A Dalia Medina

   

Carlos Villamarín Escudero

 

 

UN CAPITULO DE AMOR

 

Editorial Atenas
Quito - Ecuador

 

 

     

 

 

 
 

 

     Ningún viaje es definitivo. Ni siquiera el que tiene como meta la muerte. ¿O el reino de la Muerte es un lugar sin retorno? Lo cierto es que las puertas del Más Allá no son lo bastante seguras cuando alguien se empeña en volver al punto de su partida.
     No se trata de broma alguna. Pero sucede que a veces conocemos que alguien ha emprendido el viaje a la Eternidad, el viaje definitivo, y luego, como si estuviese de vacaciones, ¡le vemos que ha regresado a la vida!...

 

Fragmento de esta misma obra de Carlos Villamarín Escudero

 

 

Agradecimiento   

 

   A quienes me debían afectos y me retribuyeron generosamente con rencores….

   A los que sembraron mi camino con las espinas de la incomprensión, de censuras urticantes y del desdén… Espinas que más tarde laceraron sus propios pies.

   A la que una vez, poniendo la mano sobre su corazón, prometió amarme eternamente y me obsequió con desprecio y traición segura de cubrirme de humillación… ¡desdichada pécora!

   A quienes llevan ya tanto tiempo destilando el veneno del odio, carcomidos por la envidia de verme avanzar por la ruta trazada por mi sino… De veras, ¡qué lástima me inspira su frustración!

   A todos ellos, elevo, o desciendo, mi más sentida gratitud, porque en realidad han servido de estímulo y han contribuido a alcanzar más pronto la posición que me tenía reservada mi ahínco y, sobre todo, mi innata vocación.

 

Carlos Villamarín Escudero

 

   

   

CAPÍTULO UNO

   Me disponía a dejar la habitación cuando, como una mágica materialización de la imagen que con insistencia venía ocupando mi pensamiento durante los últimos días, se presentó de repente Dalia. Mas su presencia, en vez de traerme el regocijo que origina el volver a mirar al ser amado luego de una prolongada ausencia, produjo en mí una ominosa inquietud. Una sola mirada fue suficiente para convencerme a plenitud de que ella era víctima de la tristeza y la ansiedad.

   Su repentina aparición y el estado de aflicción en que se hallaba, obrando con el efecto de un martillazo en el pecho, me cortó el aliento, sumiéndome en una especie de fascinación.

   Su rostro carecía de aquella candorosa alegría que le había distinguido siempre y, en su lugar, se enseñoreaba en él una palidez cadavérica. Sus ojos, invariablemente vivos y risueños antes, se veían ahora empañados por el llanto. Azuladas ojeras les encerraban en un cerco de melancolía. Y sus manos alabastrinas y trémulas, cual mustias azucenas sacudidas por el vendaval, se extendían trabajosamente hacia mí cada vez más debilitadas. Sostenía en la mano derecha la áurea cadenita, provista de un diminuto crucifijo, que solía llevarla circundando su hermoso cuello.

   Apenas tres días antes, unas horas después de que Dalia recibiera el diploma que acreditaba la conclusión de sus estudios, en este mismo lugar, nos despedimos embargados de ternura, prometiéndonos jamás dejar de pensar el uno en el otro durante nuestra separación.

   Habíamos acordado que también yo viajaría con ella a casa de sus padres, situada en un lugar de nuestra paradisíaca región tropical. Sin embargo, la sola noticia de que dos de sus amigas, a la sazón flamantes ex condiscípulas suyas, la acompañarían durante el viaje y que además pesarían junto a ella durante una semana, fue el factor que a última hora gravitó en la decisión de quedarme.

   Una de aquellas damas, llamada Lorena, era amiga suya de larga data y fue precisamente ella quien me presentara a Dalia. Era algo mayor que ésta y condiscípula suya durante la etapa de educación secundaria. Pero, no obstante aquella prolongada relación, no profesaba lo que se diría una devota amistad a mi novia, puesto que, a ocultas, no cesaba de pretender suplantarla. Y debido a su talante abierto siempre a la menor insinuación mía, durante una de esas misteriosas ocasiones en que Dalia adoptaba conmigo marcadas actitudes de indiferencia, protagonizamos los dos una efímera pero ardiente aventura amorosa en la cual hubo de todo menos inhibiciones y pudor.

   Lorena era una damisela que provenía del fuego (y conste que no me refiero de ningún modo a la Tierra del Fuego). Nada tenía en común con las demás mujeres, aun con las más fogosas. Estoy seguro que ella debió salir ya hecha y derecha del cráter de un volcán. Jamás me hubiese imaginado un abandono semejante ni un placer tan perverso en una jovencita.

   Nos apartamos sin nostalgia ni rencores y ella continuó siendo nuestra amiga común. Pero no mucho después, debido a un sentimiento de culpa que generó mi infidelidad, la presencia de mi cómplice llegó a crear un ambiente opresivo en mi entorno.

   En cambio Julia, la otra amiga de Dalia, quien nunca había rebasado los límites de una cicatera cortesía, seguía siendo para mí una persona extraña y antipática. Sus furtivas y torcidas miradas delataban que estaba enterada de aquella sórdida aventura vivida entre Lorena y este servidor.

   Aunque suene a broma, mi carácter tímido y poco comunicativo, me ha impedido siempre desenvolverme con soltura y propiedad en presencia de extraños o demasiados testigos. Desde luego, es necesario reconocer que este comportamiento resulta extravagante en un hombre que, como yo, posee una sólida cultura y ha visto mundo. Pero las cosas son como son.

   —Iré el viernes de la semana próxima —prometí a Dalia, seguro de que para entonces ella ya se habría librado de sus pegajosas amigas—. Cuánto me aflige no conseguir posponer para fechas más oportunas los compromisos pendientes, demasiados urgentes, por desgracia (lo cual en parte era cierto). Tú bien sabes que no puedo defraudar a quienes han depositado su confianza en mi probidad —añadí inflexible.

   —¿No irás? —gimió Dalia, mirándome desconcertada. Su voz, fruto de la decepción originada por mi dudosa resolución, se diría que sangraba profusamente por dolorosas heridas—. ¿Pretendes acaso continuar dando largas al cumplimiento de tu promesa? —¡Alejandro, amor mío, recuerda que durante un interminable lustro he vivido soñando con ser tu esposa! ¿Por qué esperarlo más tiempo?

   Tal cosa era innegable. Dalia era apenas una flor en botón cuando me ofreció el néctar de su amor, arrobador elíxir cual nepente de los divinos habitantes del Olimpo, bajo la promesa de unirla a mi destino, llevándola al altar. Sin embargo, no obstante la buena intención en que se cimentaba mi promesa, por entonces resultaba improcedente y embarazoso tomarla por esposa. Dalia aún no había rebasado la etapa de la adolescencia.

   No era más que una niña.

   Hube de esgrimir esta razón y también otras difíciles de rebatirlas, para persuadirla de la ineluctable necesidad de esperar que el tiempo, por su cuenta, solucionara aquel problema. Y fue así como acordamos esperar unos años para dar aquel paso trascendental.

   —Pues bien lo sabes, vida mía, que también yo anhelo sellar nuestro amor con la bendición del matrimonio —respondí, respirando profunda sinceridad—, pero no podrá ser sino hasta la próxima semana cuando me presente a tus padres para pedirles formalmente tu mano. ¡Amor mío, unos cuantos días más de espera, en nada podrá perjudicarnos!

