Killa junt'asqa
(Plenilunio)

   Por: Dr. Carlos Villamarín Escudero

   Cae la noche en el altiplano y de inmediato ésta se llena de inescrutables presagios que gravitarán en el estado de ánimo y la conducta misma del habitante andino. Es que el lado opuesto del día es feudo natural del misterio y en sus intrincados laberintos se agazapan mil desagradables sorpresas y peligros horrorosos difíciles de poder sortearlos.

   La oscuridad, asesina contumaz del color y las formas, no encuentra mayor satisfacción que en devorar todo cuanto cobijan sus fuliginosas alas. El ponerse bajo su protección equivale a desprotegerse. Porque entonces el peligro, en sus múltiples expresiones, está presente en todas partes. Y es cuando el noctámbulo se expone a la perversidad de inopinados espíritus que pueblan la noche. Salir bien librado de su imperio, significa nada menos que andar de mano de la fortuna.

   Sin embargo, las tinieblas de la noche, con todos sus males, son un peligro menor en comparación con los que trae consigo el plenilunio, esa poesía nocturnal expresada en platinada luz. Un riesgo que adquiere mayores proporciones, cuando el espectador no quiere o no puede substraerse a la atracción del hechizo lunar.

   Cuando la majestuosa killa junt’asqa (luna llena), en toda su opulenta redondez, contempla desde el cielo a los seres terrestres, patéticos juguetes de sus travesuras de diosa caprichosa, nada permanece estable en quienes constituyen su objetivo. El mágico arrobamiento que, junto a sus luminosos rayos, fluye de ella, origina en éstos diferentes y antagónicas reacciones según su particular temperamento.

   Bajo su influjo, un hipnótico embeleso se adueña de los sujetos de índole soñadora, anulándoles la voluntad y tornándoles insensibles a cuanto les atañe o les rodea. En esas circunstancias, bien podrían ser desollados vivos sin que se diesen cuenta de ello. En cambio, los tipos propensos a la animosidad asumen la sensación de verse de repente transformados en verdaderas fieras, que sienten la perentoria necesidad de aplacar con sangre la sed de venganza que experimentan por sus semejantes. El don de la razón se les abandona para dar sitio a la instintiva fobia agresiva de la bestia acorralada. Es entonces cuando se producen atroces crímenes sin aparente razón. El cobarde como el pendenciero, tampoco consiguen escapar con el espíritu ileso del embrujo que les ha hecho víctimas la reina de la noche. Tanto el uno como el otro, sufrirán alteraciones idiosincrásicas significativas que les harán aparecer muy diferentes de lo que son en realidad. Así, el uno, de pronto envalentonado, será capaz de vapulear al próximo por un quítame de allá esas pajas, y el otro, convertido en sumiso cordero, se dejará vapulear sin levantar la vista. Una extraña locura se apodera de la gente.

   Nada es igual ante la omnipresencia de la diosa Killa. Bajo su escrutadora mirada todo se altera. Aún los representantes del reino animal registran en lo profundo de su fuero la irradiación mágica de Killa junt’asqa, demostrándola con extraño y repentino comportamiento. Los equinos emprenden veloz carrera, como acicateados por un jinete invisible; las canoras, olvidándose de pronto sus musicales trinos, atruenan el ámbito con desaforados chillidos, y los canes se desgañitan con lúgubres aullidos.

    Temeroso de las consecuencias nefastas que representa el advenimiento de Killa junt’asqa, el campesino del altiplano, evitará a toda costa el placer de contemplarla, aunque sea éste un sacrificio difícil de asimilarlo.
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