El Fantasma del Hidalgo

Carlos Villamarín Escudero

 

    La idílica ciudad de Latacunga no siempre fue un lugar de calles y parques concurridos hasta altas horas de la noche, donde el amigo del aire fresco y las parejas de enamorados pasean despreocupados bajo la célica mirada de las estrellas. Hubo, pues, una época en que no había sitio para semejantes caprichos, no obstante la frustración de las almas románticas. Por entonces, el devoto del fresco debía conformarse con las caricias del agua fría y los amantes no tenían otra opción que la de entrevistarse a la luz del día y ser blanco de miradas indiscretas. Mas este sacrificio, por grande que pareciese, resultaba un precio insignificante para evitar el peor susto de su vida.

   El miedo, un miedo pánico, que se abatía como una ominosa y negra nube sobre los noctámbulos paseantes, surgía del peligro de encontrarse de repente con el abominable fantasma de don Álvaro de Espín y Villavicencio, quien concluyó sus días, en la más absoluta demencia, ahogándose en aguas del Cutuchi. Tal vez los latacungueños de aquella época fueran aprensivos, pero si la décima parte de lo que decían era cierto, tenían más que suficiente para estar aterrados.

   En cuanto caía la noche y con la complicidad de sus sombras, que obran sobre la natural desconfianza del noctívago, de catalizador para generar temor, el espectro hacía suya la ciudad. Surgiendo de improviso de una sólida pared, de un árbol, o simplemente de la nada, como si atravesase una puerta invisible, la espeluznante figura de un hombre de rostro cadavérico y ojos de chispeante mirada, vestido a la usanza de los nobles del siglo pasado y armado de espada, cerraba el paso a los transeúntes, paralizándoles de terror. Y mientras éstos le miraban alelados, con voz de trueno y frases obscenas, les conminaba a devolverle su novia, que aducía tenerlos secuestrada.

    Ante semejante aparición, que confirmaba la existencia del reino de las tinieblas y la perversidad de sus diabólicos súbditos, los nervios del más valiente quedaban destrozados. Sin embargo, los amedrentados peatones, impelidos por su instinto de conservación, extrayendo fuerzas de flaqueza, emprendían acelerada huída, perseguidos de cerca por aquel engendro dispuesto a herirles con su espada, de cuya pavorosa hoja arrancaban las estrellas tétricos destellos.

   Una vieja crónica dice que el fantasma, vociferando que le entregasen a su amada, perseguía a los forzados corredores únicamente hasta cuando conseguían éstos refugiarse en el interior de alguna casa, adonde a menudo ingresaban tumbando la puerta y echando espuma por la boca. Luego, expresando su frustración con atronadoras blasfemas, se dirigía al puente del río Cutuchi, cuyas aguas atraviesan la ciudad, y desde él se lanzaba hacia su gélida corriente.

    Otra fuente de información más reciente afirma que el espectro aterró a los latacungueños durante ochenta largos años, y que sólo cesaron sus andanzas cuando sus huesos fueron recogidos del lecho del río (esto es del sitio mismo donde se suicidara don Álvaro de Espín y Villavicencio, lanzándose desde el puente) y enterrados en campo santo. No obstante, aun hoy existe quienes aseguran que aquella alma en penas jamás ha renunciado a deambular por las noches y que más bien ha extendido su campo de acción a las ciudades vecinas.

    Pero ¿quién fue don Álvaro de Espín y Villavicencio cuando pertenecía a este mundo? La misma "vieja crónica" aclara algo sobre la tempestuosa vida de aquel hidalgo, dando cuenta de una serie de tropelías adjudicadas a él. Y lo que dice, ciertamente, nada bueno abona en favor suyo. Lo acusa de esclavista, de ladrón consuetudinario, de flagelador, de espadachín asesino y de satán en persona. Parece que el ánimo del cronista, quizá víctima o testigo presencial de alguno de los desafueros cometidos por el hidalgo, lo predispusiera en su contra. Pero si se examina con imparcialidad lo que acontecía hace casi dos siglos aquí, los cargos contra don Álvaro, aunque no pueden ser desvanecidos así como así, al menos merecen atenuantes. Ya que él, como muchos otros coetáneos suyos, ¿no fue sino una víctima del sistema predominante de la época? Y basta sólo con mirar la historia del Ecuador para entender cómo marchaba la sociedad de ese entonces.

