El Chulla Quiteño*

             Por: Carlos Villamarín Escudero

   Es conocido que cada ciudad, cada villa y hasta cada casa tiene su fantasma favorito, el cual disfruta de franca simpatía de sus moradores. Desde luego, no porque él hubiese hecho nada por congraciarse con ellos, ni mucho menos porque fuera más bonito de los demás, sino debido a su constancia en permanecer en el mismo lugar, dando así el tiempo necesario para que le conocieran cada vez mejor. Ciertamente, una forma sencilla y segura para conseguir que se fijasen en él y se acostumbrasen a su presencia.

   Por lo demás, a nadie le interesa que el fantasma en cuestión perteneciera a una persona de existencia ilustre o a otra de insignificante trayectoria, que al fin y al cabo no les interesa para contraer matrimonio con él. Con haberlo visto alguna vez, o creerlo así, tienen bastante para referirse a tamaña experiencia durante el resto de sus días.

   Es así como la franciscana ciudad de Quito, cuyos residentes, aparentemente, no creen en cucos, posee su fantasma predilecto. Lo llaman el Chulla y —según afirmación unánime de quienes lo han tratado, o al menos lo han visto de cerca— es todo un personaje que, además de respirar buen talante por todos sus poros, posee modales de gran señor. Pero sus cualidades no se circunscriben únicamente a la dulzura de carácter y la buena educación, sino que abarca también otra muy importante: innegable belleza varonil. En resumen, todo un cúmulo de atributos para hacer del Chulla el más agraciado y popular de los espectros quiteños. En comparación con él, el de La Torera y el de El Diablo Ocioso no son más que gusanos.

   No obstante, debido a que el demonio del miedo está latente en toda persona y que no requiere sino la menor señal de alarma para salir a flote, incluso un encuentro con el Chulla no deja de ponerlo en marcha. Un ramalazo de susto que, aunque parezca paradójico, jamás sobreviene cuando lo tienen a la vista, sino más bien en cuanto éste, usando las tretas que conoce todo fantasma que se respeta, desaparece de escena en menor tiempo del que necesita uno para pestañear. Claro, todo esto tiene la configuración de una broma que, mirada a distancia, invita a la risa. Pero, por raro que parezca, nadie que haya presenciado semejante tipo de escamoteos, se siente divertido por ese motivo.

   El fantasma del Chulla es sin duda el que se ha permitido dejarse notar con mayor persistencia durante luengos años. El número de apariciones registradas son tantas que sus detalles llenarían las páginas de un libro de respetable tamaño. No se conoce cómo ni cuándo hizo su debut este simpático personaje en la ciudad de Quito, pero debió ser en los primeros años del presente siglo, o quizá mucho antes, porque en la década de los años veinte se habla ya del Chulla como un viejo vecino de la naciente metrópoli. Además, para la ciudadanía de esa época resultan tan familiares sus costumbres, que hasta se da el lujo de criticar su inveterada costumbre de despedirse a la francesa. Por cierto, una peculiar modalidad que no ha podido o no ha querido modificar nunca.

   La tradición oral, pese al tiempo transcurrido y a las múltiples vicisitudes que han conmovido a la ciudad, conserva intactos los detalles de casos como el ocurrido a la señorita Luz de Funes. Ella era una joven secretaria que, al final de la década de los cuarenta, prestaba sus servicios en un departamento adscrito al Ministerio de Previsión Social. Cierta tarde, como de costumbre, abandonó sola la oficina con la intención de trasladarse sin tardanza y directamente a su casa. El camino lo hacía siempre a pie, ya que la distancia que mediaba entre un punto y otro era relativamente corta y no ameritaba la molestia de tomar transporte. Pero aquella tarde las cosas se las complicaron, pues, precisamente, cuando se hallaba en la mitad del trayecto, se hizo presente la lluvia, amenazándola con empapar en sus gélidas linfas si no encontraba refugio de inmediato. Pero nada donde poder alojar tenía a la vista, además, no llevaba paraguas consigo.

   Fue entonces cuando, desprendiéndose del grupo de transeúntes que se veían en similar situación de ella, un joven y desconocido caballero le cubrió solícito con un amplio paraguas, mientras, indicando con la mirada una cafetería que se hallaba a una veintena de pasos de ellos, le decía con acariciadora voz:

   —Por favor, señorita, allí estará usted protegida en tanto amaina la lluvia. Venga conmigo.

