Fantasmas en Carondelet
   Carlos Villamarín Escudero

  Cuando ocurre un milagro, éste tiene lugar siempre en la antípoda. De esa manera jamás se podrá comprobar su autenticidad. En cuanto a apariciones de seres sobrenaturales se refiere, aun cuando se trate de visiones producidas en la misma área local, sus relatos evocan en cambio sucesos situados por lo menos a dos o tres generaciones atrás. Su propósito es obvio: pretender descartar posibles detracciones. Por cierto, en ambos casos, la noticia se expande aureolada por la duda.

A pesar de todo, no es justo ni prudente negar a priori la veracidad de cuanto se dice sobre un asunto digno de mayor atención, aduciendo sin más la intervención de la fantasía. Pues de muchos de los relatos que tienen que ver con fantasmas, existen pruebas irrebatibles de su legitimidad. Un ejemplo patente de esto viene manifestándose periódicamente en el Palacio de Carondelet (residencia oficial del presidente de la república) de la ciudad de Quito.

   Ciertamente, para nadie constituye secreto alguno las peripecias que, a causa de los espectros que moran en aquel centenario palacio, han pasado los últimos presidentes de Ecuador. Ante el riesgo de vérselas con fuerzas surgidas del Más Allá, resulta inadmisible que un mandatario no se viera tentado por abreviar el período de su gobierno y huir cuánto antes del país.

   No se trata desde luego de ninguna broma macabra, tampoco de patrocinar a ultranza la superstición, máxime que el asunto atañe a tan célebres personajes, espejo y modelo de virtudes, aunque más de uno de ellos fueran calificados de bribones y de tener motivos suficientes para merecer la hospitalidad de las húmedas mazmorras del ex Penal García Moreno. Nada oscuro ni dudoso hay aquí. Las pruebas saltan a la vista, como se suele decir. Pues el mismo Abdala Bucaram, a escasos días de haber asumido la Presidencia de la República, ante diversos medios de comunicación, declaró que enfurecidos fantasmas le impedían habitar el Palacio de Carondelet y que, debido a ello, se veía obligado a mudar su residencia al Hotel Oro Verde. Seis meses después se refugiaría en Panamá y buscaría consuelo allí con el tapete verde.

   El entonces mencionado presidente, transpirando nerviosismo y con voz entrecortada por el miedo, comentó que a pesar de que jamás se le había ocurrido usar la cama de sus predecesores, una tarde, se le presentó el espectro de García Moreno, para prohibirle acercarse siquiera a ella. Luego, sus edecanes confirmarían la versión, que, por lo demás, en nadie concitó admiración, ya que la ciudadanía conocía desde mucho antes la presencia de fantasmas en Carondelet. Es más, ella estaba al corriente de que el fantasma de García Moreno, aquel tirano que, en pleno ejercicio del poder, fuera abatido a machetazos, era el más belicoso de todos y el que con mayor saña escarnecía a sus desdichados sucesores, enloqueciéndoles las más de las veces. También tenía conocimiento de que los demás espectros (pertenecientes también a gobernantes extintos), sin distinguirse por su bondad, se contentaban con dejarse ver de tarde en tarde, recorriendo los pasillos, con el fin de dar un pequeño susto a los esbirros palaciegos que pululan por ellos. Son éstos, por lo visto, espíritus de segundo orden y desprovistos de carácter firme, al igual que niños traviesos, se divierten jugando inocentes bromas a los medrosos.

    No obstante, no todos los cortesanos han salido bien librados. Es un secreto a voces que el esposo de la nieta del presidente Sixto Durán Ballén, un caballerete sibarita que no se nutría sino de flores y miel, mientras moró en Carondelet, llegó a granjearse la enemistad de estos espectros segundones a tal punto que su seguridad se tornaba a instantes muy precaria. Compadecido entonces su “Abuelito” político de ver en él la desesperación por dejar no sólo el palacio, sino también el país, le ayudó personalmente a fugarse hacia Estados Unidos, utilizando para ello el propio avión presidencial. Pobre angelito, ya podría curar el susto en los casinos de Las Vegas.

   Los fugas más espectaculares de Carondelet, por similares motivos, fueron las de Alberto Dahik y de Jamil Mahuad (vicepresidente y presidente, en su orden). El primero, a bordo de una nave supersónica, piloteada por el mismo prófugo, que les dejó cortos a los raudos espectros persecutores. El segundo, sorprendentemente, consiguió huir disfrazado de enfermera, en un coche-ambulancia más bien lento pero, como todos estos vehículos, provisto de una potente sirena que le aseguraba un desplazamiento por vía despejada.

   Por tanto, el magnífico palacio de Carondelet no sería sino una jaula de oro. Durante el día y la noche, pero más la noche que el día, constituiría una tortura habitar la lujosa mansión. El doctor Fabián Alarcón, quien fue encarcelado en cuanto concluyó su presidencia, diría al respecto que más tranquilo se halla en prisión que en el palacio presidencial.

   Sólo así se explica el porqué de la urgencia de los presidentes ecuatorianos en abdicar a su alta envestidura. No hallándose seguros en el seno de su residencia aparentemente inexpugnable, protegida exteriormente por una temible guardia pretoriana, es fácil colegir que las protestas de parte de reducidos grupos de ciudadanos hambrientos y semidesnudos, les sirve tan sólo de pretexto para huir inmediatamente de allí, ¿no les parece?