APRENDIZ DE AVENTURERO

Episodio

EN  EL  PAÍS  DE  LAS  BROMAS

 

 

Titúlo:

APRENDIZ DE AVENTURERO

Tomo I

EN  EL  PAÍS  DE  LAS  BROMAS

Autor:
Carlos Bermel Villamarín Escudero

Primera Edición: febrero de 1996

Presente reimpresión – Editorial  SULAMITA.

Octubre de 2019. Quito - Ecuador

Derechos de Autor Nro. 009362-I-66

ISBN -9978-82-88-8

Imprenta LA ESPIGA. Guayaquil – Ecuador

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Impreso en Ecuador – Preinter in Ecuator

 

   Introducción

   El anhelo de recorrer el mundo obliga a Lorenzo Vies, joven burócrata que nunca antes ha dejado su ciudad natal, a vender la renuncia de su cargo* para, con su producto, costear sus viajes. Ingenuo y metódico a la vez, está convencido de que la actividad de viajar es una profesión como otra cualquiera y a la cual se puede acceder mediante una concienzuda preparación. Y a falta de una escuela de capacitación en esta materia, espera iniciarse en los secretos de su futura carrera empezando por realizar viajes a lugares confiables y poco lejanos.

   Es así como busca un aislado rincón de la patria para poner en práctica su experimento, con la certeza de que el aprendizaje del oficio será progresivo y agradable. No obstante, cuando pretendes alcanzar una rosa no es nada difícil que de pronto te pongas entre espinas. Es así como el flamante aventurero se ve, sin buscárselas, en situaciones de veras complicadas. Su honradez y confianza en sí mismo no le permiten mirar con objetividad el trasfondo de las cosas. Para él no existe otra verdad que la que percibe su criterio bajo el influjo de la primera impresión. Y sufre desengaño tras desengaño sin que la decepción llegase a escarmentarle.

   Mientras viaja, desde Patricia Pilar a Sigchos, el ciudadano Vies encuentra un mundo nuevo e insospechado. Todo le maravilla y le causa admiración lo que abarca ese mundo, para él remoto e insospechado, hasta el punto que le asombra descubrir que el campesino piense y hable como el común de los humanos. La ubérrima zona de Monte Nuevo, magnífica en belleza y misterio, fuente de inspiración de poetas y sagrario de naturalistas, le confunde, le obnubila. Tampoco conocerá reposo, ya que la casualidad le sitúa, junto con ciertos exploradores, forasteros como él, a merced de un redomado pícaro llamado Jairo Campaña, quien se divierte jugándoles las más insólitas bromas. ¡Sin proponérselo ha ido a parar en el País de las Bromas!

   Tales bromas, que en ningún caso son simples bromas, redundan en graves quebrantos a los burlados y pronto sobrevienen males que amenazan con terminar en tragedia. Juan Navarrete, geólogo y jefe del equipo de exploradores, ve alterada la razón por una promesa incumplida de Jairo Campaña. Luego, a causa de un malentendido, con la complicidad de sus ayudantes, intenta liquidar a Vies, tras perseguirle a uña de caballo, durante todo una jornada.

   Finalmente, el fugitivo es aprehendido en las proximidades del caserío de La Cantera, de donde es conducido hasta el siniestro bosque de Rayo para ser colgado de uno de sus añosos árboles.

   Afortunadamente, la oportuna intervención de José Lasso, un pintoresco bandido que va por la comarca, esquilando al opulento en beneficio del desposeído, evita el desenlace macabro el instante mismo en que el lazo de la horca empieza a oprimir el gaznate del desventurado señor Vies. El rescate de la víctima se realiza sin dificultad, ya que Lasso, además de valiente, inteligente y prudente, es ágil como un felino y forzudo como un toro. Enfrentándose a él, fracasarían media docena de gladiadores juntos o una bancada completa de Parlamentarios enfurecidos. Y también es hermoso. Su aspecto no delata al forajido, que, según el criminalista César Lombroso, por lógica ha de tener aspecto repugnante, sino que más bien lo recuerda al de un dios griego. Esbelto y de rasgos aquilinos, parece uno de esos caballeros, esculpidos por Fidias, que adornan el friso del Partenón.

   Luego de efectuada la liberación, extrañamente, Lasso asume la función de protector de Lorenzo Vies. Con miras a sortear el peligro proveniente de Navarrete, traslada a su protegido hasta la finca de su padrino, situada en La Cantera y a varios kilómetros de Rayo, donde lo deja en buenas manos. Pronto desaparece Lasso y Vies volverá a verle dos años después en otro sitio y en diferentes condiciones.

   Don Jesús Calderón, padrino de Lasso y propietario de la finca “Las Mercedes”, acoge con sumo agrado al maltrecho trotamundos en cierne, que conocerá allí la paz. La familia Calderón es la personificación de la bondad y la hospitalidad. Gracias a sus solícitos cuidados, podrá curarse de las lesiones físicas inferidas por Navarrete y sus secuaces y también de las del alma, originadas éstas por la urticante suspicacia despertada en los demás.

   Muy pronto sentirá inflamarse el corazón inspirado por tiernos emociones. El cariño por Merceditas, la bella adolescente, hija del propietario de la finca, se le va adentrando en el alma cada vez con mayor celeridad. Sin embargo, por diligente que se comporta Eros, el naciente romance perecerá bajo la presión de realidades que no permiten florecer el más noble de los sentimientos: el amor.

   La hora de marcharse ha llegado. Debe irse y se va de "Las Mercedes", proveído de imperecederos recuerdos.

 

* * *

   Esta obra, que muestra paradisíacos mirajes reales, en contraste, no relata hechos verídicos ni los personajes que desfilan por ella, excepto José Lasso y Ramiro, jamás existieron. Pero aun Lasso, ese bandido generoso que adquiere vida en estas páginas, apenas se parece a aquel malogrado sujeto que, gracias a su sui géneris concepción acerca del respeto por la propiedad ajena y, sobre todo, a la viva imaginación de sus coterráneos que lo magnifican todo, adquiriera la fama de temible bandolero. La diferencia radica en que el personaje ficticio es un idealista, un hijo abnegado de su patria chica. Por el bienestar de sus amigos y de la comunidad no vacila en poner en juego la mayor fortuna que él posee: la vida. Mientras que el real no fue más que un alegre muchacho que se divertía tomando lo que podía. Por lo demás, si acaso abrigó sentimientos altruistas, no quiso o no vivió lo suficiente como para demostrárselos.

   Sin embargo, es innegable la vinculación entre los dos personajes, el real y el ficticio. Ambos se apartan bien temprano del estrecho camino trazado por la Ley víctimas de circunstancias adversas, aunque debido a diferentes causas, para buscar el derrotero que mejor se acomodara al tránsito de su viaje en pos de un espejismo: una vida al margen de los convencionalismos y dentro de unas normas de conducta legisladas por su propio albedrío.

   Si Lasso, el literario, se acerca al tipo del hombre ideal, Lasso, el real, no le iba a la zaga. Según datos fidedignos, la naturaleza quiso ser generosa con él, dotándole de envidiables cualidades físicas. Era de elevada estatura, atlético y de facciones agradables. Pero el destino, en cambio, le fue cicatero.

   Durante muchos años, salvo esporádicas desapariciones (que hasta la fecha nadie ha podido señalar su paradero), visitó religiosamente los corrales y manadas de la feraz tierra que le vio nacer y convertirse en hombre. En varias ocasiones atravesó circunstancias propicias para cambiar el rumbo de su vida, mas nunca sintió el menor deseo de enmendar el sendero que le llevaría al abismo. La sed de apoderarse de lo ajeno era congénita en él. Pues desde su adolescencia le acometió lo que se podría llamar una “astada” debilidad que no le abandonó sino cuando una bala traidora segara su exuberante vida.

   Aun hoy, a muchos años de su definitiva partida, sus coterráneos continúan hablando de él con cierta nostalgia, como si su muerte, en vez de librarles del intrépido cuatrero que solía diezmar su hacienda, le hubiese arrebatado a su guardián. Es que Lasso nunca tomó más de lo necesario para satisfacer la necesidad momentánea, ni abusó de la violencia en sus incursiones. Su recia personalidad bastaba para impresionar al propietario que, a veces, al sorprenderle en plena faena, se quedaba como fascinado. Y no hace falta decir que en esas circunstancias nadie salía lastimado.

   Además —según se dice—, guiado por su innata generosidad, gustaba de compartir su botín con el menesteroso, a quien, la pátina de la honradez o el letargo del temor no le permitía el lujo de quebrantar el séptimo mandamiento, pero que tampoco le constituía un óbice para abusar, ablandando con lastimeras quejas, de la sensibilidad de aquel bandido dadivoso.

   Eh aquí dos buenas razones para que, tanto perjudicados como beneficiados, lamentasen sinceramente su definitiva ausencia.
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* La compra de renuncias, en realidad, fue adoptada en el país
una década después de los sucesos que se relatan en esta novela.
Nota del Autor
.

 

Capítulo I

   Ninguna ilusión animó con mayor vitalidad mi espíritu como la de ver mundo. Un pertinaz anhelo de contemplar nuevos horizontes venía advirtiéndolo desde la infancia, que el transcurso del tiempo, lejos de atenuarla, sirvió más bien para acrecentar su fuerza y dar la configuración de una dulce y fogosa obsesión que me impelía a emprender la partida.

   Y para conmutarla en realidad, sin tener que afrontar los embates de la añoranza, hube de seleccionar, para viajar, lugares poco alejados del solar nativo hasta cuando la práctica, que es el medio más efectivo para descubrir los secretos de toda profesión, me convirtiese en viajero de carrera.

   Fue así como empecé a recorrer el mundo, dando inicio por los caminos surcados de mi patria, de cuya geografía me había prometido conocerlos, por mis propios ojos, hasta en sus más recónditos parajes. Por cierto, siempre he sido de la opinión que el ecuatoriano que sueña con visitar lejanos países con el objeto de admirar su comentada exótica belleza, debe conocer primero las riquezas naturales y culturales que nuestro privilegiado país posee en abundancia.

   Mis viajes, como se puede suponer, no se limitaron únicamente a lugares que se pueden acceder cómodamente gracias al auxilio del avión o el autobús, ni a ciudades donde, obviamente, impera el lujo, el placer y la buena mesa. En mi itinerario figuraron también sitios apenas asequibles con la ayuda de la hercúlea y versátil acémila y en los cuales la civilización, con su incontenible progreso, todavía no se ha hecho presente. Pero que en compensación, conservan intacto su ecosistema, rebosan de paz y cuentan con paisajes de imponderable belleza. Allí, incluso el respirar constituye un deleite superlativo, ya que infinidad de flores vuelcan en el aire sus perfumes.

   Y fue precisamente en mi primer viaje a estos bucólicos parajes, cuyos senderos son una especie de túneles horadados en la umbría selva tropical, donde dio comienzo el capítulo inicial de mis aventuras. El escenario fue un pintoresco lugar ubicado al noroeste de la provincia de Cotopaxi, por el cual me había propuesto llegar a Sigchos, población de milenaria data y vinculado a mil tradiciones y leyendas, buscándola por su vía más difícil. Para ello debía partir desde Patricia Pilar, alegre caserío situado no lejos de Santo Domingo de los Colorados, abandonando con optimistas expectativas el mundanal ruido.

   Veámoslo cómo sucedió todo: 

   La mula que transportaba mi equipaje, al intentar atravesar un río, ante mi asombro, fue súbitamente arrastrada por su turbulenta corriente. Pese a mi buena disposición para socorrerla, nada pude hacer por ella, ya que el adentrarme en aquellas furiosas aguas habría equivalido a cometer un inútil sacrificio. Por tanto, me limité a mirar cómo el infortunado animal se alejaba dando grotescos tumbos en las negras aguas, que chapoteaban y estallaban en torbellinos de espuma, mientras, inexplicablemente, una incontenible risa histérica me estremecía.

   Las últimas lluvias habían incrementado el caudal de aquel río sin duda pequeño y manso normalmente, imprimiéndolo agresividad e ímpetu a tal punto que inundaba o arrasaba todo cuanto se interponía a su paso. Y como el continuar el viaje sin más que la ropa que traía encima, me parecía nada recomendable, cambié la dirección mi montura en ciento ochenta grados y emprendí el regreso. Abrigaba la esperanza de poder llegar, antes del anochecer, al hogar que me había albergado la noche anterior, con la esperanza de que allí podría encontrar el modo de solucionar el problema.

   Salpicado de barro y preocupado por el chaparrón que el oscuro cielo, cargado de chispeantes nubarrones, amenazaba con dejarlo caer violentamente sobre la agitada floresta, trataba yo, sin resultado, de acelerar la marcha. Las caricias de las espuelas no surtían efecto alguno en el caprichoso animal que, por el contrario, a su solo contacto se plantaba como un árbol, negándose a caminar. Entonces me veía forzado a probar métodos menos drásticos, pero igual de inútiles, ya que me valía de súplicas y ruegos. Finalmente, cansado de aquel vano esfuerzo, algo colérico, decidí abandonarlo a merced de la voracidad de las fieras, persuadido de que continuar el camino a pie me resultaría más rápido y menos complicado.

   Había empezado a caminar cuando descubrí de pronto, avanzando medio ocultos por la densa cortina de árboles, un grupo de corpulentos sujetos, arriando una tropilla de mulares, que se aproximaban hacia mí. En reducido tiempo se acercaron tanto que inclusive podía yo escuchar la conversación que llevaban entre sí. Uno de ellos, que por su catadura e imponencia daba la impresión de ser el jefe, se jactaba de la adquisición efectuada de un magnífico caballo purasangre, al cual no tenía reparo en asegurar que lo amaba como a un hijo suyo y además lo consideraba superior al que cabalgara el Cid Campeador. Los demás le escuchaban con profundo interés mientras que, como admiración o aprobación a tales asertos, emitían apagados sonidos guturales por todo comentario.

   Al instante concebí la inquietante sospecha de que se trataba de una banda de salteadores que, habiendo descubierto mis huellas, pretendía darme alcance para desvalijarme. Aquella misma mañana, al dejar la posada, ya me habían prevenido de la presencia de José Lasso y sus secuaces en la zona. Y no obstante el mal momento por el cual atravesaba, no pude reprimir una sonrisa de burla, disfrutando por anticipado del chasco que se iban a llevar los forajidos cuando se enteraran que, apenas momentos antes, ya me había despojado el río de cuantos bienes traía conmigo. Pensando en ello, me embargaba una morbosa satisfacción nunca antes experimentada.

   Sin embargo, en cuanto se juntaron conmigo, con no poco asombro descubrí que mi presunción había sido equivocada. Pues el aspecto de mis supuestos atacantes no tenía nada de temible, ni su actitud podía recelar a nadie. Ninguno de ellos exhibía arma alguna ni parecía que la ocultara. Iban vestidos de overol azul, botas impermeables y casco de fibra, amarillo, por sombrero.

   Pronto me informé de que ellos exploraban ese sector por encargo de una compañía minera. Dirigía el equipo un hombre aún joven, educado y bien parecido, llamado Juan Navarrete, ingeniero geólogo de profesión (el mismo que poco antes se había referido con admiración al “purasangre”). Éste, luego de conocer mi apremiante situación, prometió gentilmente poner a mi disposición todo lo necesario para que pudiese continuar yo con mi campirana excursión. Aseguró, además, que su campamento se hallaba relativamente cerca y que lo encontraríamos mucho antes del anochecer. Lleno de alegría por el providencial encuentro, agradecí su hospitalidad y acepté feliz acompañarles.

   Nos apresurábamos a reanudar el recorrido, cuando de improviso, como surgido del fango que inundaba la vereda, apareció un hombre de la más extraña catadura y totalmente diferente de cuanto cristiano hubiera visto yo hasta entonces. No era muy alto que digamos, pero a causa de su extremada delgadez, daba la impresión de poseer una estatura mucho mayor de la que en realidad tenía. Esta particularidad, a primera vista, le otorgaba la semejanza de un poste. Su nariz, larga y afilada como un clavo, era la cosa más similar al pico de un colibrí. Confieso que su repentino encuentro me impresionó tanto como si se hubiese tratado de un hombre-pájaro. Mi asombro fue tal que cuando se dirigió hacia mí, seguramente con la intención de saludarme con un apretón de manos, instintivamente me eché hacia atrás temeroso de que me picase.

   También el geólogo y sus ayudantes le miraban estupefactos, sin atinar qué pensar respecto a tan extraño personaje. Sin embargo, recobraron pronto la presencia de ánimo y empezaron por mirarle repletos de curiosidad. La actitud que expresaba su mirada no era otra que la de averiguar si se encontraban frente a un ser de otro mundo. Uno de los muleteros susurró a su vecino, refiriéndose al hombre extraño, que a él no le cabía duda de que se trataba de un marciano. Pero el otro rechazó de plano tal suposición, aduciendo que los extraterrestres iban protegidos por escafandras que les permitiesen respirar nuestra enrarecida y nociva atmósfera, para éstos, claro. Mas el aludido que o bien oyera aquellos comentarios o bien leyese las elocuentes preguntas oculares que le dirigían los circunstantes, despejó complacido la incógnita:

   —Me llamo Jairo Campaña, para servir a sus mercedes —su voz era firme y agradable, en contraste con su nada atractiva imagen. Y mientras hablaba repartía democráticamente cálidas miradas a todos nosotros—. Me siento feliz de poder recibirles en este lindo y escondido rincón tropical, ya que soy uno de sus afortunados habitantes. Mi finca queda apenas a medio kilómetro de aquí. Si los caballeros consienten en honrar con su valiosa presencia mi humilde morada, encontrarán en su seno el abrigo de un techo y el afecto de mi familia.

   El conocer que aquel singular personaje se llamara simplemente Jairo Campaña, un nombre y un apellido muy corrientes, y que, además, era apenas un campesino de ese mismo lugar, decepcionó rotundamente a los presentes, aunque no les quitó del todo el interés por él.

   Juan Navarrete, sin consultar con nadie la conveniencia de aceptar o rechazar la invitación del generoso campesino, le respondió despectivo:

   —¡Sepa usted, don Jairo Campaña o como diablo se llame usted, que en nada nos hace falta su maldita oferta! Nuestro campamento no está lejos, felizmente! —le había ofendido enormemente la hospitalaria invitación que acababa de recibir de aquel escuálido sujeto que sólo deseaba ser atento.

   A continuación se abatió un tenso silencio interrumpido solamente por el lejano trueno y el quejumbroso susurro de los árboles. Mas de pronto tomó la palabra don Jairo para inquirir al geólogo, lleno de interés, demostrándole ser imper-meable a las injurias.

   —¿De qué campamento habla usted? ¿Se puede saber lo que hacen ustedes por aquí?

   —Buscamos minerales —respondió tajante Navarrete, y volviendo hacia sus ayudantes que, a pesar de hallarse ya debidamente informados de que el hombre de nariz larga y puntiaguda era tan humano como ellos, continuaban mirándole con igual curiosidad de antes, agregó colérico—: ¡Carajo! ¿Van a pasar la tarde contemplando a este mefistófeles? Por el propio bien de ustedes, cesen de castigar los ojos con semejante espectáculo, aunque de nada les evitará ya las pesadillas esta noche. ¡Pronto, al campamento! Además, mi “purasangre” precisa de mi personal y esmerada atención. Presiento que mi dilatada ausencia le impacienta. Es él muy sensible, ¿lo saben ustedes?.

   El aludido tampoco esta vez demostró disgusto por las descomedidas palabras con que su fortuito interlocutor le denigrara. Por el contrario, una amplia sonrisa afloró a sus ojillos de pájaro picaflor. Con inusitada indiferencia observaba el ajetreo de los exploradores ansiosos por alejarse cuanto antes de su lado, como si se tratase de un perro sarnoso. Y cuando toda comunicación oral entre don Jairo y nosotros parecía ser un asunto del pasado, expresó aquél, dirigiéndose al geólogo:

   ¾¡Oh..., qué extraña coincidencia! Pues, señor mío, si su oficio es el de buscar minerales, entonces usted y yo tenemos mucho de qué hablar. Créamelo usted. Se trata de una cuestión que nos atañe mutuamente y que no admite espera.

   —Vaya. ¿De modo que también usted es geólogo o algo por ese estilo? —replicó Navarrete, imprimiendo sorpresa en sus palabras. Pero su expresión no traslucía un ápice de ese espontáneo interés que produce la noticia de quien acabas de conocerlo resulta ser tu colega. En cambio, en su gesto frío aparecía pintado el desprecio que sentiría una princesa por el patán que le hiciera una proposición indecorosa— ¡Lástima que de momento, dilecto colega, no disponga yo del tiempo necesario para dialogar con usted! Otra vez será. —estaba claro que se divertía burlándose de su frustrado anfitrión.

   No alcanzaba yo a comprender el porqué del comportamiento de Navarrete en detrimento de un hombre que únicamente pretendía honrarnos con sus atenciones. ¿Era acaso éste alérgico a las personas delgadas en grado extremo? No lo entendía. Por mi parte, debido a la curiosidad que he sentido siempre por las cosas raras, me hallaba decidido a aceptar la invitación del campesino. Confieso que sentía cierto inexplicable interés por conocer quién era realmente el misterioso señor Campaña. Me disponía a informarle de mi determinación, cuando Juan Navarrete, decidido a no perder más tiempo, espoleó su cabalgadura mientras me pedía seguirle.

   —¡Deténgase, por favor, deténgase! —rogó Campaña, dando zancadas detrás de Navarrete— Desgraciadamente para mí, no soy geólogo ni nada que se lo parezca. Sólo deseo su valiosa opinión profesional con respecto a cierta sustancia negruzca y aceitosa que, desde hace unos días, brota sin cesar del patio mismo de mi casa.

   El altivo geólogo, que apenas un instante antes le había evitado sin disimulo, como si se tratara de los fétidos besos de un leproso, frenó en seco su montura, que a punto estuvo de volar por encima de la cabeza del animal, respondió dulcemente:

   —¡Oh!... Vamos, mi señor Campaña. Ruego a usted explicarse con mayor precisión. Le prometo ser todo oídos, y con sumo placer emitiré mi criterio profesional luego de haberle escuchado a usted con la debida atención.

   Una irónica sonrisa, fugaz y espeluznante cual flamígero relámpago, iluminó los ojos del campesino. Pero este detalle pasó inadvertido para Navarrete. Don Jairo, clavó en un árbol el afilado machete que traía asido por el mango, para conceder a sus manos total libertad y, con ayuda de oportunos y significativos movimientos de ellas, poder dar mayor elocuencia a sus expresiones.

   —Hace unos días —dijo don Jairo—, una semana, para ser más exacto, un fósforo aún encendido, del cual me había servido para encender un cigarro, que casualmente fue a caer en un extraño charco que se había ido formando en el patio de mi casa, sirvió para que me diese cuenta de la presencia de aquella misteriosa sustancia. ¡Carajo!... Digo: ¡Caramba!... Y cuál no sería mi asombro al ver cómo el húmedo suelo empezara a abrasarse como un reguero de pólvora, extendiéndose en rojas lenguas de fuego hasta el sitio mismo de donde fluía el asqueroso líquido. De inmediato la llamarada creció y superó las copas de los árboles circundantes más altos. Además, el incendio amenazaba con propagarse en dirección de la casa. El calor adquiría a momentos mayor intensidad aun a mucha distancia de allí, mientras el humo, acre y espeso, cubría el límpido cielo. ¡Oh!... No quiero ni pensar cuál habría sido el desenlace si no me hubiese apresurado a sofocar aquel infierno a riesgo de perecer en el intento.

   —¿Y qué ocurrió con aquel bendito... quiero decir, asqueroso líquido? —se apresuró a preguntar Navarrete—. ¿Continúa todavía fluyendo?

   —Bueno, aunque lo hemos procurado bloquear su salida del mejor modo posible, el asqueroso líquido no ha cesado de fluir hasta ahora.

   —Entonces, ¿su casa se habrá anegado? —preguntó el geólogo, posando afectuosamente su mano sobre el hombro de su interlocutor, como si se tratara de un viejo amigo en desgracia y a quien deseara manifestar su pesar y adhesión a la vez.

   —No, no. Una minúscula parte de él está siendo usado para el alumbrado de la casa. Lo demás, que es prácticamente la totalidad, corre libremente hacia el cercano río, mediante una sangradera construida para el efecto. Pues, como usted ya puede darse cuenta, la casa no está anegándose —replicó don Jairo, centrando su atención en la mirada del geólogo que gradualmente iba iluminándose de júbilo.

   —¡Petróleo! ¡Petróleo! —gritó alborozado Navarrete.

   —¡Petróleo! ¡Petróleo! —replicaron como un eco sus ayudantes, igual de contentos.

   —¡Petróleo! ¡Petróleo! Pues qué otra cosa puede ser. ¡Qué gran noticia! —profirió para sí Navarrete, entrecerrando dichoso los ojos y dibujando una ancha sonrisa que le iba de oreja a oreja.

   De pronto, la euforia, que les bañaba como una dorada lluvia de felicidad, surtió en sus agraciados resultados jocosos. Cierto sujeto, rechoncho y colorado como la cresta de un gallo, sintió el prurito de bailar una fogosa danza tropical mientras entonaba no sé qué demencial cántico. Otro individuo, puesto de hinojos, lloraba y reía al mismo tiempo, en tanto que aplicaba ardientes besos al escurridizo barro que llevaba por puñados a sus labios. Entre lágrimas y risas no cesaba de musitar la palabra “petróleo”. Un tipo, prieto y vivo como un simio, iba por todas partes dando gritos y saltos hasta cuando la fatalidad le puso junto a una mula de pésimo genio que, creyéndose amenazada, no titubeó en levantar sus patas posteriores contra el rostro del ruidoso bailarín, haciéndole morder el polvo y dejándole con varias piezas dentales menos. Sin embargo, sus compañeros, como si nada hubiesen visto, continuaban embriagándose con el alucinante licor que destilaba la buena nueva. Ahora era el campesino quien les miraba estupefacto, sin entender lo que veía.

   Por fin se hizo presente el aguacero. Un rayo que cayó a escasa distancia nuestra, les despertó a la realidad con su ensordecedor tronido. Y, precedidos por Campaña, nos pusimos en camino.

 

Capítulo II

   Cuando llegamos a casa de don Jairo, era ya noche cerrada y la lluvia, que nos acompañara todo el camino, parecía llegar a su término. Me hallaba calado hasta los huesos, tiritaba de frío y casi muerto de cansancio, pues el medio kilómetro de camino que Campaña había asegurado la distancia hasta su casa, al ponernos en marcha, se convirtió en cuatro o cinco kilómetros, según cálculos conservadores. Todo el trayecto fue a través de laderas escarpadas, desfiladeros y valles pantanosos. Yo, además, carente de ropa de repuesto, veía mi futuro inmediato nada alentador.

   La casa de nuestro anfitrión no respondía en absoluto a la idea que, por las esmeradas maneras de su dueño, me había formado de ella. Se trataba apenas de un galpón fabricado rudimentariamente con lo primero que su constructor había tenido a mano. El techo estaba formado con hojas de palmera apelmazadas como pasta; el piso, situado a unos dos metros del suelo y al cual era posible acceder escalando un delgado tronco muescado, era de caña, y las paredes (no existía pared frontal) estaban construidas de similar material. Su interior, sin divisiones que obstruyeran el libre tránsito por toda su área, era recibidor, dormitorio, cocina y comedor a la vez. Unos cuantos bancos, una mesa, una tarima casi pegada al suelo, que desempeñaba la función de cama, y un cordel sujeto por sus extremos a dos vigas alejadas entre sí, donde se amontonaban los descoloridos atuendos de repuesto, componían todo el mobiliario de la vivienda.

   Sin embargo, en medio de la indigencia que exhibía aquel aposento donde no había sitio para lo indispensable y mucho menos para lo superfluo, destacaba la presencia de ciertos objetos que se amoldaban con la frivolidad, según mi personal criterio. Allí, precisamente junto a la entrada, situadas a una altura que eventualmente pudiese ser accedida por una persona relativamente pequeña con sólo estirar el brazo, y suspendidas en unos clavos, se hallaban por lo menos una docena de máscaras de disfraz. ¿Las conservaban, quizá, como un recuerdo de un festival de disfraces realizado alguna vez aquí?

   Al lado opuesto del patio, frente de la habitación, se hallaba otro galpón, sin paredes de ningún tipo. En su interior se podía advertir, gracias a la luz de los relámpagos fugaces pero constantes, en primer plano, un desvencijado trapiche y, situado algo más allá, un alambique destinado a la destilación de aguardiente.

