PERFUME DE ROSAS

  Carlos Villamarín Escudero

 

    Al despuntar la mañana,
   transportado por la brisa,
   el aroma de las rosas
   se filtró por mi ventana.
                                     ....

 

  La proverbial afición de Cecilia por las rosas, hubiera menguado importancia de aquel poema que, como tantos otros que los había compuesto sobre el mismo tema, lo habría relegado de inmediato al rincón más apartado del olvido y su lugar, gracias a la prolífera inspiración que poseía, lo ocuparía con otro, como era costumbre. Pero esta vez su labor poética no se enmarcaba en la mera distracción sino en un propósito mucho más concreto y saturado de solemnidad. Pues la seriedad y delicadeza con que había asumido la responsabilidad de transcribir al papel el dictado de su inspiración, eran obvias. En cada verso, como en un diáfano cristal, reflejaba el especial cuidado puesto en él al componerlo. Además, los había escrito al pie de una ilustración que representaba una hermosa flor de rosal, la cual guardaba como un verdadero tesoro, sin permitir siquiera que la mirasen otros. A esto se suma que lo había efectuado hallándose muy enferma.

   —Madre —dijo Cecilia, ofreciendo un pedazo de cartulina a Sara, la joven y pálida mujer que, reclinada sobre ella, le miraba sin conseguir disimular la tristeza que le subyugaba—, quiero que la imagen de esta rosa, acompañada de mi última composición, sea para ti mi mejor recuerdo.

   La angustiada madre recibió embargada de emoción el obsequio que le dedicaba su hija y, mientras leía los versos de la poesía, plasmados con aquella cándida alegría que caracterizaba a su hija, sentía sumergirse en un océano de ternura.

   ....
  
Aquel saludo divino
   acarició mis sentidos
   que yacían suspendidos
  
cual guijarros del camino.
                                        ....

    De pronto, como movida por una fuerza misteriosa, suspendió la lectura para llevar su trémula mano a la afiebrada frente de la niña, cada vez más debilitaba por la dolencia que la consumía, y prorrumpió en incontenible llanto. Sus sollozos, teniendo como fondo el repiqueteo de la gélida y pertinaz lluvia que golpeaba la ventana, producían un efecto conmovedor.

   —Madre —insistió la niña —, quiero que tengas presente siempre lo que te pido.
   La mujer volvió a poner su mirada en los versos:

   ....
  
Las tinieblas de mí mente
   depusieron su presencia
   ante la real inminencia
   de un despertar sonriente.
                                       ....

   Pero enseguida se puso a contemplar a la enferma.

   —Sí, hijita mía. No lo olvidaré nunca. Te prometo, además, memorizar tu bello poema —musitó la angustiada mujer, acrecentando su llanto. Pero dándose cuenta de inmediato de que con semejante actitud no hacía otra cosa que fortificar el pesimismo de la enferma, intentó enmendar su error apelando a un comentario revestido de optimismo y, suspendiendo a duras penas las lágrimas, añadió—: Vamos, pequeña mía, que tu indisposición no es para tanto. ¡Oh! Pero si es hora ya de suministrarte el medicamento. Don Pedro me ha asegurado que unas cuantas cucharaditas de este maravilloso jarabe son capaces de acabar en un santiamén con la enfermedad más perniciosa. Debes saber, ángel mío, que don Pedro no siempre fue tendero, pues en su juventud sirvió al ejército como enfermero. Ya lo verás, niña mía, cómo te recuperas enseguida y el día de tu noveno cumpleaños, que será el viernes de la próxima semana, lo celebraremos llenas de alegría en compañía de tus condiscípulas. A propósito, por la mañana estuvieron aquí Rosaura y Magdalena para saludarte. Dormías y preferí no despertarte.

   —¡Mamá! —exclamó Cecilia con debilitada voz— ¿Por qué continuar engañándonos más? Bien lo sabes tú que todo está perdido para mí en este mundo. Mi cumpleaños lo celebraré en el cielo.

   De los enrojecidos ojos de la acongojada madre volvieron a surgir copiosas lá­grimas que parecían no agotarse nunca. Sentada al borde de la cama en la cual el fruto de sus entrañas tenía impostergable cita con la muerte, era la imagen misma de la desolación, que se la hubiese podido comparar con la Virgen de “La Piedad” de Miguel Ángel. Sin embargo, anclaba aún la esperanza en el advenimiento de un milagro que surgiría para interponerse entre su hija y la dama de la guadaña. Su fe en Dios era grande y, en consecuencia, de manera alguna podía descartar su oportuno socorro. Pero para que aquello se cumpliera era también indispensable la intervención de ella, ateniéndose a cooperar con la ciencia médica. La vía más idónea para que arribara el portento era ésa.

   —Hijita —dijo tiernamente a la niña, ofreciendo la droga prescrita por el doctor—, tómala, por favor. Tengo la confianza de que te sentará bien.

   —Madre mía, no exijas complacerte con algo inútil y, además, desagradable —expresó la niña, negándose a tomar la medicina—. Sólo te pido me traigas una rosa. ¡La flor que tanto amo! Lo sé que no será fácil, pero la presencia real de ella me hará sentir feliz.

   ....
   Mis ojos en su alegría,
  
buscaban con persistencia,
   sin detectar la presencia
   que mi olfato percibía.
                                  ....

