El Duende  

Carlos Villamarín Escudero

¡El duende! ¿Quién no ha oído mentar alguna vez a este mítico personaje? Quizá nadie. Sobre todo en la zona central de los andes ecuatorianos la creencia de la existencia del duende está tan arraigada como la realidad del viento o de la lluvia.

   De manera que, si a alguien se le ocurriese decir a su amigo que la noche anterior se había ido de parranda en compañía de un duende, el aludido sin vacilar y de inmediato preguntaría a su confidente cómo le había ido en asociación de aquel pillastre. Y, ciertamente, por increíble que parezca, no se imaginaría que su interlocutor le estuviese contado una broma, ya que tal cosa no tendría el mínimo objeto, porque que el duende es allí como alguno de la familia.

   Las experiencias que los moradores de esos lugares dicen haber pasado con este singular personaje son tantas y tan diferentes que difícilmente podría el investigador analizarlas todas. Desde luego, no todas estas “experiencias” soportarían el rigor de un examen concienzudo sin quedar reducidas a meras patrañas. Pero sin duda existen las que, por proceder de personas dignas de crédito, merecen ser catalogadas como acontecimientos verídicos.

   Y uno de estos sucesos reales, que por cierto contó con innumerables testigos, tuvo lugar en Sigchos, provincia de Cotopaxi, y se desarrolló como se relata a continuación.

   En un pequeño caserío llamado Cusipe, moraba feliz la familia Lasso, habitando una casita situada en medio de una llanura tendida al sol y acariciada por la brisa proveniente del vecino río, que, entre remolinos y cacofónicos cánticos, viajaba rumbo al lejano mar. Los Lasso eran a la sazón una familia corta, compuesta de cinco personas: padre, madre y tres hijos pequeños que iban de los ocho años a los tres. Rosario, una bella niña de grandes ojos y abundante pelambrera, era la menor de la prole. Tranquila y apegada a su madre, no compartía los juegos que sus hermanos mayores solían organizar en el huerto, persiguiendo a las multicolores mariposas que revoloteaban junto a las flores, ni gustaba de participar del “juego de las escondidas”, al que también eran aficionados los muchachos. Prefería no rebasar los límites del patio de la casa. Debido a ello, Moisés y Cecilio, sus hermanos mayores, la llamaban “Cenicienta”.

   Sin embargo, una mañana, la niña desapareció del hogar sin que nadie pudiera explicarse cómo. Ningún conocido ni desconocido que pudiese despertar sospechas como autor la desaparición de la pequeña Rosario había llegado durante las horas críticas a la casa. Al principio todos creyeron que la niña, renunciando siquiera por una vez a su proverbial pasividad, se había propuesto dar a sus parientes un leve susto, escondiéndose en algún lugar cercano. Pero luego de una prolija búsqueda, comprendieron con inquietud que ella desaparecido.

   Participaron a la vecindad del suceso y, con su ayuda, la buscaron por todo el sector sin conseguir el resultado deseado. Nadie le había visto. Entonces, se les asaltó la idea de que la pobre niña pudo haberse caído en el río. Si bien, nunca antes se había aventurado Rosario caminar hasta la orilla de la peligrosa corriente, no era nada imposible que por ahora no lo hubiese hecho movida quizá por la curiosidad o por alguna razón que sólo ella la conoció.

   Y pronto la sospecha adquirió tintes de certeza en cuanto descubrieron huellas de pequeños pies que, partiendo de la casa, llegaban hasta el borde del río. Sin embargo, junto a las huellas dejadas por los pies descalzos de Rosario, ¡había otras igual de pequeñas, pero de zapatos, que seguían la misma trayectoria!

   Pero ¿a quién pertenecían estas huellas, si por ese entonces ninguno de los niños del caserío acostumbraba llevar los pies calzados? La pregunta no tenía respuesta. La idea de que Rosario, sola o acompañada, se había caído al río la abrigaban todos. Ahora sólo les quedaba por recorrer el río para rescatar los inertes restos de la infortunada infante.

   Cuando se disponían a llevar a cabo tarea tan penosa, alguien descubrió las huellas de la niña y de su acompañante en la orilla opuesta del río, que, saliendo de él, se alejaban en dirección de los riscos del Huingopana (macizo montañoso que se levanta como un centinela al Este de la comarca de Sigchos). De pronto el misterio quedaba desvelado. A Rosario se le había raptado el duende, pues en nadie cabía ya la menor duda.

   En el transcurso de la semana pasada, uno de los vecinos de los Lasso lo había sorprendido al travieso hombrecillo merodeando el gallinero de su casa, sin duda con la intención de apoderarse de los huevos de las gallinas, puesto que en otras ocasiones había obrado así. Al verse sorprendido, huyó hacia la quebrada, en busca de refugio. Era él pequeño como un niño de siete años y su rostro, extremadamente feo, lo tenía arrugado como el de un viejo. Iba vestido como siempre lo habían visto: embutido en pantalones y blusa verdes y estrechos, botines rojos y brillantes y tocado con un “jipijapa” de alta copa. El dueño del gallinero no trató de perseguirlo, consciente de que el ladronzuelo no era un tipo de cuidado y que sus rapiñas ni iban más allá de una pequeña porción de alimentos. Y prefirió dejarlo en paz.

   La búsqueda de la niña fue ardua. Los riscos de la montaña por examinar eran muchos y nada accesibles. Con todo, al promediar el tercer día, don Adolfo Lasso, padre de Rosario, con gran alegría, dio con el paradero de ésta. Y como era de suponer, la niña no estaba sola. El hombrecillo antes descrito estaba a su lado, ocupado en salmodiar una rara canción que tenía embelesada a su cautiva. Don Adolfo, sin pérdida de tiempo, se precipitó con los brazos abiertos hacia su hija, dando gracias a Dios que la devolvía viva y al parecer sana y buena. Oportunidad que no desaprovechó el duende para tomar las de Villadiego.

        Y todos quedaron conformes.