   La hermosa mujer acogió encantada la oportuna ayuda del desconocido y, mientras caminaban, apenas se fijó en él. Una vez dentro de la cafetería, a solicitud del joven, la pareja fue atendida personalmente por su propietario, un gallego tacaño y suspicaz, que destilaba constante desconfianza hacia los demás. El desconocido caballero, luego de acomodarse en una silla, frente a Luz, sonrió mostrándole unos dientes parejos y muy blancos. Poseía un rostro viril y, cuando sonreía, se formaban hoyos en las mejillas.

   —¿Cómo se llama usted? —le preguntó él.

   —Luz —sonrió la dama—. ¿Y Usted?

   —Puede usted llamarme Chulla, señorita —replicó el caballero.

   Luz se extraño. ¿Por qué le había dicho un nombre a todas luces falso? Porque Chulla no era un nombre, en el estricto sentido de la palabra, sino el alias con el cual se distinguía al quiteño proveniente de la clase media, aquel legendario tipo oportunista y cortés a la vez, generoso aunque nunca trae un centavo en el bolsillo, embustero pero excelente conversador. Mas no se lo dijo a él. ¡Cielos! Todo ello le parecía el inicio de una ventura extraña que a ella, dama circunspecta y apegada a los convencionalismos predominantes de la época, le podía redundar en mengua de su honor. Pero ¿por qué no? Aquel hombre le resultaba atractivo desde todo punto de vista. No podía ser más que un Chulla como él mismo se había auto denominado, pero, ¡qué caray!, no se podía pedir más.

   Mientras la lluvia golpeaba los cristales de las ventanas y la tarde agonizaba envuelta en la tétrica mortaja tejida en grises nubarrones, la pareja, experimentando mutua afinidad, entabló desde el principio un animado diálogo que prometía el inminente advenimiento de un sólido vínculo de amistad cuando no de amor. Recíprocas miradas abrasadoras, sucediéndose unas a otras, se cruzaban entre sí, y los suspiros menudeaban a la par de las tazas de café que, dicho sea de paso, Luz bebía casi maquinalmente, al contrario del llamado Chulla, que se limitaba apenas a probar el aromático y oscuro brebaje.

   La lluvia había cesado sin que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta, ocupados por completo en consolidar la confianza que cada uno de ellos procuraba inspirar en el otro. Parecía que nada ni nadie hubiese sido capaz de interrumpir aquel idílico coloquio, mas el encanto se quebró cuando el gallego, receloso siempre de las parejas acarameladas que, desconectadas de la realidad, con frecuencia se olvidaban de abonar la cuenta el momento de marcharse, se acercó con la factura de consumo en la mano y la presentó al elegante joven.

   El Chulla ni siquiera se molestó en prodigar una ligera mirada al pedazo de papel que le tendían, limitándose a levantar levemente los hombros y a permanecer inmóvil y silente, como dando a entender que él nada tenía que ver con el asunto. Pero el gallego, sin impresionarse por semejante actitud, le conminó a que cancelara la cuenta en ese mismo instante si no quería que le entregase a la policía, acusándolo de estafador. Tampoco el Chulla pareció conmoverse por la amenaza recibida y continuó, sin mover un solo músculo, frente a su compañera de mesa que le miraba roja de vergüenza. Por un momento pensó ella en recurrir a su monedero y satisfacer la justa exigencia del furibundo gallego, pero al notar que era blanco de las malévolas miradas de los demás parroquianos, hubo de abdicar a su magnánima intención, no obstante que avizoraba el escándalo como único desenlace del incidente. Ciertamente, la furia del avaro iba en aumento.

   —Vamos, bandido —increpó el gallego, de repente transformado en verdadero ogro, disponiéndose a saltar sobre el impertérrito joven—, que de mí no se burlará usted. Sepa que me quedaré con su leva, su sombrero y su reloj como pago del consumo efectuado en mi negocio por usted y su compañera.

   Pero en cuanto el ogro estiró las zarpas para sujetar a su silente víctima, éstas no apretaron más que el vacío. El joven había desaparecido en una fracción de segundo, dejándose al fin notar que se trataba sólo de un fantasma. En ese instante —se asegura—, una canción que parecía tener su origen en el firmamento, inundó el salón en sus cálidas notas. La canción era la de El Chulla Quiteño.

