando inusitada algazara, exigía al pistolero que disparase su arma y, sin importar la presencia de cuantos curiosos que ya se habían dado cita; con las dos manos alzaba la copa del sombrero, incitando a que lo disparase.

El público que nada espera, inmediatamente se arremolinó para presenciar el desenlace. El jinete, llevado por su amor propio y pericia, pues, para él, no era cosa del otro mundo competir en puntería, muchas veces sólo por ganarse una botella de licor; mas, esta vez el reto era diferente: sería como desafiar a la muerte, algo que nunca en su vida lo había hecho. En todo caso, aguijoneado por el ánimo de los cizañosos, aceptó, aunque por dentro le zarandeaban los intestinos.

A pesar de lo tenso del ambiente, nadie estuvo dispuesto a perderse el espectáculo. Algunos tenían la boca abierta, otros, los que fungían de santurrones, elevaban una oración por la suerte de estos desalmados; los demás, en forma morbosa, cuchicheaban vaticinando el resultado.

Una vez convenido, eligieron quienes serían los testigos, y el borrachín, en actitud desafiante, como un héroe de tantas batallas, echaba más leña al fuego.

El público, provocando endiablado griterío, se cruzaba de un lado a otro, seleccionando la mejor posición; solo quedaba por acordar la distancia desde donde realizaría el disparo.

En un tire y afloja, haciendo caso omiso a los charlatanes que proponían cifras desproporcionadas, tanto a favor como en contra; al fin convinieron en treinta metros. En ese trayecto se formó un callejón de fisgones por donde atravesaría la bala.

Como el espacio se redujo al mínimo, debido a la novelería concitada, que incluso los ancianos y otros con discapacidad, salían calenturientos de todos los rincones; los que pudieron, se treparon en los arbustos y hasta en los tejados de las casas cercanas, con el único fin de no perderse tal magno evento, produciéndose una batahola del siglo. La calle principal que formaba una T, sería ocupada por el jinete, quien debía arrancar desde una distancia de cincuenta metros, tomar velocidad y ejecutar la descarga; en la adyacente, a la distancia convenida, permanecía el desafiante.   

El público se impacientó ya que, entre una cosa y otra, se les iba desvaneciendo el efecto del alcohol y se les enfriaba el ánimo, y el pacto realizado minutos atrás, parecía esfumarse. Algunos, impacientes, cansados de esperar, comenzaron a disgregarse, pero antes les ofrecieron una andanada de insultos por sus locuacidades.

Sergio paredes, se posicionó en el sitio acordado. Antes, solicitó una botella de aguardiente, bebió unos cuantos tragos de una alzada, luego sopló varias buchadas en las orejas del corcel. La bestia, sintiendo el efecto del alcohol y el tono áspero del jinete que, incitándolo, balbuceaba palabras ininteligibles, que de paso era medio gangoso; se paró en dos patas arqueando el cuello, lanzó un severo relincho como si hubiese visto fantasmas y, con ojos relampagueantes arrancó a la velocidad del rayo.

El pistolero, haciendo alarde de su agilidad, con el brazo extendido empuñando su arma, apretando los dientes, afinando la vista e inclinándose ligeramente; al pasar, disparó al sombrero que permanecía fijo a la cabeza de aquel bárbaro.

Cuando ya el caballo se detuvo, el pistolero se dio media vuelta para ver el resultado de su audacia. Al llegar, encontró al intrépido retador tendido en el piso, con un enorme orificio en la frente, y el sombrero –intacto- a poca distancia de su cuerpo.

***

Pero, para sorpresa de todos, este episodio no se queda ahí; pronto corrió la voz por toda la zona, de que el “difunto” deambulaba por las calles persiguiéndolo al autor del disparo. Pero lo más curioso y que causó revuelo,  fue que el difunto no era tal, sino un fantasma que llevaba puesto el mismo atuendo que vestía el ebrio en esa trágica mañana.

El asunto llegó a ser una novedad en Sigchos, y el acusado, que a gritos pedía auxilio, recibía el respaldo de sus allegados.

Ya sea de día o de noche, en lluvia o en sol, se oía el galopar del corcel que, resoplando estrepitosamente, recorría las calles en todas las direcciones,  y el jinete, con los ojos desorbitados y botando espuma por la boca, iban causando pánico en la población.

Llevados por la costumbre, algunos vecinos y amigos, le aconsejaron que se diera un baño en agua bendita, acto que debía ser realizado por el cura.

Cuando el párroco se enteró de aquel rumor, se anticipó diciéndoles que ni lo pensaran, que él no se prestaría para ser alcahuete ni burla de nadie, al contrario, anunció desde el púlpito en la misa del domingo a voz en cuello, para que todos se enteraran, que el pistolero debía pagar su crimen en esta vida y en la otra.

En vista de la indolencia del cura que se hizo el sordo y mudo, otros sugirieron que dedicara una misa a nombre del difunto, ya que éste parecía no tener familia.