   El anfitrión nos presentó solemnemente a su media naranja y su numerosa prole. La buena mujer, gorda como la esposa de un carnicero y de carácter agrio y esquivo, en nada se parecía a su cordial y larguirucho marido. Trataba en lo posible de mantenerse ajena y alejada de toda conversación. Cuando alguien, por cortesía o por no permanecer callado, le dirigía la palabra, respondía únicamente con algo parecido a gruñidos. En cambio sus hijos nos abrumaban con interrogaciones, muchas de ellas difíciles de poder contestarlas satisfactoriamente. A menudo nos dejaban perplejos con cándidas preguntas como éstas: “¿Es cierto que en las ciudades la gente nada en oro en vez de hacerlo en agua, como lo hacemos nosotros los campesinos? ¿Es verdad que la gente de la ciudad elige bandidos como sus gobernantes? ¿Es cierto que el Presidente no orina sino en bacinilla de oro? Etcétera.”

   La lluvia, contra mi optimista predicción, no sólo que continuó sino que su intensidad fue en aumento conforme transcurría la noche. Llovió y llovió hasta alcanzar el amanecer. Y un viento intermitente sopló su gélido aliento desde la Cordillera de Chugchilán, situada al noreste.

   Navarrete, desde el instante en que llegáramos, se mostraba visiblemente inquieto. Todo el tiempo dedicaba ansiosas miradas al oscuro patio. Y, ya sin poder resistir por más tiempo la impaciencia que le atormentaba, se dirigió a don Jairo:

   —Señor Campañita, ¿podríamos dar un vistazo al sitio que nos interesa mutuamente?

   —Pero, ¡señor —se quejó el aludido, sin ocultar la sorpresa que le causara semejante petición—, la oscuridad es total y no podremos ver nada de lo que está allí! Además, la furia de la lluvia nos impide salir. Tenga usted paciencia y espere a que amanezca.

   —Pero este diluvio no amainará hasta las calendas griegas —terció en la conversación uno de los ayudantes del geólogo, motejado “doctor”, quien gustaba expresar con pedantería e imprimir en su voz un cierto tonillo pastuso. Por este motivo, al comienzo le supuse natural del sur de Colombia—. Mire, señor Campaña, pues sucede que al amanecer estaremos ya viajando a Quito. Las muestras de los minerales encontradas hasta ahora deben ser cuanto antes analizadas por los técnicos de la compañía acantonada allí.

   Lo del inmediato viaje era evidente que el pícaro “doctor” acababa de inventarlo con el propósito de ejercer presión en la decisión del campesino, que no parecía dispuesto a indicarles el sitio del yacimiento petrolífero con la prontitud deseada por ellos.

   —Y no solamente eso —insistió Navarrete, mintiendo aun con mayor descaro que el bribón de su ayudante, que lo había comprendido perfectamente la intención de éste y no quería malograr su oportuno auxilio— Además, pasado mañana, procedente de Canadá, llegará a Quito el gerente general de la compañía minera. Para entonces, los técnicos del laboratorio deben tener ya el resultado de las muestras minerales aquí recogidas, que las entregaremos indefectiblemente mañana bien temprano —acercándose a su interlocutor con suplicante mirada, añadió: —¡Por favor, señor Campaña, vayamos ahora mismo a dar siquiera un vistazo a nuestro manantial de oro negro!

   —¡Con este aguacero, aunque el yacimiento se halla a sólo unos pasos de aquí, cómo podríamos salir en su busca! —pro-testó el larguirucho campesino, dejando entrever una apreciable dosis de disgusto en el tono de su voz— Por otra parte, cuando escampe y haya luz suficiente, por urgente que sea el viaje, no tendrán ustedes que perder demasiado tiempo para verlo, palparlo o bañarse en él si así les place.

   “Por ahora no se diga nada más sobre el asunto, ¿de acuerdo?... ¡Oh! ¡Gracias por vuestra comprensión! No esperaba menos de personas tan educadas y gentiles. Y ahora, para celebrar el magno acontecimiento de recibir en mi modesto aposento a tan distinguidas personalidades, deseo brindar, por la felicidad de todos, con una copa de aguardiente, que es el auténtico fruto de esta tierra y, por supuesto, elaborado con la técnica más refinada con que cuenta la destilería de esta región.

   Y dando cumplimiento a la promesa que acababa de formular, tomo de un rincón de la habitación una garrafa de vidrio, protegida por una apretada red de tiras de bejuco, la cual contenía un galón de cristalino licor. Pidió a su hijo mayor que prendiese el receptor de radio y ordenó a la reina del hogar buscarle copas. El aguardiente empezó a correr en abundancia por los gaznates de los invitados, elevándoles el ánimo. El geólogo dejó de insistir. Y se prendió la fiesta.

   Pese a las reiteradas peticiones de don Jairo y al frío que me castigaba, no libé una sola copa. Mi condición de abstemio consuetudinario jamás me ha permitido ir más allá de la Coca-Cola y experimentar las dudosas delicias de la embriaguez. Sin embargo, me divertí como nadie, observando en cada uno de los bebedores, las diversas fases que el alcohol producía en su comportamiento. Resulta interesante mirar con ojo crítico a una persona mientras va despojándose gradualmente de las inhibiciones hasta cuando aparece tal como en realidad lo es, es decir, sin el disfraz bajo el cual la conocemos. Y no importa cuál sea el nivel cultural ni la capacidad de disimulo del bebedor, la etapa final de la embriaguez imbuirá de absoluta sinceridad todos sus actos.

   Y fue así cómo el geólogo, pródigo por naturaleza, después de haber ingerido media docena de tragos, obrando con exagerado desprendimiento, ordenó al cocinero de su equipo entregarle a la señora Campaña todas las provisiones de boca que traía consigo. Más tarde, luego de agregar varias copas más a su cuenta, su generosidad adquirió mayores dimensiones. Exigió la comparecencia de los niños de la familia para obsequiarles con puñados de billetes de banco. Finalmente, se recostó contra el precario tabique de caña, que desempeñaba la función de pared, y adoptó maneras de tranquilidad. Pero esa actitud era sólo aparente, ya que, entregado a profundas cavilaciones, se hallaba lejos de conocer la paz.

   —¡Al diablo con el mísero cargo que desempeño! ―monologaba Navarrete— ¡Al diablo con todos los ejecutivos de la condenada compañía! ¡Me importa un bledo sus bravatas si jamás volveré a depender de ella! —y de pronto, dándose cuenta de mi cercana presencia, agregó—: ¿Qué le parece a usted esta fortuna que, sin haberla soñado, se pone de repente a mi alcance?

   —Me alegro de todo corazón —respondí sin tomarme el tiempo necesario para analizar la cuestión, sólo ateniéndome a la necesidad de contestarle—. Su primer paso será ahora el de informar al Ministerio de Energía y Recursos Naturales del hallazgo del yacimiento petrolífero, supongo.

   —¡Oh, no! —se alarmó Navarrete— Prefiero explotarlo por cuenta y riesgo míos, sin informar de este particular a ninguna institución estatal. Pues no veo por qué debería notificar a nadie de este asunto.

   —¿Cree entonces que el Gobierno va a permitirle explotar algo considerado como patrimonio del Estado?

   —¡Santo cielo! —rugió Navarrete, sorprendido de mi comentario— Pero cómo se nota que usted ignora estas cuestiones. Pues sépalo que si la explotación petrolera de nuestra Amazonia administra el Estado, es únicamente debido a que la tierra donde se hallan sus yacimientos es baldía. Pero aquí se trata de propiedad privada y su dueño lo es también de todo cuanto ella abarca incluyendo que se encuentre en sus entrañas.

   Tras emitir esta sentencia, el profesional se puso a mirarme con burla, sin disimular el desprecio que le inspiraba mi ignorancia.

   —¿Así lo cree usted? —dije algo turbado. Ciertamente, yo desconocía todo lo relacionado en materia de leyes mineras.

   Mas el geólogo, en el estado anímico que se hallaba, interpretó mis palabras de manera opuesta a su verdadero sentido. Se quedó pensativo por un instante, pero sin demostrar ningún esfuerzo mental ni experimentar la menor señal de inquietud. Parecía más bien divertirse con algo grato que desfilara por la mente. Luego expresó:

   —Bueno, si existiese alguna ley desfavorable a mis intereses, ello no me quitará el sueño. Afortunadamente, cuento con un tío político en el Parlamento y dos primos hermanos míos casados con hijas de banqueros, que por cierto son conspicuos elementos del partido de Gobierno. En consecuencia, poco o nada me costará para que esa supuesta ley sea modificada según convenga a mis intereses.

   —Aun en el supuesto de que tal cosa resultase como usted espera —respondí—, no obstante, existe todavía un pequeño escollo por superar. Pues recuerde usted que el propietario del terreno donde se hallaría el yacimiento continúa siendo don Jairo. Y supongamos que él no tiene en mente enajenarlo. Entonces, ¿qué sucederá?

   Me preparaba a gozar de su desconcierto. La vena perniciosa que hay en todo ser humano, me invita a veces a divertirme con el apuro ajeno. Pero ese diablo de Juan Navarrete ni siquiera dejó de sonreír.

   —Ese “escollo”, como lo llama usted, —respondió, poniéndose de pie con alguna dificultad—, no será nada que el hijo predilecto de mi padre no pueda resolver ahora mismo. 

   Apartándose de mí sin pérdida de tiempo, se dirigió hacia nuestro anfitrión, que se hallaba con los demás invitados, ocupado en relatar alguna anécdota graciosa, ya que todos reían a mandíbula batiente. Le rodeó con sus brazos y le empujó hacia un apartado rincón donde dialogaron brevemente. Luego se apartó de él con el rostro iluminado por la satisfacción.

   —Todo arreglado —dijo con naturalidad el geólogo, como si el negocio que acababa de finiquitar no hubiese sido más complicado que el de adquirir una caja de fósforos en la tienda del barrio.

   —Así es —corroboró Campaña, quien no menos alegre que Navarrete se juntó también con nosotros—. Acabo de ceder todos mis derechos sobre el yacimiento en favor de mi dilecto amigo Navarrete. Y créame usted que he tomado esta determinación con plena satisfacción de mi parte. Pues, pensándolo bien, de qué me iba servir el continuar siendo dueño de algo que jamás iba a beneficiarme. ¿Soy, acaso, rico como para poder afrontar los ingentes gastos que demandaría la puesta en marcha de una industria petrolera? Desde luego, no. Me dirán: “Pero ¡Jairo, Jairo Jairo, hasta cuándo serás Jairo! ¿Por qué esos gastos cuando ni siquiera hace falta perforar pozo alguno y ni se precisa de maquinaria ninguna para la extracción del crudo? También no faltará quien comenté que no se requiere de contribución técnica ni especializada como tampoco de obreros, puesto que el petróleo brota incontenible y espontáneamente como el agua de una fuente. Añadirán quizá, con mucha razón, que sólo es necesario buscar el medio idóneo para transportarlo”. Bueno, a fe mía que aceptaré todos estos argumentos como razones válidas. Pero no señores míos, yo no me vestiré con camisa de once varas. Además, por todos los tesoros escondidos en Los Llanganates no hipotecaría la dulce tranquilidad, que constituye mi bien más preciado, por la vida llena de sobresaltos de un magnate petrolero. Pues, aunque parezca mentira, me siento feliz como ahora lo soy.

   —Pero a cambio de sus preocupaciones tendría usted dinero a manos llenas —me aventuré a opinar a riesgo de granjearme la enemistad del geólogo.

   Por fortuna, Navarrete no prestó atención a mis palabras. De momento se hallaba más bien interesado en mirar la amarillenta llamita que devoraba el combustible del candil. Pare-cía haberse dado cuenta de que el petróleo que alimentaba la pequeña lámpara pertenecía al yacimiento que ahora era de su propiedad.

   —Soy feliz con mi pobreza —filosofó don Jairo.

   —Pero con dinero podría hacer más llevadera su pobreza y su felicidad ―repliqué en son de broma—. Una mansión en la ciudad capital, un lujoso y enorme avión para uso exclusivo de usted, los más sofisticados electrodomésticos que la técnica ha inventado para provecho y comodidad de las personas, sin duda que lo harían mucho más placentera su amada pobreza, ¿no lo cree así?

   —De todos aquellos adelantos que la ciencia y la técnica inventan día tras día para la comodidad del hombre —repuso despectivo Campaña—, muy pronto pasarán su factura a la humanidad entera, haciéndola pagar caro. El desmesurado empeño por sustituir al hombre por la máquina, automatizándolo todo con el pretexto de economizarle tiempo y esfuerzo, a la postre, causará inevitablemente el deterioro físico y mental del supuesto beneficiario. Porque, si la función crea el órgano y la necesidad aguza el ingenio, ¿cómo no habrían de atrofiarse, o quizá desaparecer, la aptitud y la inteligencia si se las impide de funcionar?

   —¡Bravo! He aquí un hombre que habla como un profeta —profirió ufano el geólogo, retirando con premura de sus labios la copa de aguardiente que se disponía a libar—. Coincido enteramente con su brillante razonamiento.

   —También yo estoy de acuerdo con ello —se dejó oír el “doctor”, interrumpiendo el alegre coloquio que venía compartiendo con sus camaradas y haciendo gala de su acento pastuso. Con seguridad que él ignoraba a lo que se refería su jefe, pero no quiso dejar pasar por alto la oportunidad de apoyarlo.

   Más tarde me informé que el llamado “doctor” no era oriundo del vecino país del Norte y que su manera de hablar lo plagió a cierto sujeto de origen colombiano que, casualmente, pernoctó por una noche en casa de los padres del impostor.

   Afuera, la lluvia continuaba cayendo con igual intensidad de antes. Y la tétrica luz de los relámpagos iluminaba intermitentemente el erizado lomo de la cordillera vecina, que tenía la semejanza de un colosal monstruo antediluviano huyendo despavorido.

   —¿Lo ven ahora el porqué de mi desprecio a la terrible riqueza, prolífica fuente de la nociva comodidad? —y luego de adoptar el teatral gesto de nuestros Padres de la Patria, continuó— Me pregunto: ¿cómo esos genios de la inventiva, generosos siempre con la humanidad, no se han puesto jamás a meditar en que, al proveernos de artefactos cada vez más sofisticados, simultáneamente nos condenan a la ineptitud absoluta por falta de ejercicio físico y mental? Ciertamente, no es indispensable ser demasiado perspicaz para notar lo que ahora mismo está ocurriendo: la humanidad encaminándose irremisiblemente hacia su autodestrucción. Pues la sabia naturaleza, al crear las maravillas que encierra el universo, jamás pudo haberse equivocado en un solo detalle ni haber dejado su obra inconclusa. Dotó de los miembros y órganos necesarios tanto a los animales como a las plantas con el propósito de que se valieran de ellos para su conservación y desarrollo. De manera que todos los seres nacen ya completamente equipados de los adminículos indispensables para disfrutar de una feliz existencia, libre de complicaciones, sin verse en la necesidad de ir en busca de complementos extraños a su esencia. Estoy seguro que la naturaleza, de creerlo indispensable, conveniente y prudente la introducción de las máquinas para mejorar las condiciones de vida de las personas, las habría generado simultáneamente a éstas. Por tanto, ¿quién soy yo para pretender transgredir sus sabias disposiciones?

   —Tiene usted absoluta razón —aprobó complacido Navarrete mientras don Jairo se preparaba a distribuir otra ronda de copas de aguardiente.

   Me hallaba confundido luego de haber escuchado la disertación del campesino. Pero mi desorientación no provenía de su punto de vista que, aunque expuesto con exageración y rotundo pesimismo, no andaba del todo desviado de la lógica, sino más bien de la elocuencia y la seguridad con que lo expresara. Resultaba difícil de explicarse cómo un hombre recluido de por vida en una selvática región, posiblemente analfabeto y desvinculado del mundo civilizado, estuviese en capacidad de discurrir sobre un tema tan complejo, además, con tanto ingenio como lo había expuesto. ¿Es qué no era quien aparentaba serlo? Y si en realidad no era quien decía serlo sino alguien que contaba en su haber con cierta instrucción, ¿entonces él nos estaba tomando el pelo? ¡No, eso era imposible! Jairo Campaña no tenía por qué simular lo que no era.

   Y mientras esperaba yo el momento oportuno de averiguar discretamente el origen de su instrucción, me aventuré a lucubrar varias suposiciones al respecto. Luego de rechazar tantas y tantas conjeturas colegí que sería su receptor de radio transistor la fuente milagrosa de sus conocimientos. En los últimos tiempos, esta cajita mágica se había encargado de difundir la benéfica información aun en los lugares, geográficamente, más apartados del planeta, estrechando cada vez más la diferencia cultural entre el hombre de la ciudad y el campesino. Pero el astuto aldeano, que sin duda había leído mi pensamiento, se me acercó sonriente para decirme:

   —Nada menos que una vez al año me doy tiempo para visitar Sigchos. Allí nunca falta un alma caritativa que no se complazca en compartir su sabiduría con el sediento de conocimientos. Si bien lo que así aprendo es poco, no es menos de lo que otros aprovechan de la lectura de todo una biblioteca. No es que esté yo en contra de los libros, —¡por favor!, entiéndase bien—, pero desconfío del beneficio que de ellos dicen obtener la gran mayoría de los lectores.

   Sin esperar comentario a su explicación, me invitó una vez más a brindar por la fortuna del geólogo. Mas al encontrarse con una sólida negativa de mi parte, se unió a sus demás invitados para referirse a la cantidad de dinero que, a cada uno de ellos, les reportaría la producción petrolífera. Y al calcular las cifras, sus huéspedes se veían ya opulentos ciudadanos y se henchían como un pavo real.

   Al quedarme nuevamente solo, no pude menos que sonreír al reflexionar sobre la fluida disertación de don Jairo. Ciertamente, ella no abrigaba misterio alguno del que hubiese podido maravillar nadie, ya que aquel no habría hecho otra cosa que la de recurrir a la forma menos complicada de poder aprender a expresarse, que es la de escuchar con atención mientras los demás hablan. Además, este método tiene para el oyente la ventaja de permitirle preguntar al narrador el verdadero significado de una eventual frase o palabra que se le hubiese escapado a su comprensión. No obstante, hube de admitir que don Jairo poseía una excelente memoria y una gran capacidad de asimilación de las expresiones y los modales observados en las personas cultas a quienes debía tratarlas.

   En cuanto a su proverbial generosidad, aunque al principio me asaltó la sombra de la duda, luego de haber escuchado su firme razonamiento, quedó totalmente esclarecido. Desde lue-go, éste acto de desprendimiento, difícil de suceder, no dejaba de parecerme descabellado, pero debía uno que recorrer el mundo para saber que todo es posible en él.

   La temperatura del interior de la casa, pese a que no estaba totalmente cerrada, empezó a elevarse aceleradamente. Mis empapados vestidos empezaron el lento proceso de deshidratación, directamente sobre mi piel, mientras despedían una nube de vapor acre, debido al abundante sudor impregnado a ellos durante las horas de calor. Lo mismo sucedía con mis compañeros de velada, que tampoco habían tenido la posibilidad de reemplazar sus mojadas ropas por otras secas. Este fenómeno no tenía nada de agradable, pues daba la impresión de que empezábamos a arder consumidos por una fuente de combustión espontánea.

   La verdad sea dicha, no podía hallarme más incómodo allí. Nada pertenecía al medio en el cual me había desenvuelto hasta entonces. Sin embargo, los demás huéspedes parecían hallarse en su elemento, igual que las abejas junto a las flores. El olor que para mí reunía los requisitos para calificarlo de hedor, a ellos les resultaba exquisito aroma, pues aspiraban con fruición insuperable la viciada atmósfera. Flotaban pesadamente en el ambiente olores a aguardiente, a frutas en descomposición, a humo y colillas de cigarros de pésima calidad, a mantas de caballo y a pies que no habían visitado la bañera durante semanas. Cada uno de estos olores resultaba cual más ofensivo al olfato, pero combinados era innegable que formaban un perfume primitivamente excitante, similar al de la ruda o al del palo santo.

   Dejé el sitio que venía ocupándolo desde el instante en que ingresamos en la casa, el cual, por encontrarse al abrigo de las corrientes de aire, comenzaba a caldearse, y fui en busca de uno mucho más fresco. Junto a la escalera, clavada por sus extremos a dos pilares, había una caña colocada en sentido horizontal y a un metro de altura sobre el piso, que hacía de antepecho. Apoyándome en ella con sumo cuidado, me puse a mirar el campo descubierto de árboles, que iba desde la casa hasta una distancia indeterminada que se confundía con la oscuridad. La luna que se había levantado ya, velada por las nubes, proyectaba una débil y lechosa luz que sólo conseguía poner misterio en las formas.

   A poco rato de encontrarme ahí, uno de los ayudantes del geólogo, con ágiles y presurosos pasos, vino en mi dirección. Traía pintada en su semblante esa peculiar expresión que aflora en quienes se han decidido poner en marcha la ejecución de una gran empresa. “Viene para proponer asociarme en la explotación petrolera”, me dije, preparándome para rechazar la hipotética oferta. Pero el mozo ni siquiera se fijó en mí cuando alcanzó el sitio donde me encontraba. Yendo un poco más allá, tomó una de las máscaras que, semi ocultas por la penumbra, permanecían suspendidas de unos clavos, y se cubrió el rostro con ella. Acto seguido, descendió al patio y sin perder tiempo fue a sentarse en su confín. ¿Tenía en mente asustar a alguien que debía salir en pos de él? Pero nadie salió. Tan sólo un minuto después, el enmascarado se irguió y regresó a la habitación, siempre con el rostro oculto. Una vez adentro, obrando con la mayor indiferencia, colocó la máscara en el sitio que había ocupado antes y él se unió a sus compañeros.

   ¿Se había servido de la máscara para protegerse de la lluvia?

   Mientras trataba de adivinar el motivo que le impulsara al muletero a usar aquel objeto que no tiene otra función que la de disfrazar la identidad de quien lo utiliza, me puse a mirar las ridículas y congeladas expresiones que presentaban aquellos rostros de cartón expuestos allí como en un aparador de exhibición. Eran los más de estos objetos viejos y maltratados, como si a lo largo de su existencia los hubiesen usado constantemente. Se notaba a la distancia que habían sido reparados y retocados casi todos ellos. Sin embargo, aunque representaban con innegable semejanza las caras de los más connotados politicastros, pícaros, rufianes y jerarcas de las diferentes sextas religiosas del país, no era nada que pudiese cautivar por el arte empleado en su manufactura.

   —¡Tómelas con confianza! —se dejó oír don Jairo, con su voz musical, situándose junto a mí.

   —¡No lo comprendo! —expresé, en verdad sin comprender a lo que se refería el campesino.

   —¡Vamos, señor Vies! He dicho que puede usted usar la máscara que mejor le parezca a usted. Considérelas como suyas —aclaró él.

   —¿Y qué le hace pensar a usted que deseo usarla alguna de ellas?

   —Bueno, al notar que usted las miraba desde hace rato, como si no terminase por decidirse a tomarla alguna de ellas, creí que le detenía el escrúpulo de usarlas sin el debido permiso de su dueño. ¿Me equivoco?

   —Muy agradecido de mi parte. Pero no veo la necesidad de disfrazarme —respondí perplejo.

   —Bueno, como usted lo prefiera —dijo sonriente el anfitrión, guiñándome condescendiente un ojo—. Le ruego que obre usted de acuerdo con su sabio criterio. Sin embargo, permítame advertirle que resulta nada placentero ir, a estas horas, de paseo más allá del extremo del patio. Existe la posibilidad de encontrarse en cualquier momento con una artera víbora, o con las incandescentes mandíbulas de las “candelillas”. Sabandijas que están siempre al acecho de todo cuanto se mueve en su derredor. ¡Por cierto, estas malditas hormigas pululan por todas partes! Pues créame usted que, no obstante, la prisa que se dé uno, a ellas les sobra tiempo para subirse por las piernas, haciendo notar de inmediato la acción de sus mordeduras, que da a la víctima la sensación de que está siendo asada viva. ¿Es que usted aún no se ha topado con esos bichos?

   —Pero, a esta hora y con esta lluvia, ¿a quién en su sano juicio se le ocurriría pasearse por el bosque? —respondí ingenuamente, tomando la advertencia de don Jairo como una información superflua aun para un neófito como yo— descuide usted, que mientras no amanezca y perdure el mal tiempo no pienso dejar el abrigo de la casa, desde luego si usted me lo permite.

   De pronto, Campaña se puso serio y empezó a mirarme como si en ese momento me viese por vez primera. Luego, golpeándose la frente con un dedo, profirió:

   —Pero, ¡qué flaco tan tonto soy! Cómo ha podido pasarme por alto que es usted todo un refinado caballero que apenas ayer dejó la ciudad, donde la gente, desde inmemoriales tiempos, disfruta de la bienhechora comodidad en todas sus complicadas expresiones. Mas aquí, señor Vies, el campesino continúa aferrado a viejas costumbres que le ofrecen una existencia sencilla pero sin complicaciones enojosas. Además, la comunión con la naturaleza le ha impedido adoptar costumbres que no se acomodan perfectamente a su medio. Porque aquí se impone siempre lo práctico, lo sencillo, a los embrollos del lujo. Por ejemplo: ni en esta casa ni en ninguna otra de esta zona existe retretes, ya que para nadie es motivo de rubor el realizar la última etapa de la digestión a campo abierto, sin cuidarse en absoluto de que alguien lo mire.

   —Pero, ¡cómo! —exclamé asombrado, sin dar crédito a lo que oía— ¿Es que aquí desconocen la vergüenza?

   Don Jairo, esbozando una tenue sonrisa con sus pícaros ojos, me indicó con la mirada las caretas que, cerca de nosotros, reposaban en el tablero.

   —¡Increíble! —musité maravillado— Jamás me hubiese imaginado una falta de escrúpulo semejante en los ilustres moradores de este sector. También me sorprende en la misma medida que un objeto, como la careta, el cual en todas partes no rebasa el plano de la broma, se lo otorgue aquí una función de extrema seriedad. Vamos, don Jairo, pero incluso con el rostro cubierto, ¿lo cree usted admisible que una persona se baje los pantalones y se ponga tranquilamente a evacuar el vientre en presencia de testigos?

   —Pero, mi distinguido señor Vies, ¡se escandaliza usted por nada! —replicó don Jairo incluso más escandalizado que yo— Cuando una persona se sienta a la mesa para alimentarse, que es cuando ella da inicio a su proceso digestivo, ¿se sonroja ante los testigos que le miran efectuar tal acto? Nunca. ¿Por qué entonces habrá de avergonzarse de llevar a cabo su fase final en vista de otros? Al fin y al cabo, ambos casos forman parte del proceso gástrico que le es indispensable efectuar continuamente para poder sobrevivir ―filosofó, elevando la voz para contrarrestar la bulla de los exploradores que, a ratos, amenazaba con hacer zozobrar nuestra conversación.

   —Su conclusión sobre la moral es de todos modos discutible, amigo mío, pero aún existe otro acto intolerable, que consiste en atentar contra la higiene.

   —Por ventaja, también para esta circunstancia, la sabia naturaleza ha provisto de agentes para solucionar este problema —continuó don Jairo con la misma seguridad que abrigaba siempre—. Pues nada queda para infectar el ambiente, ya que, en cuanto detectan su efluvio, una verdadera nube de escarabajos se lanza ansiosa de realizar la limpieza, sepultando los desechos en las entrañas de la tierra.

   No quise ocuparme de elaborar argumentos para cuestionar aquel peculiar sistema natural de limpieza usado en esa zona ni tampoco formular preguntas y preferí reflexionar sobre tan raras costumbres que regían en allí. El anfitrión, respetando mi silencio, me dejó solo y se unió a los demás huéspedes. Y en los minutos que permanecí en ese sitio, ya sin sorpresa, noté cómo dos personas más, pasando presurosos junto a mí y luego de cubrir la faz con la careta de su agrado, se agachaban en la orilla del patio.

   Al cabo, habiéndome refrescado lo suficiente, retorné al lugar que había venido ocupándolo antes. Navarrete no se había movido de su asiento, que se hallaba inmediato al mío. Y pensé que era un buen momento para buscar su consejo acerca de la conveniencia de solicitar al amo de casa su anuencia para acomodarnos en algún sitio, en busca de unas horas de reparador sueño. Pero le hallé absorto en ejecutar un extraño ronroneo similar al que producen los gatos cuando descansan, que no me atreví a dirigirle la palabra, y más bien procuré poner atención y descifrar lo que musitaba. Al comienzo me pareció que rezaba, ya que sus palabras fluían quedas y continuas, como si las hubiese memorizado y, a través de su vida, las hubiera repetido continuamente hasta adquirir la práctica necesaria para recitarlas de corrido. “Da gracias a Dios por la inesperada fortuna que le pone en sus manos”, pensé. Y me puse a considerar que un milagro así era más que suficiente para convertir en creyente al mayor de los ateos. Mas cuando mis oídos se habían acostumbrado a escuchar tal balbuceo, supe que nada de piadoso tenía aquel monólogo.