   —¡Oh! No. —replicó mientras apretaba con ternura sus ardientes labios sobre los míos, como si hubiese querido diluir con el calor de sus besos mi obstinada negativa a viajar ese mismo día. No se hallaba dispuesta a ceder un solo minuto más. Y acosada por aciagos presagios, que dejaban flotar una nota de amargura en la armonía de su voz, agregó—: Lejos de ti, cada día que transcurre es un tiempo precioso cercenado a mi felicidad para crear un abismo entre los dos. A veces tengo el presentimiento de que, no obstante la fe que sustenta nuestro mutuo amor, aquel abismo jamás podrá ser salvado. ¡Alejandro mío, debemos darnos prisa en casarnos! Es necesario que vengas conmigo ahora mismo.

   —Mi reina —insistí a punto de claudicar—, nada significa una semana más o menos cuando se ha esperado pacientemente durante largos años. Sólo una semana más y al fin tendré el superlativo placer de entrevistar a tus padres.

   Dalia, liberándose de mi abrazo se retiró algunos pasos de mí y se acercó lentamente a la ventana. Desde ahí se puso a mirar a la gente que, tres pisos debajo de mi apartamento, iba o venía sin prisa por la calle. Parecía más triste que molesta. Comprendí con dolor que se hallaba al borde de las lágrimas.

   —¿Desconfías de mí? —inquirí, situándome junto a ella.

   No respondió. Tenía ahora la mirada perdida en el horizonte. Daba la impresión de escrutar en el azul infinito la respuesta a mi sui géneris comportamiento.

   —¿Desconfías, acaso, de mí? —insistí, ya sin fuerzas para mantener mi negativa. Empezaba a reprochar mi complejo de absurda misantropía.

   —Está bien —cedió al fin ella para mi total sorpresa—. Aunque mucho me temo que, para entonces, las atenciones que tomes por mí sean demasiado tardías. Mi padre tiene en mente enviarme de inmediato al exterior. ¡Oh!... Una vez allí nada ocurrirá como tú lo esperas ni como yo quisiera. Mis hermanos, que tengo allí, no permitirán mi retorno sin antes no haber permanecido una prolongada temporada junto a ellos. Conozco su obstinación y estoy al corriente del afecto que profesan a su hermanita ecuatoriana. Tampoco nos sería posible comunicarnos con la prontitud deseada, pues la enorme distancia geográfica conspirará siempre en contra nuestra.

   Sobre aquel bendito proyecto de su padre ya me había hablado Dalia. Quería él enviarla a toda costa a Santiago de Chile, donde permanecería junto a sus hermanos mientras cursara sus estudios superiores. También alguna vez me había dicho ella, aunque veladamente, que esa medida estaba diseñada con el fin de cortar nuestro vínculo sentimental.

   Don Clímaco Parra, padre de Dalia, era un hombre culto e idealista. Oriundo de Santiago de Chile, se asiló en Ecuador cuando el tirano de Augusto Pinochet usurpara el Gobierno de su país, luego de eliminar a su legítimo mandatario. Mas el déspota gorila, no aplacaría su insaciable sed con la sangre ofrendada generosamente por el Mártir de la Moneda, sino que buscaría satisfacer su gula con la de centenares de intelectuales y políticos de filiación socialista, de quienes se vanagloriaba de pasarlos por las armas tras juicios sumarios. Don Clímaco, junto al ecuatoriano Sócrates Ponce y al llorado poeta Víctor Jara, fue recluido en un estadio, en el cual se hacinaban miles de ciudadanos chilenos. Sin duda su futuro no hubiese sido diferente del corrido por sus compañeros de infortunio (o sea el paredón) si a sus captores no se les hubiera ocurrido enviarle a La Serena, donde habría de afrontar cargos de adoctrinamiento marxista en esa zona, que pesaba en su contra.

   La suerte le favoreció en el trayecto y pudo fugarse. No perdió tiempo en esperar a que las aguas retornasen a su nivel normal mientras permaneciera oculto en algún lugar del norte chileno y emigró a Ecuador. Se hallaba seguro de que ni su mujer ni sus hijos corrían el menor peligro en su convulsionada patria. Era únicamente a él a quien querrían poner las manos encima.

   Pasado algún tiempo se divorció de su cónyuge y se unió en nuevas nupcias a una bella ecuatoriana. Las cosas le fueron bien aquí. Procreó nueva descendencia y consiguió prosperidad económica. Mas nunca olvidó a sus hijos anteriores, con quienes mantenía excelentes relaciones.

   Las últimas palabras de Dalia me causaron desazón. ¿De modo que su padre se hallaba empeñado en enviarla a Chile? Pues si tal cosa se cumplía, entonces debía yo dar por descontado que lograría él su propósito: conseguir separarnos definitivamente. Pero aquello estaba aún por verse. Dalia me amaba firmemente y la opinión de los demás no podía socavar la fortaleza de su amor ni el anhelo que nutría la ilusión de ser mi esposa. —No, no debía yo temer una ruptura ocasionada por ese motivo ni por otro ninguno. Ella me amaba de veras.

   Pero ¿qué ocurriría si mi amada llegase a experimentar preferencia por su amor filial, ese cristalino sentimiento que obedece al llamado de la sangre, y dejaba relegado al despertado por mí y el cual careció alguna vez de solidez? ¿Ahora mismo acaso no mostraba ella claros signos de debilidad frente a la imposición paterna?

   La duda, cual tenebroso vampiro, me cobijó con su asfixiante sombra, marchitando la fe depositada en mi amada. De pronto, una leve sensación de campanitas repicando en el interior de la cabeza, que lo interprete como un gongo de alarma, me advertía que si Dalia se apartaba esta vez de mí, lo sería para siempre. La ausencia, infortunadamente, obraba con ella como las aguas del Leteo. Minaba, debilitaba y anulaba la atracción ejercida por mí.

   Tenía yo sobrada razón para desconfiar de sus viajes. En más de una ocasión pude probar que una temporada lejos de mí, en nada contribuía a consolidar nuestros planes. Todos los años, durante el período de vacaciones, que era cuando Dalia permanecía junto a sus padres, su devoción por mí se entibiaba ostensiblemente. Así, desde su regreso a clases hasta bien entrado el año lectivo, jamás tenía yo la oportunidad de verla. Circunstancia que aceptaba rumiando los celos.

   Suponía que semejante actitud no podía tener otro motivo que posibles distracciones en un segundo frente sentimental. Sintiéndome vejado, con frecuencia pensé seriamente en olvidarla, sepultarla en el sarcófago de la fría indiferencia y dedicarme a la exclusiva búsqueda de una depositaria más digna de mi amor. ¡Vanos propósitos! Pues, tan sólo con volver a verla, mi enfado se disolvía y le concedía una siguiente oportunidad.

   Durante el último año ocurrió en ella un sustancial cambio que por cierto encarriló decididamente el rumbo de mis proyectos, guiándolos hacia una determinada meta. Este cambio si bien pertenecía al campo netamente físico, contribuyó a fortalecer la débil llama de mi amor. Pues la angulosa e introvertida adolescente, que hasta entonces no había sido capaz de inspirar un sentimiento que no fuera estrictamente platónico, se transformó en una mujer de hermosura deslumbrante y porte distinguido.

   Al superar la adolescencia se había puesto tan bonita, que el solo mirarla constituía un deleite, un regalo a los sentidos.

   Al verla, tenía yo la impresión de haber retrocedido en el tiempo y de hallarme ante la deidad del Amor y la Belleza, en cuyo homenaje se erigieron suntuosos templos en Pafos, Cnide, Citera y Lesbos. Porque Dalia no parecía ser sólo una bien lograda imitación de aquella a quien Céfiro la recogiera de las espumosas olas, sino su mismo original. Se hubiera dicho de ella que Milo la había conocido y la tomara como modelo de su obra maestra.

   Era dalia la personificación de la divina Venus.

   Y yo, absorto, le miraba cual Vulcano, inflamado por el fuego del deseo, contemplando a la hija de Urano y la Mar, que, instalada en el trono de la Idalia, tutelaba en el nombre del Amor.

