Danza equina

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   Al despertarme hallé a don Jairo ocupado en una singular distracción. Pues mientras musitaba un sanjuanito de su inspiración y con el sombrero en la mano, moviéndolo al ritmo de la música, bailaba acompañado de su alazán.

   ¡Qué dispar y graciosa combinación formaban aquella pareja de bailarines, exteriorizando su límpida y desbordante felicidad mediante la expresión de la danza! Don Jairo saltaba, giraba y se arrodillaba con movimientos elásticos pero regidos por las notas que emanaban de su melódica garganta. Y el alazán, entornando dulcemente sus ojos, velados por largas y bermejas pestañas, cual hilos de oro, y manteniendo en sus labios generosos lo que parecía ser una sonrisa amplia y equina, imprimía rítmicos pasos con sus patas posteriores en tanto que con las anteriores batía el aire acompasadamente. Para ambos danzarines era la coreografía no un rito meramente social, en el que el uno se ve obligado a tomar parte de un acto por la necesidad de contemporizar con el otro, sino una manifestación espontánea de la alegría de vivir. Era una expresión aun más elocuente que la risa misma.

   Hombre y equino se embriagaban con la danza.

   Al fin, don Jairo se encasquetó el sombrero y, dando por finalizada la recreación, dejó quieto al caballo y se acercó a mí. Le recibí con un entusiasmado aplauso.

   —Me he divertido un poquito mientras le permitía a mi amado corcel, digno príncipe de los equinos, distraerse con su afición favorita: la danza —sonrió, mirando sus pies.

   —¡Admirable! —comenté de verdad admirado. Nunca me hubiese imaginado que los caballos tuvieran tan refinadas aficiones.

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   Fragmento de la novela de Carlos Villamarín Escudero:
   En el País de las Bromas