   He aquí lo que pude sacar en claro:

   —... Debo ponerme de inmediato en contacto con mis colegas más capacitados y, por cierto, de mayor confianza. Me comunicaré con Saura, Montenegro... ¡Demonios!... Pero si estos pillos se hallan actualmente instalados en Petroecuador, percibiendo petrosueldos, gozando de petrocanonjías, a cambio de calentar el asiento, y no querrán acudir en mi auxilio. Tampoco puedo contar con el Don Juan de Bustamante, ya que se encuentra de viaje en una nueva luna de miel y, a su retorno, no podrá ni con su alma. Habré de acudir más bien a Andino. Pues no conozco que este sujeto tenga compromiso con empresa alguna ni que se halle ausente... Pero, ¡carajo!... ¿En qué demonios estoy pensando? Si este tipo aún no ha conseguido colocación es por causa de su proverbial apatía al trabajo, que le ha valido el apodo de “Lobo”. En el hipotético caso de que aceptase colaborar, no se contentaría sino con el cargo de gerente de mi empresa. ¡Diablos!.. ¡Qué complicación! ¡Oh!... Pero ¡si el hombre que necesito es Benalcázar! Jamás encontraría otro profesional más competente y tratable que él. Es toda una personalidad. Lo es respetuoso con los superiores y afable con los subalternos, amistoso con todo el mundo, laborioso, emprendedor y ávido siempre de superación... ¿Superación?... ¡Eh!... ¿Eso he dicho? ¡Carajo!... Pero ¿el anhelo de superación no es sinónimo de ambición desenfrenada que, cuando sienta sus reales en el corazón del hombre, da inmediata cuenta de su dignidad, convirtiéndolo en un desalmado, en un traidor y en un ladrón? ¡Carajo!... Pues no seré yo su víctima.

   “Pero, Juanillo, ¿por qué te preocupas por aquellos bichos, amigos dudosos, que te venderían en la primera de cambio, si otros expertos en materia petrolera vendrán por su propia cuenta y riesgo en cuanto olfateen el grato e inconfundible aroma del oro negro? Entonces sólo habrás de seleccionarlos con cuidado, ya que ninguno de esos buitres vacilaría en sacarte los ojos en la primera oportunidad que tuviese. Víctima de su codicia no pensará sino en devorarte”.

   Hasta aquí llegó el monólogo de Navarrete, puesto que en ese punto fue interrumpido por la señora Campaña que se le acercó con evidentes muestras de querer hablarle en secreto. Era evidente que ella había permanecido a la espera de poder dialogar con él sin la presencia de don Jairo. Por tanto, no desaprovechó la oportunidad que se la presentó cuando éste, luego de haberse cubierto el rostro con la máscara de su preferencia, saliera por un instante. Pero el geólogo, sin permitir a la buena mujer pronunciar palabra, tomándola por el talle y, casi a rastras, la llevó hasta el centro de la sala, obligándola a bailar con él. Indiferente a la viva oposición que presentaba la dama, no reconocía sino el llamado de la sugestiva música reproducida por el viejo aparato de radio.

   Bailó Navarrete acompañado, o más bien se retorció acompañado hasta cuando la desconcertada mujer, luego de un tenaz y exitoso forcejeo, logró ponerse a salvo, para correr a refugiarse en el rincón más oscuro de la casa. Luego el beodo, imaginándose quizá que era preferible divertirse solo que mal acompañado, inició una frenética danza. Si bien, la música de “El toro barroso”, marcó el ritmo de sus primeros pasos, pronto la abandonó para dejarse guiar por la cadencia proveniente de sus propios gritos y palmadas.

   Saltó, zapateó y giró como un trompo, poniendo en serio riesgo la frágil estructura del piso, cuyos materiales y fabricación no podían estar previstos para soportar la violencia de semejante embate. Contoneó y zarandeó hasta quedar completamente exhausto, jadeante y cubierto de sudor como un caballo que hubiese galopado durante todo un día. Y cuando hubo concluido su alocada danza, que apenas le dejó energías para llegar al asiento más cercano, sus ayudantes no sabían si aplaudir o acudir en su socorro. Se hallaba tan agotado además de ebrio, que en adelante ya no se movió del sitio que consiguió alcanzar.

   La indecisión de los mozos se desvaneció sin dejar huellas en cuanto vieron que el anfitrión, a quien nadie lo vio entrar ni devolver la careta a su sitio de reposo, se les acercaba con una nueva botella de aguardiente en la mano. Uno de los mozos, propietario del simpático y femenil apellido de Analuisa, aún intrigado por el origen de don Jairo, encontró entonces la oportunidad propicia para interrogarle:

   —Señor Campaña, a juzgar por su apellido, nació usted en esta ubérrima tierra de Salinas de Monte Nuevo, ¿verdad?

   —Vamos, amigo, ¡no me confunda con un camote! Yo llegué al mundo como todos, en una mullida y aséptica cama y no en un barrizal como lo hacen las plantas.

   —Pretendí decirlo que si era usted montenuevino de pura cepa.

   —Desde luego. Me siento honrado de ser salinero o, si lo prefiere, montenuevino de pura cepa. ¿Por qué le interesa a usted conocer el origen de mi nacimiento? ¿Piensa, acaso, recopilar datos para escribir mi biografía?

   Analuisa se vio en apuros sin saber qué contestarle y no tuvo más remedio que cerrar la boca. Sus compañeros encontraron motivo para reír y no lo dejaron pasar por alto.

   Pronto la conversación reemplazó a la risa y todos adoptaron una actitud más o menos indiferente. Don Jairo, tomando en sus hábiles manos una jacarera guitarra, mostró dotes de músico, poeta y trovador. Luego supe que él no interpretaba sino canciones de su propia inspiración. En esa memorable noche, quizá como nunca antes las musas le fueron propicias. Cantó con sentimiento y ternura a las delicias de la noche montubia, a la belleza de la luna salinera, a la juguetona brisa procedente de la Cordillera de Chugchilán, a las áureas y musicales abejas, a las flores y a los pájaros, al hallazgo del yacimiento petrolífero en el patio de su propia casa y a la felicidad que experimentaba su corazón debido a nuestra inopinada visita. Y, como si esto fuera poco, improvisó hermosas coplas en honor de cada uno de nosotros.

   Por nuestra parte, conmovidos y profundamente agradecidos a la vez, tampoco nos quedamos cortos el momento de corresponder a su poética y musical generosidad, dedicándole entusiasmados aplausos y nutridas alabanzas, sin contar las rebosantes copas de aguardiente con las cuales le agasajaba el comedido “doctor” después de cada canción que el anfitrión interpretara.

   Y mientras don Jairo nos deleitaba el oído, en un ángulo de la sala, que era el sitio destinado a la cocina, su mujer se mantenía ocupada en preparar la cena. El agradable aroma que despedían la carne, al ser guisada, y el pescado, dorándose con un baño de hirviente aceite, incrementaba el hambre de muchas horas y atormentaba sin clemencia mi estómago. Finalmente, con gran alegría para mí, la señora Campaña nos comunicó que la mesa estaba puesta.

   El ágape resultó delicioso. Si bien, éste consistía en un solo pero enorme plato (su cabida superaba la de tres de los normales) su contenido no podía ser más suculento. La carne —de mono, según posterior información— estuvo exquisita y el pescado como para chuparse los dedos. Sin embargo, a nadie se le ocurrió poner en práctica este acto de espontánea satisfacción, por otra parte, restringido últimamente a Jefes de Estado de origen libanés.

   Mientras duró el banquete, nadie perdió tiempo en pronunciar media palabra. La única preocupación de los comensales, incluyendo la de vuestro servidor, era la de terminar cuanto antes con quien nos quería matar: el hambre.

   Tras abandonar la mesa, don Jairo y los demás invitados, con renovadas energías continuaron con la ruidosa velada. Más canciones acariciaron los oídos y abundaron las copas. La euforia se adueño de los corazones.

   Y así, entre copa y copla, risas y aplausos, la grata noche llegaba a su fin. Yo, cansado por el duro ejercicio practicado durante el día anterior, casi no podía mantener los ojos abiertos. El sueño me torturaba con su insufrible pesadez. Y sin poder soportar más, solicité a don Jairo me permitiese acostarme en una angosta plataforma de caña y bagazo que se hallaba situada sobre las vigas, a cierta altura sobre nuestras cabezas. El buen hombre, lamentándose amargamente el no poder ofrecerme una cama mejor, me presentó solícito sus manos y sus escuálidos hombros a manera de escalera, para que pudiese yo acceder a ella. Y, no obstante, la algazara que causaban tanto el anfitrión como sus huéspedes, quienes continuaban cantando, riendo y libando, me quedé profundamente dormido el instante mismo en que me acosté.

   Soñé que mientras viajaba, a caballo, por solitarios caminos, era perseguido por un enmascarado, presumiblemente el célebre bandido llamado José Lasso, que no conseguía darme alcance. No obstante (y cosa rara aun para un sueño), a pesar del antifaz que llevaba puesto el facineroso, pude reconocer en él a Navarrete.

 

CAPÍTULO III

   Me desperté con la impresión de que acababa de cerrar los ojos. Pero la radiante luz solar, que a través de las rendijas del tejado hería la vista, me convenció de que el día había empezado quizá mucho tiempo antes. Al mirar el reloj, me sorprendí de cerciorar que eran ya las tres de la tarde.

   Me levanté apresurado y de un salto limpio llegué abajo. Pero, por desgracia, fui a dar sobre Navarrete, que se encontraba tirado en el suelo cuan largo era, durmiendo tranquilamente su borrachera. Éste gimió dolorido y, sin comprender lo que le sucedía, se puso de pie de un brinco. Por suerte pude retirarme a tiempo, evitando así que su impulso me hiciera volar por los aires. En cambio no fui lo suficiente afortunado como para que no se diera cuenta de que apenas un segundo antes me hallaba encima de él. Me miró respirando desconfianza, imaginándose quizá que me había sorprendido el instante preciso en que me disponía a consumar algún acto repudiable valiéndome de su inconsciencia. De mal talante empezó por examinar mis manos, y cuando me preparaba a oír su airada protesta, echándome en cara mi dudosa actitud, respingo, como si acabase de sufrir una descarga eléctrica de alto voltaje, y seguidamente miró con ansiedad el patio. ¡Cielos! Para mi beneficio, acababa él de recordar que allí se ocultaba su cuantiosa fortuna.

   Su primer impulso fue el de precipitarse afuera, pero al contemplar a sus ayudantes, yacentes en derredor suyo, durmiendo a pierna suelta en medio de copas y jarros volcados y botellas a medio consumir o rotas, pensó en la necesidad de despertarlos. Mas aquella tarea no le iba a resultar fácil. El sueño que les dominaba era sumamente pesado y los gritos y zarandeos no lograban más que arrancarles alguna inconsciente maldición o un ahogado suspiro. Tampoco obtuvo mejor resultado cuando se decidió a probar medidas más drásticas para obtener mejor resultado. Pues, increíblemente, la aplicación a mansalva de puntapiés en las posaderas y tirones de orejas y cabello, no le resultó más que un fallido esfuerzo.

    —¡Arriba inútiles! —vociferaba enfadado el geólogo— ¿No les da vergüenza dormir hasta estas horas? ¿Se imaginan, acaso, que van a pasar el día acostados? O se levantan ahora mismo, por las buenas, o no tendré más remedio que prender fuego la casa con ustedes dentro.

   Vanas amenazas que se perdían en aquella tormenta de ronquidos, hipos y balbuceos. Navarrete, cansado de luchar contra algo superior a sus fuerzas, se retiró iracundo y optó por salir al patio solo. Pero en ese instante alguien que deliraba, exclamó: “¡Petróleo, petróleo!” Y lo que no pudo el tormento lo consiguió la magia de aquella dulce palabra. Las cadenas con que Morfeo les atara cedieron de repente y, todos a un tiempo, se incorporaron raudamente. Sin embargo, la pesadez dejada por el sueño se resistía a dejarles del todo. Restregaban los ojos, se miraban aturdidos, sin poder coordinar las ideas. Tenían la mente hecho un caos. Mas el pensamiento del petróleo estaba fijo en ella, pues mutuamente se hacían atropelladas preguntas al respecto.

   Navarrete, de dos saltos, se situó en el patio y, con ansiosa mirada se puso a examinarlo, sin lograr encontrar lo que buscaba. Se quitó los anteojos, los limpió cuidadosamente una y otra vez, se colocó y volvió a mirar detenidamente cada centímetro de la superficie del terreno que tenía debajo de sus narices. Pronto, veloz como el rayo, corrió hacia un charco, originado por la lluvia, y se puso a hurgar su fondo, llevando con frecuencia a la boca y a la nariz sus manos empapadas de asqueroso cieno. Pero como, en el contenido de aquel bache, no encontrara ni el sabor ni el aroma que debía poseer el exquisito aceite de piedra, abandonándolo de inmediato fue a escarbar otro de similares características. También sus muchachos, imitándolo, examinaban cada uno por cuenta propia su respectivo charco.

   Aquellos sujetos, en su loca búsqueda del yacimiento petrolífero, no escatimaban esfuerzo para investigar con extremo cuidado toda acumulación de cieno y sitios húmedos por pequeños que fuesen, hasta bastante lejos del patio. Y cuando yo les recordaba que don Jairo se había referido con absoluta precisión al patio de la casa como su punto de ubicación, respondían que él bien pudo haberse equivocado en ese detalle.

   Buena parte de la tarde la utilizaron inútilmente en manosear y saborear la mojada e insípida tierra, hasta que comprendieron que jamás lo encontrarían solos. Entonces opinaron que era indispensable allí la presencia del anfitrión, quien no había comparecido aún. El motivo de la ausencia de éste, lo suponíamos al pesado sueño. Opinábamos que, de lo contrario, se hubiese acercado ya, atraído por el alboroto. Navarrete, sin poder esperarlo a que llegase por su voluntad, fue en su busca, prometiéndose regresar cargándolo si tal cosa fuese necesario.

   Pero retornó solo.

   —Don Jairo no se halla en ninguna parte —dijo decepcionado—. Lo he buscado en su cama, debajo de ella, detrás de las sillas, en todos los rincones y aun sobre las vigas, sin resultado. Tampoco he podido hablar con nadie de su familia. La casa se halla deshabitada.

   —Estará sin duda laborando en algún lugar no lejos de aquí ―comentó el doctor—. Es bien conocido que los campesinos no ven con agrado el prolongado descanso ni siquiera cuando se enferman o han permanecido toda la noche pegados a la botella. Yo creo que don Jairo, se halla ahora mismo curándose la resaca a fuerza de copiosos sudores. Hace un par de años, en Santo Domingo de los Colorados, conocí a un fulano, peón de la finca en la cual por entonces laboraba yo como su mayordomo, quien, a pesar de haber perdido un brazo en la última reyerta de la víspera, se presentó por la mañana dispuesto a desempeñar las labores a él encomendadas con antelación. Y aquel día trabajó como nunca lo hiciera antes. El dolor, en el montubio de pura cepa, en vez de debilitarlo le concede extraordinarios bríos, los cuales, obrando como un acicate, le obliga a cumplir con ahínco los compromisos con la tierra que le sustenta.

   “Pero este caso resulta insignificante al lado de otro que sucedió en Palo Quemado...

   —¿Creen ustedes que Campaña andará cerca de aquí? —interrumpió Navarrete, renunciando a escuchar el segundo cuento del doctor— Y su cónyuge, sus retoños ¿dónde están? ¡La casa está desierta!

   —En el campo —encontró oportunidad el doctor para continuar ilustrándonos —todos trabajan del matutino crepúsculo al vespertino. Aquí no hay privilegio para nadie: trabaja el hombre, la mujer, el joven, el anciano y hasta el niño. Y a propósito de niño, recuerdo que en Guadúal conocí a un chiquitín no mayor de mi brazo derecho (todos miraron los brazos del narrador para comprobar si el mencionado miembro era mayor o menor que el otro), quien, habiendo quedado huérfano de padre y frente a la indigencia de la familia, trabajaba de sol a sol para sustentarla con dignidad. Y no se crea que el soporte pecuniario para satisfacer tamañas necesidades fuese pequeño. ¡Nada de eso! Pues, además de los que demandaba la manutención de su madre y sus hermanos menores, costeaba él solito los estudios del hermano mayor, que a la sazón era seminarista. Y sépanlo ustedes, si acaso no lo saben, que el precio de una sotana, sin contar con el del bonete, sobrepasa el de cuatro trajes de seglar juntos, confeccionados en el mejor casimir inglés. Lo sé de labios de un anciano sacerdote, que no tenía necesidad de mentir. Además, aquel santo varón me informó que el precio de las vestimentas rituales...             

   Los ayudantes, no pudiendo contener la risa por más tiempo, estallaron en atronadoras carcajadas. A su vez el geólogo, con el pensamiento rondando alrededor de negocios más importantes, no había escuchado sino como entre sueños el relato del doctor, del cual no había podido entender más que unas cuantas palabras sueltas, comentó como para sí mismo: “Vaya. Si sólo una sotana cuesta tanto dinero, razón suficiente tienen los pobrecitos sacerdotes de la actualidad para contentarse con modestos trajes de cachemir inglés”. Sus ayudantes, aunque no estaban seguros de que se tratara nada más que de un chiste lo que brotara de los sacrosantos labios de su jefe, prorrumpieron nuevamente en estruendosas risas. El adulo a quien pagaba con desprendimiento sus pésimos servicios era tal que estaban prestos a festejar escandalosamente cualquier insulsa broma formulada por él.

 

CAPÍTULO IV

   Mientras los exploradores, en espera del retorno de Jairo Campaña o de alguno de sus familiares, continuaban horadando el patio, yo, fascinado por la belleza del panorama que se desplegaba ante mis ojos, caminé hasta un otero que se levantaba a poca distancia de allí.

   La tarde era soleada. En las límpidas profundidades celestes flotaban perezosamente unos cuantos capullos de tenues y albas nubes. Era la hora en que la naturaleza vuelca generosa su ternura en el espíritu.

   A pocos pasos de ahí, la rumorosa fronda palpita desbordante de vida. Cedros, floripondios, canelos y guayabos exhalan sus perfumes que se diseminan en alas de la brisa por el paraje, mientras las esbeltas palmeras, poseídas de loca alegría, danzan al compás de las canciones entonadas por los arroyos cercanos. Guayacanes y matapalos, colorados y laureles, ceibos y copales, altivos príncipes del bosque, pretenden alcanzar el cielo con sus copas, escalando por los rayos de luz. Acarician, quizá, la áurea ilusión de desposarse con las diamantinas estrellas, que, desde el remoto firmamento, les sedujeran siempre.

   Debajo de ellos, formando parte de un mundo maravilloso y discreto, despliegan su florido esplendor las orquídeas, las violetas, los lirios y una variedad incontable de trepadoras, irradiando grandiosidad en cada candoroso pétalo.

   Aquí, una coqueta mariposa de hermosos colores, revolotea, sin rumbo ni prisa, con el único objeto de exhibir su belleza. Allá, una libélula con aspecto de aeroplano, abandonando la orilla del estero, se divierte sobrevolando por los laberintos del bosque. De vez en cuando, seducida por el sonsonete de una cigarra, detiene su vuelo y por un instante permanece suspendida en el aire, pero de repente reanuda el viaje y desaparece detrás de un árbol. Y por todas partes, los insectos, vistiendo el atuendo del arco iris, hacen gala de sus colores.

   Más adelante, donde la fronda es menos tupida, un ciervo de cobrizo y reluciente pelaje, camina cauteloso, deteniéndose cauteloso cada vez que la caída de una hoja o el vuelo de un pájaro producen el más leve ruido. Pero en cuanto comprende que la causa de su alarma no merece el esfuerzo de precipitarse en presurosa carrera, continúa por su intrincado camino, sin prisa pero atento a la mínima señal de peligro.

   Desde el follaje de un clavellín, medio confundido por el rubí de sus flores, el religioso tucán entona una conmovedora letanía mientras traza con su enorme pico, una y otra vez, invisibles cruces. Y por doquier, surcando el éter con vuelos cortos y dejando escuchar las melodiosas notas de sus trinos, están presentes pajarillos de multicolor plumaje.

   Al fondo, bajo el inmenso manto de turquesa y añil, se levanta imponente la erizada Cordillera de Chugchilán, coloso centinela de la llanura, que se dilata hasta desaparecer en lontananza. Naciendo, precisamente de su punto más prominente, dos rugosos brazos de granito, en afectuosa actitud, van a posarse suavemente sobre la fecunda llanura. Se diría que la soberbia montaña experimenta infinito placer manteniéndose unida a ésta en abrazo sempiterno.

   La escena es fascinante.

   Reflexiono que si el inerte granito se conmueve ante aquella bucólica grandeza, ¡qué decir entonces del humano ser que está dotado de un alma sensible, modelada para vibrar de emoción al menor impulso del entusiasmo!

   ¡Me absorbió de repente, a un estado de ensueño, el grandioso paisaje de visión subyugante! Sensaciones divinas me eligieron su dueño.

   Hasta mi alma llegaban la seráfica Luz, el aliento embriagante de las Flores fragantes y una inmensa ternura que emanaba la Paz.

   Me encontraba ligero, me sentía animado, cual azul golondrina que cabalga la brisa tras la fúlgida estela de una estrella fugaz.

    

CAPÍTULO V

   Las fuertes voces de los exploradores, enzarzados en una acalorada discusión, quebraron mi embeleso. Y de mal talante me acerqué a ellos, dispuesto a sugerirles la inmediata marcha hacia el campamento de ellos. Les haría notar que, por alguna razón desconocida para nosotros, la familia Campaña había dejado su casa quizá para no volver en varios días. Además, ¿quién podía asegurar que cuando los campesinos van de visita a sus amistades o familiares, no acostumbraran a permanecer junto a ellos durante varios días, aunque su casa se encontrase relativamente cerca? Y bien, Navarrete y sus ayudantes ya regresarían en otra ocasión para continuar con la búsqueda en unión del señor Campaña.

   Sin embargo, al llegar junto a ellos, me fue imposible exteriorizar mi opinión. La férrea decisión que demostraban todos en esperar el retorno de Don Jairo, sin importarles el tiempo que fuere necesario, me lo impidió. Entonces determiné aguardar tranquilamente los sucesos que se avecinaban, presintiendo que habrían de ofrecerme momentos amenos. Al fin y al cabo, cuando concebí la idea de vender la renuncia de mi cargo burocrático para, con su producto, recorrer el mundo, lo fue desde luego con la intención de divertirme o de distraerme al menos.

   Y la espera continuó.

   —No veo otra vía que la de salir en busca de él o de alguno de los miembros de su familia —propuso Navarrete a sus ayudantes, refiriéndose a Campaña—. Estoy seguro de que ellos no andarán muy lejos. Recuerdo que anoche, a poca distancia de aquí, atravesamos un amplio desmonte, según mi entender, listo para la siembra. Ellos estarán allí. Alguien debe ir en su busca.

   —Ingeniero, pero no sabemos dónde se halla ese desmonte ―respondió Ventura con dificultad. Se trataba del muchacho que el día anterior recibiera la coz de la mula que, irónicamente, la cuidaba él mismo—. La noche era oscura y no había forma de saber dónde ponía uno los pies. Mentiría yo si le dijera que me había dado cuenta de los sitios que atravesamos para llegar hasta aquí. Además, tampoco sabría decirle por dónde hemos llegado acá.

   —Tienes razón —sentenció el doctor.

   —¡Carajo! ¿Es qué venían ustedes ebrios o dormidos? —bramó el geólogo con la misma furia de un león hambriento. Luego, para descalificar lo dicho por sus ayudantes, agregó enfático—: No importa que tan oscura esté la noche ni cuál sea el estado del tiempo que acompañe durante un recorrido, nada pasa desapercibido al viajero atento, incluso si va él cómodamente sobre su cabalgadura. Pues, cuando de pronto, el ambiente se torna más fresco, o la brisa empieza a soplar con mayor intensidad de lo normal, significa que el camino atraviesa por campo abierto. ¡Nada más simple! Y cuando aumenta el olor de hojas muertas y de resina, es fácil de colegir que existe en las inmediaciones abundancia de árboles cortados. ¡Nada más simple!

   —Tiene usted toda la razón del mundo —aprobó el doctor, sin perder la oportunidad que se le presentaba para hablar.

   —En cuanto a la dirección que se debe tomar para llegar al labrantío —aventuró Navarrete—, creo que es por allí... o tal vez por allá... —y se puso a indicar varias direcciones diferentes y contrarias entre sí.

   —No será fácil de encontrar el bendito desmonte—opinó nuevamente el sujeto que fuera vapuleado por la acémila, mientras se tocaba con el dedo los sitios que poco antes habían perdido las piezas dentales.

   —Buscaremos hasta dar con Campaña —replicó Navarrete, dando algunos pasos por un sendero que, partiendo del patio, iba a internarse en el espeso bosque, pero sin abrigar la menor intención de continuar avanzando.

   —No será nada fácil —afirmó pesimista Ventura.

   —¡Pájaro de mal agüero! —le recriminó Hurtado, un petimetre con aires de hombre urbano, sacudiendo con el pañuelo el polvo adherido a su camisa. Este sujeto se jactaba de haber visto la primera luz en la Sultana de los Andes y a menudo solía tratar despectivamente a sus compañeros de origen campesino.

   —Todo lo que tenemos que hacer es encontrar primero nuestras propias huellas —dijo el geólogo, antes de que el mozo aludido tuviese oportunidad de responder a su ofensor—. ¡Vamos! ¡Hay que darse prisa! Ventura, vaya por esa dirección. Usted, Analuisa, tome ese sendero e intérnese en el bosque. Ramiro, avance de aquí hacia algún sitio. Pero le suplico que, siquiera por esta única ocasión, procure caerse lo menos posible mientras camina.

   Ramiro era un atlético joven de porte señorial y mirada límpida y soñadora. Se mostraba reservado y, cuando se veía precisado a emitir su opinión lo hacía sensatamente. Era estudiante de Ingeniería Industrial en un instituto de enseñanza por correspondencia, y el trabajo que ahora desempeñaba (el de enfrentarse con la selva) no lo había realizado nunca antes. De ahí su dificultad para transitar por agrestes caminos.

   —Y usted, doctor, tome la trocha que va hacia el río y examine cuidadosamente esa parte del bosque —terminó de dar órdenes Juan Navarrete.

   —¡Yo no me muevo de aquí solo! —exclamó atemorizado el doctor tan pronto como acabara de oír la orden de su jefe— Habría de estar yo loco para exponerme a los peligros de la selva tal como me encuentro, es decir: sin armas que avalen la seguridad de mi integridad física —todos le miraron sorprendidos, pues sabían que él no bromeaba esta vez. En efecto, en su semblante se hallaba pintado el terror de quien hubiese recibido la imposición de ir desarmado a combatir en la guerra. Y con voz insegura continuó—: Los peligros que, por desgracia, entraña esta parte de la selva no se reducen a un posible encuentro con un tigre hambriento, que al y al cabo éste no es más que un gato grande, o a la emboscada de la artera víbora, cuyo riesgo más bien seduce al hombre sediento de aventuras. ¡Nada de eso! Existen aquí peligros realmente pavorosos, de los cuales apenas unos cuantos afortunados se han salvado para contar su malhadada experiencia. De buena fuente lo sé de no pocas tragedias acaecidas como resultado de este azote, precisamente, en esta zona. Y todas las víctimas fueron personas conocedoras de la jungla, para quienes el lidiar con las fieras, los ríos embravecidos y los pantanos no era más que el pan de cada día. Sin embargo, no siempre va el cántaro al agua y vuelve sano.

     “Estos bosques, aparentemente tranquilos, son el albergue de diabólicas plantas, dotadas de inteligencia, que sienten aversión mortal hacia los humanos. —Al llegar a este punto las advertencias del timorato doctor, hasta el más valiente de sus colegas empezó a mirar con pánico la vecina selva que se dilataba envuelta en un velo de misterio. Sólo Navarrete no veía la menor amenaza en lo que él consideraba una burda patraña, inventada por su ayudante para burlar a la autoridad representada por él. Y, con mayor fiereza del tigre más feroz, se abalanzó, con las manos abiertas cual afiladas garras, contra el cuello del desprevenido doctor para estrangularlo ipso facto.