   El revuelo que se armó en consecuencia fue mayúsculo. El ogro, ahora transformado por el miedo en inofensivo cordero, no cesaba de persignar mientras con entrecortadas palabras invocaba a una docena de vírgenes tanto criollas como peninsulares. Algunos de los presentes, sacando fuerzas de flaqueza, elucubraban los más absurdos comentarios en torno del acto de prestidigitación del Chulla, que para ellos no era más que un burdo truco de magia usado por aquel pícaro. Pero otros, los más juiciosos, aprovecharon las circunstancias para irse sin pagar la cuenta. En cuanto a la hermosa Luz de Funes, que poco antes empezara a acariciar doradas perspectivas, se desmayó tras apretar el pecho con trémulas manos. Y se dice que jamás volvió a confiar en un desconocido.

   También es digna de tomarse en cuenta la anécdota (en época más reciente) ocurrida a ciertos alegres y simpáticos jóvenes, vecinos de la Plaza del Teatro, quienes, entre sus devociones predilectas tenían la de llevar, las más de las noches, serenatas a las bellas de las inmediaciones. Todos ellos, o casi todos, poseían el don de poder cantar como se asegura que cantan los querubines. Pero, en contraposición, desconocían el arte de tocar guitarra y mucho menos otro instrumento más complicado. Por tanto, les era imprescindible la asistencia de algún músico dispuesto a cooperar a tanto por canción cuando de lucir sus gargantas se trataba. Un inconveniente que muchas veces les resultaba un verdadero problema. Con todo, esto no era lo peor ni lo más difícil de superar. El peligro de no encontrar un guitarrista disponible el momento más apremiante era lo que realmente les intranquilizaba. Por este motivo, alguna ocasión se vieron ya en la dolorosa situación de no poder arrullar el sueño de las dueñas de su corazón. ¡Una verdadera lástima!

   Y fue la víspera del día consagrado a Santa Rosa cuando, por falta de fondo musical, los cantantes de esta anécdota, se hallaron a un tris de ver frustrado el anhelo de rendir homenaje a ciertas amigas suyas que precisamente llevaban el esplendoroso nombre de la citada santa. Aunque se habían preparado con antelación para llevar a feliz término evento tan especial no encontraron músico alguno que estuviese disponible a la hora prevista. Tratándose de tan importante fecha del santoral y, en consecuencia, tan festejada mediante los agasajos más diversos, especialmente con la delicia de la música, resultaba obvio que todos los músicos de la ciudad fueran ya contratados con mucho tiempo antes para amenizar las fiestas. De manera que para los trovadores la suerte estaba echada.

   Pero no se arredraron ante el mal momento que atravesaban, buscarían la manera de sortear la mala racha. Acordaron adquirir una guitarra, como primer paso encaminado a solucionar tan adversa situación. Con ella bajo el brazo, recorrerían bares y tabernas en busca de algún chulla en permanente acecho de una oportunidad para embolsarse unos cuantos sucres que nunca faltaba en esos antros, pero eso sí, que tuviese él la suficiente habilidad para arrancar unas cuantas notas al instrumento. Fiel a este propósito, ingresaron en el primer almacén de instrumentos musicales que, pese a lo avanzado de la hora encontraron abierto, y compraron una esbelta y sonora guitarra manufacturada por el maestro Víctor Ibarra, el Stradivarius ecuatoriano.

   Por raro que parezca, el encontrar un guitarrista vacante en las cantinas, donde generalmente pululan a toda hora quienes se vanaglorian de ser los protegidos de Euterpe, les resultó tarea inútil y molesta. Ni siquiera en las tascas de alta categoría como La cueva del oso y El Chagra Pérez, lugares de reunión obligada de músicos, poetas y locos, tuvieron mejor suerte. En cada taberna que visitaban no faltaban parroquianos que, viendo a uno de ellos con la guitarra en el brazo, pidiesen y hasta exigiesen que entonara alguna melodía. Y aun más: tomando como ofensa personal la negativa del músico a complacer con prontitud su solicitud, a menudo amenazaban con emprendérselas a golpes. Ante tales conflictos creados sin habérselo propuesto, los jóvenes se veían en la apremiante necesidad de poner pies en polvorosa.

   Era evidente que en esas circunstancias en toda la noche no darían con la persona indicada. Por descontado que esto significaba para ellos una calamidad, puesto que, desde hacía largo rato, la competencia proclamaba a los cuatro vientos su melódica presencia, inundando la ciudad entera en la música y canciones procedentes de sus serenatas. ¿Qué hacer?