Esta idea le cayó bien al sacerdote, solo puso una condición: que el reo en persona pidiera perdón al almita del borrachín instituida en el fantasma, ya que según su opinión, aquella también se encontraba en terrible sufrimiento. Y como no era ninguna novedad verlo al fantasma vagabundear a vista y paciencia de todos, sí era creíble contar con su presencia.

Para concretar este rito, el cura, no conforme con lo anterior, le tendió un ardid, pidiendo además al pistolero que reuniera ciertos requisitos:

Primero, que debía confesarse y comulgar; segundo, estar casado por la iglesia; tercero, no haber ingerido bebidas alcohólicas por lo menos un mes atrás, entre otras. La lista era larga, y para su desgracia, no podía cumplir con tales requerimientos. El pistolero, a pesar de sentirse hundido en su desesperación por todo lo aberrante que estaba pasando, se mantuvo firme, y sin doblegarse ante las tramas malévolas hilvanadas por el sacerdote, le respondió categóricamente:

Primero, que él no tenía por qué informar a nadie de su vida privada; segundo, declaró convivir con dos amantes hermanas entre sí; tercero, que no desamparaba la botella de licor las veinticuatro horas, porque en los días o noches de abstinencia, todo le salía mal; manifestando además que en estas difíciles circunstancias, el alcohol por lo menos sí amortiguaba en algo su desventurada situación.

Por último, los más allegados a Paredes, al verlo al cura que se daba tantas vueltas, pretexto por allí, pretexto por allá, acordaron que éste fuera sentenciado a la horca en media plaza, y ellos mismos dieron inicio a la construcción del cadalso. El sacerdote, al verse en graves aprietos, se dijo entre dientes: “A la final, yo no tengo por qué pagar con mi pellejo, sólo por ser solidario con uno e inflexible con el otro; el comedido no siempre sale con la bendición de Dios”. Más, en el momento de celebrar la misa, el fantasma no apareció. Por más averiguaciones que se hicieran, incluso enviando emisarios en su búsqueda, de nada sirvió. Se hizo humo. Por lo que algunos creían que el fantasma lo había perdonado, y el cura se salió con la suya.

Otros lo habían sugerido que abandonase sus tierras y se afincara por algún lugar distante, ya que el alma o espectro, por no alejarse mucho de su cuerpo, lo dejaría vivir en cierta paz.

 ***

Acogiendo esta última voluntad e intentando rehacer su vida, vendió sus propiedades e hizo seguir a sus dos concubinas con sus respectivos hijos y se fue de Sigchos, la tierra de sus amores y fechorías. Se instaló y comenzó a organizar su futuro. Sin embargo, el rato menos pensado apareció de nuevo el fantasma, pero esta vez con más ínfulas que antes.

El pistolero empezó a flaquear, no dormía, ya que apenas venía el sueño, el espectro se posaba sobre él con intenciones de estrangularle, por lo que el afectado se levantaba dando terroríficos gritos.

Perdió el apetito y su antes robusto cuerpo fue quedándose esquelético. Se enfermó gravemente, por lo que debió buscar toda clase de ayuda…

Ni siquiera le sirvió el haber acudido a los brujos para que le hicieran una limpia con huevos y cuyes, o le extraigan de boca a boca sapos y lagartijas, o que lean la suerte a través de las cartas o la bola de cristal. Ni el Hermano Doctor Gregorio con todo su poder espiritual y curativo; ni el San Gonzalo de Ambato, conocido como el santo más maldito que, donde pone el ojo pone la bala, pudieron con el aparecido.

Siendo ya un cadáver en vida y sin un centavo en el bolsillo, sin arma y sin caballo, porque hasta eso lo tuvo que vender. Un día, cuando Sergio Paredes y una de sus convivientes, atravesaban un puente de madera, angosto y sombrío, el fantasma apareció en el lado opuesto.

Mientras intentaban dar media vuelta para escaparse en veloz carrera, se enredaron mutuamente, perdiendo el equilibrio y precipitándose a las profundas aguas verdosas, donde no quedó la más mínima huella; nunca encontraron sus cadáveres.

A partir de este episodio, el fantasma ejerció su hegemonía en aquel entorno, superando en terror y fama a la Loca viuda, al Duende, al Huñaguille y al incauto Sacharruna. Persiguiendo a todos quienes no eran de su agrado, tanto que ni el mismo cura se salvó, puesto que este bribón, aparte de explotar a sus fieles, llenó de hijos a unas cuantas “Hijas de María”.

Con respecto a Sergio paredes, hubo una doble razón para que el fantasma lo persiguiera. A través de los días se supo la verdad. La concubina con la que fundidos en un abrazo, partió para nunca más volver, había sido la propia esposa de aquel borrachín, casada hasta por la iglesia; y las tierras que el “pistolero” había vendido, también pertenecieron a la pareja. O sea que, no conforme con arrebatarla a su mujer y también a su cuñada, se había adueñado a manos lavadas de todos sus bienes, de la manera más temeraria, violenta y cruel.

El finadito, no pudiendo castigarlo en vida ni justicia que lo ampare por aquella horrenda acción, tuvo que hacerse matar para desquitarse de muerto.