   Y éste apenas se hizo cargo de la situación cuando sintió que unas poderosas tenazas ceñían su garganta. Entonces pensó tal vez que su fin había llegado. Navarrete la apretaba con la seguridad y la sabiduría de quien conocía perfectamente lo que hacía. ¿Habría tenido un estrangulador por maestro? Lo cierto es que una bocanada de sangre espumosa cubrió los labios de su víctima, como signo inequívoco de que acababa de sufrir alguna lesión de importancia en la tráquea. Y seguramente el ataque hubiese tenido funestas consecuencias si yo, en un acto de misericordia, no me hubiera interpuesto entre los dos, introduciéndome como una cuña. Al fin pude impedir que el enfurecido agresor continuase apretando el gaznate del pobre diablo que ni siquiera intentaba defenderse.

   Acababa yo de salvar una vida.

   Luego de que la calma quedase restablecida, pedí a Navarrete permitirle a mi protegido que continuase hablando sobre aquellas plantas misteriosas que habían despertado en mí gran interés. En alguna parte, que de momento no recordaba, ya había escuchado o leído yo algo acerca de este fascinante tema.

   Navarrete consintió de mal grado mi petición, como si con su actitud quisiera advertirme: “Allá usted si consiente en dejarse embaucar por semejante pillo”. En cuanto al doctor, su condición de locuaz innato no le permitió dejar pasar por alto la coyuntura de retomar la palabra.

    —¡Gracias, señor Vies! —musitó el bracero, dirigiéndose a mí, no sé si por haberle salvado la vida o por posibilitarle la oportunidad de continuar dando vuelo a la lengua. Y, luego de enjugar con la manga de su camisa los restos de sangre que aún manchaban los labios y la quijada, prosiguió lagrimoso y con enronquecida voz—: Para nadie de este sector constituye un secreto las propiedades perniciosas del arbusto llamado aluvilla, el cual, por desgracia, abunda aquí. ¡Basta con que una persona se le acerque para que inmediatamente el cuerpo de ella se cubra de asquerosa sarna!

   “A sus infelices víctimas, cubiertas de sanguinolentas y fétidas llagas y al borde del abismo de la locura, las he visto y, posiblemente, las verán ustedes antes de marcharse de aquí. No hay nariz ni estómago capaces de tolerar la proximidad de semejante carroña. Pero éste no es el único ni el peor enemigo vegetal que, escondido entre inofensivas plantas, alberga la selva, ¡saben! También prolifera aquí la liana denominada “bejuco del padrastro”, la cual se agita visiblemente colérica en cuanto detecta la presencia de alguien que se le acerca. Y si, por obra de la fatalidad, el incauto se pone a su alcance, le da de latigazos hasta arrancarle en tiras la piel.

   “Existen hermosas flores cuyo delicioso aroma es venenoso, y abundan plantas que ofrecen a los sensuales besos de la brisa sus temblorosas hojas abiertas como estilizadas manos de mujer, ostentando actitud apacible y suplicante. Pero en cuanto se las toca, se transforman en monstruosas víboras ansiosas por clavar sus letales colmillos en el infeliz que, ingenuamente, ha osado tocarlas. Este demonio verde del bosque, se llama justamente manos de mujer.

   El doctor, en estoica espera de un posible improperio en su contra, lanzado por parte de su jefe o de sus compañeros, que no parecían conocer demasiado la selva, interrumpió el relato. Mas al notar que nadie se proponía fastidiarle, pasó complacido a referir sobre cierto árbol llamado Fernán Sánchez, cuyas rojas flores, tan hermosas como las del clavel, eran la causa de la fiebre palúdica. También aseguró paladinamente que ciertos pajarillos de multicolor plumaje y dulce trino se metamorfoseaban en horribles sapos en cuanto llegada la noche. Habló además de unas raras hojas en forma de monedas que, al tocarlas, se volvían mortales tarántulas. Pero que luego de permanecer así unos minutos, recobraban su estado anterior, en espera de poder sorprender a otros incautos. Con-tó así mismo de árboles que caminan y de piedras parlantes.

   De pronto se cumplió lo que el narrador temía. —¡Embustero! ¿A quién tratas de hacer comulgar con ruedas de molino? —se dejó oír el mozalbete llamado Analuisa, elevando la voz por encima de las escandalosas risas que los demás dejaban escapar como un chiflón.

    —¡No miento! Los he visto a los leprosos. Y lo demás lo sé de boca de quienes moran aquí —se defendió el doctor.

   —Y ¿quiénes son quienes? —le acorraló el maltrecho Ventura, mugiendo entre ahogados jadeos y esforzándose por hacerse entender.

   —Ustedes no los conocen —afirmó el doctor, con la seguridad de taparles la boca—. Pero uno de ellos vive no muy lejos de aquí y es un personaje muy notable. Es nada menos que el pionero de los colonizadores y el artífice del desarrollo agropecuario de estas tierras. Es, pues, como si se dijera el primer ciudadano de Salinas de Monte Nuevo. ¡Se trata por cierto del mismísimo General Cisneros, de quien todos ustedes ya habrán oído mencionar!

   Mas para todos resultó ser un ilustre desconocido el mentado personaje.

   —Vamos. Pero ¿de qué General hablas tú? —interrogó un mozo de baja estatura, ensortijada pelambrera y aristocrática nariz griega, que respondía al apelativo de Robayo—. Les conozco a todos los moradores de aquí. Todos ellos son pobres labriegos o arrieros, honrados, eso sí, pero ninguno ostenta el grado de General.

    —Pues él vive apenas a media hora de aquí —replicó el narrador—. Se puede ver su casa desde la loma que tienes ante tus ojos. Ya habrá ocasión de poder presentarte uno de estos días. Es todo un caballero. Durante mi anterior visita a este lugar tuve la oportunidad de tratarlo. ¿Te olvidas acaso que durante el verano pasado ya anduve por aquí?

   Robayo no estaba muy convencido de la existencia de aquel caballero. Pensaba de seguro que se trataba de otra mentira inventada por el prolífico doctor. Se disponía ya a manifestar su disconformidad cuando Ramiro, interviniendo por primera vez en la discusión, dijo:

   —Amigo doctor, me temo que usted ya no podrá presentar al mentado General a nadie, pues hace apenas unos días se le encontró muerto como consecuencia de haber sido flagelado por el bejuco del padrastro. Pobre señor, ¡de poco le había servido haberse salvado de las manos de mujer por repetidas ocasiones para morir como el más desdichado de los entenados! Me he enterado por la radio. ¿Acaso ustedes no escuchan noticias?

   De inmediato me di cuenta de que Ramiro no decía sino una mentira piadosa, además de ingeniosa, temiendo que el doctor fuera objeto de una nueva agresión física ahora de parte de sus compañeros, acusándolo de pretender tomarles el pelo. No me equivoqué, pues el difunto General gozaba ese preciso momento de magnífica salud.

   —¡Demonios! ¿Qué es lo que usted nos cuenta? —exclamó el geólogo, tomando como ciertas las palabras de Ramiro y dirigiéndose a éste. Navarrete, que por un momento, olvidándose del yacimiento de petróleo, se había dignado conceder atención a la conversación de sus ayudantes, se puso lívido, víctima de un sincero sentimiento de pesar— ¡Cómo pudo terminar así un personaje tan cauteloso y astuto como el General! ¡Qué lamentable suceso!

   —¿Lo ven ustedes que en realidad existió el General Cisneros? —profirió el doctor, respirando complacencia por haber podido taparles la boca a sus detractores, y dirigiéndose sin rencor a su jefe, añadió—: Pues, ahora que lo recuerdo, también usted lo conoció personalmente a él, ¿verdad?

   —¡Claro que sí! —corroboró condescendiente el ingeniero— Lo recuerdo perfectamente. Y cómo no lo voy a recordarlo si fue precisamente de quien adquirí mi magnífico caballo, que se convertirá sin duda el rey de los hipódromos. Pero, cuando le visitamos, no me parece haberle oído nada de lo que usted nos ha referido. Al menos no lo recuerdo.

   —Pero ¿cómo iba a oírlo usted si tenía centrada toda la atención en el mencionado corcel? —se permitió aclararle el doctor.

   De momento, el geólogo se había apaciguado.

El doctor, por raro que parezca, no mentía, entendiendo su relato como una exposición basada en la creencia popular, claro. Más tarde tuve la oportunidad de informarme ampliamente sobre estas afirmaciones que, por cierto, es parte de arraigadas supersticiones que abundan en la campiña de nuestra patria. A sus moradores, la posibilidad de semejantes metamorfosis, les parece tan simple y natural como la caída de la lluvia, la salida del sol o el arribo de la noche. Y no faltan personas de probada seriedad que aseguran haber sido testigos de tan insólitas mutaciones, y que serían capaces de poner las manos en el fuego para avalar sus aseveraciones. También al padre Velasco (al fin lo recordé) debieron haberle parecido reales estos sucesos, ya que, en su famosa obra: Historia Natural del Reino Quito, los relata como si él mismo los hubiese visto.

   De todo el grupo de exploradores, únicamente el doctor se hallaba al corriente de las supuestas calamidades que elabora la selva. Pero éste hubiese pasado otro mal rato, protagonizado por el mismo Navarrete, cuando sus compañeros, admitiendo textualmente los peligros retratados en la narración, se hubieran negado a alejarse del lugar donde hallaban. Finalmente se habían convencido. En sus semblantes, tensos como si estuviesen congelados, se advertía la presencia del miedo.

  Felizmente para el narrador, un inesperado suceso vino a disipar la tormenta que amenazaba con caerle de un instante a otro. ¡Cielos! La señora Campaña acababa de ponerse a la vista.

   Llevaba sobre sus encorvadas espaldas un enorme canasto fabricado de tiras de bejuco, atado a la frente mediante una soga. Venía seguida de media docena de niños de diferente edad y estatura, que caminaban detrás de ella en fila india. Eran todos sus hijos. Se acercaba lentamente. El peso de la carga debía ser considerable, ya que para transportarla la mujer empleaba un gran esfuerzo. Cada paso que daba parecía ser el postrero y que luego se derrumbaría agotada por la fatiga. No obstante, continuaba caminando con la cabeza casi rozando el suelo. Por sus enrojecidas mejillas descendía abundante sudor y su respiración se asemejaba al soplo de una fragua.

   Los niños, en cambio, avanzaban con cadenciosos y menudos pasos, cual tropilla de patitos camino del estanque. Voces quedas, emitidas para graficar sus inocentes confidencias y ser oídas sólo entre sí, pero que llegaban hasta nosotros como el susurro del céfiro, nacían de sus frescos labios. El mayor de ellos, tal vez de unos nueve años de edad, cargaba al hombro una racima de banana, y el menor inmediato de éste, arrastraba con dificultad un madero seco, en el cual cabalgaba el más pequeño de los críos.

   —¿Y su marido? —se apresuró a preguntarle Navarrete cuando al fin la mujer hubo acercado lo suficiente como para oírle.

   La pobre mujer, que oprimida por el peso de la repleta canasta no había podido mirar otro sitio que no fuese en el que ponía sus vacilantes pies, se quedó paralizada por la sorpresa que le causaba el ver que aún permanecían en casa los invitados de su marido.

   También su prole nos miraba pasmada y la afable familiaridad con que nos obsequiaran apenas la noche anterior, parecía haberse extinguido sin dejar rastro. Resultaba obvio para ellos que lo último que esperaran ver era a nosotros. Y pasaron muchos segundos antes de que la señora Campaña se hiciera cargo de su apurada situación. Sin embargo, ignorando la pregunta que le habían dirigido, continuó en silencio el pequeño trecho que todavía le faltaba por recorrer hasta la casa.

   —¿Tardará aún la llegada de don Jairo? —insistió Navarrete, poniéndose junto de la interpelada, que se esforzaba en vano por ascender la angosta escalera, llevando a espaldas la pesada carga.

   Ella no daba muestras de haber escuchado la pregunta.

   Ante su indiferencia, el geólogo no se inmutó. Una brillante idea vino a iluminar su mente y sólo le hacía falta ponerla en práctica para obtener buenos resultados.

   —¡Señora mía, permítame usted ayudarla! —dijo, poniéndose enseguida a socorrer a la cansada mujer. Pues la urgente necesidad de congraciarse con ella le había vuelto de pronto humilde y comedido como jamás lo había sido —¡Oh! Este fardo pesa demasiado para las débiles fuerzas de una delicada dama  —decía—. No debería usted, distinguida señora, esforzarse tanto como lo haría un ganapán. —¡Espere, por favor, espere, que yo le ayudaré a subir la canasta! ¡Vamos...! ¡Por fin!

   Efectivamente, con la oportuna cooperación del obsequioso huésped, la voluminosa canasta fue ascendida fácilmente. Su contenido se componía de yucas, camotes, cogollos de palmito y una calabaza grande y anaranjada. Eran casi todos los componentes de la dieta de esa familia.

   Tras este signo de cortesía, la señora Campaña, dejando de lado su peculiar timidez, se vio obligada a corresponder a su benefactor con un gesto de atención y accedió a dialogar. Pero, antes de iniciarlo, pidió a su futuro interlocutor que saliera de la habitación.

   —Mi condición de casada me impide —dijo—, en ausencia de mi esposo, recibir a un extraño bajo el techo de mi casa.

   Navarrete acató la orden, con increíble prontitud, temeroso de que la esfinge volviese a enmudecer a la menor señal de resistencia.

   —¡Sabrá usted, señor mío, que mi marido se ha marchado! —expresó la señora Campaña, con voz temblorosa mientras se acodaba nerviosamente sobre la caña que hacía de antepecho— Salió de viaje por la mañana y no regresará hasta después de dos o tres días, como es su costumbre. Bueno, todo depende de la prontitud con que pueda vender los dos cántaros de puntas que lleva consigo. ¡Púchicas! Pues ocasiones no ha faltado en que le ha sido imposible dar enseguida con clientelas. Entonces el pobre ha tenido que sudar tinta, yendo de un lado para el otro hasta encontrar parroquianos. ¡Púchicas! Por esta temporada, contados son los que se dedican a chupar, aunque no tengan jamás un real con que pagar. Pero en las fiestas de Carnaval, de Pascua, de los Finados y de Noche Buena es cuando la gente se desvive por pelar la pava y, sobre todo, cuenta con alguna lana. Es entonces cuando le va bien a mi pobre Jairo.

   —¡Imposible! —exclamó, alarmado el geólogo, mirándola desde el patio —No lo creo probable que vaya a demorar tanto fuera de casa, cuando...

   —¿Qué no es posible? —replicó la mujer sin permitir que su interlocutor terminase la frase. Sus expresiones, que mientras hablaba habían adquirido aplomo, tenían ahora la suficiente flexibilidad para encubrir una actitud de fingida contrariedad —Es que usted, señor mío, desconoce lo que es caminar horas y horas para dar con alguien que se interese por una sola botella de puntas. ¡Púchicas! Y cuando al fin asoma alguien que se interese, cuesta trabajo convencerle que la mercancía es buena, pues de lo contrario, no la querrá ni regalada. De este modo, el tiempo vuela y los días se van sin sentir. Por tanto, estoy segura de que Jairo no regresará sino hasta después de cinco o seis días.

   A todas luces, la mujer, que de ningún modo había resultado parca en el arte de mover la lengua ni carente de imaginación ni sagacidad para elaborar argumentos semejantes, trataba de desalentar en Navarrete el deseo de continuar en espera de su marido. Sin embargo, éste, obnubilado por la codicia no había avizorado todavía lo que ella escondía detrás de esa cortina de verbosidad, y se quejó:

   —¡Eso no puede ser! Se equivoca usted, hermosa dama. Pues entre su señor marido y este servidor existe un negocio importante que urge finiquitar ahora mismo. Lo esperaré.

   —Pero si él regresará hasta luego de una semana.

   —Bien, si usted lo dice, así será —replicó Navarrete, simulando credulidad. Pese a su ofuscación, empezaba a vislumbrar la argucia empleada por la astuta mujer. Me miró desolado, avergonzado de su ingenuidad y, luego, cuando su interlocutora abrigaba ya la esperanza de que le había persuadido y, por consiguiente, se preparaba a ver la anhelada partida de sus molestos huéspedes, dijo fríamente:

   —Bueno, faltando su marido aquí, señora mía, no veo la razón por la cual usted no pueda representarle. Será una minúscula molestia que usted accederá gustosa a complacerme. Lo estoy seguro.

   —¡Jamás tomo parte en los negocios de Jairo ni me entero de ellos! —se alarmó la mujer, viendo derrumbar estrepitosamente la esperanza de salir bien librada del asedio de su inquisidor, que no la iba a dejar fácilmente en paz.

   —No es necesario que usted tome parte en los negocios de su marido —contestó con calma Navarrete, preparándose a disfrutar del sobresalto que iba a llevarse su interlocutora—. Si usted lo prefiere, ni siquiera le hará falta pronunciar una palabra. Bastará con que usted se digne bajar de la habitación para indicarme el sitio exacto donde se halla el yacimiento petrolífero. Nada más simple.

   Una intensa palidez invadió el rostro de la mujer. De sus ojos agrandados desmesuradamente, se esfumó ese brillo peculiar que refleja la energía vital que anima a todo ser vivo. Por un instante, temí que se soltara de la caña en la cual se apoyaba, pues dio la impresión de empezar a tambalearse como un árbol que ha sido serrado en su base. Mas, reponiéndose de inmediato, respondió:

   —No sé de qué me habla usted.

   —¡Cómo! ¿Es que pretende usted negar que en el patio de su propia casa existe una mina de oro negro? —trató de acorralarla el geólogo.

   —¿Una mina de oro o de lodo? —se mofó la mujer— Pues ¿no lo ve que en él no existe más que charcos de agua dejados por la lluvia? No diga bromas, hombrecito.

   Los exploradores sufrieron un respingo.

   —¡Nada de bromas! —replicó Navarrete a punto de perder la paciencia.

   —No trate de engañarnos, buena mujer —profirió el doctor—, y reconozca que en este lugar, o en algún otro muy cerca de aquí, existe una rica fuente petrolífera.

   —Es que en verdad yo no conozco nada sobre esa dichosa fuente petro... petro... petro... —tartamudeaba la señora campaña.

   —Petrolífera, petrolífera —acudió Caramelo en ayuda de la señora Campaña, dándose de comedido.

   —¿Petrofera? —pronunció ella, mirando ruborizada a su consejero. Este detalle originó un torrente de risas en los indiscretos concurrentes. Pero la mujer, sin prestarles demasiada atención, continuó—: No existe tal cosa. Les aseguro que es ésta la primera vez que escucho hablar de semejante cosa. Pueden ustedes buscarla en toda la finca, si así les parece.

   —¡Cómo! —gritó Navarrete, perdiendo al cabo la paciencia— ¿Es qué usted no vive aquí junto a don Jairo, o su presencia en este momento aquí se debe a la casualidad?

   —¡Oh Dios mío, ya comprendo lo que pasa! —gimió la señora Campaña, enjugando lentamente con la manga de su blusa una gruesa lágrima que amenazaba con despeñarse por la mejilla.

   Nos preparábamos todos a observar el sitio del yacimiento en cuanto la mujer bajase a indicar su ubicación. Sus últimas palabras dieron pie para creer que la resistencia de su obstinación en negar la existencia de algo que era ya de dominio común, se le había agotado. Y también todos empezamos a mirar diferentes puntos del patio, tratando de adivinar cuál de ellos era el que escondía tan importante tesoro. Pero la mujer, entre interminables gemidos, continuaba dejando escapar el llanto.

 

CAPÍTULO VI

   —¡Por todos los diablos!... Bueno, ¿qué espera usted para bajar de una maldita vez a indicarnos ese condenado lugar? —rugió iracundo Analuisa, sintiéndose harto de ver tantas lágrimas derramadas. Lágrimas de cocodrilo, según se habría imaginado él.

   La mujer, por toda respuesta, le miró hecha un basilisco. Pero continuó escudándose detrás del llanto. Su actitud no presagiaba nada bueno.

   —¡Demonios! No irá a salirnos ahora con qué usted no está de acuerdo con la decisión de su marido —se enojó Zaramago—. Pues sépalo que tenemos la promesa inquebrantable del rey del hogar y a ella nos atenemos. De forma que, pese a la manifiesta disconformidad de usted, el yacimiento petrolífero es nuestro a perpetuidad. Vamos. ¿Dónde se halla su lugar?

   —Pero si aquí no existe petróleo ni nada que se le parezca ―protestó la llorona, sonándose la nariz con la misma manga de la blusa que usaba para enjugar las lágrimas—. ¡Taita mío! Ya me temía que el loco de mi marido, con el cual me castigó el diablo, estuviese jugándoles una de sus acostumbradas bromas. Pues era de eso, precisamente de eso, que quise prevenirles anoche: que desconfiasen de las promesas que les hiciera Jairo. Pero usted, don ingeniero, sin brindarme atención, me obligó a bailar. ¿No lo recuerda? Vamos. ¡Niégueme ahora!

   Mientras hablaba fue deslizándose lentamente hacia el pilar donde se hallaba la repisa conteniendo las caretas. Éstas, como siempre, manteniendo invariables sus ridículas sonrisas, quedaban ahora exactamente sobre su cabeza. Y no obstante lo trágico de la situación, me imaginé que el feo y compungido rostro de la mujer, se vería mucho mejor cubierto con cualquiera de aquellas cómicas máscaras.

   —¿Bromas a mí? ¡Imposible! —estalló Navarrete, esparciendo en sus ojos una feroz sonrisa e imprimiendo un espeluznante tono en la voz— No lo creo. En cambio, si usted, inmunda arpía, continúa negándose a obedecerme, ¡le juro por los huesos de mis antepasados que la achicharraré en la hoguera que haré con su propia casa! Ya lo va a ver.

   Los gritos de Navarrete no sólo que alarmaron a la aludida, a quien ya nada le podía hacer pensar en la marcha pacífica de sus huéspedes, sino también a sus hijos y aun a los dos grandes perros, guardianes de la casa, que dormitaban al pie de la escalera. Los canes, ofendidos por haberlos despertado bruscamente, empezaron a ladrar con furia, mirándonos amenazantes. Pero al ver que ninguno de nosotros, atemorizados, se atrevía a mover un solo músculo y que no constituíamos peligro para nadie, se apaciguaron. Sin embargo, el repentino  y estridente relincho de uno de los mulares, que desde la tarde anterior habían permanecido atados a unas leñosas matas, olvidados por sus ingratos amos, fue motivo más que suficiente para que los guardianes recobrasen la furia y se las tomaron con las pacíficas acémilas.

   La amenaza de las dentelladas de tan temibles fieras, tanto como leones, atemorizó a las tranquilas mulas que, desesperadas, lograron romper los cabestros y dispersarse por el monte, perseguidas por sus enemigos gratuitos. Pero a nadie, excepto a mí, le pasó por la mente la necesidad de recuperarlas. Temeroso de perder mi único medio transporte si no me ponía de inmediato en acción, fui tras las huellas de la mía y tuve suerte de encontrarla no muy lejos.

   A mi regreso noté que las cosas se agravaban a momentos.

   —¡Prepárese, maldita bruja, que le vamos a incinerar como a los vampiros! —decía Analuisa, reforzando la macabra promesa que le hiciera su jefe a la señora Campaña.

   El geólogo se puso a hurgar sus bolsillos en busca de fósforos y, al no hallarlos, pidió a sus ayudantes proporcionárselos. Al instante, una docena de artefactos inventados para hacer fuego estuvieron a su disposición. Tras un concienzudo examen, eligió un encendedor a gas de bruñida cubierta metálica, el cual, herido por los rayos solares, resplandecía con tétrico destello, como un presagio funesto del incendio que provoca-ría dentro de poco.

   Y con aquella diminuta pero mortal arma en la mano, apoyado por la aprobación mayoritaria de sus ayudantes, el obnubilado hombre se encaminó a consumar su pirómana promesa.

   Yo, de veras aterrorizado por la sombría intención de aquel loco, pero ansioso por evitar que se cometiera crimen semejante, traté de evitarlo valiéndome tanto de razonamientos como de la fuerza. Pero aquella turba sedienta de sangre, en la cual se habían convertido los optimistas y alegres muchachos de poco antes, me detuvo aplicándome en el pecho las convincentes puntas de sus cuchillos de monte, al tiempo que me advertían que de persistir en mi empeño, me fuera ya despidiéndome de la vida. Y antes de que pudiese yo recurrir a algún otro medio disuasivo, me vi reducido a la impotencia física.

   En el interior de la casa, los pobres niños, alarmados por el cariz que tomaba la situación, se apretujaban en torno de su madre, ansiosos de protección. Sangraba mi corazón al contemplar sus caritas, hermosas y delicadas cual lirios silvestres, ensombrecidas por el rictus del terror. ¡Qué espectáculo tan desolador! Quitadle la sonrisa al niño y su desolación te hará llorar a mares.

   Sin embargo, la señora Campaña, luego de derramar una buena dosis de lágrimas pudo recuperó la presencia de ánimo y, con ello, la valentía. En adelante no se dejaría ya intimidar por las bravatas y amenazas de sus ingratos huéspedes y afrontaría el peligro con extraordinaria serenidad.

   —¡Don geólogo —demandó ella, dirigiéndose al potencial pirómano que, con encendedor en ristre, iba aproximándose lentamente a la casa, en busca de su sitio más vulnerable—, deténgase usted y deseche la idea de llegar a cometer tamaña monstruosidad tan sólo por negarme a informarle sobre algo inexistente! Pero ¿de verdad ha creído usted que mi marido, pobre y siempre a la caza de algo para la supervivencia de su hogar, sería tan necio como para obsequiar una cuantiosa fortuna al primer desconocido que se le cruza por su camino? ¡Créame usted que cosas así no le sucedería a nadie por emparentado que estuviese con el diablo! —con movimientos significativos de las manos, trataba de ser más explícita— Créame usted que todo no ha sido más que una broma de las que el orate de Jairo suele jugarlas a quienes no le conocen. Ya en otra ocasión, a cierto traficante en ganado que acababa de conocerle en la aldea, le invitó a casa con la promesa de obsequiarlo con un saco lleno de diamantes.

   Navarrete echaba chispas por los ojos, como dicen que suelen hacer los tigres durante la noche, en tanto que sus ayudantes hacían rechinar los dientes, como me consta que hacen los verracos, mientras se movían nerviosos y sin objeto por el encharcado patio.

   —Ya lo han oído a la señora —proferí, en mi desesperado empeño por impedir a toda costa la atrocidad que se habían propuesto consumar aquellos locos—. Y siendo así, lo aconsejable es sacar el mejor partido de esta ingeniosa e inocente broma. ¡Ea!, amigos, qué esperamos para irnos de una buena vez a la aldea de Salinas y, en torno de una mesa grande, repleta de botellas de fría cerveza, en compañía de lindas chiquillas y al ritmo de música tropical, ponernos a celebrar con una gran fiesta la ocurrencia que tuvo el picarón de don Jairo, nuestro amigo común.

   —¡No trate en vano de distraernos! —me conminó Ventura, mostrándome al mismo tiempo sus encías vacías y un cuchillo filoso que sostenía amenazador en su mano.

   —Amigo Vies, ¿por qué se empeña usted en hacerse matar por las santas alverjas? —espetó el cocinero al tiempo que, con un dedo, probaba el filo de su cuchillo de picar carne. Este era un sujeto rechoncho, de nariz aplastada, ojos saltones y redondos y labios que se proyectaban hacia delante en forma de pala. Parecía un pato y, por cierto, le llamaban “Pato”. Era sin duda él uno de los más peligrosos del grupo.

   —Pato —le contuvo Zaramago, un mozo de elevada estatura, musculoso, facciones atractivas y cabello rubio, quien parecía no ser partidario de las decisiones radicales e irremediables— ¿Por qué hemos de cargar con un crimen inútil si en cambio le podemos honrar a nuestro buen amigo con un recuerdo imperecedero? ¿Olvidas, acaso, que en mi pueblo me ganaba la vida castrando puercos?

   ¾ ¡Vale! ¾ aprobó resignación el hombre con el mote de Pato.

   ¡Dios santo, qué estaba por sucederme!

   Ramiro, que hasta ese momento había permanecido al margen de los sucesos que se desarrollaban, también se alarmó con lo que acababa de oír y, apiadado, quiso interceder por mí. Pero hubo de renunciar a su caritativo propósito cuando uno de sus compañeros le puso el cuchillo en la garganta.