   En el fondo lacerado de mi pecho, ayer teatro de pasiones tempestuosas cual las aguas del furioso Escamandro, palpitaban emociones fecundadas por las fuentes de Aganipe e Hipocreno.

   Una hoguera generada por el fuego de sus besos, ardió presto en mi mustio corazón. Y aquel ígneo sentimiento que, vehemente, en mí surgía, era el mismo que Helena despertara en Alejandro y el que a Neso le perdió por Dejanira.

 

   

CAPÍTULO DOS

 

   Fue cuando mi amor, inestable y voluble hasta entonces, inflamado por perspectivas de placer, que originara su mayestática belleza, empezó a arder con la intensidad del sol. Y ya solamente deseé vivir para adorarla.

   No podía perderla. Para conjurar el peligro que pendía, debía ir ahora mismo en busca de su padre y pedirla en matrimonio. —¡Al diablo con el complejo de culpa, que en mí despertaba la presencia de la cómplice de mi infidelidad, y mi manía inveterada de huir de las multitudes! Tantos años de felicidad por venir, ¿no valía el sacrificio de un solo momento de sonrojo? Ciertamente, la situación actual no admitía el lujo de andarme con extravagancias.

   Además, mirado el asunto desde una óptica libre de prejuicios, las circunstancias que a primera impresión parecían adversas, prometían más bien redundar en mi beneficio. Pero ¿cómo no lo había pensado antes? Naturalmente, la compañía de las amigas de Dalia, a esa hora y en ese lugar, sería el elemento catalizador indispensable para lograr la reacción deseada en los puntos de vista de don Clímaco. Pues aquel tirano, ante testigos de la envergadura de tales damas, ni siquiera pensaría en objetar mi petición. Aun en el eventual caso de que surgiera la temida oposición, se unirían a nuestra causa para tratar de ablandarle, echando mano sabe Dios de qué argumentos convincentes. Ellas no cejarían hasta no conseguir sus propósitos.

   —Vida mía, iré contigo. Es así como tiene que ser. A decir verdad, me faltarían fuerzas para soportar tu ausencia durante toda una semana ―exclamé conmovido, reprochándome internamente por haberla causado tanta tristeza con mi negativa―. Seca ya tu llanto. A partir de ahora jamás nos separaremos. Sólo déjame preparar mi valija —me propuse apartarme de ella para cumplir la promesa.

   —¡No! —exclamó Dalia, enlazándome en sus brazos con el fin de oponerse a que pudiese apartarme de su lado—. ¡No sería, ciertamente, oportuno ni prudente que fueras en mi compañía!

   —¡Cómo!

   —Estoy de acuerdo con tu decisión original, amor mío —dijo con enérgica determinación—. Simplemente, no debes ir conmigo.

   —¡Cómo! —prorrumpí casi gritando, admirado de su repentino cambio de actitud— ¿De modo que decides súbitamente que no debo visitar a tus padres?

   —Tonto. Por supuesto que lo quiero. ¿Qué te hace pensar de esa forma? Desconfiando siempre de mí, ¿no? —sonrió con los labios, poniendo en su bello rostro una pincelada de picardía— Sólo te pido que consientas en demorar tu viaje por unos días. Es todo.  

    —Eso no puede ser —repuse, soltándome de sus brazos para ir en busca de la valija—. He decidido que me iré contigo y es eso lo que precisamente voy hacer ahora mismo.

   —¡No puedes irte! —gimió mi amada mientras trataba de alcanzarme.

Me hallaba desconcertado. Apenas unos minutos antes, sus lindos ojos derramaban lágrimas de tristeza, como consecuencia de mi negativa a viajar con ella, y ahora se encontraba a punto de volver a las lágrimas para obtener lo contrario. Recordando el sufrimiento del cual fui víctima durante sus distanciamientos, la víbora de los celos empezó a enroscarse en mi corazón.

   —¿Qué temes, amor mío? —me miró preocupada dalia, volviéndome a enlazar por la cintura con sus níveos brazos. De inmediato su hermosa mano fue ascendiendo lentamente hasta posarse, como suaves y aromados pétalos, en mi mentón, para acariciarlo. Su perfección en grado superlativo, era prerrogativa únicamente de las deidades. Y entonces me expliqué por qué a Venus, la magistral obra de Milo, le faltaba una mano. Pues mi amada la tenía. Y en virtud de esta caricia, me de inmediato encontré en un mundo de delicias.

   —¿Piensas dejarme? —musité, volviendo a la realidad. Y un intenso y ardiente beso, ofrecido con la fuerza que únicamente es posible cuando existe auténtico amor en quien lo concede, fue parte de su respuesta.

   —Que llegaras a casa junto a mí no sería bien visto por nadie. Lo he reflexionado hace apenas un instante. ¿Lo comprendes, amor mío? —fue la otra parte de la respuesta.

   No era entonces lo que me temía. Cierto, el ir juntos nos habría creado una situación por demás embarazosa y difícil de ser comprendida por sus padres, personas chapadas a la antigua e incapaces de aceptar así como así los exabruptos de alguien que intentaba convertirse en consorte de su hija. ¿Cómo no lo había pensado?

   —Desde luego, ansío que te vayas pero no ahora —se explicó Dalia—. Debo primero anunciar en casa de tu llegada. Te aseguro que a mi adorado progenitor no le haría ninguna gracia que le tomases desprevenido. Además, necesito de unos días para predisponerle en favor de nuestras hermosas aspiraciones. Por tanto, lo acertado sería que fueras luego de un tiempo prudencial. ¿Te parece bien, amor mío?

   Claro que me parecía bien, no tanto porque aquello me ponía al abrigo del encuentro con sus desagradables amigas, en especial de Lorena, pues complejos de esa índole me parecían ahora una solemne tontería, sino porque el comportarme con prudencia y cortesía era lo aconsejable en este delicado negocio. Pero aún persistía una duda.

      —Mi vida —proferí—, tienes mucha razón de pensar así, y espero que dé el resultado deseado. Pero ¿cuál sería tu reacción en el hipotético caso de que tu padre, persistiendo en su plan de enviarte a Santiago, se negara a permitir nuestro enlace? ¿Me dejarías?

   —No te dejaré, amor mío. Si lo que temes llegase a ocurrir, te juro que me vería forzada a fugarme para buscarte. Amo a mis padres y sé que mi deber es obedecerles, pero amo a ti sobre todas las cosas. Y si me veo en la necesidad de obrar de esa manera, espero que algún día puedan ellos perdonarme.

   —Si tal cosa sucede, no creo que haya otra opción para poder salvar nuestro amor. ¡Te esperaré, mi reina, igual que la planta flagelada por el estío anhela el advenimiento de la refrescante lluvia! —dije respirando alegría, complacido de que ella se hallara dispuesta a todo por fundir nuestros destinos en el crisol del amor y edificar una eterna felicidad.

    Y nos despedimos.

    Era viernes a mediodía.

  

 

CAPÍTULO TRES

 

   Los padres de Dalia residían en las antípodas con relación a la franciscana capital del país, que era donde ella había permanecido, con regulares intervalos, durante los últimos seis años, mientras cursaba estudios secundarios en un reconocido instituto confesional de modalidad interna. Los conocía yo mediante fotografías solamente y por referencias de su hija. Eran a no dudar excelentes personas, pero parcos respecto a incrementar el número de sus amistades, y totalmente opuestos a sacrificar la apacible intimidad del hogar para admitir desconocidos en él.

   Es que en don Clímaco perduraba aún la desconfianza que al principio hubo de adoptarla temeroso de que, el rato menos esperado, podía verse cogido en alguno de los tentáculos de Pinochet. A menudo, recordando el asesinato del camarada Orlando Letelier, ordenado por el brutal dictador y consumado en la lejana Nueva York, se le iba el sueño.