   Al borde de la desesperación, que les ponía rabiosos y les hacía acusar mutuamente de lerdos e incapaces de congraciarse con la musa Euterpe, empezaron a deambular sin esperanza por las calles de la ciudad. Iban tan preocupados en el insalvable escollo que tenían delante que en más de vez, al cruzar la calle, estuvieron a punto de ser atropellados por los vehículos que transitaban. Sin embargo, no hay pesadilla que malogre toda una noche sin que al durmiente le sobrevenga una etapa poblada de hermosas imágenes. Y fue precisamente eso lo que les acaeció a los ya desesperados cantantes. Pues, a la vuelta de la esquina inmediata les esperaba impaciente su salvación.

   Al virar la esquina donde la calle Manabí desemboca en la Guayaquil y forman juntas uno de los ángulos de la Plaza del Teatro, vieron a un sujeto que, saliendo del Gran Pasaje, avanzaba directamente hacia ellos. Notaron de inmediato que el hombre era alto, joven y casi tan guapo como ellos y que vestía con cierta elegancia, aunque ateniéndose a una moda en desuso desde muchos años atrás. Llevaba sombrero de hongo, leva de faldones y bastón de abenuz con empuñadura y contera doradas. Cantaba a media voz la canción de El Chulla Quiteño y parecía hallarse algo bebido. Les saludó con una inclinación de cabeza cuando se situó junto a los cantores, quienes a su vez le correspondieron con igual cortesía. Y sin preámbulo solicitó le prestasen la guitarra, ya que debía llevarla serenata a su novia, que moraba no lejos de ahí. Adujo que instantes antes había perdido la suya.

   —La cederemos encantados —respondió uno de los noctámbulos cantarines, intuyendo que de este inopinado encuentro saldría algo bueno en beneficio del grupo— si antes usted coopera con nosotros. Sólo tiene usted que acompañarnos con la guitarra unas cuantas canciones que cantaremos no lejos de aquí. Luego el instrumento será completamente suyo. ¿Le parece bien mi proposición?

   —De acuerdo —replicó escueto el hombre del sombrero de hongo, tomando la guitarra antes de que la ofrecieran. Acto seguido, se permitió demostrar su valía de experto músico, rasgueó con perfección la introducción de cierto pasillo en boga.

   —Perfecto —aprobó el mismo mozo que hablara antes —. Ahora venga con nosotros. Ventajosamente no tendremos que ir muy lejos para que pueda usted cumplir con su compromiso. Tres canciones por santa, además, ellas no son más cinco, y basta.

   Sin más, los cantores, llevado en medio de ellos al músico, enfilaron sus pasos por la calle Guayaquil, en dirección de Santo Domingo, a ritmo acelerado, casi en volandas. Atravesaron sin dificultad la intersección con la calle Olmedo, que por fortuna se hallaba despejada. Imprimiendo a sus pasos aun mayor velocidad, llegaron al cruce con la Mejía y sin observar la menor precaución, no obstante que el tránsito motorizado de esa vía tenía luz verde en ese preciso momento, la atravesaron. Una efímera y apresurada travesía que desató una borrasca de espeluznantes chirridos de frenos, alaridos de cláxones e improperios de conductores enfurecidos.

   Pero no todos lo consiguieron. Los cantantes, como se suele decir, se salvaron por un pelo. Salieron milagrosamente indemnes de casi debajo de las ruedas de un pesado autobús que circulaba cuesta abajo, en sentido oeste este. Pero no así el pobre músico que demostró ser menos ágil que sus fortuitos acompañantes. Tal vez las copas de licor que parecía llevarlas dentro le hurtaron reflejos, o fue una de esas malas jugadas que a veces nos reserva el destino. Lo cierto fue que el terrible golpe que recibió, del vehículo, en mitad de su anatomía, lo lanzó, haciéndolo dar vueltas en el aire, a varios metros de distancia. Aterrizó fuera de la calzada, exactamente en el ángulo formado por la acera y la pared de un edificio, donde quedó doblado e inmóvil, congelado por el hielo de la muerte. Probablemente no había recibido lesiones externas, ya que no sangraba. Conservaba todavía el sombrero puesto y sostenía la guitarra en sus brazos, la cual increíblemente había salido ilesa.

   —Pobre hombre —se compadeció uno de los mozos cantores, contemplando apenado al caído.

   —Menos mal que la guitarra parece haber salido bien librada —se consoló el sujeto que había recorrido media ciudad con ella bajo el brazo. Debía haberle cobrado cariño en ese tiempo.

   —Pero ¿ahora quién podrá respaldarnos musicalmente? —se lamentó otro, a punto de derramar lágrimas—. Sin alguien que se las entienda con ella, equivale a no tenerla. Más vale olvidarla y ahuecar el ala antes de que a algún chapita vividor se las dé por acercársenos atraído por la curiosidad.