   —¡Demonios! —intervino con desdén el geólogo, mirándome con ojos inyectados en sangre, mientras interrumpía por un instante su marcha fatal— Señor Vies, su ingenuidad no tiene parangón. ¿No ha comprendido que esta bruja trata sólo de confundirnos inventando lo primero que se le ocurre? Debería usted avergonzarse de creer a pie juntillas en las mentiras que cuenta ella. Pues sépalo de una buena vez que, como asunto concerniente a mi profesión, lo sé a ciencia cierta que en esta zona el petróleo está a flor de tierra. Sin embargo, aun así, el trabajo de prospección para detectar un yacimiento rentable requiere de mucho tiempo y dinero. Problema que quita el sueño al más optimista de los empresarios. Pero existe también la posibilidad de que donde hay petróleo a escasa profundidad, como aquí, empiece a brotar espontáneamente como un incontenible surtidor en cualquier sitio.

   Miró con aprobación a Analuisa y a Caramelo que en ese instante les cortaban toda posibilidad de fuga a la señora Campaña, retirando con diligencia el tronco que servía como escalera de la habitación, y continuó:

   —Por tanto, estoy seguro de que don Jairo no ha mentido acerca del accidental hallazgo del mencionado yacimiento. Además, presiento que cerca de aquí, disimulado entre la hierba o debajo de una delgada capa de tierra, puesta deliberadamente allí para ocultarlo de ojos indiscretos, se encuentra aquel precioso líquido en espera de ser liberado para manar abundantemente. Lo sé. Puedo oler su inconfundible aroma aun entre las emanaciones nauseabundas que, procedentes de la selva, flotan en el ambiente —en efecto, dilatando las narices, como un sabueso que sigue las huellas de su presa, el geólogo aspiraba el aire con avidez y fruición—. Y aunque el donante, o bien aconsejado por su mujer o bien de propia iniciativa, quisiera retractarse de su promesa, yo le obligaré a cumplirla aunque sea a costo de su vida y las de los suyos. ¡Qué demonios! Ahora mismo voy a darle un escarmiento empezando por su mujer y sus hijos.

   “Y en cuanto a usted, señor Vies, conoce ahora demasiado como para permitirle que vaya por ahí difundiendo noticias de cuanto ha sido testigo. Ha jugado a favor de una causa equivocada y, como era de esperarse, ha perdido lo único que posee: la vida. En breve habrá encontrado con su destino. Lo siento —y dirigiéndose a mis captores, agregó con energía—: Muchachos, tan pronto como yo haya terminado con la bruja y sus diablillos, ajústenle cuentas. Pero no antes, ya que es necesario que lleve a Satanás la noticia de mi gratitud a él por el milagro que acaba de concederme: convertirme en un hombre rico e importante —y continuó sin prisas el recorrido que le faltaba para llegar a la casa.

   Hubiese querido yo gritar, pero de qué me hubiera servido dar rienda suelta a la desesperación. Sólo me quedaba morder mi impotencia mientras llegaba la Hora Suprema.

   Navarrete, con cada paso que daba para llegar a la casa, incrementaba la expectativa de los presentes, que se mantenían inmóviles y ni siquiera osaban respirar. Parecían haberse congelado.

   Faltaban apenas unos metros para colocarse junto al rústico edificio, cuando hubo de interrumpir otra vez sus pasos, distraído por algo que le llamó atención. Pues el segundo de los retoños del matrimonio Campaña, desprendiéndose de su madre y tomando de la repisa cercana una de las caretas que reposaban en ella, descendió con veloces movimientos por uno de los pilares para ir a ponerse de cuclillas en el confín del patio tras haber ocultado el rostro bajo la máscara y bajarse los pantalones.

   Aparte del geólogo, nadie parecía desconocer las costumbres de la región. Ciertamente, los demás no se mostraron sorprendidos de aquel acto que, sin duda, al igual que los moradores permanentes de la localidad, los practicarían a menudo, beneficiándose de aquel maravilloso invento.

   Por un momento, Navarrete pensó en esperar a que el chico volviese con su madre, ya que le pidió apresurarse. Sin embargo, se olvidó enseguida y reanudó la marcha interrumpida.

   Sin titubear se acercó, con el encendedor a punto, hasta unas hojas de palmera que, habiendo sido desprendidas del tejado por el viento, flameaban ahora provocativas, como invitando al incendiario en cierne a fijarse en ellas. Por cierto, nada más a propósito como para que el fuego se propagara con rapidez por toda la casa. Las hojas secas arderían igual que la pólvora en cuanto entraran en contacto con la lumbre y, en contados minutos, no quedaría de ella sino humeantes pavesas.

   Ya me parecía ver a la desdichada mujer y a sus no menos infortunados hijos, entre ayes de agonía y súplicas de clemencia, achicharrándose en las pavorosas llamas.

   Ninguna muerte puede ser tan terrible como la producida por la hoguera. En cierta ocasión, siendo yo todavía niño, presencié el rescate de varios cadáveres de entre los escombros de una casa que había sido devorada por el fuego mientras dormían sus ocupantes. Sus cuerpos, hasta unas horas antes la obra más perfecta de la Creación, eran ahora informes masas carbonizadas que asustaban y cuyo olor sublevaba el estómago más domado.

   Y bien, el pirómano acercaba ya el encendedor al combustible material cuando la señora Campaña, sacando no sé de dónde una enorme escopeta de doble cañón, se le enfrentó con valentía.

   Ligeramente encorvada la espalda, apoyando con firmeza la culata del arma contra el hombro, con el ojo fijo en la mira y el dedo índice presto a  tirar del gatillo, la valiente mujer apuntaba hacia la frente del agresor que, de pronto, quedó paralizado por el terror. Las negras bocas de la escopeta, prontas a llenarle de plomo al menor movimiento sospechoso suyo, como por arte de magia, aplacaron la ferocidad de aquel orate, que en adelante sólo desearía salir con vida del problema en el cual se había metido neciamente. Y mucho antes de que recibiese orden alguna de su retadora, dejó caer a tierra el encendedor y alzó patéticamente los brazos en signo de rendición.

   —¡Adelante, pájaro de cuenta! —espetó la brava mujer, mascando las palabras y sin dejar de mirar al geólogo a través de la mira del trabuco— ¡Haber! Intente quemar mi casa y yo le tuesto a usted a tiros. ¿Qué le sucede ahora? ¡Ah!... ¿Se le acabó tan pronto las ganas de achicharrarme? Vamos... Hable... ¿No puede pronunciar palabra? Entonces busque la manga y desaparezca de aquí. Váyanse todos, y no se les ocurra regresar nunca jamás por aquí, aunque la próxima vez les prometan todo el petróleo del mundo.

   Acatando la perentoria orden, Navarrete, pálido como un difunto y siempre con las manos en alto, retrocedió lentamente hasta mezclarse con sus ayudantes, sin apartar la vista del arma.

   En aquellas circunstancias, el pequeño espacio que hubo de caminar debió parecerle el más penoso y dilatado recorrido de su vida, ya que se vio en la necesidad de efectuarlo de espaldas. Con cada paso no avanzaba más que unos pocos centímetros, debido al extremado cuidado que ponía al imprimir suaves y calculados movimientos en sus pies mientras se desplazaban por una superficie sembrada de baches llenos de barro. Estaba claro que temía causar de manera involuntaria movimientos demasiados bruscos que pudiesen despertar sospechas en la atenta y peligrosa mujer.

   —Si alguno de ustedes —susurró el geólogo a sus lacayos— cuenta con un arma de fuego, que no piense dos veces en usarla.

   —Todas las que poseemos se hallan en el campamento —respondió Robayo con voz apenas audible.

   Alguien más dijo algo entre dientes que yo no alcance a entenderlo.

   Al fin, Juan Navarrete, fijando la mirada en el lejano horizonte, se quedó inmóvil cual inerte marioneta que ha sido desprendida de sus hilos a mitad de la función. Se hallaba anonadado. Dolido por la desilusión sufrida, viendo cómo sus sueños de opulencia se desvanecían cual humo ante la embestida del vendaval.

   Habiendo recobrado de pronto el sentido común, sin duda debido al terror que acababa de sufrir, pudo comprender al fin que había sido víctima del engaño de un redomado pícaro. Pero también de su necedad, que no le permitió examinar con razonable criterio el panorama que le habían pintado con los colores más insólitos. Y tras permanecer inmóvil y en silencio por un momento, profirió con voz apenas audible:

   —Muchachos, ese pájaro de pantano nos ha embaucado como a unos necios. Pero ya me las pagará todas juntas en cuanto le ponga las manos encima. Nada me dará más satisfacción que la de retorcerle el pescuezo. ¡Esto se acabó! Marchémonos de inmediato, pues no perdamos inútilmente el tiempo aquí. Tengan en cuenta que mi caballo precisa de mi personal atención. ¡Cuánto no me habrá extrañado durante mi ausencia!

   Sus palabras, a pesar de surgir con la suavidad de un susurro, llegaban a los oídos, frías y duras como una lluvia de granizo.

   —Recuerden, además —continuó—, que dentro de una semana debo comparecer ante el gerente general de la compañía. Si, por alguna circunstancia adversa, no estoy en Quito en la fecha y la hora previstas, con seguridad, me corren del cargo. Y se les aseguro, ¡qué si yo caigo me las llevo a todos ustedes entre mis patas! ¡Conque ya lo saben, pendejos!

   —Amigos, ya oyeron al jefe. Hay que pelar gallo cuanto antes de aquí —murmuró Zaramago, sin perder de vista la escopeta encañonada hacia ellos.

   Los sujetos que poco antes estuvieron dispuestos a ensañarse conmigo, envainaron sus dagas y, en unión de quienes no les habían secundado, fueron en busca de las acémilas que, luego de salir solas del monte, andaban ramoneando por la bananera cercana.

   Navarrete, mientras esperaba el regreso de sus ayudantes, caminó hasta un frondoso papayo, que se alzaba al borde del patio, y se arrimó en él como si le faltasen fuerzas para mantenerse de pie.

   Caramelo se le junto para tratar de persuadirle de que la mujer no llegaría a disparar su arma, la cual ni siquiera estaría cargada. Mas la señora Campaña, quizá sospechando de la actitud del mulero, o con el fin de apresurar la retirada de éstos, sin previa advertencia, levantó el arma e hizo fuego con ella.

   La poderosa descarga atronó el ámbito como un cañonazo y poco faltó para que hiciera blanco en los exploradores. No obstante, éstos parecían muertos a causa de ella. Y sin duda les faltó poco, pero por ventura tan sólo de susto, puesto que el disparo, cargado con un centenar de postas, estuvo dirigido algo más arriba de sus cabezas. Y aunque es innegable que de alguna manera sufrieron ellos consecuencias materiales, éstas no pudieron parecerlas más dulces.

   Esta feliz circunstancia no se debe a que los forasteros saliesen indemnes del percance, sino a que, en vez de verse bañados en su propia sangre, se hallaran de pronto cubiertos por una pasta amarilla y de gusto dulce y agradable, la cual, casi simultánea a la detonación, empezó a lloverles sin que lo supiesen cómo.

   Aquella papilla amarillenta, que no era otra cosa que pulpa de frutos de papayo en sazón, abiertos por los impactos de las postas, además de empapar a los hombres, dejó, en derredor de ellos, el suelo anegado y peligrosamente resbaloso.

   Pese a hallarme sobrecogido por el susto, recuerdo claramente haber visto a Navarrete, con los ojos agrandados y el pelo de punta como las púas de un puerco espín, medir una y otra vez con su cuerpo aquel piso deslizadizo mientras trataba de poner pies en polvorosa. Caramelo, de igual modo, pasó las suyas hasta poder huir.

   Una vez que fueron reunidas las acémilas, los exploradores se alejaron cabizbajos, como si llevasen sobre su frente el peso de la lección que acababan de recibirla.

   

CAPÍTULO VII

   En cuanto se eclipsaron los demás huéspedes, pedí a la señora Campaña me indicase la dirección que yo debía tomar para llegar a Salinas de Monte Nuevo. Pero la respuesta obtenida fue vaga y en verdad complicada. Y todo lo que pude sacar en claro fue por dónde debía iniciar mis primeros pasos. Y luego, ¿qué?... Bueno, luego tendría que componérmelas como pudiese.

   Había recorrido un centenar de metros cuando, al virar un recodo del sendero, di manos a boca con Ramiro, quien se hallaba parado junto a su acémila. Supuse que estaría reponiéndose de la primera caída sufrida en su corto recorrido. En todo caso, el volver a encontrarme con la única persona normal y decente del equipo de Navarrete, me resultaba reconfortante. Pues, quizá con un poco de suerte, podría convencerle para que me acompañase durante el resto del viaje que aún faltaba por cubrirlo.

   —Lamento el no poder complacerle —respondió el joven luego de haber escuchado mi proposición—. He sido contratado por Navarrete para prestarle mis servicios durante tres meses y apenas han transcurrido veinte días. Incumplirlo significaría buscarme problemas de orden legal. Además, toda-vía no he cobrado la remuneración de mis labores desempeñadas. Ruego a usted comprender mi situación que no admite modificación —y añadió sonriendo—: Créame que esta vez no he sufrido caída alguna. Me retrasé de mis compañeros con la intención de esperarle y poder así despedirme de usted. Y de todo corazón le deseo que tenga usted un viaje feliz.

   Y tras de un apretón de manos, tomando un camino diferente al mío, desapareció entre los seres verdes y colosales que formaban el bosque.

   Era ya bastante tarde cuando el difícil camino coronó una colina desprovista de árboles, donde pastaban sosegadamente un rebaño de vacunos de pelaje blanco con manchas negras o viceversa. Su propietario no debía estar lejos, pero desde el sitio en el cual me hallaba yo no divisaba a nadie. Tampoco había señales de viviendas por ningún lado.

   Al pie de la pequeña elevación, entre murmullos y saltos, corría un arroyo y, en su recorrido, atravesaba el camino. A su sola vista, mi perezosa mula, dejando su lento y tedioso paso, emprendió un fastidioso trote, presurosa por llegar cuanto antes a las claras aguas.

   Su ansiedad por mitigar la sed me hizo caer en cuenta que aquel pobre animal no había bebido un sorbo en las últimas veinticuatro horas. No obstante, si su sed era grande, la mía era mayor, pues tampoco yo había bebido ni comido absolutamente nada durante ese día. De manera que los dos nos precipitamos, cada quien más ávido, hacia el fresco líquido.

   La noche se aproximaba y, ante la perspectiva de recorrer un camino desconocido y en completa oscuridad, decidí pernoctar en ese mismo sitio, el cual parecía tan bueno como cualquiera otro.

   La malhadada circunstancia de haber perdido las provisiones de boca, cuando la mula que transportaba mi equipaje pereciera en el río, me obligaba en lo sucesivo a sustituir mi dieta habitual por otra que me dispensase el azar. Y fue así como esa noche sacié mi apetito con frutas silvestres regadas profusamente con la fría agua del manantial, el cual frecuenté un sinfín de veces. Sin embargo, mi mula merendó mejor que yo ya supo elegir el menú adecuado. Una hora después, apenas podía tenerme en pie.

   No había tenido suerte en la elección de frutos y, sobre todo, incurrí en la equivocación de ingerir demasiada agua. El resultado de aquella mezcla, en apariencia inofensiva, fue calamitoso y de ingrata recordación.

   La noche transcurrió penosamente. El desarreglo intestinal me sometió, entre otros sufrimientos, a permanecer en vela muchas horas y sólo al amanecer pude refugiarme en la lenidad del sueño que, a causa de la incomodidad del lecho y al bullicio de las canoras, se esfumó tan pronto con los primeros rayos solares. Sin embargo, me puse en camino completamente debilitado, deseando encontrar lo antes posible con un sitio habitado donde pudiese alojarme hasta recobrar la salud. Ahora, aparte de sentirme mareado y de padecer una punzante sensación de vacío en el estómago, el cabalgar constituía un terrible tormento. La montura parecía un hierro candente que abrasaba mis magulladas posaderas.

   El día, visto por alguien ajeno a las dificultades que me atormentaban, habría parecido una bendición de la madre naturaleza. El Sol se asomaba radiante de alegría sobre el nudoso lomo de la cordillera y un cielo azul pálido, apenas adornado por blancas y lejanas nubes, cobijaba el paisaje pletórico de vida. Pero en las actuales circunstancias nada me resultaba más chocante y ofensivo. Me parecía que el astro rey abusaba de su brillo, confiriendo a su luz la violencia de un flamígero torrente que, disparada inclemente hacia mí, hería cruelmente la vista. Los árboles se me antojaban espeluznantes fantasmas que se divertían hostigándome con susurros quejumbrosos. Surgiendo de todas partes a un tiempo, con sus descarnados, verdes y retorcidos brazos extendidos hacia mí, se me acercaban amenazantes. Y hasta la mula, normalmente simpática e pacífica, daba la impresión de haber adquirido de pronto la figura de un cornudo dragón que echaba fuego por la nariz. Tenía el pálpito de que, llevándome en su lomo de fuego, me transportaba hacia el mismo averno, ya que se había confabulado con el Sol y los árboles para perderme.

   La dulce canción de la vida se había silenciado.

   Iba en ese estado de alucinación cuando un campesino me dio alcance o viajaba en dirección opuesta a la mía, no lo sé. Por él supe que me encontraba en el punto llamado Mirador y que, además, me hallaba, prácticamente, en las goteras de Salinas de Monte Nuevo. La noticia levantó mi ánimo y actuó como una especie de borrador de las imágenes ficticias que habían dominado mi afiebrada mente, permitiéndome recobrar el control de los sentidos. Mas esto avivó la sensibilidad de mis llagadas posaderas, que, debido a la dificultad digestiva sufrida durante la noche anterior y a la ausencia de papel higiénico, se habían convertido en una zona donde se enseñoreaba el dolor.

   En efecto, tras el recorrido de apenas un par de kilómetros, surgiendo tímidamente del verde bosque para mostrar un atisbo de civilización, se hallaba el poblado de Salinas de Monte Nuevo. Se trataba de una aldea tendida sobre una soleada planicie y circundada de pastizales y plantaciones de bananas. Las colinas que abundaban en su contorno, daban la impresión de sentirse orgullosas de la presencia del caserío.

   A escasa distancia de su entrada, cortaba el camino un bullicioso manantial de aguas abundantes y diáfanas. De manera que detuve la mula cerca de él y, casi arrastrándome, fui a sumergirme en el refrescante líquido.

   Su bienhechor contacto alivió mis dolencias y devolvió mi normal estado de ánimo: alegre y optimista. Ahora, sintiéndome yo mismo, la canción de la vida reanudó su dulce melodía.

   Por cierto que mi alivio se supeditaba a la condición de prescindir de mi cabalgadura. En todo caso, este sacrificio menor lo asumí resignado. De modo que ingresé en la aldea, arreando una vulgar mula aderezada lujosamente cual fino corcel, motivando con ello la admiración de sus habitantes.

   Una treintena de casas, en las cuales se contaban la infalible capilla y el local de la escuela, a esa hora con sus puertas cerradas, componían las edificaciones del poblado. Parte de ellas bordeaban una plaza cubierta de tupido césped y, las demás, algo alejadas unas de otras, se levantaban a la orilla de las pocas calles.

   Casi la totalidad de las casas, especialmente las que se hallaban frente a la plaza, estaban provistas de coquetones balcones adornados con macetas de multicolores y perfumadas flores. Este hermoso detalle les daba el aspecto de jardines colgantes, que poco o nada tendrían que envidiar a los de la antigua Babilonia.

   En la plaza, aparte de los postes destinados a sostener la red requerida para practicar el deporte de balonmano, había otro muy especial y ubicado en lugar estratégico. Era éste un tronco rugoso y negro, negrísimo e, igual que un armadillo, cubierto de placas duras como el acero. En la región se conoce a este árbol de la familia de las filicíneas, simplemente, como “helecho” y, a menudo, lo usan como pilares de bohíos y jacales. Supuse que su presencia allí se debía a la necesidad de contar con algo adecuado donde atar las cabalgaduras de quienes, eventualmente, visitan la aldea.

   Pero aquí, donde sus habitantes son excelentes custodios de costumbres ancestrales, le daban otro uso. Situados en posición vertical, en sitios generalmente concurridos, lo están para cumplir una función tanto necesaria como agradable que es sin duda la de aplacar la comezón donde las manos son imposibles de alcanzar. Todo lo que tiene que hacer el aquejado de picazones en la espalda, es colocarla junto al poste y restregarla contra éste. Así de sencillo. Y no se vaya a creer que, en este bucólico rincón de la patria, tan peculiar procedimiento es visto como un acto reñido con los buenos modales.

   Es más, su uso no está restringido a las personas, ya que lo comparten democráticamente y sin egoísmo con miembros de la raza equina y aun con los de la canina. Casualmente, cuando ingresaba a la plaza, vi cómo un caballo y un perro, al mismo tiempo, restregaban el lomo con inusitado placer contra la superficie, cubierta de aceradas placas, del poste de helecho.

   En el poblado no existía (quizá ahora exista) una tienda medianamente surtida, donde hubiera podido yo adquirir los artículos indispensables para adecentar el deplorable aspecto que presentaba luego de ir durante tres días por la selva sin otro equipaje que mis quebrantos. Necesitaba con urgencia ropa nueva, útiles de aseo y vituallas con que alimentarme sin temor a envenenarme. Pero sólo encontré un esbozo de tienda de abarrotes, en el cual no expendían sino galleta y atún en conserva. Adquirí algo de ambos manjares.

   La adquisición estaba muy por debajo de mis aspiraciones. No obstante, la tomé lleno de alegría y, sin poder resistirme a su tentador contenido, fui a sentarme sobre un tronco que, desempeñando la función de butaca, se hallaba convenientemente instalado cerca de una simpática casita donde se expendía “el agua del olvido”.

   La taberna se hallaba a poca distancia del sitio de abastos y, pese a lo temprano de la hora, se encontraba ya abierta y unos cuantos parroquianos la honraban con su valiosa presencia.

   Desde su interior llegaba a mis oídos una delicada canción reproducida por el tocadiscos, flotando majestuosa e inmaculada, sobre ese pantano de verbosidad ocasionado por la feligresía embrutecida por el alcohol.

 

CAPÍTULO VIII

   Los salineros, arrimados al marco de las puertas o acomodados plácidamente en el balcón, no me perdían de vista. Mostraban verdadera curiosidad por lo que me disponía hacer con el envoltorio que llevaba conmigo, una vez que me hubiera instalado en la “butaca”. Procuré no dar importancia a sus indiscretas miradas y empecé a prepararme para el improvisado banquete que iba yo a disfrutarlo.

   Mientras abría los envases de mi almuerzo me entretuve mirando a cierto anciano andrajoso que, apoyado en su nudoso y largo bordón, esperaba impaciente la oportunidad de acercarse al poste de helecho, que en ese rato estaba siendo ocupado por un caballo rojizo, abstraído en restregar su lomo en el áspero madero. Lo hacía con tanto gusto que no tardó en despertar la envidia de un perro que transitaba cerca de allí, el cual sin pensar dos veces se sumó por un instante a la diversión. Al fin, aliviados de la comezón, tanto el perro como el caballo se retiraron del poste y el anciano fue de inmediato a ocupar el sitio vacante. Acto seguido, se puso a frotar vigorosamente la espalda sobre la rugosa superficie del bruno e hirsuto tronco. Y sin duda que también él lo disfrutaba, ya que en su arrugado rostro se le veía plasmar sucesivas sonrisas cada vez más complacidas.

   Me hallaba concentrado en la escena que protagonizaba el viejo, cuando otro suceso vino a desviar mi atención. De repente, la taberna se inundó de gritos y blasfemias. Y no hacía falta ser demasiado listo para comprender que allí se había armado una gresca de incalculables proporciones.

   Un instante después, mediante grandes y veloces saltos, se precipitó hacia afuera un atlético joven vestido íntegramente de blanco y elegante atuendo. Una vez en la plaza, continuó alejándose de la taberna con igual prontitud de la que se había valido para salir de ella. Y mientras corría volvía la cabeza hacia atrás, mirando desesperado. Parecía huir de algo pavoroso.

   En seguida, por la misma puerta, apareció otro hombre poniéndose a perseguir al primero. Era éste un sujeto pequeño y macilento, no muy joven y, además, cojeaba notoriamente de una pierna. Vestía indumentaria de colores indefinidos debido al uso constante y, sobre todo, a la mugre que la cubría. Y la cabeza la llevaba encasquetada en un deshilado e igualmente sucio sombrero de mocora.

   El cojo, exhibiendo la agilidad de un pájaro, perseguía al musculoso y pulcro joven mediante una carrera en la cual se combinaban pasos y brincos. La escena parecía cosa de broma y se la hubiera podido comparar con una persecución de un desgarbado gallinazo a un robusto y majestuoso cóndor.

   Sólo que el cojo blandía en su mano un machete del tamaño de un alfanje y filoso como una navaja de afeitar. Por su parte, el fulano de alba vestimenta no parecía disponer ni siquiera de un alfiler para su defensa.

   —¡Traidor! —vociferaba el rengo, ganando cada vez terreno en la persecución— ¡Retoño de Caín! Ahora vas a pagármelas todas juntas.

   Finalmente, el fugitivo creyó encontrar justo lo que buscaba para defenderse. Acababa de ver la gruesa vara que el anciano sostenía despreocupado mientras calmaba el escozor frotando la espalda en el mástil de helecho, y se abalanzó hacia ella. Pero la vara tenía dueño y éste permanecía atento a los sospechosos movimientos de su potencial usurpador.

   El preciso instante en que el joven se le juntaba lleno de seguridad, el anciano, obrando genialmente con movimientos felinos, le recibió con un fuerte golpe en una de las piernas, usando el mismo objeto que despertara la codicia de aquél. El golpe recibido fue tan fuerte que le hizo rodar por el suelo entre lúgubres gemidos, donde se puso a revolcar como un mosco arrancado un ala.

   —¡Cobarde! —espetó el viejo, dirigiéndose al hombre derribado— Así ya no podrás huir de quien te pide pelea.

   El cojo vio entonces la oportunidad de cumplir con su vehemente promesa y, con el machete levantado, se precipitó sobre el despavorido hombre que continuaba revolcando y aullando.

   La gente se había agolpado a puertas y balcones para mirar desde la distancia el desenlace de la tragedia, sin el peligro de recibir, por obra de la fatídica casualidad, un machetazo perdido. No les parecía prudente acercarse demasiado a los protagonistas de la lid.

   Nadie de los espectadores había movido un solo dedo ni proferido una palabra con el fin de apaciguar, defender o apoyar a ninguno de los contrincantes. Se limitaban a mirar en silencio.

   ¿Nada dirían hasta cuando el furibundo rengo acabase con su víctima? Más tarde, en cuanto todo hubiera terminado, ¿irían, sin peligro, a retirar los restos del fallecido y solicita-rían comedidamente al asesino que se entregase voluntariamente al presidente de la comuna para, luego de ser atado y provisto de vigilancia, ser conducido hasta Sigchos? Por lo visto, ¿era lo que se estilaba en la aldea cuando acontecían casos idénticos?

   Todo era expectación y amenazaba con transformarse en tragedia. La perspectiva del olor a sangre derramada y a vísceras destrozadas, mezclándose con la hierba húmeda, empezaba anticipadamente a picar la nariz y a provocarme náusea.

   Mi hambre de lobo se esfumó como por encanto. Tiré el atún y las galletas, antes de haberlos hincado el diente una sola vez, y me retiré en dirección de mi mula que, algo alejada de mí, mordisqueaba resignadamente el duro césped.

   Esta medida me pareció la más prudente. Después del resultado obtenido con la defensa de la señora Campaña, no me sentía predispuesto a profesar la carrera de héroe por noble que me pareciera la ésta. Creí que lo mejor era aumentar a tiempo la distancia entre el lugar que se convertiría en teatro del cruento suceso y yo.

   El del machete, exhibiendo aires de triunfador, levantó el brazo armado hasta formar un arco perfecto con su espalda, mientras miraba, sediento de venganza, el cuello del hombre caído. Y fue entonces cuando el anciano, raudo como una centella, le desarmó, aplicándole un tremendo garrotazo en el brazo ejecutor.

   La extremidad sufrió múltiples fracturas por efecto del tremendo golpe. Y ahora fue el pobre cojo quien se puso a dar estridentes alaridos, mirando su brazo lesionado que le colgaba inerte.

   —¡Así aprenderás, asesino, a no pretender derramar la sangre de tu prójimo! —le insultó el anciano.

