Demonios del Bosque

Por: Carlos Villamarín Escudero

   De estos monstruos que habitan la selva me enteré gracias a un altercado ocurrido entre dos exploradores de minas que se hospedaban por unos días en la misma casa que albergaba a mí. Fue luego de apenas una semana de mi llegada a la zona de Las Pampas, adonde, como maestro, fui destinado para enseñar en una escuela. El grupo de exploradores se componía de siete personas: el jefe, un joven ingeniero, candoroso y sin dobleces, y dotado del carácter más irascible que tuviese yo noticia, llamado Juan Navarrete, y seis bribones de la peor calaña que a la sazón se desempeñaban como braceros y muleteros. El incidente se originó cuando uno de éstos, en franca rebeldía a una orden recibida del ingeniero, se negaba rotundamente a ingresar a cierto sector de la selva, aduciendo que lo menos que él deseaba era exponer su preciosa vida. Recuerdo claramente las razones que esgrimía el insubordinado y todo lo que aconteció por su causa aquella mañana brumosa, mientras nos hallábamos todos en el patio de la casa.

   —Yo no me muevo de aquí solo —exclamó atemorizado el jornalero, a quien le  llamaban  "Doctor", tan pronto como acabara de oír la orden emanada de su jefe—. Debería estar loco para arriesgarme a los peligros de la selva tal como me encuentro, es decir, sin armas de alto poder que avalen la seguridad de mi integridad física —sus compañeros le miraban sorprendidos, intuyendo que él no bromeaba. En efecto, en su semblante se hallaba pintado el terror de quien hubiese sido objeto de la imposición de ir desarmado a la guerra. Y con voz  insegura continuó—: Los peligros que, por desgracia, entraña esta parte de la selva no se reducen a un posible encuentro con un tigre voraz y asesino, o a la emboscada de la artera víbora, cuyo riesgo más bien seduce al hombre sediento de aventuras. ¡Nada de eso! Existen, pues, otros peligros realmente espantosos, de los cuales apenas unos cuantos afortunados se han salvado para contar su experiencia. Conozco de buena fuente no pocas tragedias acaecidas como resultado de este azote que asola precisamente a esta zona. Y todas las víctimas fueron personas conocedoras de la jungla, para quienes el lidiar con las fieras, los ríos crecidos y los pantanos no era más que el pan de cada día. Sin embargo, no siempre va el cántaro al agua y vuelve sano.

   "En estos bosques, de apariencia tranquila, habitan diabólicas plantas, dotadas de inteligencia y de facultad de movimientos según su voluntad, que sienten aversión mortal por las personas, en especial fuereñas. —Al llegar a este punto las advertencias del timorato "Doctor", hasta el más valiente de sus colegas empezó a mirar con pánico la selva vecina que se dilataba al frente envuelta en un velo de misterio. Sólo Navarrete no vio la menor alarma en lo que él consideraba una burda patraña, inventada por su bellaco ayudante para burlar a la autoridad que él representaba. Y, con mayor fiereza del tigre más feroz, se abalanzó, con las manos abiertas cual afiladas garras, sobre el cuello del desprevenido "Doctor" con la intención de estrangularlo ipso facto.  

   Y éste se hizo cargo de la situación tan sólo cuando sintió que unas poderosas pinzas ceñían su garganta. Entonces pensó tal vez que su fin había llegado. Navarrete la fue apretando con la seguridad y la sabiduría de quien conoce perfectamente lo que hace. ¿Había tenido acaso un estrangulador por maestro? Lo cierto es que una bocanada de sangre espumosa cubrió los labios de su víctima, ahogándola. Seguramente, el ataque hubiese tenido funestas consecuencias si yo, en un acto de misericordia, no me hubiera interpuesto entre los dos, introduciéndome como una cuña, impidiendo que el enfurecido agresor continuase apretando la gaznate del pobre diablo que ni siquiera intentaba defenderse.

   Acababa yo de salvar una vida.  

   Luego de que la calma quedase restablecida, pedí a Navarrete permitirle a mi protegido que continuase hablando sobre aquellas plantas misteriosas que habían despertado gran interés en mí. En alguna parte, que de momento no recordaba, ya había escuchado o leído yo algo acerca de ese tema.

   Navarrete consintió de mal grado a mi petición, como si con su actitud quisiera advertirme: "Allá  usted si consiente en dejarse embaucar por semejante pillo". En cuanto al "Doctor", su condición de locuaz innato no le permitió dejar pasar por alto la coyuntura de retomar la palabra.

    —¡Gracias, profesor! —musitó el bracero, dirigiéndose a mí, no sé si por haberle salvado la vida o, simplemente, por posibilitarle la oportunidad de continuar dando vuelo a la lengua. Y, luego de enjugar con la manga de su camisa los restos de sangre que aún manchaban los labios y la quijada, prosiguió lagrimoso y algo ronco—: Para nadie de este sector constituye un secreto las propiedades perniciosas del arbusto llamado aluvilla, el cual, por desgracia, abunda aquí. ¡Basta con sólo acercárselo para que el cuerpo se llene de inmediato de sarna!

