El Saltadientes

 Carlos Villamarín Escudero

   Perder parte de la dentición cuando menos se lo espera, es sin duda una verdadera lástima, sobre todo si la pérdida consiste en las piezas incisivas. Porque nada más ridículo, ingrato y patético resulta mirar, y mucho más llevar, una boca coronada por encías vacías, aunque sea por breve lapso, ¿no lo creen?

   Ciertamente, la dentadura es el marco de la sonrisa. Sin aquélla, ésta no supera el plano de la mueca simiesca. ¡Cielos! Una calamidad que asusta y que con frecuencia da pie para formular nada halagadoras suposiciones y acerbas conclusiones. Así, si una mujer ha perdido los dientes se dice que ha perdido la belleza, y si un hombre ha corrido parecida suerte, bueno, se dice lo mismo y, además, que ha perdido la pelea.

   Y bien, estas consideraciones plantean la necesidad de conservar el conglomerado dental intacto y resplandeciente para prestigio y felicidad de toda persona que se respeta. Además, todo el mundo está en el legítimo derecho de presentar su rostro con el aspecto más atractivo que pudiere procurarse incluso con la magia del artificio. Mas, por desgracia, existe en esta ciudad un diabólico personaje empeñado en arrebatar este invalorable tesoro a la gente.

   Si se ha de dar crédito a las crónicas que han venido ocupándose de esta cuestión, este malvado ser, que prefiere siempre el lado opuesto del día para consumar sus fechorías de lesa estética, suele acechar a sus víctimas oculto en los vanos de las puertas y zaguanes, de donde sale de repente para atacarlas. No es amigo de circunloquios ni de aducir razones que justifiquen más o menos su violenta actitud. Se diría que está siempre deprisa. Un certero golpe de puño en la boca, un solo golpe pero ejecutado con la potencia de la coz de una mula, que resulta suficiente para hacer saltar buena parte de la dentición, y asunto liquidado. Y es, precisamente, esta especialidad que le ha valido al contumaz asaltante el nombre de "Saltadientes".

   Quienes han visto al “Saltadientes” —por haber sido vapuleados por él, principalmente— coinciden en señalarlo como un hombre de estatura, volumen y edad medianos, de ojos verde amarillentos, cabellera gris y atuendo negro. El aspecto general del espectro no infunde pavor a primera vista ni desconfianza cuando se acerca, caminando con pasos reposados, como quien no deseara sino continuar adelante sin provocar a nadie. Debido a ello, sus víctimas se ven sorprendidas sin posibilidad de preparar la defensa. Y sólo se enteran de que acaban de chocar contra un puño cuando les han dejado listas para alimentarse únicamente de papilla durante el resto de la vida, si no cuentan con dinero para procurarse una prótesis, por supuesto.

   Y mientras el vapuleado, sin acertar todavía a explicarse la razón de la sin razón ni tiene lógica al por qué, se pone a escupir uno tras otro los dientes que no los ha tragado, el espectro se encamina, con una pincelada de burla en el rostro, hasta la pared más cercana para atravesar su sólida estructura como si se tratase de una cortina de vapor o de humo.

   Existen por lo menos dos versiones que pretenden identificar al distraído sujeto que dejara olvidada su alma cuando hubo de marcharse de este mundo. Y, claro, nadie sabe a qué atenerse cuando trata de inclinarse por una de las dos ponencias, ya que, para mayor complicación, el “Saltadientes” jamás ha dicho esta boca es mía. Una de ellas da por seguro que el misterioso asaltante no es otro que el fantasma de un viejo y desalmado púgil, apodado casualmente "Saltadientes", fallecido en el cuadrilátero, sin duda de excitación, mientras machacaba la cara de su contrincante, hace tres o cuatro generaciones. La otra, tan pintoresca como la anterior, se basa en un suceso ocurrido en las postrimerías del siglo pasado y que describe las peripecias de un infortunado seminarista llamado Hernando, también conocido como “Oso”, quizá por sus movimientos torpes o por su fuerza poco común. En su parte substancial dice que “Oso”, a pesar de su incuestionable vocación para el sacerdocio y de su excelente talento, fue expulsado del seminario precisamente la víspera misma de ser coronado sacerdote. El motivo para la adopción de semejante actitud había sido la denuncia de que entre los antecesores de “Oso” existió más de un orate comprobado. La comisión encargada de investigar la imputación halló, para su desgracia, pruebas fehacientes de ella.

   El pobre “Oso” abandonó el seminario muy a su pesar, jurando por todos los diablos destrozar la boca del denunciante si algún día llegase a descubrirlo. Pero el tiempo corría y el delator continuaba en la sombra por esfuerzo que efectuara el perjudicado por develarlo. Y fue entonces cuando la mente del ex seminarista, víctima del agente atávico originado en sus ascendientes, empezó a desquiciarse. A partir de ese instante, en toda persona de mirada furtiva creía ver un sospechoso y a quien, por las dudas, había que saltarle los dientes.

   Pronto, esta clase de ataques se volvieron frecuentes y el contumaz agresor hubo de ser encerrado en una casa para enfermos mentales donde se dice que falleció al poco tiempo. Sin embargo, estas agresiones, que llevan implícito en sí el made in Oso, han continuado sucediéndose a lo largo del tiempo.

   Pero, ¿a quién de estos dos individuos pertenece el malvado fantasma denominado “Saltadientes”? Bueno, tal cosa no es trascendental para quienes suelen recorrer la ciudad de Quito por las noches. Lo importante es que él jamás los encuentre.