CÓMPLICE

 

                                                    No salpiques el agua que parece estar mansa,

                                                  despiertan los monstruos invisibles.

                                                                             

                                                    José Vicente Quevedo       

 

Un músico, en horas de la madrugada y en pleno aguacero, salía de una fiesta de medio pelo, trastrabillando, no por efecto de las copas, sino por los golpes que un sujeto celoso le propinaba al creerse dueño de todas las chicas del evento.

 

Aquel individuo, a pesar del mal rato que pasó, delataba buen talante. Sin duda saboreó el amor aunque sea por un momento y, olvidándose de la mala racha, iba jubiloso con su guitarra bajo su viejo abrigo, a la vez que besaba el instrumento como si fuera su novia.

 

Después de caminar varios centenares de metros, inesperadamente, de entre escombros y matorrales, salía a paso lento una figura de contornos femeninos; vestía una capa gris con capucha que le cubría la cabeza y tan corta que no llegaba ni a las rodillas, exhibiendo sus regias piernas.

 

“Alto, quien anda ahí”, masculló el trasnochado con energía, sin conseguir su objetivo. Aceleró el paso tratando de alcanzarla. Cuando ya la tenía cerca, aquel bulto se escabulló por un zaguán oscuro y penetró en una casa con lucecitas rojas que titilaban permanentemente. Atraído por las inequívocas señales, se acercó lujurioso, pero su emoción se disolvió al instante. La puerta se encontraba cerrada, y del interior emanaba un ruido extravagante, como el rechinar de metales entre sí. “¡Vaya! Eso me suena extraño”, susurró el noctívago. A pesar del riesgo que implicaba, sin embargo, consideró que no podía quedarse cruzado de brazos. Era imprescindible averiguar sobre aquella resonancia que le punzaba hasta en lo más profundo de su órgano auditivo.

 

Su instinto de hombre bohemio, acostumbrado a los azares de la vida, se sintió en el deber de seguir la pista hasta las últimas instancias, aunque ello significara ponerse en el ojo del huracán. Observando detenidamente a su alrededor, descubrió que en una ventana un letrero decía: “VENDO ÓRGANOS POR MAYOR Y MENOR”. El músico, pensando que, un órgano –tal vez a bajo precio- le quedaría bien, empuñó el pomo de la puerta, la abrió apenas, quedándose paralizado como araña fumigada, porque le flaquearon las piernas. Sin querer, fue testigo de un macabro suceso: un hombre desnudo, se encontraba sobre una mesa boca arriba, sujetadas sus extremidades con cintas de embalaje a las patas del mueble, con adhesivos en la boca y nariz, que en ese preciso momento, se aprestaban a extraer sus órganos, y ese ruido insólito, no era más que el afilamiento de cuchillos, como suele sucederse en los mataderos.

 

A pesar del susto por tan conmovedor espectáculo, logró en parte recuperar la serenidad y pudo mantenerse firme con el ojo prendido en la ranura de la puerta que, intencionalmente lo dejó apenas cerrada, sin descuidar un solo detalle, pudiendo divisar abismado cómo cercenaban el cuerpo apunte filo de cuchillo.

 

Lo primero que extrajeron fue los genitales, luego la vejiga, el páncreas, el hígado, y en ese orden hasta alcanzar el corazón; dejando la parte intermedia del cuerpo vaciada por completo. Por fin llegaron a la cabeza, retiraron los adhesivos de la boca junto con los tapones de gaza que habían sido colocados dentro previamente y lograron extraer la lengua desde la raíz sin causarla el menor daño, para posteriormente, darle media vuelta y, con un golpe de bate en la nuca, hacer saltar los ojos, hasta dejar solo piltrafas sobre la mesa.

 

Toda la operativa se llevaba a cabo con mucha destreza. Cuando concluyeron con ese pobre infeliz, que por desgracia fuera a caer como el pez en el anzuelo; el sujeto del vestido gris, que resultó ser de sexo masculino, quien seducía a incautos que deambulaban por calles oscuras tratando de aplacar sus instintos sexuales; al mirar los ojos del curioso que brillaban en el surco de la puerta, manifestó a sus camaradas tener listo a otro “donante”. El incauto, tomándose a pecho, recordando que no siempre la valentía lleva al heroísmo, tropezándose en los adoquines que se habían desprendido por efecto del tsunami, corría desesperadamente y tras él, el tropel de los carniceros cada vez más cerca; y entre el maremágnum de emociones, empezó a rezar con tanta fe que, de pronto, los perseguidores se desvanecieron entre las primeras radiaciones del día.