   "A sus infelices víctimas, cubiertas de sanguinolentas y fétidas llagas y bordeando el abismo de la locura, las he visto y, posiblemente, las verán ustedes antes de marcharse de aquí. No hay corazón ni estómago capaces de tolerar la proximidad de semejante carroña. Pero éste no es el único ni el peor enemigo vegetal que, escondido entre inofensivas plantas, alberga la selva, ¡saben! También prolifera aquí la liana denominada "bejuco del padrastro", la cual se agita visiblemente colérica en cuanto alguien se le acerca. Y si, por obra de la fatalidad, el incauto se pone a su alcance, le da de latigazos hasta arrancarle totalmente la piel.

   "Y existen hermosas flores cuyo delicioso aroma es venenoso, y abundan plantas que ofrecen a los sensuales besos de la brisa sus temblorosas hojas abiertas como estilizadas manos de mujer, ostentando actitud apacible y suplicante. Pero en cuanto se las toca, se transforman en monstruosas víboras ansiosas por clavar sus letales colmillos en el infeliz que, ingenuamente, se ha puesto a su alcance. Este demonio verde del bosque, se llama justamente "manos de mujer".  

   El "Doctor", en estoica espera de un posible improperio en su contra, lanzado por parte de su jefe o de sus compañeros, que no parecían conocer demasiado la selva, interrumpió el relato. Mas al notar que nadie se proponía molestarle, pasó complacido a referir sobre cierto árbol llamado "Fernán Sánchez", cuyas rojas flores, tan hermosas como las del clavel, eran la causa de la fiebre palúdica. Aseguró paladinamente que ciertos pajarillos de multicolor plumaje y dulce trino, en cuanto llegada la noche se metamorfoseaban en horribles sapos. Habló también acerca de unas raras hojas en forma de monedas que, al tocarlas, se volvían mortales tarántulas. Pero que luego de permanecer así unos minutos, recobraban su estado anterior, en espera de sorprender a otras personas. Contó además de árboles caminantes y de piedras dotadas de la facultad del habla.

   De pronto se cumplió lo que el narrador temía.  —¡Mentiroso! ¿A quién tratas de hacer comulgar con ruedas de molino? —se dejó oír un mozalbete llamado Tipanluisa, subiendo la voz por encima de las escandalosas risas que los demás dejaron escapar como un chiflón.

    —¡No miento! Los he visto a los leprosos. Y lo demás lo sé de boca de quienes moran aquí —se defendió el "Doctor".

   —Y ¿quiénes son quienes? —le acorraló un mozo nombrado Ventura, mugiendo entre ahogados jadeos y esforzándose por hacerse entender.  

   —Ustedes no los conocen —afirmó el "Doctor", con la seguridad de taparles la boca—. Pero uno de ellos vive no lejos de aquí y es un personaje muy notable. Se trata nada menos que del mismísimo pionero de los colonizadores y el artífice del desarrollo agropecuario de estas tierras. Es, pues, lo que se dice: el primer ciudadano de Las Pampas. ¿Es qué se han olvidado acaso de mi General Cisneros, a quien todos ustedes deberían conocerlo?

   Mas para todos resultó ser un ilustre desconocido el mentado personaje.

   —Vamos. Pero ¿de qué General hablas? —interrogó un mozo crespo y  de remangada nariz, que respondía cuando le llamaban Robayo—. Les conozco a todos los moradores de aquí. Todos ellos son pobres labriegos o arrieros, honrados, eso sí, pero ninguno ostenta el grado de General.

    —Pues vive él apenas a media hora de aquí —replicó el narrador—. Se puede ver su casa desde la loma que tienes ante tus mismas narices. Ya habrá ocasión de poder presentarte uno de estos días. Es todo un caballero. Durante mi anterior visita a este lugar tuve ya la oportunidad de tratarlo. ¿No sabes acaso que el verano pasado estuve ya aquí?

   Robayo no estaba muy convencido de la existencia de aquel caballero. De seguro pensaba que se trataba de otra mentira inventada por el "Doctor". Se disponía ya a manifestar su disconformidad cuando el dueño de casa, apareciendo del lado donde se hallaba el corral, dijo:  

   —Amigo "Doctor", mucho me temo que usted ya no podrá usted presentar al General a nadie. Pues no hará cosa de dos meses que se le encontró muerto como consecuencia de haber sido flagelado por el "bejuco del padrastro". Pobre señor, ¡de qué le sirvió haberse salvado de las “manos de mujer” por dos o tres ocasiones, para morir poco después como el más desdichado de los entenados!

   No pude continuar escuchando aquel interesante coloquio, la hora de trasladarme a la escuela había llegado y debía yo cumplir con mi responsabilidad. Mientras caminaba hacia el plantel educativo, recordé haber leído en "El Comercio" acerca de aquella extraña muerte del General Cisneros, un militar en retiro, dedicado al quehacer agropecuario.  

[Relato tomado de la obra Aprendiz de aventurero. Tomo I:  En el país de las Bromas, del Dr. Carlos Villamarín Escudero, Quito, 1996]