   —La buscaré y te la traeré, niña mía —dijo a su pesar Sara, consciente de que le sería imposible cumplir la promesa— iré ahora mismo a buscarla a dónde sea —y salió de la alcoba.

   Ciertamente, encontrar una delicada flor, como la solicitada, en aquel inhóspito paraje barrido siempre por el gélido viento cordillerano y castigado por granizadas constantes, donde Sara desempeñaba la función de maestra, era menos que imposible. Su clima no permitía más que la existencia de escuálidos matojos de mortiños y de pajonales y, desde luego, la fantasmal presencia de cierta variedad de cactus propia de las alturas. Con seguridad, una planta sujeta a extremo cuidado no habría prosperado allí ni siquiera al amparo de un invernadero. Las únicas plantas de ornamento con que contaban Sara y su pequeña eran en pintura. Lo virtual, con la contribución de la generosa imaginación, que todo lo puede cuando se trata de volar con alas de la ilusión, reemplazaba con algún éxito lo real. Sin embargo, Cecilia, no obstante su disposición para conformarse nada más que con la fotografía de su flor favorita, anhelaba poseer su modelo.

   ....
   Su perfume halagador
   en su esencia me envolvía,
   y a mi alma sometía
   con su abrazo embriagador.
                                            ....

   Desde hacía dos semanas se encontraba Cecilia recluida en el le­cho del dolor, aquejada de una rara enfermedad que los más renombrados curanderos de aquel poblado serrano, situado en lo más recóndito de la ruralidad, no conseguían diagnosticarla. Pero, eso sí, aun con sus precarios conocimientos de ciencia médica, coincidían todos en que la enfermedad era mortal con seguridad. La paciente, abrasada por una fiebre incandescente que desde el principio había dado cuenta con su apetito, a la sazón no era ni la sombra de sí misma. El mal, como el agua que, con su contacto, ablanda y termina por diluir un trozo de papel en breve lapso, la salud de Cecilia se hallaba en proceso acelerado e irreversible de desintegración. Para su desenlace fatal era sólo cuestión de tiempo.

   Sara, que por complacer a su hija hubiese dado sin titubear su vida, ni por un instante pensó en trasladarse a lugar alguno en procura de cumplir la promesa que acababa de formularla. Conocía perfectamente que en la vecindad ni en otro sitio del inhóspito páramo que habitaba, le sería posible dar con una rosa, quizá, ni siquiera con otra flor adaptada al riguroso clima predominante. Las tempestades de granizo que habían azotado a esa zona durante los últimos días, habrían reducido a escombros a todas ellas.

   En tal caso, lo lógico hubiera sido concurrir a la ciudad más cercana o a lugares en disfrute de temperatura benigna, donde el obtener una rosa no hubiese constituido dificultad ninguna. Pero, desgraciadamente, a ello se oponían dos inconvenientes: Primero, la falta de transporte adecuado que abreviara la significativa distancia que mediaba entre aquel pueblo olvidado y la civilización; segundo, tenía Sara el presentimiento de que su hija se iría con mayor celeridad del que se requería para tronchar la apetecida flor de su tallo. ¿Qué debía hacer entonces?

   La desdichada madre, en su desesperación por cumplir con el último encargo de su hija, iba de un lado para el otro, pero sin apartarse demasiado de la casa, buscando lo que sabía de antemano que no lo iba a encontrar jamás.

   Fue entonces cuando alguien le sugirió que ante esa circunstancia seria de gran utilidad una pequeña mentira piadosa. A falta de una rosa real, que resultaba imposible de conseguir, llevarle una artificial, de aquellas con que, por lo general, en cada casa, adornan el altar del santo de la devoción de la familia. El estado de postración de la niña, quizá no le permitiría a ella notar la diferencia.

   Y Sara procedió así.

   Cecilia parecía dormir sosegadamente. Su quietud era absoluta y la respiración regular. Mas, en cuanto percibió la presencia de su madre, abrió los ojos y al ver que ésta llevaba consigo el objeto solicitado, valiéndose de un supremo esfuerzo, extendió sus debilitados brazos para alcanzarlo cuanto antes. La entristecida madre temió por la decepción que su hija iba a llevarse al notar que habían intentado engañarla. Pero en cuanto las manitas de la niña tocaron aquel artificio de papel y cera, que pretendían ser una rosa, ¡se transformó éste en una fresca y perfumada flor tan real como todas las rosas del mundo! Besó repetidas veces la inmaculada flor de sutiles y aterciopelados pétalos, luego, delineando en su pálido rostro una sonrisa angelical, cerro los ojos para siempre.

   ....
  
Y ni espíritu sediento,
  
anhelante de emoción
   bebió lleno de efusión
   el almíbar de su aliento.
                             

   Ese mismo instante, la estancia se inundó de una exquisita esencia de rosas, como jamás se percibiera otra semejante, la cual acompañó a la fallecida hasta la sepultura.

   Quienes fueron testigos de estos portentos, aseguran, además, que días después, sobre la sepultura de Cecilia, surgió espontáneamente un florido rosal que, con los pétalos de sus níveas flores, formó durante mucho tiempo un perfumado manto, como galardón a quien amara tanto a su especie.