   Los prudentes habitantes de la aldea, en los cuales se encontraban muchas jóvenes damas bellas como flores, puesto que no en vano Salinas de Monte Nuevo es considerado un jardín de flores, fueron llegando lentamente hasta los lesionados, que no cesaban de chillar y de palpar sus respectivos miembros heridos. Pero una vez junto a los llorones, en vez de prestarles ayuda o al menos intentar consolarles, se pusieron a mirar maravillados al genial veterano. Mas su admiración no era fruto del agradecimiento por haber evitado un vil asesinato, sino por creer reconocer en él a cierto vagabundo de quien se decía que, últimamente, se le había dado por merodear la región.

   —¡Es él! —exclamó alguien inmerso en la aglomeración— ¡No puede ser otro! ¿No se han fijado ustedes que se trata de él en persona? Pues, desde su llegada, no ha podido permanecer un instante quieto ni mucho menos encontrar reposo.

   —Hay que revisar los bolsillos para estar seguros —sugirió un corpulento sujeto que se hallaba algo apartado del grupo de personas, pero sin intención de intervenir en el acto.

   —No tienen que tomarse la molestia de revisarme, pues les mostraré gustoso cuanto llevo encima —dijo el anciano sin inmutarse y con la autosuficiencia de quien conoce que está por encima de todo peligro y que nada teme. De inmediato se puso a hurgar todos y cada uno de los bolsillos de su andrajosa indumentaria mientras decía el nombre de los objetos que iba sacándolos—: ¡Un pañuelo, ¡recuerdo de una hermosa dama de quien me he olvidado ya su nombre! Una caja de fósforos casi vacía, una catapulta bastante usada pero tan buena como otra nueva, un pellizco de tabaco picado y dos monedas: una de diez centavos y otra de cinco. Total del dinero, ¡real y medio!

   Fue suficiente. Todos se retiraron con mayor prisa de la que habían utilizado para llegar, acogiéndose al amparo de sus casas. Aun los heridos, sobreponiéndose al dolor, se dieron modos para alejarse del lado del misterioso personaje.

   Yo no entendía lo que le ocurría a esa buena gente ni deseaba averiguar nada. Tampoco me sentía inclinado a detenerme más tiempo allí. De intentarlo, era posible que me acusaran de complicidad de algo, que en el pasado, parecía haberlo cometido aquel ilustre sujeto.

   Dejé de mirar a las salineras, que a su vez me miraban desde sus balcones, y sin tratar de despedirme de nadie, eché a andar mi mula. Averigüé cuál era el camino que me llevaría a Sigchos y seguí por él.

 
CAPÍTULO IX

   Decidí cabalgar con la confianza de que mis llagas no iban a responder con demasiada sensibilidad. Pero bien pronto supe que ellas se negaban a consentir el contacto de la silla, máxime si ésta iba sobre una cabalgadura de brusco transitar. Y me vi obligado a volver a caminar.

   El camino, repleto de baches disimulados por el agua acumulada por las sucesivas lluvias, donde con frecuencia me caía o se atoraban las botas, se hacía cada vez más difícil de transitarlo.

   Llevaba de camino dos dilatas y penosas horas, meditando en la imprudencia de haber elegido aquel lugar apartado de la civilización para iniciar mis aventuras, cuando, algo apartada del camino y muy cerca de un rumoroso río, divisé una pequeña casa, una choza, para ser más exacto. Me dirigí hacia ella, sintiendo renacer en mí la esperanza. Solicitaría allí albergue hasta recuperarme. Felizmente, disponía de dinero suficiente como para anular una potencial intransigencia de su dueño.

   Empujé mi mula hacia ella y, a grandes voces, anuncié mi presencia. Pero nadie salió para averiguar quién era el que golpeaba la puerta de su casa.

   Pronto descubrí que la choza estaba deshabitada y vacía, además. Se trataba solamente de una morada eventual del caminante que ha sido sorprendido por la tempestad o la noche lejos de un centro poblado y que precisa ponerse a buen recaudo. A esta especie de refugios se la denomina: “tambo”. Y todo lo que esta vivienda contiene es una caja de fósforos y un poco de sal, que el usuario casual tiene cuidado de proveerlo.

   Me congratulé de poder contar con la seguridad de un techo para sortear las inclemencias del mal tiempo. Aquí podría yo reposar y reponerme tranquilamente, tomándome el tiempo que lo estimase necesario. Ventajosamente, nadie me esperaba en ninguna parte. Por lo demás, el azar no pudo haber puesto a mi disposición un lugar más a tono con la mayor de mis predilecciones: la contemplación de la naturaleza. Una amplia vista, que abarcaba bellos parajes, se abría ante mis ojos como una eclosión de vida.

   Me hallaba seguro de que su contemplación me haría sentir feliz todo el lapso que tuviese que permanecer allí.

   Mas en seguida comprendí que tenía un problema. ¿Con qué iba a sustentarme si no existía comida por ningún lado? ¿A quién acudir en busca de auxilio? Según pude comprobar, mientras caminaba, el camino era poco transitado y, su vecindad, completamente solitaria.

   El hambre volvía a torturarme. Debía ponerme en marcha antes de que la inanición me impidiera avanzar. Pero ¿hacia dónde podía dirigirme? ¿Continuar adelante, con la probabilidad de no hallar un alma caritativa en lo que quedaba del día? ¿Regresar a Salinas y ser acusado de secundar las fechorías de aquel viejo forastero? ¿Qué decisión tomar?

   Sin embargo, no hube de moverme de ahí para superar semejante dificultad.

   Una oportuna y prometedora idea vino en auxilio cuando miraba entristecido el cautivante paisaje con la certeza de que pronto me vería ante mirajes diferentes, acaso, no tan gratos como él. El paraje exuberante de vida que me rodeaba no sería tan cicatero como para dejar perecer de hambre a alguien que se ha puesto a su amparo.

   Con seguridad, abundaría aquí jugosas y sabrosas frutas... ¡Frutas, no! Con las que comí la tarde anterior ya tenía bastante.

   Tal vez existiesen animales de variada especie, quizá algunos de ellos de apreciada carne. ¡Claro que sí! Sólo que no disponía de arma alguna para darles caza. ¡Vaya problema! Pues ni pensar en capturarlos, persiguiéndolos a pie.

   Y mientras me esforzaba por aguzar mi ingenio, fue cuando avizoré la solución: el río. ¡El río debía estar lleno de cardúmenes!           

   Desensillé a la mula, atándola luego junto a unas matas de verdes y jugosas hojas posiblemente digeribles para ella, y caminé hasta tocar con los pies las límpidas y susurrantes aguas de la magnífica corriente. Y tal como lo había supuesto, estaban llenas de peces que se movían constantemente, con sus plateados vientres, casi pegados al lecho del río.

   Al fin tenía a la vista abundante comida que, el paladearla, sería una delicia, y, además, restauraría mis agotadas ener-gías. Pero debía tomarla primero.

   Los peces eran muchos, muchísimos, y parecían completamente mansos, pues mi cercana presencia no había alterado en nada su tranquila rutina. De modo que muy bien podría tomarlos unos cuantos con sólo estirar la mano. ¡Nada más sencillo! Y cuanto antes mejor. Lleno de optimismo, fui adentrándome en el agua para ver transformada en realidad la prometedora idea que acariciaba.

   Me quité las botas, arremangué el pantalón y di un paso río adentro... ¡Oh cielos! Éste no podía haber estado más frío. Me sentí helado hasta los huesos. Pobrecitos peces, ¿cómo podían resistir semejante inclemencia?... Vamos. El miedo al contacto con un poco de agua fría no iba a malograr una gestión de vida o muerte. Por tanto, me hallaba obligado a seguir adelante con afán.

   Con la espalda doblada y las manos abiertas, prestas a apañar al más apetitoso de aquellos animaluchos que nadaban aburridamente, di el segundo paso. Y fue entonces cuando ocurrió el accidente, baladí en sí, pero que podía ser fatal para quien, como yo, que no conocía el arte de los peces: dominar la técnica de la natación.

   No fue que me hubiese resbalado al pisar alguna traidora y jabonosa piedra, como se pudiera suponer, dado que las mayores trampas de los ríos son éstas, sino debido a un simple error de perspectiva con respecto a la profundidad que, en ese sitio, tenía el agua. No obstante su transparencia, o tal vez debido a ello, no descubrí que el lecho se hallaba mucho más bajo de lo que parecía. La diferencia de nivel, entre lo real y lo aparente, era escasa. Pero lo fue bastante para falsear mi precario equilibrio. Y el resultado lo obtuve en forma de un espectacular zambullón.

   De pronto me vi totalmente sumergido y, cuando trataba de incorporarme, ahora sí, mis pies se deslizaban una y otra vez al pisar las resbaladizas piedras. Desde luego, la escasa profundidad del río no constituía un serio peligro, pero no se podía decir lo mismo de un remolino o una cascada que acechara en su curso. Pero nada de eso existía por allí. Y, luego de varios intentos, logré levantarme y volver a mi labor de pesca interrumpida tan lamentablemente.

   Como efecto de mi caída, el cieno que reposaba en el fondo de aquella especie de poza se levantó violentamente, hurtando transparencia al agua. Por largo rato permanecí inmóvil e impaciente mientras retornara la calma. Pero cuando el peregrino líquido se transparentó, no encontré el menor vestigio de los peces que poco antes pulularan allí. Cambié de sitio, luego de comprobar la presencia de peces un poco más allá, pero éstos, en cuanto detectaran mi proximidad, se esfumaron como por encanto. Esta enojosa persecución la repetí infinidad de veces con similar resultado. Al fin descubrí con decepción que, pese a su aparente mansedumbre, no existe otro animal más arisco y esquivo que el pez.

   Si no cambiaba de táctica, bien podría yo pasar el resto de la vida en el río sin conseguir atrapar uno solo de aquellos bichos. Quizá si pudiese adivinar cuando tuviesen sueño. ¿Sería posible pillarlos dormidos? Quién lo sabe. Pero sí era posible atraparlos ebrios. Lo estaba seguro. Embriagados como una cuba, que no reaccionaran ante el peligro.

   No se trata de una broma. Existe un curioso arbusto llamado barbasco, cuya savia, al ser vertida en el agua, tiene el poder de narcotizar a los incautos peces que la beben de ella e, incluso, a los que se limitan solamente a olerla. Por lo demás, esta forma de pesca es común y corriente en los ríos ecuatorianos.

   Esta planta tropical debía crecer en abundancia en este sector, uno de los más ricos en biodiversidad. Sólo que no sabía yo cómo encontrarla y mucho menos procesarla. Ciertamente, este método de pesca no estaba a mi alcance el poder realizarlo y lo descarté como una posibilidad.

   Para acceder a esos animalejos acuáticos, sería mucho más sencillo y práctico atravesándolos de una lanzada. Lo había visto, en una película, a Tarzán utilizar esta táctica con excelente resultado, y concluí que su procedimiento era de lo más fácil, que hasta se lo hubiera podido tomar por un juego de niños. Levantar una vara, aguzada por un extremo, y lanzar con fuerza hacia algo, no requería de experiencia ni de mucho esfuerzo. Por otra parte, el bosque estaba lleno del material adecuado para fabricar ese sencillo adminículo.

   ¡Ya verían aquellos bribones pececillos de lo que era yo capaz con una simple barra de madera en la mano! Tendrían que ser verdaderos magos para salir bien librados.

   Y dando por seguro que la pesca sería exitosa y divertida al mismo tiempo, salí del agua y me dirigí hacia un montón de árboles destrozados que, alguna vez, el río los había arrojado a la orilla. No tardé en dar con madero que podía servir para el propósito designado, aunque era corto, un tanto grueso y lleno de rugosidades que podían dificultar en algo su penetración en el agua. Sólo me faltaba dotarlo de punta.

   Tampoco fue difícil encontrar una piedra de superficie granulada como la de una fresa, en la cual froté con vigor un extremo del madero, hasta dejarlo provisto de una punta similar a la de un lápiz. La probé con cuidado, valiéndome de la yema del pulgar, y quedé satisfecho de su potencial eficacia. Manejada con habilidad y algo de fortuna, la pica iba a ser un instrumento de utilidad invalorable.

   El Sol, sin darme cuenta, había descendido rápidamente sobre el horizonte. Comprendí con alarma que faltarían apenas dos horas para el anochecer. Bebía apresurarme a conseguir mi merienda.

   Caminando con cuidadosa lentitud sobre las piedras que sobresalían de la superficie del agua, exploré el río en unos metros, apartándome apenas de la orilla, hasta que descubrí una poza pequeña y baja, en cuyo fondo reposaban, indiferentes a mis asesinos afanes, varios peces tan grandes como mi antebrazo. No me di tiempo para admirarlos y, escogiendo como blanco el más voluminoso de ellos, probé mi primera lanzada.

   El maldito bicho debió ser devoto de algún santo de veras milagroso, ya que salió indemne del alevoso ataque. Pero lo peor fue que la onda producida por el golpe, alertó a sus compañeros, que, instantáneamente, buscaron en alguna parte seguro refugio. La poza quedó desierta. No me sentí con paciencia para esperar el retorno de los fugitivos y fui en busca de otro sitio, donde la confianza los tuviera a mi merced.

   Tampoco la suerte me favoreció en éste sitio ni en ningún otro. Increíblemente erraba golpe tras golpe. No sé si el fracaso obedecía a la distorsión que el agua provocaba en la forma de las cosas que guardaba en su seno, o al ímpetu de la corriente, que desviaba la trayectoria de la lanza, o tal vez a mi falta de pericia en este quehacer. Lo cierto es que hube de desistir cuando la punta de la pica se abolló completamente al chocar una y otra vez contra las piedras y, más que nada, sintiéndome ya incapaz de resistir la dolencia de las manos, ampolladas como efecto de la rugosidad del madero. Decepcionado y maldiciendo a cuanta burda mentira muestran las películas respecto a la pesca improvisada, dejé caer la inservible pica y me retiré a la orilla.

   Para mayor pesadumbre, sentado sobre un gran canto rodado, veía cómo los peces nadaban alegremente junto a mis pies, mientras los rayos solares rielaban en sus plateados vientres. Entonces, víctima de la impotencia, me acometió un furor ciego y, como un insensato, emprendí a pedradas contra aquellos desprevenidos animales. En mi ofuscación, los veía como los únicos responsables de mi fracaso.

   No obstante, casi de inmediato, la cordura volvió a mí y me sentí avergonzado de mi actitud. Miré con pena hacia el agua, lamentando en el alma el no poder disculparme con los ofendidos. Y fue ese momento cuando, lleno de sorpresa y sin saber de momento cómo se había producido milagro semejante, ¡pude ver muchos peces, panza arriba, en la superficie del agua, dejándose arrastrar lentamente por la corriente!

   Los había lapidado sin proponérmelo.

   Pletórico de contento, hube sólo de agacharme para recoger una docena de aquellos recién fenecidos animales acuáticos. Desprecié los pequeños y los que presentaban aspecto poco agradable, contentándome con los más apetitosos y grandes. A poco descubrí que éstos eran diferentes de los demás, pues tenían la particularidad de poseer la boca diminuta. Acto seguido, golpeando una piedra contra otra hasta obtener de una de ellas una astilla filosa como una navaja, obtuve la herramienta idónea para conseguir abrir las piezas recogidas.

   Luego, con mi preciosa carga a cuestas, emprendí el camino hacia el jacal, donde los cenaría después de asarlos exponiéndolos a las llamas.

 
CAPÍTULO X

   La intensidad de las llamas, que crepitaban ante mí, era satisfactoria. Ya podía someter los peces a ellas, previamente sazonados con sal y atravesados en sus respectivas varillas. La operación sería sencilla, breve y, a no dudar, la comida exquisita. Y en el hipotético caso de que esta forma de cocimiento no llegase a complacer las exigencias de mi delicado paladar, aún podría yo recurrir a otro procedimiento como, por ejemplo, el de tenderlos directamente sobre las brasas. Tomé el pez que prometía satisfacer mejor a mi apetito y lentamente, disfrutando del placer de preparar mi propio yantar, lo fui acercando a las implacables lenguas de fuego, que se pusieron a lamerlo alegremente, arrancando un delicioso aroma. Y fue ese momento cuando, la voz de alguien que se acercaba, vino a sacarme de mi embeleso culinario.

   —¡Oiga! —dijo la voz— ¿Tiene usted inconveniente en compartir su techo con un anciano caminante que ha sido sorprendido por las tinieblas de la noche (no había tinieblas ni era noche todavía) en mitad de su camino? No soy exigente. Me conformaría nada más que con me permitiese usted pernoctar en un rinconcito.

   Se trataba del mismo hombre longevo que, en la mañana de ese mismo día, hiciera morder el polvo a dos fulanos de Salinas. No sabía yo si rechazar o admitir sin objeción aquella inopinada intromisión en el seno de mi refugio. Pero, luego de reflexionar brevemente, llegué a la conclusión de que su compañía me resultaría entretenida. Además, cómo iba a impedirlo que se colara bajo mi techo si conocía de sobra cómo se las usaba su bordón.

   —Pase usted adelante, caballero andante —bromeé al verle, procurando endulzar mi semblante con una sonrisa que me hiciera ver sereno y despreocupado como si la visita del mismo diablo me tuviese sin cuidado—. Sea usted bien venido y acepte también compartir conmigo la cena que no tardará en ser servida —me apresuré a manifestar mi hospitalidad en procura de ganarme la simpatía del intruso, a quien no habría sido por bueno que le temían en Salinas. Y, ante su despectiva mirada, volví a pegar a las llamas el pez que poco antes lo había retirado de ellas, sorprendido por tan repentina aparición.

   —Pero ¡hombre! ¿Qué hace usted? —chilló indignado el temible viejo, mientras arrancaba de mis manos el pez, para luego depositarlo junto a sus compañeros de especie y de infortunio, que reposaban sobre una piedra mientras aguardaban su turno para ser llevados a la hoguera.

   Sentí verdadero pavor al suponer que, luego de haber pasado tantas penalidades para ganarme mi cena, finalmente iba a desaparecer ésta en el estómago de un desalmado ladrón que no había columbrado el sacrificio que le costó a su prójimo para adquirirla. Y creyéndole al infame viejo ya dueño de tan preciado botín, no pensé sino en comprársela a cualquier precio.

   —¡Joven...! —se dirigió a mí, significativamente el hombre en cuestión.

   —Vies, Lorenzo Vies, para servirle —me presenté.

   —En cuanto a mí, llámeme Viejo —profirió aquél, sin muestras de que bromeara—. Pues bien, mi señor Vies, le aseguro que ha estado usted a un tris de cometer un sacrilegio culinario. Si tardo un poco más en llegar, la profanación se produce del modo más infame.

   No sabía yo adónde quería llegar el hombre llamado Viejo.

   —Pues nada malo veo en que sea asado el pez que ha de nutrirme. ¿O es qué aquí acostumbran a comérselos crudos? —repuse irónico.

   —¡Nada de eso, mi estimado amigo! Pues ni asado ni mucho menos crudo —negó algo picado Viejo.

   —¡Qué no! ¿Los son estos animaluchos, acaso, nocivos a la salud?

   —Pero, mi estimado amigo, ¿aún no se ha dado cuenta usted a qué variedad de pez pertenecen éstos?

   —Pues no, para ser sincero.

   —¡Oh..., gentuza de la ciudad, que no se detiene ante nada porque cree tener derecho a despreciar cuanto existe bajo el Sol!  —dijo entre dientes y añadió más alto— Pues sépalo usted que a quien se disponía a profanar es nada menos que el rey de los peces de los ríos tropicales, su majestad el Bocachico. A él se lo debe honrar incluso después de muerto. Y, por cierto, mucho más cuando muerto.

   —No entiendo —expuse, en verdad sin entender.

   —Ya lo entenderá  — anunció mi contestatario y misterioso interlocutor, poniendo más leña al fuego—. Procuré mantener viva la candela mientras regreso. Pero, ante todo, no se atreva a tocar los peces —colocó morral y bordón en un rincón y se alejó en dirección opuesta a la del río.

   De modo que este simpático pez de boca pequeña se llamaba bocachico y pertenecía a la escala más elevada de la aristocracia ictiológica. Di por descontado que Viejo me impediría paladear a tan nobles celebridades. Por supuesto que tampoco él los comería, consciente como estaba que personificaban la realeza de la población acuática. Quizá a su retorno, los sepultaría en una fosa, abierta en la húmeda tierra, o los devolvería al río, donde habían reinado felices hasta mi infortunada aparición. Ya lo resolvería el chiflado anciano.

   El hombre que decía llamarse Viejo, aunque viejo, no era un anciano en el estricto sentido de la palabra. Si bien en contadas ocasiones dejaba de lado el bordón, llevaba encorvada la espalda y exhibía cabello y barba completamente encanecidos, era un hombre que apenas ayer había dejado de ser joven. Se adivinaba que en la plenitud de su vida debió ser un verdadero Hércules, ya que aún se conservaba atlético y, lo que se podía ver de su rostro, cubierto de espesa barba, demostraba salud y energía.

   Viejo no tardó en regresar. Traía, para mi sorpresa, unas grandes hojas debajo del brazo y otras, pequeñas y aromáticas, en una mano. Miró el fuego con aprobación y tomó los peces que, luego de ser rellenados con las hojas pequeñas y envueltos en las grandes, fue colocándolos debajo de las brasas. Toda esta operación lo realizó en silencio y con la solemnidad de un rito religioso. Pensé que mis víctimas acababan de recibir definitiva sepultura.

   Pero me equivocaba. Una hora después, lapso que lo ocupó en atender a mi mula, retiró del rescoldo los peces y, cortésmente, me invitó a saborearlos. ¡Caray! Pues jamás había paladeado yo algo más delicioso.

   —Es así, convertido en exquisito ayampaco, como lo agrada al rey bocachico que se lo sirvan —rió el hombre—. Dedicarlo otro procedimiento culinario, lo avergonzaría.

   Agradecí su providencial intervención y alabé sus dotes de cocinero. Al cabo de tantas horas de ayuno, al fin había tomado una comida digna. Además, si mi permanencia en la selva se prolongaba, ya sabía yo cómo conducirme ante el rey bocachico. Este conocimiento me confirió tranquilidad y, ésta, una dulce complacencia.

   Viejo, que sin duda me miraba sin perder detalle, notó de inmediato mi diametral cambio anímico y, como si se sorprendiese de ello, dijo:

   —Parece increíble, pero ha sufrido usted un cambio radical. Al punto que se diría que parece ser otro. Tiene esto gracia. Sólo un poco antes había creído yo que no íbamos a congeniar los dos.

   —Milagro de la exquisita cena —afirmé.

   —Eso creo —sonrió—. Pues, que tal cosa haya ocurrido, merece un trago por sí sola y la ocasión de conocernos, amerita celebrarla con muchos otros, ¿no le parece?

   Dije que sí, aunque lo ignoraba cómo ni con qué pudiésemos efectuar ese rito social tan difundido en aquellos pagos.

   Se levantó del madero en cual se había sentado para merendar y fue en busca de su morral. Hurgó su interior y regresó con una botella de licor. La quitó el corcho y me la ofreció, invitándome a servirme un trago, directamente de ella.

   —Por el gusto de conocernos, por nuestra futura amistad ―brindé. Ingerí un trago, contraviniendo mi sana costumbre de jamás beber alcohol y originando un tempestuoso huracán en mis pulmones, que se exteriorizó en forma de un ataque de tos. No debía haberlo aceptado aun a riesgo de lastimar su sensibilidad con mi descortesía.

   —¿Me equivoco al creer que es usted poco o nada devoto de empinar el codo? ¿Es, acaso, sacerdote? —me interpeló notablemente preocupado, tomando sin tardanza la botella de mis manos, antes que las convulsiones de la expectoración amenazase con hacerme soltarla. 

   —No lo soy. Pero nunca bebo licor —aclaré mientras buscaba el pañuelo para enjugar las lágrimas que me corrían por las mejillas.

   —¡Quién lo hubiera pensado! —se sorprendió— Y no lo sé si aplaudir o reprobar su extraño hábito. Mas no seré yo quien le induzca ahora a convertirse en discípulo de Baco.

   —Agradezco su comprensión, Señor Viejo —respondí, aún víctima de las últimas convulsiones de la tos.

   —¡Oh! Llámeme usted Viejo a secas —se rió el viejo— Pues, hasta ahora, a nadie se lo había ocurrido tratarme de “señor”. Si bien, así se oye más bonito mi nombre, ¿verdad? Aunque tampoco seré yo quien le induzca a usted a vulnerar las reglas de cortesía —concluyó, mientras me daba afectuosas y suaves palmadas en la espalda.

   Luego besó afectuosa y prolongadamente la boca de la botella, diciendo que lo hacía a mi salud. Era un hombre muy divertido y me estaba resultando un excelente compañero.

   Mientras Viejo me preguntaba quién era yo, de dónde venía y hacia dónde me dirigía, y yo le respondía encantado y sin reticencia, preparamos nuestras respectivas camas junto al fuego. Él, con la manta que traía en el morral, y yo, con la que servía de almohadilla a la montura de mi mula.

   Viejo, alimentó con varios leños más el fuego, aduciendo que eso los tendría a los zancudos alejados, puesto que tales artrópodos temían la luz. Bebió otro trago y, poniendo el morral de cabecera (yo había tomado la montura para esa función), se acostó, exhalando un suspiro de satisfacción, como si con ello hubiese cumplido la máxima aspiración de su vida. Pero no tardó en levantarse para tomar un tizón de la fogata y, prender con él un cigarrillo. Luego volvió a instalarse debajo de la manta.

   También yo me acosté.

   —¡Joven! —expresó Viejo con voz cascada, desde el seno de su cama— No debe usted irse tan pronto de Salinas de Monte Nuevo. Su gente es hospitalaria y conocen como nadie la mágica fórmula de hacer agradable la estancia del fuereño que visita su aldea. En cuanto a las salineras, mi estimado amigo, solamente hace falta verlas para que se olvide uno de que existen otras mujeres en el mundo. ¿Acaso se ha preguntado usted por qué esta aldea enclavada en la zona más intrincada de la provincia de Cotopaxi ha sido bautizada con el nombre de Salinas? Tal vez sí, tal vez no. Y yo le aseguro que no se debe precisamente a la existencia de mina alguna de sal en ella, sino a su similitud con la famosa ciudad de Salinas, con respecto a sus bellas mujeres, claro.

   —Lo creo —respondí, aunque suponía que el viejo exageraba—. Su consejo es atractivo, y gracias por dármelo. Pero no está en mi programa el permanecer mucho tiempo aquí. Otra vez será. Y volveré para devorarlas a besos y me sentiré feliz de ser prisionero de sus miradas —y en espera de saber algo de él, añadí—: ¿También usted es fuereño?

   —Bueno, con usted seré sincero —dijo—. Voy sin objeto de un sitio para otro, según cambia de dirección el viento. En ninguna parte me detengo por mucho tiempo. Es ese el motivo por el cual me confunden a veces con el Judío Errante.

   Entonces, ¿era esa la causa que tanto temor originara en los salineros?

   ¾¿Y no lo es? ¾bromeé.

   ¾¿Sabe alguien con certeza quién es él realidad? ¾respondió, adoptando misterio.

   Nos reímos.

   Afuera, la selva se agitaba cual mar embravecido. Las voces y murmullos, en vez de apagarse con el advenimiento de la noche, iban en aumento y adquirían caracteres de fragor.

   Los habitantes del lado opuesto del día se habían hecho presentes.

 

CAPÍTULO XI

   —Seguramente es esa la razón de que por aquí nadie parece conocerle a usted —proferí, retomando la conversación—. Los salineros parecían sorprendidos de su presencia. Es más: le sentían verdadero temor.

   —Me he explicado ya que a veces me confunden con otro.

   Nos reímos nuevamente.

   —En todo caso —proferí—, su presencia en la aldea no pudo ser más oportuna, ya que, con su atinada intervención, ha evitado que se cometa un horrendo crimen. Lo menos que le debían sus habitantes era una frase de agradecimiento. Quien, aunque fuese un desconocido, a riesgo de salir lastimado les ha evitado una enorme desgracia, merecía su gratitud —y recordando que si lo habían reconocido, pero equivocadamente, según propias afirmaciones de Viejo, añadí—. Y con mayor motivo tratándose de alguien importante.