   Ciertamente, la intención de abandonar de inmediato el lugar de la tragedia era una inspiración inteligente, aunque de ninguna manera caballerosa. El golpeado podía estar únicamente en estado de shock, como consecuencia de algún grave traumatismo, resultándole vital el socorro inmediato de un alma caritativa. Pero también existía el peligro de que, a pesar de que se trataba de un simple accidente, se les implicaran de algún modo en el caso. Un lujo que no podían darse frente a la suspicacia de las dueñas sus afectos —que si bien llevaban faldas no carecían de afiladas uñas—, sobre todo, porque desconocían la verdadera razón de la ausencia de sus canciones en un día tan importante para ellas. Apenas les bastó una mirada de inteligencia entre sí para comprender lo que debían hacer, y todos a la vez, empezaron a batirse en retirada.

   Pero la cautela de poco iba a servirles. Como si hubiesen adivinado las intenciones de los cantores, las gentes que empezaban a aglomerarse junto al presunto cadáver, les cortaron el paso suponiendo que la falta de interés de los jóvenes por aquel espectáculo gratuito, no podía ser meramente casual. Nadie deja de lado un suceso que forzosamente sería mañana noticia de primera plana, máxime, hallándose en primera fila. Creyeron de buena fe los curiosos que su obligación era la de entregarlos a la policía, que no tardaría en aparecer, advertida telefónicamente por alguien. Ciertamente, el ulular de una sirena que poco antes se había dejado oír lejanamente, se hacía cada vez más potente.

   La policía y una ambulancia llegaron al mismo tiempo. Los de la policía pidieron a los presentes detalles de lo ocurrido, y no faltó quien señalara a los cantores como responsables del percance, asegurando que habían empujado a la víctima hacia la calle cuando el autobús pasaba frente a ellos. Mientras éstos se defendían de los gendarmes con vanas protestas, el médico de la ambulancia examinaba al herido. Pero apenas unos instantes después declaró que nada se podía hacer ya por él, puesto que había perdido todo signo vital y que estaba tan muerto como su bisabuelo. Y fue justamente entonces cuando ocurrió algo que dejó estupefacta a la concurrencia.

   El cadáver sufrió un ligero estremecimiento, primero y luego, como si despertase de un sueño, abrió los ojos y miró sin inmutarse a los presentes que contemplaban sobrecogidos aquella prodigiosa resurrección. De inmediato, apoyándose en uno de sus brazos que lo situó en el suelo, se puso de pie mediante ágiles movimientos, levantando consigo la guitarra.

   No manifestaba el individuo haber sufrido la menor lesión como consecuencia de la embestida del automotor y daba más bien la impresión de hallarse tan saludable y optimista como el más vigoroso de los mortales, ya que en su varonil rostro iluminaba una radiante sonrisa. Buscó con la mirada a los cantores, que permanecían asidos por los policías, y les recordó la urgencia que tenían de cumplir con lo estipulado. Arguyó que la serenata que él debía llevarla a su novia, era impostergable. Pero, claro está, ninguno de los aludidos hizo el mínimo intento de seguirlo. Entonces el hombre del sombrero de hongo, sin dirigirles una palabra más ni a ellos ni a nadie, se esfumó en menos tiempo del que se requiere para pestañear, llevándose consigo la guitarra.

   Sin embargo, por breves instantes fue posible escuchar, como un murmullo que llegaba del éter, la canción de El Chulla Quiteño, la cual fue apagándose poco a poco como absorbida por la lejanía. Y sólo entonces comprendieron los congregados haber sido víctimas de las consabidas bromas del Chulla.

   Desde luego, no son éstas las únicas anécdotas en las que el Chulla fuese su protagonista. Existen muchas de estas historietas que los quiteños suelen contarlas como sucesos verídicos. Y se asegura que, donde hay un festival, una boda e incluso un funeral se halla presente el Chulla disimulado entre la concurrencia.


  
*La palabra chulla que en Ecuador sirve para designar al quiteño, como la de chilango al oriundo de la ciudad de México, nada tiene que ver con el vocablo quechua que se escribe y se pronuncia de similar forma, cuyo significado es: solitario, impar, etc. Sólo es una mera coincidencia. (Nota del Autor)

Texto: Carlos Villamarín Escudero, tomado de la obra, "Los misteriosos habitantes" del Dr. Carlos Villamarín Escudero. Quito - Ecuador.