Carlos Villamarín Escudero

                           
          
TRIBULACIONES DE UN CENTAURO
*

                             

 Presentación

Yo vengo de una estirpe rebelde e impetuosa

que tiene como patria la ubérrima Tesalia.

En las verdes colinas del Pélion y del Ossa

tan libre como el aura reside mi familia.

 

Mi vida, fiel reflejo de austera sencillez,

transcurre plenamente en discreta soledad.

Prefiero yo del bosque su dulce y placidez

al ruido escandaloso que agita la ciudad.

 

La fama que me aureola y que forjó mi nombre,

proclama mi destreza, mi fuerza y mi decoro.

Soy bravo en la batalla y supero a cualquier hombre

en la doma del potro o picando un hosco toro.

 

Sediento de emociones me lanzo a la llanura

y abrogo la distancia viajando diligente.

El célere galope de mi cabalgadura

me embarga del contento que lo busco vehemente.

 

Mas cuando en el camino descubro una taberna,

en ella me detengo para catar su vino.

Y pronto la nostalgia —mi eterna compañera—

se rinde al dulce néctar que enluce mi destino.

 

¡No sé si eres el alma o la sangre de los dioses,

elixir venturoso, sin par en tu grandeza!

Velando de tu adicto sus grandes intereses,

le arrancas de las garras de la fiera tristeza.

 

¡Nepente delicioso, celebro tus acciones,

en cuanto yo te libo asciendo a las estrellas.

Qué importa si tu fuego, que enciende mis pasiones,

más tarde o más temprano me pone entre querellas.

                    * * *

El incidente

Lo que pasó en Lapitas contarlo es mi deseo:

“La boda de Piritoo con la bella Hipodamia

Atrajo la presencia del ateniés Teseo,

aquel aventurero que regodeó de infamia.

 

“Y habiendo sido yo del novio convidado,

se honró con mi figura la connubial unión.

Llegué cuando ya Febo el cielo había dejado

Y en su lugar Selene lo daba protección.

 

“La fiesta había empezado y reinaba el alborozo.

Euterpe, con su lira, de música inundaba,

vibraba el auditorio de indescriptible gozo

y un fauno, embriagado, su danza ejecutaba.

 

“Conforme iban las horas la animación crecía.

Dionisos escanciaba pródigamente el vino,

la música, sin tregua, arpegios esparcía

y el yantar ofrecía del placer el camino.

 

“Piritoo y los dioscuros escuchaban con gusto

jactar al ateniense —de admiración sediento—

de haber librado al fin del infame Procusto,

de Sinis y de Sísifo a la Ática y Corinto.

 

“Oyendo tal alarde de labios de Teseo,

mi sempiterna calma tornóse en mordaz risa.

Entonces el discurso, que estaba en su apogeo,

corrió el mismo destino del humo ante la brisa.

 

“—¡Silencia tu relincho, centauro irrespetuoso!—

Rugió Pólux o Cástor en favor de Teseo.

—¡Regresa con tu recua! —dijo Néstor, furioso

mientras me desafiaban Telámono y Tideo.

 

“Después de soportar la ingrata gritería

dispuse regalarme con algo más amable.

Y vi cómo Hipodamia, radiante de alegría,

danzaba entre las ninfas con gracia insuperable.

 

(¡Oh gloriosa Hipodamia! ¿Qué dioses te protegen?

La savia que te anima, la luz que en ti se asila

y el arte con que bailas, de dónde te provienen?

Terpsícore, la musa, celosa te vigila.)

 

“Mis ojos contemplaban absortos su cadencia

y en un mar de delicias de pronto yo me vi.

Implorarla de hinojos deseaba con vehemencia

rodearla con mis brazos, tenerla junto a mí.

 

“Su danza continuaba, mi devoción crecía.

Yo entonces sólo ansiaba mostrar mi admiración.

Mas cuando ya a la Bella mi amor se lo ofrecía

me tiende el ateniense la red de la traición.

 

“Me acusa ante Piritoo —vengando así la afrenta—

de querer despojarle de su flamante esposa,

y él sin oír razones, a sus hombres alienta

prender a mi persona, que de estupor rebosa.