   —Me divierte que me crean aquel legendario personaje —sonrió Viejo—. No obstante, tal cosa no se lo ocurriría a todos. Porque tampoco aquí escasean los suspicaces. Éstos, no se engañarían con facilidad viendo lo que no existe. Pero debido a una extraña coincidencia, cada vez que transito por esa aldea, quienes realmente pudiesen reconocerme se hallan fuera. Los demás, apenas se fijan en mí con la suficiente atención, considerándome demasiado viejo. Los propietarios me creen del todo inútil para uncirme al yugo del trapiche, las damas me encuentran del todo arrugado y nada atractivo para sus refinados gustos y los galanes no ven en mí a un rival peligroso. Mi estimado amigo, créame usted que no existe para el hombre peor enfermedad que la vejez, ya que es ella tanto incurable como repulsiva. El viejo es un trasto inservible que estorba en cualquier parte. Por tanto, para quien disfruta de juventud, cualquier reminiscencia de la ancianidad le resulta una pesadilla. Máxime para los de aquí, que me atribuyen una ancianidad de dos mil años. Pero en fin, de esa forma se mantienen todos alejados de mí, aunque para nadie paso desapercibido.

   “En cuanto a que les hubiese evitado un serio disgusto a los salineros, impidiendo que se cometiera un crimen en su aldea, en realidad, no hay motivo para que se felicitaran a sí mismos ni para que agradecieran a nadie. Pues, aquí como en todas partes, algo de popularidad para el solar nativo es siempre bienvenida, sin que se tuviera en cuenta la índole de ésta. Por otro lado, nada perdían los aldeanos con la muerte de uno o de ambos bribones, a quienes hoy he tenido el placer de romperlos sus miembros. Créame que estoy complacido de haberles dado a beber, a cada uno, la sopa de su propio chocolate.

   —¿Se merecían igual ración los dos? —inquirí— ¿Es qué les conocía usted con anterioridad?

   Mi compañero sonrió con sus penetrantes ojos y, luego de aspirar con fruición el humo de su cigarrillo, continuó:

   —Sí. Los dos tipos son malas fichas y ambos de cuidado. Según lo he conocido, hace aproximadamente un año apareció por Salinas un caballero joven y bien parecido, vestido con deslumbrante elegancia. Su atuendo, de costosa factura e impoluta blancura, revelaba al individuo adinerado de las ciudades costeñas. Decía llamarse doctor Jacinto Blanco y ser oriundo de Manabí. Y tan pronto como llegara, colgó de la puerta del aposento que buscó para alojarse, un hermoso rótulo que, en refulgentes letras doradas, anunciaba su profesión de odontólogo, y se puso a esperar clientela.

  “Por cierto, no tuvo mucha suerte con los clientes, pero consiguió capturar la atención de las jovencitas salineras. Y con ello se sintió conforme, ya que el elegante doctor, más que de piezas dentales, parecía entender de corazones femeniles. Tocaba la guitarra, cantaba como los ángeles y, además, se preciaba de poeta.

    “Las cosas le iban bien a Blanco hasta cuando, meses después, procedente de Loja, llegó a la aldea otro fuereño. Se presentó éste como Manuel Pereda y decía tener la intención de adquirir aquí una pequeña finca. En realidad, traía consigo bastante dinero como para comprar más de una docena de grandes haciendas. En cuanto llegó, empezó a gastar dinero a manos llenas. Bebía de lo mejor y costeaba las borracheras de los vagos que acudían por manadas al olor de sus juergas, contrataba guitarristas, para ir de serenata todas las noches, y no había semana que no encargara a Sigchos finos y costosos artículos con que obsequiar a las bellas de la localidad. Los días corrían y, por mucho que gastara, su fortuna parecía inagotable. Era él tan rico como Creso.

   “Y aunque Pereda no era bien parecido ni tan joven, ni tocaba la guitarra ni cantaba, ni componía versos ni era persona educada, las chicas suspiraban por él. En aquellos días, no constituía novedad que éstas, disputándose la preferencia del pródigo fuereño, protagonizaran entre sí discusiones poco edificantes o llegasen a las manos.

   “Blanco oteó el peligro que le amenazaba. La perspectiva de ser destronado como príncipe de la juventud local, le descorazonaba. Entonces, fiel al axioma que reza: “Si no puedes vencer a tu competidor, únete a él”, fingiendo profesar sólida y eterna amistad a su rival, se convirtió en su sombra. Juntos cantaban bajo las ventanas de las hermosas, Blanco como un serafín y Pereda, berreando igual que un ternero. Ambos sobornaban a sus “cuñados”, el lojano, con valiosos regalos, y el manabita con abundante y deliciosa labia. Pero los salineros, más prosaicos que románticos, preferían los obsequios tangibles del millonario a las floridas palabras del poeta.

   “El dinero que disponía Pereda parecía no terminarse nunca. Se trataba realmente de una fortuna mal habida. El lojano era requerido por la Justicia bajo el cargo de narcotraficante.

   —¿Cómo lo ha sabido usted? —pregunté intrigado.

   —Ya se lo dije una vez que voy de uno a otro lado según cambia de rumbo el viento —adujo el viejo—. En ocasiones el albur me lleva a lugares donde se puede comprar periódicos. Así me he podido enterarme acerca del lojano.

   “Y bien, Blanco no obtuvo el resultado apetecido con su estratagema. Las chiquillas continuaban suspirando por Pereda cada día con mayor languidez y frecuencia y, cada una de ellas, suponía que al fin le había llegado su Príncipe Azul. Mientras tanto, al pobre odontólogo ni siquiera le miraban ya. La actitud abyecta del lacayo que adoptara ante su competidor, le había granjeado la repulsa general. Ahora Blanco no era considerado un buen partido ni siquiera para las divorciadas o viudas.

   “Dolido en su amor propio, estudió seriamente la manera de liquidar a su opulento rival, sin peligro de comprometerse. Y de salir las cosas de acuerdo a lo planeado, se hubiese consumado el crimen perfecto.

   El anciano calló un instante mientras prendía otro cigarrillo con un tizón recogido del fogón. Luego continuó:

   —Aprovechando la proximidad del festival que en la aldea de Salinas se celebra anualmente y conocedor de que el General Cisneros suele contribuir a la alegría del evento con la infaltable “tarde brava”, concediendo sus mejores toros de lidia, el doctor Jacinto Blanco empezó a propagar, aunque en voz baja, que Pereda era, en realidad, un famoso torero que iba de incógnito, sabe Dios por qué extravagante capricho. La falsa noticia la confió a las damas más hermosas y adictas a Pereda, advirtiéndoles que no debían comentarla para nada con él ni referir a nadie de que se hallaban en posesión de aquel invalorable secreto. Sólo se descubrirían durante la corrida, el preciso momento en que el General ordenase sacar al ruedo cierto toro llamado “Chalupa”. Era éste un demonio cornudo, color tabaco con manchas rojas, que daba la impresión de haber abandonado el infierno para amedrentar a la parroquia. No había podido ser lidiado desde hacía cuatro años.

   “De algún modo se había enterado Blanco que el toro en cuestión era un verdadero asesino que, en su instinto homicida, no abrigaba sino el deseo de teñir la arena del ruedo con la sangre del audaz que se pusiese delante. En la “tarde brava” celebrada cuatro años antes, que fue cuando el cornudo asesino hizo su debut, además de terminar con la vida de dos fuereños, dejó reducido a la mitad de su tamaño a un tal Dimas Mena, motejado “Cacho”, cuando intentara éste adornarse con el primer lance. A partir de esa aciaga fecha, nadie había osado ponerse frente a semejante fiera. Sin embargo, seguían llevándolo al ruedo con el único fin de realzar la calidad de la fiesta taurina.

   “El traidor sabía perfectamente que Pereda se enfrentaba a un toro sólo cuando éste se hallaba en el plato, luego de que hubiese sido debidamente condimentado y guisado. También estaba al corriente de que el lojano padecía de complejo de amor propio. No podía tener salvación su infeliz rival. Mori-ría como fruto de reiteradas cornadas, aparentemente, víctima de su imprudencia. Por lo demás, era cosa que a veces suele suceder.

   “Y la hora esperada llegó. La plaza, que había sido invadida por fanfarrones durante la lidia de los tres primeros bichos, quedó desierta en cuanto el toro asesino, echando chispas por los ojos, hizo su aparición.

   “La multitud enmudeció, como si de repente hubiese perdido la facultad del lenguaje. Nadie se atrevía siquiera a respirar ante el temor de provocar la furia del monstruo y de atraerlo hacia sí. Las barreras eran frágiles y no sería nada imposible que a este demonio se lo ocurriese, tras abrir una brecha o derribar la valla completa, llegar hasta él.

   “El toro, con la cabeza levantada y, con ojos inyectados en sangre, mirando a lo largo de la barrera, se disparaba en veloz carrera y, de pronto, se detenía en el sitio menos esperado, buscando teñir sus pavorosos cuernos con la sangre del imprudente que se pusiera a su alcance. Y al no encontrarlo, proseguía el raudo galope, sintiendo, progresivamente, acrecentar su furia.

   “La fiesta se había despojado de su alegría imperante para cobijarse de una nube fría, ominosa, que destilaba pánico.

   “De pronto, desgarrando con violencia aquel silencio sepulcral, se escuchó un agudo grito, espeluznante como un alarido, que asustó a los concurrentes, incluido el toro, que por un momento no pretendió sino en huir de donde lo habían encerrado.

   “El grito había proferido una de las esculturales damas que rodeaban a Pereda, quien, a pesar de hallarse casi ebrio, perdió el color al escucharlo. La hermosa mujer acababa de hacerle la invitación fatal: “¡Qué toree Pereda!”

   “De inmediato, primero, como un rumor, y luego, con atronadora voz, quienes estaban convencidas de la pericia taurina del lojano, corearon: “¡Qué toree Pereda! ¡Qué toree Pereda!...” Pereda sintió al terror encaramado en su espalda. Pero ¿cómo desobedecer una orden recibida de tantas beldades? Pues no sería él quien pasara como un cobarde sólo por temor a sufrir una cornada.

   “Pereda, como se suele decir, no se hizo de rogar. Y tomando un pedazo de manta que arrebató, a su paso, a alguien, saltó al ruedo y fue en busca del furioso asesino que, en cuanto le vio, se disparó como una saeta en dirección suya. Pereda apenas tuvo el tiempo justo para poner delante el engaño cuando tenía ya a pocos metros de sí a su enemigo, y éste, impresionado por tamaña audacia, erró el golpe y tan sólo consiguió rozar en un costado del improvisado torero con una de sus afiladas astas. Fue un lance digno del maestro Edgar Peñaherrera en su mejor época.

   “Los espectadores se pusieron de pie para aclamarle. Sólo Blanco no movió un dedo. Se sintió derrumbarse, deshecho por el abatimiento. Una terrible idea le había asaltado de repente: ¿qué iba a suceder si su rival resultaba ser en realidad alguien versado en el arte de la tauromaquia?

   “Pereda, envanecido por el efímero triunfo, que le hizo olvidar el peligro al cual se enfrentaba, quiso responder a la ovación en forma taurina y, levantando una mano, empezó a saludar a sus admiradores. Entonces los gritos se multiplicaron y su tono era de terror. Pero él no entendió la advertencia y, ajeno a lo que ocurría a sus espaldas, se puso a enviar besos volados a las chiquillas. De pronto, tuvo la sensación de que había adquirido alas. Sintió elevarse por los aires, volando con la ligereza de los pájaros más ágiles. Desde arriba, camino del infinito, veía a los espectadores que, a su vez, le miraban con ojos redondos por la admiración. Y pensó que esa actitud se debía a la envidia que sentían de verle volar.

   “Pero entonces, como si despertase de un bello sueño a la nada halagüeña realidad, se vio descender a una sima que la adivinaba tétrica. La caída se le antojó interminable, un viaje que ocupaba el espacio de siglos, de siglos aleccionadores que le permitían penetrar y esclarecer todos los misterios que le habían intrigado durante su existencia. Y entonces, pudo ver con absoluta claridad la trampa que le había tendido el canalla de Blanco. Pero era ya demasiado tarde.

   “Al fin, el viaje descendente concluyó. Y tuvo la sensación de que lo hacía sobre cuchillos dotados de vida, empeñados a no dejar sitio sano de su cuerpo. Y lejanamente se preguntó cómo diablos podían los faquires tenderse sobre puntas de cuchillos sin que le convirtiesen en un colador. Tras de una eternidad de sufrimiento, la conciencia se le apagó y dejó de sentir dolor.

   “El toro asesino, luego de transportar a su víctima por varias veces a lo largo y ancho de la plaza, como lo haría un experto en hacer botear una pelota con la cabeza, se apartó, dándole por muerto. Pereda, cubierto de sangre cual roja mortaja, parecía más dormido que muerto. Pero estaba muerto. No respiraba y todos sus signos vitales habían cesado.

   “Los salineros sin más lo hubiesen dado cristiana sepultura si al General Cisneros, hombre listo y precavido, no se le hubiese ocurrido la idea de enviar de inmediato el cadáver a Sigchos, para que le practicasen la autopsia. Pero, una vez allí, el médico se había dado cuenta de que a Pereda le faltaba algo más para estar realmente muerto y, en vez de abrirle otras heridas, se puso a coser las que ya tenía. Sin embargo, aquí nunca se supo del milagro obrado en Pereda, a pesar de habérselo puesto en manos de un matasanos. En Salinas se enteraron sólo esta mañana de que éste, aunque baldado para siempre y arruinado, ya que su dinero había sido apoderado furtivamente alguien, seguía vivo. Tampoco conocían que él había regresado para ajustar cuentas con su frustrado asesino. Lo demás, lo conoce usted tanto como yo, mi estimado amigo.   

   —¡Interesante! Es una buena historia. Si tuviese yo dotes de escritor, tendría con ella material para escribir una interesante novela —dije, sintiendo honestamente no ser escritor.

    

CAPÍTULO XII

   El narrador, tan pronto como concluyó su relato se puso a roncar sonoramente. Con aquel molesto ruido, no obstante el cansancio que sentía, me fue imposible poder dormir. Empezaba a pensar seriamente en la necesidad de taponar los oídos, cuando la acémila, que permanecía atada cerca del tambo, se puso a moverse inquieta como molesta por la presencia de un extraño. Salí a dar un vistazo, y en efecto descubrí junto a ella, a un hombre ocupado en soltar la soga del animal.

   —¿Qué hace usted ahí? ¿Adónde piensa llevarse mi mula? —dije desde la puerta del refugio, sin elevar demasiado la voz, temeroso de sacarle bruscamente del sueño a mi vecino de dormitorio. El furtivo visitante se quedó inmóvil.

   —¡Carajo! ¿Quién anda por ahí? —se dejo oír como un trueno el señor Viejo, que a pesar de mis precauciones se ha-bía despertado.

   El nocturno visitante sufrió un sobresalto y, sin pérdida de tiempo, se escurrió hacia lo más denso del monte, corriendo agachado y a gran velocidad. Se había asustado el presunto ladrón.

   —¡Han querido llevarse la mula! —dije mientras entraba.

   —Seguro. Pero no volverán a intentarlo —respondió muy seguro de sí el anciano.

   Volví a acostarme, deseando poder dormir, y en prevención de los ronquidos producidos cerca de mí, envolví la cabeza en la chaqueta. El sueño llegaba ya en mi auxilio, cuando sentí que alguien me llamaba con insistencia. Aquel tipo debía sentir premura, ya que sus gritos los reforzaba con furibundos empellones. Me incorporé sobresaltado y, al despejarse la mente, supuse que el alboroto se debía a que intentaban nuevamente llevarse la mula. Pero me equivocaba. Se trataba únicamente de mi vecino, rogándome que dejase de roncar.

   —Señor Vies —decía el hombre longevo con voz que denotaba disgusto, angustia y ansiedad en partes iguales—, por lo que usted más quiera, se lo ruego que cese ya de roncar. Me resulta imposible conseguir dormir un minuto seguido a causa del terrible ruido que provoca usted mientras duerme. Esto, además de desvelarme, me tritura los nervios por el reiterado susto al cual me somete. Trate de acomodarse mejor. Pues, de continuar así, tendré que buscar otro lugar menos molesto para descansar. Quizá lo encuentre junto a la mula.

   No respondí. Ni siquiera me moví. Y, procurando respirar suave y acompasadamente como los durmientes silentes, me mantuve despierto mientras pude.

   La sensación de bienestar que experimenté al despertarme, me convenció de que me había dormido durante varias horas. El cansancio se había esfumado y parecían restauradas mis energías.

   La claridad era deslumbrante y el trino de las canoras se sumaba a la cacofónica canción del río. Miré el sitio donde Viejo se había acostado la víspera, creyéndolo aún dormido, pero no se hallaba ya allí. Salí en busca suya. Y tampoco le encontré afuera. Se había marchado en algún instante de la madrugada mientras me hallaba profundamente dormido. ¿Tenía él urgencia en viajar o, simplemente, cumplió la promesa de buscar otro sitio para pernoctar debido a que yo había vuelto a roncar?

   También mi mula se veía reanimada. Alegre, sería la palabra adecuada, ya que, en cuanto advirtió mi presencia, me saludó con un suave relincho y vino en mi encuentro. Se notaba dispuesta a proseguir el viaje de buen grado. La ensillé y nos pusimos en marcha.

 

CAPÍTULO XIII

   Eran las diez de la mañana de un transparente día y el sol empezaba a picar. La pícara mula volvió a sus andadas, es decir, caminaba con lentitud insuperable, no obstante los esfuerzos que ponía yo para exigirle mayor velocidad. ¿Podía sentirse cansada luego de una caminata de un kilómetro escaso? Definitivamente que yo no había tenido demasiada suerte en elegir mi cabalgadura. Pero qué podía hacer para remediar la situación que no fuese otra cosa que soportarla.

   —Buen día, señor Vies. Pero ¡qué sorpresa para mí encontrarle aún tan lejos de Sigchos! Pues, valiéndose de semejante acémila no logrará llegar a ese lugar ni siquiera dentro de un mes —sonó, de repente, una voz producida a mis espaldas. Al volverme, con cierto fastidio, descubrí nada menos que a mi inefable amigo Jairo Campaña, a quien le creía que, en lo posterior, sólo ocuparía un sitio poco grato de mi memoria. Cabalgaba un magnífico alazán al cual lo hizo caracolear con elegancia y agilidad por un instante, como si quisiera mostrar lo que éste era capaz. Continuó —: Una acémila vieja y, por añadidura, testaruda es el medio menos adecuado para usarlo en un viaje de recreo. La dificultad que representa lidiarlo sin tregua, malogra el excitante placer que regalan las emociones de la excursión. Es que una acémila es apta sólo para la carga y, a lo sumo, para cabalgarla en caminos escabrosos. Pero de aquí en adelante, hasta llegar a Sigchos, la vía es excelente y muy transitada, pues las fincas menudean a lo largo de su recorrido. Por lo tanto, lo que precisa usted es de una cabalgadura más digna, que abrevie tiempo e impresione gratamente a quienes la vean. Además, mientras se acerca a la cordillera, el clima se modifica hasta convertirse en frío intenso. Y como es lógico de suponer, sólo el auxilio de un caballo ágil y veloz —palmeó significativamente el cuello del hermoso corcel— puede evitarle a uno el disgusto de llegar a congelarse.

   —¿Qué demonios hace usted por aquí? —le reproché indignado y sin tomar en serio el consejo que acababa de darme. Y, antes de que me respondiese, añadí—: Primero, dígame ¿quién es usted?

   —¡Cómo! ¿Es qué usted no me reconoce en realidad?  —replicó mi ex anfitrión, eludiendo deliberadamente la verdadera intención de mi pregunta— Pues, mi dilecto señor Vies, soy Jairo Campaña, un amigo fiel y devoto servidor suyo, que no podrá olvidar jamás que, siquiera por una noche, honrara usted mi humilde aposento con su valiosa presencia.

   Al escuchar tamaña zalamería de quien había dado sobradas muestras de infidelidad a sus amigos, no pude menos que obsequiarle con una irónica sonrisa y, dejando de lado sus atenciones, volví a la carga:

   —Me temo que no he sido claro —dije—. Lo que deseo saber es a qué clase de persona pertenece usted. Por culpa suya, su inocente familia ha estado a punto de perecer asesinada al abandonarle usted a merced de unos huéspedes escarnecidos. Me pregunto qué sería de ella a estas horas si la valerosa señora Campaña no llega a detener a tiempo a esa horda enloquecida por la codicia. ¡Codicia despertada por falsas promesas formuladas por usted!

   —¡Ay! Señor Vies, lo que cuenta en esta historia es que nada le ha sucedido a ella —replicó don Jairo muy tranquilo.

   —Pero alguna vez ocurrirá —repliqué—. No lo dude.

   —No ha ocurrido ni ocurrirá jamás —afirmó con absoluta seguridad mi interlocutor—. Tampoco lo dude usted. Aunque le agradezco por su interés.

   Le pregunté que cómo se había enterado que nada malo había sucedido en su casa durante la ausencia suya, ya que según su mujer, él no regresaría al hogar en varios días.

   Sonrió burlonamente, y pude leer en sus ojos claramente esta respuesta: “¡Señor Vies, es usted tan bueno como tonto! ¡No sé si lo es bueno por ser tonto, o si lo es tonto por ser bueno!” Pues, no cabía duda, durante la antevíspera, él había permanecido escondido en algún lugar cercano de la casa, disfrutando de las locuras de sus huéspedes y, al mismo tiempo, atento al menor signo de peligro real que pudiesen correr sus familiares.

   Sí, era eso precisamente lo que él había hecho durante el transcurso de tan agitado día para sus invitados: observarnos y estudiar detenidamente nuestra reacción frente al embate de la frustración. Y, como era de esperar, no sólo que se habría reído de Navarrete y sus secuaces, atolondrados por la codicia, sino también de la patética actitud de este servidor, interpretando el bonito papel de adalid de los protectores del indefenso. ¡Diantre! Indefensos que fácilmente habrían puesto a raya a todo un ejército de verdaderos facinerosos de ser necesario.

   Y pensar que había estado yo a punto de implorar de rodillas clemencia para ellos. Pues, sin ánimo de pretender exaltar mi heroísmo, confieso que habría ofrendado gustoso mi vida a cambio de la de ellos. Pero, no obstante mi buen propósito, había sido engañado como los demás.

   Todo estaba claro. El extraño comportamiento de la señora Campaña, arisco y silencioso al principio, comunicativo en exceso luego, e implacable y feroz como el de un salteador de caminos, a la postre. Seguía, con certeza, un plan orquestado por su esposo o en combinación con él. Y ahora, ya que él estaba tomándose el trabajo de acompañarme, acaso por parecerle el más ingenuo de sus ex huéspedes, presumí que aún quería divertirse a costa mía. Por lo tanto, esperaba yo que pronto saldría con algún acaramelado cuento. Mas mi acompañante, cabalgando su corcel con la gallardía de un jeque, prefería seguirme en silencio. Parecía disfrutar del júbilo con que los pajarillos festejaban la bondad del día.

   Sin embargo, al revisar con serenidad mi intervención en los desdichados acontecimientos de la antevíspera, concluí que todo había sido accidental. Nadie me había empujado a ellos. La broma estaba dirigida a otros. En consecuencia, me parecía injusto echarle toda la culpa a don Jairo. Me tranquilicé. Y, pensando nada más que en acortar el camino gracias al recreo que proporciona la conversación, me volví hacia él y expresé:

   —Muchos recuerdos para usted de parte del geólogo.

   El airoso jinete profirió una sonora carcajada, que se fraccionó en múltiples ecos al ser respondida por los barrancos cercanos. Luego rebasó con su caballo a mi mula y, una vez adelante, cambió de posición sobre la montura, cabalgando al revés de como normalmente había venido haciéndolo. De manera que ahora nuestros rostros quedaron frente a frente. Ante mi extrañeza, me aseguró que de ese modo cabalgaría él mucho mejor, aparte de no incurrir en el irrespeto de presentarme las espaldas mientras dialogáramos.

   —Le consta a usted que aquel señor me ofendió gratuitamente —se quejó—, y como réplica le preparé el peor de los castigos aun para el menos codicioso de los humanos. Le desperté hábilmente la avidez, alimentándole insistentemente con generosas promesas. Después, cuando se había convencido ya de que su fortuna estaba hecha, fui despojándole paulatinamente de toda esperanza hasta dejarle tan miserable como al principio. Pero dígame usted, ¿cómo le ha parecido la broma?

   —Sólo sé que Navarrete no podrá digerirla con facilidad —repuse mientras me sostenía con dificultad sobre mi cabalgadura, empezando a sufrir las molestias del día anterior—. Pero ¿no ha meditado usted en lo infeliz que se sentirá el geólogo después de semejante chasco? Estoy seguro de que a estas horas se hallará el pobre al igual que una novia plantada al pie del altar. Y bien, si he de ser franco, le diré que usted se pasó de la raya. La tomadura de pelo fue un tanto exagerada, ¿no lo cree así?

   —¡Oh, no! —replicó don Jairo, adoptando adusta expresión—. Contenía justo la dosis de castigo que él se merecía. Todo ello no fue sino la equitativa retribución a la ofensa con la cual él me obsequiara.

   Encendió un cigarrillo de fabricación doméstica, absorbió el pestilente humo con fruición y prosiguió:

   —Cuando les hallé en medio de la floresta, creyéndoles extraviados, lo único que pretendí fue ser cortés y ofrecerles la hospitalidad de mi casa. Mas aquel caballero, henchido de altivez y persuadido de que su posición de hombre de mundo se vería vulnerada si llegara a intercambiar unas cuantas palabras con un campesino, se negó rotundamente a entablar diálogo conmigo y, jactándose de su grosería, me ofendió inmisericorde. Bien lo sé que mi figura dista mucho de ser la de un Adonis, ni que a nadie seduce a primera vista. Pero ¿tengo yo la culpa de mi fealdad? Además, ¿quién de los humanos está libre de algún vicio? Pues aun la persona más perfecta adolece de algún defecto físico. La belleza exterior de la gente, no sólo que es efímera sino también relativa, ya que ni siquiera en su apogeo tiene el poder de agradar a todos y tendrá siempre más detractores que admiradores. En cambio existe otra belleza mucho más perfecta y duradera que la decorativa. Pero ésta se anida en el alma.

   Habiendo escuchado yo que los ojos son las ventanas del alma, miré los suyos, deseando poder descubrir un atisbo de la virtud que, a todas luces, don Jairo insinuaba poseerla. Mas ellos no reflejaban sino la imagen de la picardía.

   —Pero el geólogo —continuó mi acompañante—, por lo visto, desconoce o menosprecia esta cualidad que hace de quien la disfruta una persona respetuosa y respetada. ¿No le parece? En cuanto a su formación académica, si bien le ha convertido en profesional técnico, profesión indiscutiblemente superior a la de arriero o labrador, jamás ha podido dotarle de sentido común. Y, precisamente, a causa de su inopia se cree obligado a ir por el mundo vejando a quienes no los son simpáticos o les parece de condición social inferior a la suya.

   Calló mi acompañante, seguramente confiado en que su explicación le hubiera redimido ante mí de su reprochable comportamiento con Navarrete. A mi entender, la preocupación por aclarar su situación parecía importante. De lo contrario, ¿por qué se habría tomado la molestia de seguirme para exponer el motivo real que lo impulsara a forjar semejante jugarreta? Si yo no andaba errado (y cómo resistir a jugar al psicólogo), era obvio que Campaña deseaba impedir que yo, aunque jamás le volviese a ver, llevara impresiones poco agradables de quien fuera un día mi anfitrión. ¿O acaso le molestaba la idea de que sus coterráneos empezaran a murmurar que se dedicaba él a burlarse de cuanto incauto caía en sus manos, lo cual podía ser un nefasto precedente para la fama de un traficante? Pero ¿era él traficante de algo? Ciertamente que resulta divertido ver cómo aun los pícaros redomados se esfuerzan por mostrarse ante la faz pública como tranquilos ciudadanos.

   Por supuesto que me guardé de formular comentario alguno respecto a su justificación, esgrimida con habilidad y elocuencia. A mi modo de ver, estos atributos eran demasiado refinados para un habitante recluido en un aislado rincón de un país, “bananero” por añadidura. Y de nuevo renació en mí la duda acerca de que si don Jairo hubiese residido siempre vinculado al agro y que su ilustración la adquiría gracias a sus esporádicas visitas a pequeños centros poblados de incipiente cultura y escuchando la radio como lo había afirmado. De ser ello verídico, entonces, ¿por qué los labriegos de otros sectores de la patria, a quienes los conocía yo, poseían escasa cultura, no obstante disponer de fuentes más idóneas de instrucción de las que decía nutrirse mi ex anfitrión? ¿O, acaso, la apatía que yo, hombre de ciudad, había tenido hasta ahora para el campesino, me había impedido conocerlo mejor?

   Sin embargo, rehusé volver a preguntarle nada que se relacionase con aquel intrigante asunto, ya que tampoco ahora iba a decirme la verdad. Además, tenía yo la certeza de que, más adelante, no faltaría alguien dispuesto a proporcionarme datos sobre este particular, quizá sin preguntárselo siquiera.