   Aquel peligro parecía haber quedado atrás. Ahora Chile gozaba de un remedo de democracia, puesto que el tirano continuaba pisoteando con sus asquerosas botas la libertad de ese hermoso país. Pero el terrorismo de Estado había menguado sensiblemente. Mas don Clímaco, debido a la costumbre de desconfiar de los demás, continuaba mirando con marcada suspicacia a los extraños.

   Sin embargo, de ningún modo era un misántropo. Con quien se hallaba libre de sospechas, mostraba esa singular largueza y cordialidad propias del chileno. Tenía también algo de filántropo y mucho de idealista. Vivía soñando con retornar a Chile para emprender allí una revolución armada y reinstaurar el Gobierno socialista. Admiraba a Eloy Alfaro y cultivaba la ilusión de emularlo. No ocultaba a nadie que, al igual que el Viejo Luchador, usaría su fortuna amasada en el exilio para combatir la tiranía que afligía a su patria.

   Su esposa, la hermosa doña Carmen, no daba importancia a aquellos proyectos temerarios. Conocía que don Clímaco jamás contaría con el dinero necesario para financiar una aventura bélica. Decía que no estaban en la época de Alfaro, cuando, con la sola ayuda de un centenar de rifles, se podía ganar una Revolución. Ahora hacía falta una bomba atómica para derrotar unas huestes como el ejército de Augusto el malvado, de Augusto el demonio, de Augusto el vampiro.

   —Para cazar al temible jabalí de Erimanto que, habiendo descendido de las montañas, sembraba la destrucción y el dolor en la llanura arcadia de Psofis, fue suficiente un simple lazo utilizado con valor y astucia —comentada a su vez don Clímaco, tomando como ejemplo el cuarto de los "trabajos" de Hércules, con la finalidad de graficar que no siempre es menester una montaña de oro para poder vencer al enemigo.

   Doña Carmen sonreía con mal disimulado desdén de la metáfora usada por su cónyuge, pues bien entendido lo tenía que él, no obstante su acendrado y fervoroso patriotismo, no era precisamente Hércules y que, además, el último lechón de las camadas del paquidermo de Erimanto, hoy apoderado de Chile, tenía los colmillos más afilados que los de su mítico e ilustre antecesor.

   Tampoco participaba del marxismo ateo de su marido. Buena prueba de ello era que había conseguido educar a su hija en un colegio religioso. Además, disentía con frecuencia de las opiniones de aquél. No obstante, los dos estaban de acuerdo en enviar a Dalia a Santiago.

   Nunca pude explicarme, siquiera en parte, el porqué de la oposición de ellos al matrimonio de su hija. Era algo que escapaba a mi comprensión si partía de la premisa de que la mujer que ha dejado la adolescencia está en condiciones ya de vestir traje de alba randa y acudir al altar. Formar su propia familia cuando una persona es capaz de llevar, con dignidad, sobre sus hombros los deberes del hogar, es por cierto una aspiración muy legítima y un paso lógico. ¿por ventura, existe para los amantes otra forma mejor que la de consagrar sus vidas a la búsqueda de su mutua felicidad?

   Según Dalia, en cuanto don Clímaco se había enterado de nuestros planes, no pensó sino en alejar el uno del otro. Además, nunca consintió en concederme una entrevista con él. Tanto él como su esposa me conocían del mismo modo que yo a ellos: mediante fotografías y por referencias de mi amada.

   Naturalmente que ella les había suministrado amplios datos míos. Por tanto, ¿qué tenía don Clímaco que objetar en mí? Pues, por exigente que él fuese, yo no debía parecerle un mal partido. Modestia aparte, era yo lo que se suele decir un soltero apetecible: profesional de éxito, miembro de una distinguida familia, culto, apuesto y sin vicios. Bueno, un poquito mayor que su hija, eso sí, puesto que la diferencia de edad entre ella y yo era de diez años. Pero el mismo don Clímaco ¿no superaba con más de quince a doña Carmen? Y de donde se conocía, esta dama jamás tuvo ocasión para quejarse de la edad madura de su consorte.

   ¿Qué le hacía suponer que no era yo el hombre ideal para su hija? Pues si ni siquiera me conocía personalmente.

   ¿Quería destinarla a monja? No podía ser. Dalia jamás me había hablado de tal intención de su padre. Además, ¿no era ateo él?

   ¿Pretendía alejarla de mí, enviándola a Chile, porque tenía en mente desposarla allí con alguien vinculado a su familia o a sus amistades? Tampoco podía haber nada de eso. Don Clímaco Parra era demasiado intelectual y avanzado para querer someter a su idolatrada hija al yugo de costumbres medievales.

   ¿Sospechaba tal vez que pudiese estar yo contaminado por algún mal anfibio, de aquellos que no obstante el permanecer subrepticios, pueden contagiarse a los demás tanto o peor que los manifiestos? Entonces, ¿por qué había tolerado hasta ahora que Dalia continuase viéndome?

   ¿O tal vez trataba de acelerar los acontecimientos mientras fingía evitarlos? Absurdo. Con seguridad, no era él de los que gustasen de las patrañas.

   Entonces, ¿qué?

   Pues bien, lo que fuere ya no tenía importancia.

   Dalia, durante una semana trabajaría arduamente para que la entrevista entre su padre y yo fuese fructífera. Y gracias a su esfuerzo iniciaríamos los dos una buena relación de amistad y fijaríamos la fecha de la boda. Nos casaríamos con la bendición de sus padres.

   En el caso de que don Clímaco continuase oponiéndose, mi amada se fugaría y, de igual modo, nos casaríamos. ¡Oh! Al fin conocería yo la verdadera felicidad, aquella inmensa dicha que nos permite escuchar la dulce melodía de la vida y nos presenta todo más hermoso.

   A pesar de mis reflexiones negativas, toda esa larga cadena de dudas, que me mortificara con violentas tempestades de celos, había quedado sumergida en la lúgubre sepultura del pasado. Y ante mí se abría un dilatado horizonte donde galopaba jubiloso el Pegaso de mi esperanza.

   Tenía la certeza de que en esta ocasión la permanencia de mi amada junto a sus padres no obraría en su memoria como las aguas del Leteo. Ahora esa circunstancia operaría más bien como el viento que acrecienta con su soplo el fuego de la hoguera.

   Y nuestro amor tenía sin duda la intensidad de una hoguera.

   La perspectiva de ser feliz a corto plazo me emocionaba, me llenaba de loca alegría. Sin embargo, flotando como el aceite sobre el agua, se levantaba un hálito opresor, el cual no podía identificarlo. Solamente me sentía su víctima.

   No podía ser una faceta del miedo a hipotecar mi libertad, pues yo ansiaba más bien perderla. Tampoco era algo que venía arrastrado por la inquietud de no saber con lo que uno va a encontrarse en un camino que jamás ha transitado, puesto que el misterio me ha apasionado siempre. Ni siquiera se lo podía atribuir a la nostalgia creada por la ausencia de Dalia. Tal cosa tenía efectos diferentes y, por tanto, lo habría identificado de inmediato, ya que nadie como yo lo había sufrido tanto, al punto que me consideraba ya una especie de veterano enfrentándome a semejante tortura.

   ¿De dónde provenía entonces?

   No lo pude descubrir sino hasta tres días después. Sólo entonces supe que se trataba de una nefasta premonición.

   La tarde del viernes, absorbido por mis compromisos, la pasé con relativa calma, aunque las horas, en vez de deslizarse con suavidad, como suelen avanzar de costumbre, se arrastraban con pasmosa lentitud. Llegada la oscuridad, Morfeo se mostró arisco el momento de acudir en mi auxilio, con lo cual la cama me parecía un potro de tormentos. Ansiaba el advenimiento del nuevo día, seguro de que su diáfana luz lograría liberarme de aquella desazón que me oprimía como un fardo de plomo. Pero nada de eso sucedió al situarme al lado claro del día.

