Ukhupacha
(El gran viaje)

Por: Dr. Carlos Villamarín Escudero

   Para los súbditos del antiguo Tawantinsuyo* no era la Muerte el término fatal de la existencia. Es decir, el salto hacia la nada. Tampoco el principio de una nueva vida estrictamente inmaterial, tal como la iglesia católica predica. La Muerte para ellos no era más que una especie de vehículo para trasladar a un mundo perfectamente identificado, densamente poblado, que se hallaba dentro de este mundo. A este lugar subterráneo lo llamaban Ukhupacha y creían que por sus caminos peregrinaban quienes habían realizado el gran viaje.

   La meta de estos peregrinos era cierta región paradisíaca donde la Felicidad, que era su emperatriz, se manifestaba con proverbial generosidad a sus súbditos. En aquel lugar, sin restricciones, podían regalarse todos con una placentera vida. Para materializar este anhelo inherente en el hombre, lo único que hacía falta era disposición al bienestar, ya que sus ingredientes estaban al alcance.

   La vida era allí una fiesta perpetua jamás opacada por la sombra del tedio. Músicos y trovadores recorrían los caminos reales y las calles de las ciudades, manteniendo viva la llama de la alegría con la expresión de su arte. Junto a ellos iban las bayaderas, obsequiando a la vista con deliciosas escenas de coreografía que obtenían gracias a las armoniosas contorciones de sus cimbreantes y sinuosos talles.

   Aquí, allá y por todas partes se hallaban presentes esbeltas y curvilíneas sipas (mujeres jóvenes), a quienes las insinuaciones galantes no caían jamás en oídos sordos. Aún más: eran ellas quienes tomaban la iniciativa, mientras que el hombre se limitaba apenas a escoger a la postulante que le ofreciese mayores posibilidades de dicha con su compañía. Sin embargo, tal cosa no era tan sencilla como parece, ya que la tarea de elegir a la más bella de un grupo de mujeres hermosas por igual, ciertamente, no podía ser una tarea más difícil. Pero también, debido a la uniformidad de belleza de las jóvenes entre sí, tampoco cabía el peligro de salir perjudicado con una posible equivocación. En todo caso, el elector tenía asegurada la felicidad de su existencia, si se ha de convenir que la felicidad de una persona radica en la perfección de su pareja, claro.

  En aquella venturosa región, situada en algún lugar de Ukhupacha, el bienestar no se reducía únicamente al que otorga la compañía de una agradable pareja, que de sí es mucho. A él se sumaban motivaciones que otorgan a la existencia del humano ser una auténtica complacencia. Sus praderas se hinchaban de rebaños de guanacos, alpacas y vicuñas, que proveían de carne y lana en abundancia. Sus bosques vibraban con la música de las canoras y los jardines se vestían sempiternamente del multicolor de las flores y las juguetonas mariposas. Y, algo más allá, naciendo del pie de la montaña vecina, discurría alegremente el arroyo que iba a engrosar las aguas de un gran lago apacible, donde ufanas deslizaban las barquitas de totora.

   Pero llegar a semejante paraíso no era tan simple. Aparte de esporádicos encuentros con malvados demonios que trataban de estorbar el avance de la marcha, los caminos de Ukhupacha, entretejidos entre sí, constituían un laberinto difícil de superar. Así los peregrinos se veían las más de las veces en la necesidad de vagar años y años por aquellos caminos hasta que pudiesen, casi siempre por obra de la casualidad, alcanzar su dorada meta. En tanto, cansados y hambrientos, requerían a menudo del socorro de sus deudos que aún moraban en el mundo de los vivos. Para tal fin contaban los difuntos con un día de vacación en el año, en el cual podían abandonar sin dificultad Ukhupacha.

   Esta fecha tenía lugar el uno de mayo y la denominaban “Día del Reencuentro”. El reencuentro se llevaba a cabo en el cementerio y su tiempo, como era de esperar, transcurría entre preguntas mutuas, copiosos jarros de chica y suculentos platillos que fueran precisamente de la preferencia del visitante cuando era éste todavía parte de la demografía de este mundo. El agasajado no se hacía de rogar y, con el hambre acumulada durante todo el año, hacía los honores de cuanta vianda le ponían por delante. Llegada la noche, el difunto se marchaba a Ukhupacha y sus deudos a sus respectivas casas. No volverían a verse sino hasta el próximo año, por supuesto, si aquél continuase aún vagando por el intrincado laberinto.

   Con el advenimiento del cristianismo Ukhupacha fue transformado en el infierno de acuerdo con la concepción católica, y el “Día del Reencuentro” fue reemplazado por el de los Finados. Sin embargo, en muchas poblaciones rurales de los Andes, junto a las ceremonias impuestas por el clero, se practica todavía la del “Día del reencuentro”.
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   *Todo el territorio comprendido del Imperio Incaico.

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