El gato azul

   Por: Alexander Herrera Villarreal*

   Todo comenzó cuando tía Irene llegó a casa con un gatito rojizo en brazos. Tenía sólo un par de meses de nacido y aún precisaba de cuidado esmerado. Cuando el felino fue introducido en casa fue un día de inmensa alegría para los niños del hogar, mi hermanita y yo. Ella dejó a un lado sus muñecas para adoptarlo de inmediato al animalito y me pidió sugerir un nombre para bautizarlo. Le dije que podíamos llamarlo Gabriel, en recuerdo de cierto primo pelirrojo de mamá, cuya pelambrera tenía una  extraña semejanza con el rojizo pelaje del gatito.

    La tarde y parte de la noche de ese día, la grata presencia de Gabriel nos otorgó mucha felicidad, ya que estábamos acostumbrados a contentarnos con juguetes inertes, o de aquellos mecánicos, que funcionaban contados minutos mientras dura la carga de su batería. Mas ahora gozábamos de un “artefacto” que no requería de elaborada alimentación eléctrica, cuyo costo asumía mi padre a regañadientes, y todo lo que le hacía falta para funcionar a la perfección era unas cuantas cucharaditas de leche y unas migajas. Sobra decir que con semejante combustible contábamos ilimitadamente.

   En cuanto el diminuto felino llegó a mis manos, concebí la idea de convertirlo en un gato bailarín con el cual visitaría las ferias y haríamos las delicias de chicos y grandes con su graciosa danza. Desde luego, no era un proyecto aventurado pretender amaestrar un dócil gato y, con algo de suerte, convertirlo en experimentado artista. Pues en el circo había visto yo danzar a las mil maravillas a feroces osos.

   Con miras a realizar cuanto antes mi ambición, tomándole por las extremidades anteriores y llevándolo acompasadamente de un lado para otro sobre sus pies, como lo haría con una pareja de baile, puse de inmediato a iniciarlo en ese bello arte mientras marcaba el ritmo musitando un sanjuanito en boga.

   Todo iba bien hasta que Dejanira, a viva fuerza, trató de arrebatarme a Gabriel. En el forcejeo, éste, desprendiéndose de las manos se precipitó al vacío con gran peligro para su preciosa existencia. Lancé un terrible grito de terror sintiendo que mis ilusiones se desvanecían en un instante, pues ya nunca me exhibiría en las ferias de los pueblos con un gato danzante. Pero para mi sorpresa, al magnífico gato nada le sucedió. Con gran agilidad efectuó una increíble pirueta en el aire y aterrizó con suavidad sobre sus pies. Acto seguido, perseguido por mi hermanita, trató de encontrar refugio debajo de los sillones de la sala. La proverbial agilidad que había mostrado el animal, me dio la idea de que más bien podría convertirlo fácilmente en acróbata.

   Luego Dejanira se apoderó de Gabriel y no hubo razón ni fuerza humana capaz de obligarla a dejarlo libre. Acunando en sus brazos no cesaba de arrullarlo y acariciarlo como a un bebé. Con la esperanza de que algún momento se cansara de su nuevo juguete y entonces poder yo disponer de la compañía de él, fui a la cama, pensando siempre en el proyecto de amaestrarlo. Aquella noche soñé con ferias y circos en donde al gato y a mí nos obsequiaban con aplausos.

   Me desperté temprano y, antes de que mi posesiva hermanita pensase nuevamente en apoderarse de Gabriel, lo tomé y reinicié con ahínco las lecciones de danza. Sin embargo, mi alumno se mostraba poco predispuesto a aprovechar mis doctas enseñanzas y, profiriendo lastimeros maullidos, trataba a toda costa de huir de mí con la intención de refugiarse en el rincón más oscuro de la casa. Me sentí decepcionado y poco a poco me hice cargo de que había tratado de ayudar a un ingrato. Definitivamente de Gabriel no conseguiría siquiera un bailarín mediocre, ya que lo único que sabía hacer era saltar con agilidad como un verdadero saltimbanqui. Pero ¿qué mejor cosa podía esperar yo que el poseer un gato atleta que, con sus espectaculares acrobacias, causase sensación en el benemérito público? ¿Acaso los trapecistas del circo no eran los más aplaudidos?

   Reanimado, me dediqué a entrenar a Gabriel en la disciplina del deporte, especializándole en el arte de ejecutar brincos, saltos y volantines con la mayor gracia y perfección. Afortunadamente no encontré la menor dificultad para impartir las nuevas lecciones, puesto que el pelirrojo gatito mostraba verdadera aptitud y buena disposición para ello. Durante todo el día me convertí en su profesor.

   ¡Me sentía el niño más feliz de la tierra!