   Finalizaba el primer cuarto del siglo diecinueve y los tempestuosos días de lucha por la emancipación política de España habían quedado atrás. Ahora corrían aires de libertad por todo el país y, al fin, los ecuatorianos podían elegir libre y democráticamente a sus gobernantes de entre los gamonales compatriotas más hábiles en el engaño. Qué felices se sentían, pues ya podían ser tiranizados por su propia gente. Sin embargo, en la práctica, ni siquiera eso ocurría. Eran los mismos españoles, que habiendo avizorado el resultado de la lid fingieron apoyar la causa independista, quienes continuaban tras bastidores gobernando despóticamente el país de la Mitad del Mundo. En cuanto a los “criollos”, eran considerados ecuatorianos, ecuatorianos de primera clase, desde luego. En consecuencia, con derecho a detentar tanto el poder civil como el eclesiástico. La nobleza de su prosapia era la mejor vía para llegar a la meta que se hubieren impuesto.

   En semejantes circunstancias, era raro que un español o un criollo descuidase de llenar su faltriquera en el menor tiempo posible. Y el hidalgo Álvaro de Espín y Villavicencio no era precisamente un criollo descuidado ni alguien que se hubiese distinguido por el dispendio. Gracias a su privilegio de corregidor de la ciudad, que equivalía a poseer patente de corso, sin ocuparse más que en economizar hasta el último “calé”, fue amasando una cuantiosa fortuna que le aseguraba llevar, en compañía de su futura cónyuge, una vejez tranquila y digna. Y bien, ahora que contaba ya con fortuna, sólo le quedaba por elegir esposa para ponerse a disfrutar de las excelencias de la vida. Además, no iban a faltarle en la ciudad hermosas damas predispuestas al matrimonio, ya que él era un excelente partido aun para la más exigente de ellas. Tras examinar y evaluar la belleza de cada una de las jovencitas de la localidad, se decidió por Virginia, una mujer verdaderamente hermosa. Y, tan sólo con elegirla en secreto, dio el hidalgo por sentado que ella sería su esposa.

   Pero con lo que don Álvaro no contaba era con que la mujer elegida por su corazón no podía aceptar su amor, porque estaba prometida desde niña al gobernador de la provincia. Semejante noticia le quitó el sueño a nuestro hidalgo, que en adelante se tornó en un ser arisco e irascible, que disfrutaba con descargar su furia en la servidumbre con sadismo inusitado. En su ofuscación, que no le permitía razonar, jamás pensó en curarse, recurriendo a otra mujer, que habría sido lo más idóneo para paliar el desengaño. Y en esas circunstancias fue fácil presa de la obcecación que le conduciría a la locura.

   En su enajenación, se convenció de que la bella Virginia había sido secuestrada y que era él el llamado a rescatarla, utilizando su destreza de espadachín experimentado. Y con semejante idea royendo la mente, espada en mano, recorrió calles y plazas de la ciudad sembrando el pavor y dejando maltrechos a más de uno de sus habitantes que los tomaba desprevenidos. Mas un buen día, el hidalgo loco desapareció sin dejar huellas de sí. Surgieron rumores acerca de que, en su desesperación por ignorar siempre el paradero de su amada, se había lanzado al río. Pero las autoridades hicieron caso omiso de los chismes y nadie movió un dedo para buscar, lo que quedaba de él, en las turbulentas y frías aguas. Y todos empezaron al fin a respirar tranquilidad.

   Mas para los latacungueños, aquella tranquilidad había sido una efímera ilusión que se desvaneció apenas una semana después de la desaparición del hidalgo, que fue cuando se franquearon los portales del averno, para permitir la salida del fantasma de éste. Los primeros en verlo fueron unos mozalbetes que, algo bebidos, se habían congregado en la plaza del Salto, cerca de puerta de la iglesia próxima, para ver a las “hijas de María” cuando salieran del sagrado recinto. La naciente noche se presentó oscura y algo lluviosa, asunto que parecía no importarles a los chavales, que continuaban en su actitud de ansiosa espera como si nada. Entonces, la aparición del infernal espíritu, surgiendo de repente de la nada, de poco no les mata de susto. Pero, reaccionando positivamente, huyeron como almas perseguidas por el diablo.

   Fue en esa ocasión cuando aquel macabro personaje hizo su debut se dio y, por luengo tiempo, se apoderó de una de las más pacíficas ciudades.