 

“Y cuando el desconcierto dio sitio a la entereza

una valla de espadas se alzaba frente a mí.

Copadas de repente mi fuerza y mi destreza,

sin visos de oponerme, la rendición fingí

 

“Confiados mis captores en mi mansa actitud

no otearon el peligro situado junto a sí.

Entonces, procediendo con maña y prontitud,

de la rabiosa gresca su pira la encendí.

 

“Muy pronto el incidente salióse de las manos.

Atraídos por los gritos que estallan en la noche,

de aventura vehementes, acuden mis hermanos

y la lucha se expande en frenético derroche.

 

“El golpe de una clava termina a un convidado

y la sangre lapitas se inflama incontrolable.

Sus cúpricas espadas —que nunca las he usado—

rechazan nuestras picas con saña inmensurable.

 

(Pero ¡cómo es posible tan rara circunstancia

en que frente al lapitas el centauro sucumbe!

¡A mí, Ares guerrero, demando tu asistencia!

A cambio te prometo gustoso una hecatombe.)

 

“En esto los secuaces de Néstor y Teseo

impiden que el combate tomase un nuevo giro.

La fuerza de sus armas de fulminante empleo

nos lleva hasta la agreste frontera del Epiro”.

 

(¿En dónde te encontrabas, oh Ares indolente?

¿Prefieres eclipsarte cuando percibes guerra?

Jamás te vi presente, “terrible combatiente”,

cuando luchaba ansioso por defender mi tierra.

 

Mas, si apenas te conozco y tan sólo de nombre,

cómo pude confiarme en vos, Ares mezquino.

Sospecho que tu atuendo, más rojo que la lumbre,

Nos es signo del guerrero sino del asesino.)

                        * * *

Añorando mi tierra

Ahora que me encuentro tan lejos de mi mundo

(¿Acaso prisionero de algún funesto sueño?)

sujeto a la inclemencia de esta región del Pindo,

añoro con el alma la miel de mi terruño.

 

Allí, donde la vida fue siempre dadivosa,

¡cuanto me solazaba cada día del año

mirando las praderas de Pelión y del Ossa

ondear bajo los cascos de un colosal rebaño!

 

Mucho antes que la Aurora, de sonrosadas manos,

quitase al alto cielo sus negros cortinajes,

posaba en mí el saludo de cánticos lejanos

que céfiro en sus alas llevaba a esos parajes.

 

Viniendo con el alba la luz de un nuevo día,

tornaba a la comarca su encanto natural:

el aura exuberante de vida descendía

al plácido escenario de género rural.

 

En él, ¡qué fascinante!, jamás se interrumpía

la acción de estas escenas en todo su esplendor:

Un sátiro, escondido, su risa prorrumpía

sembrando entre las ninfas el susto aterrador.

 

Dejando atrás la Arcadia perdida en la distancia

y siempre precedida de su feroz jauría,

Artemis, la montera de magistral prestancia,

erraba en la floresta prolífera y umbría.

 

Desde la insigne Idalia llegaban a la fuente

aquellas blancas aves que escoltan a Afrodita

y anuncian su llegada cantando alegremente,

en busca de sus aguas de espejo y malaquita.

 

Un jabalí gigante, bajando de los montes,

cruzaba la campiña causando allí estupor,

y una rauda manada de ciervos imponentes

quebraba la indolencia del perro ladrador.

 

Surgiendo de la nada y hollando el verde manto,

allá, en donde el cielo se abraza con el llano,

un magistral jinete, más rápido que el viento,

cortaba airosamente el paisaje tesaliano.

 

Y al filo de la noche, tan pronto muerto el día,

Mis pasos me llevaban camino de Larisa,

Lapitas o traquina, o adonde la alegría

Pintase en mi semblante con vino una sonrisa.

 
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* Este poema, Tribulaciones de un centauro, ha sido tomado de "Escalera para  la Luna",
el primer poemario de Carlos Villamarín Escudero. Un conjunto de estampas mitológicas
griegas contempladas y descritas con los ojos de la fantasía que aureolara su adolescencia.
Pues, por entonces, el poeta contaba con tan sólo trece años de edad y ensoñación.