   Por varias ocasiones traté sin resultado de comunicarme, vía telefónica, con Dalia. También escuché constantemente música de Chile, en especial canciones de René Hinostroza, el cantor de Playa Linda, que eran las predilectas de Dalia. Sus melodiosas notas tenían siempre la virtud de mostrarme la vida en color de rosa. Mas ahora, acentuaban mi nostalgia. No obstante, continuaba escuchándolas con masoquista afán.

   Fui a la cama bastante temprano con la esperanza de poder encontrar descanso en el sueño y, viajando en sus alas, llegar hasta mi amada. Pues, generalmente, en cuanto cerraba los párpados, la cita nocturnal se producía por obra y gracia de la magia onírica, y entonces el Universo entero nos pertenecía. La felicidad, tan avara a la luz de la realidad, no sabía sino halagarme tan pronto se abría la puerta de las mansiones del ensueño.

   Pero tampoco pude dormir esa noche.

   El amanecer del domingo se presentó en calma. El cielo se mostraba abierto y apenas unas cuantas nubes tenues y albas flotaban tímidamente en su mar índigo azul, como temerosas de naufragar en él. El sol empezó a brillar con intensidad y las calles de la ciudad empezaron a poblarse de gentes. Sin duda era un día que se iniciaba con generosa alegría y que prometía mucho, a los demás desde luego.

   La mañana de esa fecha transcurrió alterada por desesperados intentos de comunicarme con mi amada y matizada con canciones vocalizadas por Hinostroza. Por cierto, con esta preocupación ocupando totalmente la imaginación, no había quedado sitio para dedicarme a otro pensamiento. Los sentidos, adormecidos o debilitados, se mostraban impotentes para funcionar con toda su capacidad, pues aparte de percibir sucesos como el amanecer o el anochecer, no habían detectado ninguno otro. Pero desde hacía rato, una desagradable sensación de vacío en el estómago, me hizo recordar que en los dos últimos días no había probado yo bocado.

  Dominado por el hambre, me disponía a salir para atender esta exigencia, y fue cuando se presentó Dalia.

   

 

 

CAPÍTULO CUATRO

 

    Permanecía frente a mí, arrimada ligeramente sobre el marco de la puerta de mi apartamento, sin que pudiese yo articular palabra por la sorpresa. Me miraba con indecible melancolía, que la atribuí al sacrificio que acababa de realizar: fugarse de su casa para reunirse conmigo, vulnerando así la voluntad de sus padres.

   Tomándola en mis brazos, feliz de su contacto, besé apasionadamente sus labios, fríos y empalidecidos. Mas, si bien ellos respondían a mi caricia, no generaban esa fuerza expansiva que tiende a acelerar el ritmo cardiaco e inflama la sangre con la intensidad de una fragua. Se hallaban inertes y lívidos, semejantes a pétalos deshojados de una rosa marchita.

   Luego, sobreponiéndome apenas a la desilusión que operara en mí la inopinada pérdida de la fuente de mi mayor placer, la vivificante miel de sus besos, la invité a pasar adentro.

   —¡Alejandro mío! —dijo, sin dominar la tristeza de su mirada y mientras se dejaba caer sobre el sillón, visiblemente cansada— No he podido permanecer más tiempo lejos de ti. El sufrimiento al cual nos somete la añoranza es, ciertamente, superior a todas las demás dolencias juntas. Tan pronto como me alejé de ti deseé con intensidad volver a tu lado, ávida de tu compañía. En consecuencia, he venido para separarnos nunca jamás. La oposición de mis padres a la fusión de nuestras vidas ha sido desarticulada.

   —Vida mía, nos casaremos de inmediato. Así evitaremos habladurías —me apresuré a decir con la esperanza de disipar su tristeza. Esperaba que mi promesa la hiciera sonreír de alegría. Pero nada de eso ocurrió—. Ahora mismo iré en busca de testigos, y mañana, tan pronto como sea posible visitaremos el Registro Civil. ¡Al fin se realizará mi más bello sueño! Y a partir de entonces serás la señora de Valdivieso —tal es mi apelativo.

   —¡Oh! Alejandro —exclamó—, si nos amamos, ¿qué falta nos hace inoportunos testigos? ¿Para qué el jaleo de una ceremonia inútil? ¿Qué pueden aportar a nuestro amor, magno e infinito en sí, los formulismos? La comunión de dos almas, consagradas por el más diáfano de los sentimientos, no requiere de autorización ni aprobación de ajenas voluntades, como tampoco de los oficios de un prestidigitador que la purifique. Porque siendo el amor fuente purificadora por excelencia, está por encima de todo convencionalismo.

   El agotamiento parecía batir en retirada, puesto que hablaba con energía y su rostro se sonrosaba a ratos. También en sus ojos se dibujaba una tenue y lejana sonrisa.

   —El amor es el cemento del Universo —continuó—. Mirad, amado mío, como la luz del sol, con los besos de sus cálidos rayos, ilumina y otorga vida a la tierra, sin que para ello medie contrato de obligación alguno. Ved como las flores, sin importarles si pertenecen a tu jardín o al de tu vecino, o si medran ocultas en la penumbra del bosque o en la soleada campiña, regalan su perfume con igual generosidad. Observad la brisa que, dejando la montaña, bate sus raudas alas en dirección del adormecido llano, su amante perenne, para desterrar de él la melancólica soledad y reemplazarla por la dulce melodía de sus laúdes.

   "El mar abraza espontáneo la áurea playa, el pájaro vuelca en los cielos de esperanza la ternura de su canto, la hiedra se arrima con tenacidad al muro y todos los seres buscan y encuentran libremente su pareja. Y bien, si la Naturaleza entera se nutre y se rige por el amor, ¿por qué entonces, cuando este sublime sentimiento toca el corazón humano, es necesaria la aprobación ajena para fijar su morada en él?

   Era una verdad tan grande como el Chimborazo lo que acababa de oír de labios de mi amada. ¿Quién podía dudarlo?

   Dalia, al definir el amor como fuente espontánea de abnegación y, además, considerarlo como punto de convergencia de corrientes vitales en todas las manifestaciones de la existencia, preconizaba su convicción de que él consolidaba la unión del Universo. No en vano le había comparado yo con la diosa del Amor.

   ¡Vamos! Pero ¿no se trataba de la misma Venus?

    ¡Oh! De ser así, ella debía conocer perfectamente el material que utilizaba en su célico laboratorio.

   Sólo que nunca antes le había oído hablar así, puesto que se había mostrado más bien contraria de las uniones libres. Su sueño era el de llegar al altar vistiendo blanco e inmaculado traje, símbolo de la pureza de quien lo luce. A menudo me indicaba fotografías de su madre, tomadas el momento en que el sacerdote bendecía la unión conyugal. La perspectiva de que ella pronto tomaría parte protagónica de aquella ceremonia, le emocionaba hasta las lágrimas.

   ¿Cuál había sido la razón para que, en un lapso relativamente corto, modificara sus convicciones? ¿Dónde habían quedado sus principios morales y religiosos que hasta hacía poco actuaron virtualmente como una muralla que le impedía desplazarse al campo de las más inocentes libertades? Porque también ella estaba chapada a la antigua.

    Me hallaba perplejo. Desde luego, no porque su decisión de vivir a mi lado sin antes casarnos me inquietase demasiado. Lo único que deseaba yo era ser el artífice de su felicidad. Pero su repentino cambio de parecer me tenía confuso. Dalia obraba como una desconocida. ¿Qué estaba ocurriéndole? 