   Coincidencialmente, por la tarde, una de nuestras vecinas apareció con otro gatito de color gris azulino para obsequiarnos, el cual parecía ser más inteligente y vivo que el primero. Pronto los pequeños felinos, ateniéndose al llamado de la raza, se buscaron mutuamente. Jugaban y se perseguían divertidos de la mañana a la noche, por cierto cuando se los permitíamos. Fue entonces cuando creí descubrir que también el Gato Azul (que así lo bautizamos de inmediato) había pertenecido a la misma escuela de Gabriel, ya que los dos eran expertos en conseguir caer sobre sus pies cuando los soltábamos desde cierta altura. Además, sin duda el Gato Azul sería el alumno más aprovechado, ya que efectuaba sus actos de acrobacia con mayor perfección y elegancia que su congénere. Eso iba a facilitarme las cosas acerca de mi proyecto de incursionar en el campo circense, ya que mi trabajo se reducía tan sólo a explotar su innata habilidad. Por otra parte, esto me satisfacía enormemente, puesto que Gabriel iría aprendiendo poco a poco de la pericia de su compañero.

   Pero no todo era color de rosa. Tal como me temía, ahora Dejanira no sólo que retuvo con ella a Gabriel, sino que también se aficionó del Gato Azul a quien lo colgó inmediatamente a su cuello a manera de corbata, sin permitirme que lo tomase siquiera por breves instantes. Pasaba junto a los gatos durante el día y, a veces, llegada la noche, pretendía ir con ellos a la cama, cosa que la abuela conseguía impedir a duras penas. De modo que yo apenas disponía de oportunidad para el entrenamiento de mis futuros artistas.

   Pasaban los días y el tiempo parecía no afectar a Gabriel, que se mantenía casi tan pequeño como cuando lo trajeran, mientras que el Gato Azul crecía con la celeridad que lo haría un cachorro de león. La explicación debía estar en que el primero pertenecía a una raza pequeña, y el segundo a una grande, muy grande, de aquella que la llaman de “angora”. Pero su acelerado desarrollo nada bueno trajo consigo. Con el incremento de su tamaño se presentó con una notoria agresividad manifiesta en despiadados arañazos que ponía en riesgo la integridad física de quien tenía la osadía de ponerse a su alcance. Además, peleaba a menudo con el pobre Gabriel, disputándole la carne de su plato, provocando quejumbrosos maullidos al perjudicado. Pero su peor manía consistía en morder y arañar a quien trataba de impedir sus desmanes. De pronto resultó imposible hacer buenas migas con semejante demonio que esgrimía sus zarpas por un quítame de allí esas pajas.

   Ahora arañaba con frecuencia las manos de Dejanira y en cierta ocasión faltó poco para que llegase a partir en dos uno de mis pabellones auditivos. Muy lejos de domesticarse, cada vez se tornaba más indómito y misántropo, echando con ello por tierra mi ilusión de verlo convertido en un aclamado artista. Pero, a decir verdad, con Gabriel tampoco había tenido yo mejor fortuna. Este gatito, llorón y algo torpe, si bien no había adquirido la mala costumbre de morder y sólo en contadas ocasiones se le había dado por enseñar las uñas, en cambio hacía caso omiso de mis desvelos por educarlo. Y todo terminó cuando una mañana, al despertarme, me enteré que durante la noche anterior había desaparecido éste. La opinión general era la de que alguien se lo había robado, sin poder substraerse de sus encantos, porque a todos les parecía un animal de estima. Mas yo estaba convencido de que lo habían secuestrado y que pronto recibiríamos la consabida nota reclamando su rescate. Sin embargo, nunca se volvió a saber nada de él.    

   A medida que transcurría el tiempo, el Gato Azul, que parecía no cesar de crecer un solo instante, no mejoró su comportamiento. Arisco y altanero, prefería merodear los tejados al calor del regazo de sus amos. Poco después —aseguraban— que andaba él en malas compañías y que se había convertido en contumaz asesino. Exterminaba con proverbial sadismo a los gorriones y colibríes que visitaban el jardín de nuestra casa y los de la vecindad.

   A partir de entonces, el malvado felino se dejaba ver sólo en muy contadas ocasiones. Sin embargo, en altas horas de la noche, con frecuencia se le oía rugir cual tigre enfurecido, no lejos de casa. Aquello, más que sembrar en mí el pavor, me embargaba de tristeza. La pérdida de aquél en quien había cifrado la esperanza de verlo convertido en algo útil, no podía asimilarla. El saberlo descarriado me descorazonaba.

    Buscaba constantemente la manera de atraerlo con la ilusión de ganarme su confianza, mas todo intento para acercarme a él era diligencia inútil. El ingrato, en cuanto notaba mi presencia, huía sin permitir que le demostrara mis buenos propósitos. Con el paso del tiempo, la intención de regenerar al Gato Azul fue debilitándose en mí y finalmente se desvaneció. Había llegado a la conclusión de que era un caso perdido. Pronto encontré otras distracciones que ocuparon completamente las horas del día. Sin embargo, soñaba siempre que, arrepentido de sus fechorías, había vuelto él al buen camino.

   Quito, noviembre del 2000
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  *David Alexander Herrera nació
     en Quito, el 11 de abril de 1991