   De pronto, me estremecí, sintiendo recorrer por la espina dorsal algo así como una descarga eléctrica generada por el miedo que empezaba a invadirme. Y el dorado trono de ilusiones que había fabricado para reinar sobre mi propia felicidad, se venía abajo reducido a un montón de arena. ¿Acaso el tremendo esfuerzo mental realizado mi amada para llegar a la difícil resolución de fugarse del hogar paterno, no le habría afectado la razón?

   Sin embargo, ella no presentaba ninguno de los síntomas que, según la ciencia médica, revelan la demencia. Por ejemplo: mirada expectante, cambios frecuentes de color en el rostro, abundante sudor, frases y palabras mutiladas o incoherentes, accesos de violencia, de risa o de llanto, etc. Nada de eso había para confirmar mi temida suposición. Por el contrario, su aspecto general no podía ser más tranquilizador. Sus magníficos ojos negros, cual maduras frutas de capulí, no denotaban inquietud ni se cobijaban con la sombra del temor. Una seráfica paz había tomado posesión de ellos. Y su voz, aunque parecía llegar desde regiones remotas, era firme y serena, acorde con sus gestos. Su grata modulación no admitía la hipótesis de posible enojo o nerviosismo.

   Y convencido ya de que Dalia se hallaba lejos de mostrar el menor signo de desequilibrio mental y de que su novísimo concepto acerca del matrimonio no iba a socavar las bases de su amor, una inmensa dicha floreció en mi corazón.

   Nos hallábamos sentados en la misma butaca, con sus manos cautivas de las mías y reclinada la cabeza en mi pecho. Dejándose arrullar por Morfeo, entornó lentamente los párpados. Dormía. Renuncié a formularle las preguntas que tenía en mente y opté por permanecer silente, temeroso de despertarla.

   Su respiración caía tibia y aromada sobre mi piel, avivando los latidos de mi corazón; las armoniosas líneas de su seno pudoroso se apretaban a mi pecho, ondulantes, cual las olas espumosas, cabalgando sobre el mar; su bruna cabellera ensortijada cosquilleaba agradablemente mi mejilla, y sus manos de alabastro, de azucena y de alelí se anudaban con las mías.

   Nuestros cuerpos tan unidos cual dos hojas de una flor, yo extasiado la miraba y, cediendo a los recuerdos que sitiaban la memoria, me vi inmerso en una escena que endulzara mi existencia:

   Cual la luz de la mañana, vino Dalia a mi existencia, bella y plena de inocencia.

   Con el fuego de mis besos, luminoso como el sol, se prendió en su corazón una hoguera de pasión.

   Y el candor de mis miradas, la ternura de mis frases y el océano de alegría que encontrara en mis abrazos, llenó su alma de mujer. Y, embargada de ilusión, me dio el néctar de su Amor.

   

 

 

CAPÍTULO CINCO

 

   Al despertar no quedaba rastro de su desfallecimiento. Parecía sobrarle energía y estaba tan bella como siempre. Se apartó suavemente de mí y, con cimbreantes movimientos, llegó hasta el tocadiscos y, luego de insertar una selección musical en él, lo puso en marcha.

   Un valse de Juan Strauss acarició el alma.

   La música del maravilloso compositor vienés, llegó hasta mí como algo celestial, remota y delicada, intensa y sublime como interpretada por la propia Euterpe.

   —Ven amado mío —sonrió mientras que con un gesto me invitaba a levantar—. Dejémonos llevar juntos por esta delicia sonora.

   Y empezamos a deslizarnos, en suave vaivén, por el estrecho espacio de la sala, abandonándonos placenteros a la atracción que ejercían las agradables notas.

   Mas de pronto, Dalia, pasando sin transición de la vibrante salud a la completa postración, se desfalleció en mis brazos. La acomodé sobre una butaca con todo cuidado e intenté, a fuerza de caricias, reanimarla. Pero el régimen de mi afectuosa medicina resultó inútil.

   Desesperado, tratando de ganar el mayor tiempo posible, me lancé, más que caminando, volando por las largas escaleras que conducían fuera de mi morada. Lamentaba la ocurrencia de haber elegido el tercer piso de aquel viejo edifico colonial como mi residencia.

   Pero, antes de terminar de descender el primer tramo, me hice cargo de que no obraba yo del modo más apropiado al lanzarme a la calle en busca de auxilio. Era día festivo y, por tanto, no encontraría ningún médico disponible a la vuelta de la esquina. Lo debido era solicitar de inmediato una ambulancia médica a cualquier casa de salud. E incluso con mayor rapidez que la empleada para descender, emprendí el empinado regreso hacia mi habitación.

   Mientras ascendía, me aferraba a la esperanza de volver a encontrar a mi amada completamente repuesta. No podía ser nada imposible que, en el pequeño lapso que permaneciera sola, se hubiese restablecido de su desmayo. Y lo que vi, mejor dicho, lo que no vi me dejó perplejo. ¡Dalia no se encontraba ya en el sillón que segundos antes ocupara, ni en ninguna otra parte visible!

   "¡Ah, bromista! Lograste asustarme de veras. Te ocultas en la alcoba, ¿no es así?" Pensé y lleno de contento me dirigí hacia ese lugar. Bueno, Dalia, no obstante su abierta disposición a incrementar mi felicidad, no había mostrado hasta aquí la menor inclinación de conseguirla mediante dudosas insinuaciones. Pero de aquí en adelante su comportamiento sería acorde con la función de esposa, claro está. Y saboreando por anticipado los momentos de dicha que me esperaban con sólo abrir una puerta, ingresé en aquel recinto que sería desde ahora mi trono y mi gloria.

   Pero Dalia, para mi desencanto, no se hallaba ahí. Tampoco pude encontrarla en la biblioteca ni en ningún otro lagar del apartamento. ¡Pues ella había desaparecido! Tan sólo su perfume, flotando aún en la atmósfera, constituía la única huella de mi amada.

   De pronto, experimenté un mayúsculo estremecimiento al descubrir que una de las ventanas que daban a la calle se hallaba abierta. Temí lo peor. Presa de la desesperación, veía ya a mi amada convertida en papilla nueve metros más abajo. Y cuando pude al fin mirar al exterior, sentí que el alma volvía a mí, puesto que mi temor, gracias a Dios, había resultado infundado.

   Su increíble desaparición me tenía desconcertado. No podía explicarme cómo pudo haberse esfumado en el espacio de unos cuantos segundos, que era el tiempo que la perdí de vista. Por cierto, no podría haberlo conseguido de otra forma que no fuese volando a través de los únicos puntos accesibles de la habitación: las ventanas. Fuera de ellas no existía otro “camino” que Dalia hubiera podido utilizar para conseguir salir de allí. Sin embargo, parecía haberse disuelto en el aire.

   Me esforcé por serenarme e intenté esperar con tranquilidad el regreso de Dalia. Quizá, al escuchar mi angustiado mensaje mental, retornaría a mí como lo hiciera momentos antes.

   Ateniéndome a tal esperanza, forjada para evitar entregarme de lleno al dolor, me dispuse a esperar su llegada de un instante a otro. El tiempo comenzó a deslizarse lentamente, como burlándose de mi impaciencia, en tanto que yo no me atrevía a quitar la mirada de la puerta y procuraba mantener el oído atento con el fin de poder detectar el rumor de sus pasos empleados en el retorno. Pero, aunque la angustiosa espera se prolongó no sé por cuánto tiempo, mi amada continuaba ausente.

   El teléfono, con su estridente grito metálico, me sacó bruscamente de mi ensimismamiento para devolverme a la realidad. Con velocidad inusitada me situé junto a aquel ingenioso chisme inventado por Grahan Bell y, antes de que se produjera una segunda llamada, tenía ya el auricular pegado al oído, ansioso por escuchar la musical voz de la reina de mis sueños, ya que no podía concebir que fuese otra la persona que deseara comunicarse conmigo.

   No era mi amada quien se encontraba al otro extremo del hilo telefónico, sino Lorena, quien me expuso que tría un mensaje urgente de Dalia, pero que debía entregármelo personalmente. Me aseguró además que no tardaría en llegar a mi domicilio, ya que se encontraba en la ciudad.

   Entonces, ¿Dalia se hallaba con Lorena?

   Fue en ese instante justo cuando pude ver sobre la mesita del teléfono, rielando en sus diminutos eslabones la vespertina luz, la cadenita que poco antes Dalia llevaba en la mano.

  

 

 

CAPÍTULO SEIS

 

   Y mientras trataba de explicarme cómo había logrado Dalia salir de la habitación sin ser vista, esperé la llegada de Lorena, convertida ahora en Diana mensajera.

   Lorena no tardó en llegar. Su aparición sucedió de repente y en silencio. Recorrió sin duda con la suavidad que suelen usar los felinos. O tal vez mis hondas reflexiones impidieron oír el rumor de sus pasos. Lo cierto es que sufrí un descomunal sobresalto provocado por su brusca aparición, que además me dejó atónito. No obstante, conseguí balbucear la pregunta que pugnaba en mis temblorosos labios, al notar que llegaba sola:

   —¿No viene contigo Dalia?

   —¡Oh Alejandro, Alejandro mío! —chilló Lorena, sin advertir mi pregunta, mientras se abalanzaba sobre mí y me enlazaba por el cuello con toda la fuerza que le permitían sus ágiles y torneados brazos— ¡Oh Alejandro, querido mío, prepárate a recibir la más terrible de las noticias que puedas imaginarte! —ahora no sólo me estrangulaba sino que parecía tratar de asfixiarme, bloqueándome la respiración con su boca.

   —¿Y cuál es esa terrible noticia? —proferí algo sofocado, liberando a duras penas mi boca de sus apetitosos labios, que en otra ocasión me hubiesen confundido en las brumas del instinto.

   —¿Me prometes ser fuerte, cariño? —musitó Lorena y se puso a hurgar mi lengua con la suya.

   —Sí, si —murmuré entre jadeos. No comprendía lo que ella se traía entre manos.

   —Verás, tesoro, ¡Dalia, mi bella amiga Dalia, ha muerto! Debes aceptar su pérdida con resignación —dijo, retirando por un breve instante su boca de la mía. Luego se puso con mayor tesón que antes a succionar mis labios.

   ¿Bromeaba?

   Quizá.

   Sin embargo, sus palabras parecían sinceras.

   —¡Cómo! ¿Es qué acaba de sufrir ella algún accidente? —me angustié, meditando en que mi deidad, apenas unos minutos antes, había sufrido un desmayado, sin duda víctima de alguna grave dolencia. Soltándome del cepo de sus brazos con el propósito de ir en busca de ella, añadí—: ¿Qué estamos esperando para ir a por ella? Estará en tu casa, ¿verdad?

   —No. Dalia falleció en su casa, viernes por la noche. Fue sepultada ayer —su voz se quebró y dos gruesas lágrimas, semejantes a garbanzos, rodaron de sus risueños ojos color de miel.

   —¡Imposible! —exclamé incrédulo— Pero si solamente unos minutos antes de tu llegada, Dalia se hallaba conmigo aquí.

   ¿Qué se proponía aquella embustera para inventar semejante cuento? Bueno..., si se consideraba su ninfomanía, nada quedaba oscuro. Pero me disgustaba el método empleado ahora. ¡Vaya tamaño descaro!

   —Vamos ¿Estás segura de lo que dices? —me dejé oír, empezando a mostrarme disgustado.

   —¿Qué te hace dudar de mis palabras, muñeco desconfiado? ¿Me crees capaz de inventar tamaña mentira, amorcito mío? Créeme que si Dalia, el instante de expirar, no me hubiese pedido entregarte de inmediato la cadenita, que ella la llevó siempre consigo, no te hubiera buscado tan pronto. ¡Oh!... ¡Me siento tan cansada y sólo deseo dormir, angelito mío, que de buena gana iría ahora mismo en busca de tu cama! ¡Oh!... Qué viaje he tenido.

   ¡Qué monstruosa mentira! Pues la mentada cadenita se hallaba ya en mi poder. Ya vería la contumaz farsante cómo le quitaba la máscara.

   —¿La tienes tú? —pregunté.

   —Desde luego. Ahora mismo te la doy.

   Comenzó a hurgar en cada uno de los compartimientos de su bolso de mano, primero con tranquilidad y con afán después. Por cierto que no pudo encontrarla.

   —¡Increíble! —decía para sí, mientras buscaba una y otra vez en los mismos sitios antes examinados— No la encuentro por ningún lado. Estoy segura de que la puse aquí cuando Dalia me la entregó. Pero ahora no la encuentro.

   Yo sonreía gozando de su apuro.

   —Qué raro —se lamentó—. ¡Ha desaparecido! Pero ¿de qué te ríes, tesoro? ¿Supones que todo no es más que un burdo invento mío para mortificarte? Pues, lamentablemente, no es así.

   No pude resistir más y, acercándome a la mesita del teléfono, tomé la joya y, situándome junto a Lorena, la indiqué.

   —¡Mira! —dije acremente— Aquí la tienes. Vamos preciosa. No vas a preguntarme cómo vino a parar en mis manos. ¿Por qué tanto embuste? Repito que Dalia estuvo aquí no mucho antes de tu llegada. Se hallaba enferma, de eso no me cabe la menor duda, pero tan viva como nosotros. Ignoro de momento cómo y adónde pudo irse, pero estuvo hoy aquí. Ya regresará. Te lo aseguro. En cuanto a la cadenita, la tenía en su mano y, al irse, la dejó olvidada.

   Ella la examinó con atención hasta convencerse de que se trataba del mismo objeto al cual se había referido. Luego empezó por mirarme con mal disimulado desdén y finalmente me increpó:

   —Querido, no hay duda de que tu habilidad como carterista supera a la del “Águila Quiteña”. Te aseguro que no advertí en ti el menor gesto sospechoso mientras me despojabas de la joya. ¡Eres una verdadera caja de sorpresas, amor! Pero qué importa. En todo caso había de ser tuya.

   Lo que faltaba. ¡Ahora me tomaba por ladrón!

   —Y bien, tesoro, acepta mi sentido pésame. Al fin y al cabo te faltó poco para convertirte en marido de Dalia —dijo, devolviéndome el áureo objeto. De pronto me vi cogido nuevamente en el férreo cerco de sus brazos, sintiendo sobre mi pecho el excitante contacto de las opulentas turgencias de su busto. Y sus devoradores labios, mientras se preparaban a tomar posesión de los míos, musitaron—: ¡Ah! Pequeño diablillo, no habrás de dejarte abatir por la nostalgia, pues yo sabré consolarte debidamente.

   Ciertamente, hacía falta estar verdaderamente enamorado de alguien como Dalia, para no sucumbir esta vez a la llamada del sexo.

   Lorena, adoptando felinos movimientos, buscaba que el ceñido vestido que traía puesto modelase sus estupendas curvas. Era un vestido negro, pero que indudablemente poseía un aire excitante. El cabello ligeramente rojo de Lorena hacía que el conjunto resultase más sugestivo.

   Pendiente siempre del regreso de mi novia, y temeroso de que pudiese sorprendernos en una situación embarazosa, traté de apartarme de mi espléndida atacante. Deshaciéndome de sus brazos con delicada firmeza, me retiré, procurando adoptar un adusto gesto capaz de imponer distancia a un tigre hambriento. Pero Lorena, lejos de verse ofendida, se sintió mayormente excitada y, con los brazos abiertos, se precipitó hacia mí, segura de poder atraparme. Mientras tanto yo, atento a su envestida, con un veloz movimiento, me aparté cuando faltaban tan sólo unos centímetros para que ella llegase a tocarme.

   Lorena no se percató del engaño y, faltándole el punto de sustento que esperaba encontrar, perdió equilibrio y vio de inmediato que la alfombra del piso se le acercaba a sus ojos con asombrosa velocidad. En fracciones de segundo iría a medir el suelo con su hermosa anatomía. Frente a su inminente caída, afligido de mi estúpido acto y sintiéndome un malvado, me lancé en ayuda suya, anhelando alcanzarla a tiempo.

   El súbito impulso tomado para entrar en acción, impidió que obrara con el necesario cálculo. De modo que, si bien pude sujetarla a mitad del descenso, lo único que logré con ello fue acelerar la caída, impulsada por la violencia de mi movimiento. Y, en medio de un impresionante revuelo de faldas, aterrizamos los dos, entrelazados y con las bocas muy juntas.

   Ventajosamente, gracias a la gruesa y mullida alfombra, no había el menor peligro de fracturas para ninguno de los dos. Quizá Lorena pudo haber sufrido alguna leve contusión debido a que se hallaba debajo de mí cuando hicimos contacto con el suelo. Nada más. Pero me tranquilicé de inmediato al ver que ella no reaccionaba con manifestaciones de dolor a las consecuencias del accidente, y que más bien se reía como si aquello le hubiese causado gracia. Suponía quizá que todo había sido provocado deliberadamente por mí.

   Cohibido, pero ansioso por esconder mi turbación bajo un gesto de cortesía, me apresuré a preguntarle si se había hecho daño, en tanto que trataba de retirar los brazos, que los tenía ligados a su talle, para ponerme en pie. Mas Lorena, sin dejar de reír, aseguró que nunca antes se había sentido mejor, negándose a permitir que me apartara un solo milímetro.

   ¡Qué situación tan incómoda para mí! ¿Qué iba a imaginarse Dalia si llegaba a encontrarme tomando parte de una escena que, aunque forzada, en nada ayudaba a incrementar el prestigio de mi fidelidad hacia ella? Por tanto, debía alejarme de Lorena, e incluso de mi habitación, sin pérdida de tiempo. Pero mi captora se mostraba decididamente opuesta a mi propósito de retirarme del banquete, sin que hiciera el honor a sus delicados manjares que se hallaban dispuestos. Y en procura de estimular mi aletargado apetito, comenzó a valerse de todos los trucos de seducción imaginables.

   Mas en momento tan difícil, lleno de espanto, escuché aquel taconeo, acercándose presuroso en dirección de mi habitación. ¡Cielos! Dalia iba a sorprenderme, aparentemente, con las manos en la masa.

  

 

CAPÍTULO SIETE

 

   La puerta, que se hallaba sólo entornada, se abrió estrepitosamente anunciando la catástrofe.

   Y mucho antes de que pudiese retirarme de Lorena, la recién llegada, convertida en una pantera, caía sobre mí con las garras en ristre. Pero los pellizcos y arañazos que consiguió aplicarme antes de que pudiese librarme de los brazos que me mantenían prisionero, fueron caricias en comparación con las injurias calumniosas con que me prodigara.

   Pero no se trataba de Dalia, sino de Julia.

   —¡Disoluto! —me increpó para ilustrar lo que ella se imaginaba estar presenciado— ¡Maniático! Aún no acaba de enfriar el cadáver de quien decías ser tu amada y te dedicas ya a violar a la primera infeliz que se pone a tu alcance. ¡Santa Mariana de Jesús! Pues si tardo un instante más en llegar a este antro, ¡qué habría sido de ti, pobrecita Lorena mía! Alejandro, ya me lo había figurado que tú no eres un sujeto digno de fiar.

   —Vamos, Julia querida —trató de aclarar Lorena, al tiempo que, ayudada por mí, conseguía ponerse de pie—. No es lo que tú supones. Todo esto no ha sido más que un accidente sin consecuencias. Pero, Julia, ¿de verdad crees que este angelito sea capaz de cometer un acto semejante como el cual acabas de imputarle? Vamos, vamos, chiquilla ingenua, ¡qué equivocada estás!

   Yo ni siquiera me preocupé en tratar de sacar de su error a mi ofensora, porque cuando ésta confirmara lo que me había parecido un embuste en boca de Lorena, sentí desfallecerme. Lo referente a Dalia debía ser cierto, ya que Julia, dueña de un carácter que rezumaba seriedad, jamás se hubiera prestado para embromar a nadie. No obstante, parte de aquel mismo día, mi amada había pasado conmigo. ¿O tal vez yo estaba volviéndome loco, y todo no había sido más que una alucinación? Pero de ser así, entonces ¿cómo llegó la cadenita a mi habitación?

   —Pero, ¿qué has dicho tú? —exclamé dirigiéndome a mi agresora huésped, sintiendo que el terror se agazapaba en la espalda y, desde ahí, extendía sus tentáculos hacia los ojos y la garganta.

   —Que eres un maldito lujurioso —respondió airada la aludida.

   No me sentí con fuerzas para rechazar la ofensa que se me hacía. Que creyese lo que le pareciera mejor. Y sólo pude expresar:

   —¿Decías algo respecto a Dalia?

   —¡Qué! —vociferó— ¿Es qué nada te ha dicho Lorena?

   —Claro que se lo he dicho todo. Pero el chico ha preferido tomar con clama la pérdida de su novia. En cierto modo es mejor así. ¡La reina ha muerto, viva la reina! Ahora he vuelto a ser yo su amada —aseguró la primera de mis visitantes.

   —¡Infames! —rugió Julia.

   —Lorena —gemí—, ciertamente, me ha informado del infausto suceso, pero nunca di crédito a sus palabras.

   Mi congoja terminó por ablandar a Julia, que a partir de ese rato se mostró considerada conmigo. Y relató que Dalia había fenecido como consecuencia de un infarto, la tarde del mismo día que se ausentara de mí, prometiéndome volver a verme pronto. Tal acontecimiento tuvo lugar en su casa, seguramente como resultado de una aciaga noticia procedente de Chile, la cual informaba que dos de sus hermanos paternos, residentes en aquel país, habían perdido la vida en un cruento enfrentamiento con tropas del ejército de Pinochet.

   También me hizo conocer que Dalia, padecía de una incurable afección cardiaca desde la infancia. De manera que su exuberante salud era sólo aparente y se debía al desesperado esfuerzo que los médicos le dedicaron siempre, en especial durante la temporada de vacaciones, que era cuando Dalia, sin obstáculos de ninguna índole, podía someterse a un estricto régimen clínico.

   —Dalia nunca se había referido a ninguna afección, se lo aseguro —suspiré, sintiendo que el dolor me engullía—. Tampoco la oí quejarse ni mucho menos mirar el futuro con pesimismo.

   —Ella desconoció siempre la gravedad de su mal —aseguró Julia.

   —Pero para nosotras no consistió nunca un ningún secreto —intervino Lorena, alisando con un dedo las arrugas que se habían formado en la delantera de su falda.

   —En realidad, lo sabíamos todos menos Dalia y tú, por supuesto. Los padres de ella, conocedores del amor que tú decías profesarlo a su hija, deseaban a toda costa evitarte sufrimientos. De ahí su empeño por apartarles a tiempo  —concluyó Julia.

    Dalia, mi amada dalia, había abandonado la precaria morada terrenal para establecerse en otra, lejana y misteriosa, que le esperaba en los Campos Elíseos. Sin embargo, no se resignaba a permanecer únicamente allí.

 Carlos Villamarín Escudero

 Quito, agosto de 1994

   

 

Lector

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Este libro, con un tiraje de 5000 ejemplares, se terminó de imprimir el 24 de enero de 1999, en los talleres de EDITORIAL ATENAS..  Quito - Ecuador