   Campaña, notando que la pausa del dialogo se prolongaba demasiado, expresó, refiriéndose a su tesis:

   —Espero que usted me dará la razón —dijo, mientras continuaba avanzando de espaldas sin dificultad, no obstante que su caballo, al igual que mi mula, caminaba penosamente por el malísimo camino.

   —Desde luego, estoy de acuerdo con usted —dije en espera de dar por terminado aquel tema. Para entonces, mi enfado hacia Campaña había desaparecido sin dejar rastro, aunque hubiese preferido viajar en silencio, ateniéndome únicamente a la contemplación del exuberante paisaje. No me sentía en el estado de ánimo que hace que las ideas y palabras surjan espontáneamente.

   Además, turbaban mi tranquilidad preocupaciones de diferente índole: mi estómago, mi pobre y sensible estómago, provocado por el hambre, rugía como un león enfurecido, y mis posaderas, maltratadas por las sacudidas de la perversa mula, volvían a ser víctimas de las dolencias anteriores. No pude más y comuniqué a don Jairo la necesidad de tomarme un descanso.

   —¡Precisamente cavilaba en ello! Y dónde mejor que ese lugar para descansar —comentó Campaña, indicándome un sitio despoblado de árboles, ubicado a unos veinte pasos de la vera del camino y junto a un bullicioso estero— También podremos almorzar ahí cómodamente —añadió para mi sorpresa.

   Una vez en el sitio elegido, don Jairo sacó de la alforja un envoltorio formado con hojas de plátano y, llevándolo hasta una piedra aplanada, que le dio el uso de mesa, lo abrió y dejó a la vista su apetitoso contenido. La boca se me hizo agua en cuanto su delicioso olor acarició mi nariz.

   Se trataba de ciervo guisado, bocachico, cocido bajo la brasa (ayanpaco lo llamó Viejo a esta delicia culinaria), y yuca en salsa picante. La comida, gracias al grueso envoltorio, se había conservado caliente y sabía a gloria. ¡Qué oportuna resultó para mí la compañía de don Jairo, hombre prudentísimo que no salía de viaje sin llevar comida consigo!

   Finalmente, mitigada el hambre y mis posaderas situadas lejos de la silla de montar, me embargó un sedante bienestar. Me recosté a la sombra de un frondoso cedro, buscando disfrutar a plenitud mi reposo y, sin darme cuenta, me quedé dormido.

   Volví a soñar con José Lasso, persiguiéndome siempre. Mediante la magia de la ilusión onírica, que todo lo puede, mi lenta mula se había vuelto sorprendentemente ágil, ya que, más que correr, volaba. Pero, aun así, mi perseguidor viajaba pisándome los talones. Presa del temor, me veía perdido sin remisión. Felizmente me desperté cuando no dada ya un céntimo por mi vida. Acababa de sufrir una terrible y larga pesadilla en el transcurso de sólo unos minutos de sueño.

   Al despertarme hallé a don Jairo ocupado en una singular distracción. Pues mientras musitaba un sanjuanito de su inspiración y con el sombrero en la mano, moviéndolo al ritmo de la música, bailaba acompañado de su alazán.

   ¡Qué dispar y graciosa combinación formaban aquella pareja de bailarines, exteriorizando su límpida y desbordante felicidad mediante la expresión de la danza! Don Jairo saltaba, giraba y se arrodillaba con movimientos elásticos pero regidos por las notas que emanaban de su melódica garganta. Y el alazán, entornando dulcemente sus ojos, velados por largas y bermejas pestañas, cual hilos de oro, y manteniendo en sus labios generosos lo que parecía ser una sonrisa amplia y equina, imprimía rítmicos pasos con sus patas posteriores en tanto que con las anteriores batía el aire acompasadamente. Para ambos danzarines era la coreografía no un rito meramente social, en el que el uno se ve obligado a tomar parte de un acto por la necesidad de contemporizar con el otro, sino una manifestación espontánea de la alegría de vivir. Era una expresión aun más elocuente que la risa misma.

   Hombre y equino se embriagaban con la danza.

   Al fin, don Jairo se encasquetó el sombrero y, dando por finalizada la recreación, dejó quieto al caballo y se acercó a mí. Le recibí con un entusiasmado aplauso.

   —Me he divertido un poquito mientras le permitía a mi amado corcel, digno príncipe de los equinos, distraerse con su afición favorita: la danza —sonrió, mirando sus pies.   

   —¡Admirable! —comenté de verdad admirado. Nunca me hubiese imaginado que los caballos tuvieran tan refinadas aficiones.

   —¿Y usted se siente ahora mejor? —profirió don Jairo, comedidamente— ¿Podemos continuar ya con el viaje?

   Me encontraba perfectamente luego de haber comido y descansado, pero la sola idea de volver a cabalgar me producía escalofríos. Estaba seguro de que los violentos movimientos de la mula terminarían por desarmar mi estructura ósea, aparte de que, para mis posaderas, la silla equivalía a un montón de espinas. En vez de enfrentarme de nuevo a ese calvario, ¿no sería preferible continuar el viaje a pie? Pero ¿resistiría yo una larga marcha? Bueno, ¿y qué tal si en adelante cabalgaba atravesado sobre la montura, como un fardo, en vez de ir a horcajadas? Pero ¡en qué disparate estaba yo pensando!

   —Temo volver a cabalgar. Me siento dolorido —confesé—. Creo que no nací para jinete.

   —La única culpable de sus quebrantos es su vieja y torpe mula apta sólo para la carga —afirmó mi acompañante—. Lo que le hace falta a usted es un buen caballo como el mío. Así podría viajar como sobre un colchón de nubes.

   —No lo dudo. Pero ¿dónde podría encontrarlo un caballo como el suyo?

   —Eso es fácil.

   —¿Cómo?

   —Voy a proponerle un trato —y sin decir cuál era el trato, de un salto, cabalgó su alazán, en la misma posición invertida que lo había hecho últimamente. Rozó con los talones las ijadas del animal, al tiempo que sostenía con firmeza la rienda, y lo hizo caracolear, demostrando de esa manera que la suavidad de los movimientos del corcel podía garantizar la estabilidad del jinete, aun montado en aquella desfavorable posición. Por cierto, de ello no quedaba duda. El jinete se había mantenido todo el tiempo pegado a la silla, garboso y seguro de que su exhibición acrobática. Y fue un éxito, un derroche de arte de equitación digno de figurar en un espectáculo circense y que hubiese impresionado a un mismo gaucho o cosaco.

   —¡Excelente! —volví a aplaudir cuando don Jairo apeó de su amaestrado corcel. Y, avizorando hacia donde apuntaba el motivo de su intrépida y artística proeza, pregunté—: ¿Cuál es ese trato que desea proponerme usted?

   —Le propongo cambiar mi joven y hermoso equino por su anciana, torpe y perezosa mula —contestó el campesino con naturalidad—. A usted, elegante caballero, le conviene un animal en el cual se conjugan virtudes como docilidad, velocidad y fortaleza a toda prueba. En cambio yo aspiro poseer uno fuerte y más bien lento. Me explico: necesito un bruto propio para la carga. ¿Qué le parece a usted mi proposición?

   —¡Estoy de acuerdo! —respondí transpirando alegría y agradeciendo a mi buena estrella. ¡Qué hombre maravilloso era don Jairo, que sacrificaba lo más preciado de su hacienda para sacarme de un aprieto mayúsculo! Prácticamente, me estaba regalando su hermoso caballo, veloz como un rayo y con habilidades artísticas. Añadí—: Si ha de ser así, cuanto antes mejor.

   Con pocas palabras quedó finiquitado el acuerdo del cambio de nuestras cabalgaduras, que consistía en tomarlas con los respectivos aperos que se hallaban. Ahora bien, si la montura que traía la mula era nueva y de excelente calidad, en contraste, la del caballo no podía ser más vieja y ordinaria. Pero don Jairo me aseguró que ésta, no obstante sus pocos atractivos, podía ser considerada como una verdadera joya, ya que había sido manufacturada por el más famoso de los talabarteros que albergara la ciudad de Quito: el colombiano Faustino Lemus Rayo. El mismo que, en el atrio del palacio de Carondelet, a filo de machete, victimara al tirano de José Gabriel García Moreno.

   La circunstancia de que la ruinosa montura fuese manufacturada por un personaje que protagonizara un capítulo destacado de la historia nacional, la convertía nada menos que en un tesoro de museo y tal vez hasta en patrimonio nacional. Tan pronto como encontrase una vía carrozable, me despediría ahí mismo del caballo, que a partir de allí perdería utilidad para mí, pero conservaría la famosa silla de montar. Y la veía ya ocupando un sitio de honor entre las piezas de mi futura colección de reliquias históricas.

   —Es hora ya de reanudar la marcha —sugirió el nuevo dueño de mi ex acémila, al tiempo que cabalgaba en ésta. Yo le imité de inmediato, subiendo sobre el magnífico corcel, que empezó a caminar con deliciosa suavidad—. Aunque, a partir de aquí, el camino es mejor, conviene transitarlo de día, sobre todo, cuando uno lo desconoce.

   Desde el principio, mi espontáneo acompañante se situó adelante y, por lo visto, ya no le importó darme las espaldas mientras conversaba, puesto que ahora cabalgaba de manera normal.

   Pronto el camino se tornó amplio pero continuó siendo pésimo. De trecho en trecho atravesaba verdes pastizales, donde pastaban robustas vacas de brillante pelaje, y cañaverales. A menudo llegaba a mi nariz el peculiar aroma del jugo de caña de azúcar, mediante un proceso de cocimiento, transformándose en panela. Nos hallábamos en territorio de trapiches.

   En más de una ocasión sugerí a don Jairo que, dejando momentáneamente el camino, visitáramos los trapiches en busca de guarapo con que saciar la sed. Pero éste se negaba siempre, aduciendo que semejante bebida perjudicaría mi delicada salud.

   Llegamos a un punto, donde unas cuantas casas situadas a la vera del camino, parecían mirarnos con curiosidad. Campaña me comunicó que aquel lugar se llamaba La Cocha, debido a que existía allí una laguna de turbias y pestilentes aguas infestada de caimanes. Aseguró que, tan sólo un año atrás, estos feroces saurios habían devorado a dos negros esmeraldeños que, imprudentemente, se habían acercado demasiado a sus dominios. Y que apenas meses antes habían desaparecido misteriosamente cuatro personas, entre vecinas de este lugar y forasteras, coincidiendo con la época en que estos saurios se volvían más agresivos.

   Don Jairo, con la gentileza que era característica en él, se ofreció a servirme de cicerone para explorar aquella acuosa atracción, pero yo, lamentando en el alma desaprovechar semejante oportunidad, rechacé su ofrecimiento. Después de conocer mi decisión, no insistió. Pero no disimulaba su decepción por mi poco apego a la exploración lacustre.

   Iba yo con el pensamiento fijo en lo que acababa de escuchar, reconstruyendo mentalmente las cruentas imágenes que habría visto desfilar dicha laguna durante su existencia. De pronto, a un centenar de metros a la izquierda de donde nos hallábamos, observé un niño pequeño, con la despreocupación de su edad, caminando por un pastizal... ¡Y detrás de él, con la cabeza levantada, olfateando golosamente el aire, y con las mandíbulas abiertas, reptaba un saurio verde, de espinazo dentado como una sierra, horrible y del tamaño de un perro salchicha grande al cual le hubiesen añadido una cola ancha, larga, rígida y cubierta de espinosas escamas!

   —¡Cuidado! ¡Qué lo va a devorar! —grité angustiado, con la esperanza de prevenir al pequeño que iba a ser engullido por el monstruo, mientras buscaba la forma de salvar la cerca de alambre de púas que separaba el potrero del camino, para ir en su auxilio.

   Campaña que, separado por unos pasos, iba adelante, con la mirada fija en el camino y a punto de reanudar la conversación, al escuchar mis voces de advertencia, respingó y detuvo a raya la mula. Con el temor pintado en su faz y temblando como el azogue, se puso a examinar con la mirada el monte vecino, mientras tartamudeaba:

   —¿Dónde...? ¿Dónde... está?

   —¡Ahí! ¡Mire hacia allá! —gemí— Le devorará si tardamos en intervenir. Tome el machete y corte la alambrada... ¡Vamos! Pero ¿qué espera usted para ponerse en acción?

   Mi escuálido acompañante miró lleno de angustia hacia sitio antes indicado por mí y, en cuanto lo examino, para mi asombro, reaccionó con la más escandalosa carcajada que en mi vida escuchara.

   —¡Impávido! —le reproché, viendo cómo al reptil le faltaba unos centímetros ya para alcanzar al niño— Será usted el único responsable de la desgracia.

   —¡Caray! Señor Vies, qué bromista es usted —volvió a reír don Jairo—. Por poco me mata de susto. Creí verme con un tigre encima en vez de tenerla al frente, y bien lejos de mí, una inofensiva iguana convertida en mascota.

   Pero ¡qué corto de vista sería yo, para confundir a una insignificante iguana con un temible caimán! Porque, mirándolo bien, el animal que iba en pos del infante, jamás podía ser confundido con uno de otra especie. Por cierto, la sugestión que obrara en mí el relato de hombres devorados por cocodrilos, precisamente en ese lugar, debió ser la responsable de aquella imperdonable confusión. Me había puesto en ridículo de la forma más lamentable. Y, pensando en arreglar las cosas, también me eché a reír. Luego dije: 

   —Acabo de comprobar que es falso de toda falsedad lo afirmado por cierto sujeto de Patricia Pilar, acerca de que los salineros no distinguen un caimán de una inofensiva iguana.

   Volvió él a reír y también yo le imité por segunda vez. No sé si lo creyó, pero, durante un trecho, cabalgó en silencio.

   Continuamos cabalgando. El terreno se volvía cada vez más accidentado conforme nos acercábamos a la cordillera. El camino penetraba ahora en las profundidades de un rocoso cañón de cuyo fondo escapaba el afligido gemido de un río, circulando entre tortuosos saltos. El paraje, en su expresión más primitiva, presentaba una melancólica belleza.

   —Pues bien, señor Vies, he tenido el enorme placer de acompañarle hasta aquí —manifestó de rondón don Jairo, deteniendo a la mula y volviéndose hacia mí.

   —¡Cómo! ¿Es qué su viaje termina aquí? —exclamé, sorprendido de que don Jairo decidiera separarse cuando empezaba yo a acostumbrarme a su compañía.

   —De aquí en adelante ya no tendrá usted dificultad en viajar solo, además me urge retornar a mi lar. Nada es más indispensable en él que la presencia del jefe de la familia ¾aseguró don Jairo.

   —¿Es qué usted no iba a ningún lugar específico? ¿Regresa de aquí? ¾inquirí, mirándole sorprendido, no sólo por su repentino aviso de abandonarme sino también porque allí, dado lo angosto de la vía, tendría que hacer pasar su cabalgadura por encima o por debajo de la mía para poder regresar.

   —No, señor Vies. Yo no iba a ningún sitio en particular —aclaró enfático mientras, obligándola a cambiar de dirección a su lerda y fea mula, la situaba junto a mi dócil y hermoso equino—. He querido tan sólo, en descargo de mi pasada falta, ofrecerle mi compañía y escoltarle durante la parte más peligrosa del camino. Esa y nada más que ésa ha sido la razón que me impulsara a venir en busca de usted. En realidad, nada resulta más lúgubre, para el viajero solitario, que el transitar por caminos deshabitados y desconocidos. Pero ahora que la vía deja de ser desierta y puede usted encontrar, con facilidad, albergue y alimento en cualquier sitio, mi compañía resulta superflua. En consecuencia, sólo me queda decirle adiós.

   El camino, en ese sitio, practicado en peña viva no podía ser más estrecho y apenas permitía el paso de una sola cabalgadura, y su orilla, situada a escasos centímetros de las patas del caballo, daba de lleno al precipicio, que parecía mirarnos con la malsana esperanza de ver derrumbarnos por él. No obstante, don Jairo, como si no se hubiera percatado del peligro que corríamos, mediante el castigo de sus talones, obligó a su montura a seguir adelante, incrustándose como una cuña entre la pared y el alazán. ¿Quería despeñarnos?

   Cuando mi acompañante logró al fin su propósito y yo recobrar la tranquilidad, volviéndome hacia él, dije:

   —Le quedo muy reconocido por todos los favores recibidos de usted. Hasta pronto, don Jairo.

   —No me las dé, porque estoy seguro de que antes de finalizar el día terminará usted maldiciéndome —respondió enigmático Campaña.

   —¡Cómo! Pero ¿por qué habría de maldecirlo yo? —me sorprendí.

   —A veces sucede así —replicó sentencioso—. Pues las cosas, luego de examinarlas con detenimiento, resultan casi siempre diferentes a lo que parecen a primera. Sé, por ejemplo, de un latacungueño que oyó hablar de peces voladores y se puso de inmediato a buscarlos en los árboles y a escudriñar el cielo. Jamás los encontró, claro.

   —De todos modos, le estaré agradecido siempre —dije, disponiéndome a separarme de él.

   Pero mi amigo, preocupado siempre en el éxito de mi viaje, se creyó en la obligación de prevenirme sobre las peculiaridades de los habitantes de aquella región.

   —Menos mal que he podido recordarlo, aunque fuese a último momento —profirió mientras se golpeaba la frente con un dedo—. Pues bien, señor Vies, permítame advertirle que debe tener usted extremado cuidado al entablar cualquier tipo de relación con los pobladores de esta aislada y paradisíaca tierra, ya que, mientras más apartado del mundo habita el hombre, más perspicaz, ingenioso y astuto es él. Según se afirma aquí, estas virtudes innatas del ser humano es sólo posible conservarlas intactas si se extrema el cuidado en no acoger el pérfido consejo de enviar los niños a la escuela, porque, según el juicio de los más connotados sabios campiranos, la bendita educación asfixia la inteligencia... Vamos. ¿Se ríe usted?... La instrucción —dicen, no lo digo yo—, además de no proporcionar al hombre los medios necesarios para enfrentar las dificultades que le reserva la vida, le obnubila con delirios de superioridad, y todo lo que de ella consigue es apenas un barniz de seudocultura que le vuelve aun más ignaro que cuando empezó a recibir educación. La educación es una comedia y una trágica farsa, ya que nadie de los que presumen cultos, se enterara jamás de que no lo es en realidad. ¡Lamentable! Porque el necio deja de ser tal sólo cuando se entera que lo es —y esto lo digo yo—. ¡Oh!... señor Vies, ¿vuelve usted a reír? ¿Le parece que bromeo?

   En realidad era él quien se reía abiertamente, sin duda viendo la expresión de incredulidad plasmada en mi rostro, al oír aquel concepto muy particular que tenía él respecto de la educación. Y, mostrándose de repente ofendido por mi supuesta burla, a partir de ese instante se puso a defender con ardor la convicción (real o ficticia) de sus coterráneos:

    —Al zorro no le hace falta —arguyó entre otras cosas— acudir a una escuela de pícaros para adquirir su proverbial astucia, ni el güiragchuro debe tomar lecciones de música para endulzar con su trino las mañanas campiranas. Tampoco necesita el campesino saber leer para usar la inteligencia, siempre más aguda y despejada que la del hombre urbano, que, por lo general, se llena la mente de necedades —concluyó muy serio don Jairo.

   Y luego de inclinar breve y fríamente la cabeza, a modo de despedida, se alejó para desaparecer pronto como disuelto en la brisa que galopaba por los laberintos del bosque.

 
CAPÍTULO XIV

   Aunque no faltaba mucho para el anochecer, por fortuna hacía buen tiempo. Poseía un magnífico caballo y además me sentía aliviado de mis dolencias. Por tanto, cabalgaría plácidamente el resto de la tarde y parte de la noche, bajo el embrujo sideral.

   La bermeja luz crepuscular me entusiasmaba con su magia. El resplandor áureo rojizo que incendiaba el cielo y doraba las cumbres de las montañas, se derramaba también en mi espíritu, abrasándolo en una llamarada de hondas sensaciones. Bajo su influjo, los sentidos percibían, aun en las cosas inertes, nuevos y variados atractivos y presagios de esplendente vida. La inspiración estimulada orientaba hacia perspectivas de júbilo todo cuanto cobijaba la bóveda celeste.

   El camino seguía por campo deshabitado, no obstante que don Jairo había anunciado lo contrario. Pero continuaba apaciblemente, bordeando precipicios y descendiendo o ascendiendo empinadas laderas. En sus orillas, formando parte de aquel mar de vegetación, predominaban los guayabos, chamburos y guabos, cuyos frutos maduros prendían su aroma en la vagabunda brisa. Por doquiera, el follaje susurraba sabe Dios qué misteriosas confidencias, pero tan quedas y apresuradas como si temiese que su voz llegara a oídos indiscretos. Mientras tanto, el espumoso río, entre saltos y remolinos, transitando apresurado por el fondo de la cañada, cantaba su serenata a la inminente noche.

   A medida que me acercaba a la cordillera, notaba que la flora experimentaba cambios paulatinos. El paisaje reemplazaba constantemente de vestimenta: nuevas especies de plantas, afines con el clima predominante, se hacían presentes. También la topografía sufría modificaciones, volviéndose cada vez más accidentada. Y dejando atrás la alta montaña, como un hermoso recuerdo, el camino emergió a campo abierto, desprovisto de vegetación y azotado por el viento.

   Ya nada quedaba aquí de los bosques naturales. Desde varias décadas atrás, víctimas indefensas del “progreso”, los milenarios árboles fueron abatidos por el hacha criminal. Primero, por quienes se dedican a la explotación de su preciosa madera, que son los que preceden a los colonos, y luego por agricultores y ganaderos. Pero sin que hubiese asumido nadie la obligación de reforestar el suelo que lo enriqueció.

   Resultaba deprimente ver aquel gran espacio de terreno, tan sólo años antes, cubiertos de exuberantes bosques, ahora convertidos en polvorientos eriales.

   El camino que seguía, pese a ser el más importante de aquella zona, era escasamente transitado. Durante toda la jornada, me crucé apenas con unos cuantos arrieros. Mas al atravesar una planicie, con los últimos resplandores del día, divisé un grupo de jinetes que se acercaban a mí, avanzando al galope en la misma dirección que yo seguía. Ese sexto sentido, como se suele llamar a la intuición, me advirtió del peligro que corría yo.

   Acicateé al corcel y el noble animal, mostrando poseer mejores cualidades de las que le había atribuido, echó a correr con la celeridad de una flecha. Llegué a una cañada y la crucé a galope tendido. Al llegar a la cima vi cómo los jinetes aceleraban el paso en cuanto me vieron. Pero ocurrió algo más: uno de ellos, apuntando en mi dirección con una escopeta de grueso calibre, hizo fuego por dos veces, afortunadamente, sin conseguir alcanzarme. Esta actitud de ellos confirmó la sospecha de que era yo objeto de persecución.

   Al descender a una hondonada, noté que acababa de anochecer y vi que el camino, un poco más allá, se confundía entre las sombras. Sin embargo, mi caballo no cesó de galopar por aquella vía que se mantenía visible sólo para él. Al cabo de un cuarto de hora de carrera, una amarillenta y tímida luz se insinuó sobre el horizonte, como atemorizada de las tinieblas que intentaba combatirlas. Pero minutos después, Selene bañaba en su radiante sonrisa iluminó el nocturnal paisaje, llenándolo de un misterioso encanto.

   Al volver la mirada hacia mis perseguidores, comprobé que la distancia entre ellos y yo había aumentado. El sonido de las pisadas de sus caballos, lo escuchaba como un apagado y lejano tableteo de tambores. A partir de ese instante, respiré con tranquilidad y disminuí la velocidad de la carrera.

   De pronto, noté que el camino se bifurcaba, y yo seguí gustoso la vía que eligió libremente mi caballo, la cual escalaba en zigzag una ladera.

   Mientras ascendía, me puse a reflexionar acerca de los sueños que, últimamente, había tenido yo. Ellos ya me habían advertido del peligro que me acecharía durante el viaje a través de una zona infestada por la cuadrilla de Lasso. Debí, a riesgo de pecar de supersticioso, tomarlos en serio y jamás ponerme en camino solo. Por lo demás, la historia está repleta de revelaciones de este tipo. Una de éstas, muy didáctica y que luego de haber transcurrido dos milenios se conserva fresca, dice que Calpurnia, la esposa de Julio César, le advirtió que había recibido en sueños un aviso de que no debía arriesgarse en el idus de marzo. El emperador hizo caso omiso de su advertencia y cayó ese día, muy temprano, a los pies de la estatua de Pompeyo, atravesado por los puñales de sus asesinos.

   Cuando alcancé la cima, lleno de sorpresa, descubrí que tenía a mis perseguidores delante de mí. Pues ellos habían tomado el otro ramal del camino, más corto o más transitable, que les permitió llegar a ese lugar antes que yo. Todos ellos llevaban sombrero de ancha ala, bajada hasta los ojos, y bufanda que les cubría el rostro hasta la nariz.

   Qué extrañas cosas le sucede a uno cuando se halla en inminente peligro. ¡En vez de buscar una salida del sombrío cerco que me encerraba, me puse a filosofar con ahínco sobre las complicaciones que, a menudo, tienen los viajeros! Y quise acuñar este aforismo para la posteridad: “¡Nunca dejes que tu caballo elija tu camino, si esperas no extraviarte!” Pero de inmediato me di cuenta de que tal sentencia no era válida para quienes transitan en avión o autobús, ya que ellos no tienen por qué conocer previamente la ruta por la cual han de desplazarse. Y, como si ello hubiese constituido lo más importante por el momento, mi mente buscaba con afán la solución perfecta al escollo metafísico. Pero ninguno de los caballeros que interceptaban mi paso tenía demasiado tiempo como para permitirme el lujo de malgastarlo en inútiles filosofías. Cayeron de inmediato sobre mí como una jauría de hambrientos lobos impacientes por terminar conmigo.

   —Al fin lo hemos podido darle caza —vociferó uno de mis captores que intentó bajarme del caballo, asiéndome por una pierna. Supuse que tal sujeto sería el temible José Lasso, puesto que su aspecto era el más fiero de los de la partida y parecía ser quien llevaba la voz cantante.

   —¡Hay que hacer un escarmiento con él! —propuso otro, yendo en ayuda de quien parecía ser su jefe, para terminar por bajarme del caballo. Yo resistí y, en el forcejeo, mis atacantes perdieron sombrero y bufanda que, hasta entonces me habían impedido reconocerlos. Vaya sorpresa.  Pues ¡si los dos hombres no eran otros que ayudantes de Navarrete, ahora sin casco ni overol y vistiendo atuendo común!

   El primero de mis atacantes, achaparrado y de inocultable fealdad, notoria aun en la penumbra de la noche, era nada menos que el cocinero del equipo de exploradores, a quien le conocían por “Pato”. Ahora, como efecto del esfuerzo y la ira, su fisonomía patibularia, se había transformado en algo horrible que producía miedo. Sujeto a la cintura,  como era su costumbre, traía el afilado cuchillo con el cual, apenas dos días antes, había intentado ya libertarme de la cárcel de este mundo. Ahora se habían dado las condiciones ideales para que pudiese usar dicha arma a su antojo y placer.

   El otro tipo era Zaramago, el mismo que se jactara de ser especialista en la esterilización de cerdos. Éste era un sujeto de armoniosos rasgos faciales, elevada estatura, constitución atlética y movimientos felinos. Parecía que su mayor cualidad era la de conservar la gallardía aun en las peores circunstancias. Ni el cabello alborotado, ni el rostro congestionado por la ira y parcialmente cubierto de tierra, menguaban en absoluto su apostura. Sin embargo, podía ser éste tanto o más peligroso que su feo compañero.

   —¡Sostenle mientras busco mi navaja! —apremió Zaramago al odioso Pato cuando me tenían ya en el suelo, tendido con la cara al cielo.

   —¡No tienen necesidad de asesinarme —exclamé entre jadeos— cuando pueden ustedes tomar sin oposición lo poco que poseo!

   —Solo busco recuperar lo mío —espetó un sujeto que se descollaba en medio de los demás jinetes que miraban, desde cierta distancia, el desarrollo de la lucha. Su voz no dejaba dudas de quien provenía. Y éste no era otro que el geólogo. ¡Diablos! No podía yo creerlo. Nunca me hubiese imaginado ver a Navarrete, por desesperado que estuviese en tratar de amasar una fácil fortuna, robando en despoblado bajo el caudillaje de Lasso.

   La desigual lucha por librarme de mis enemigos terminó muy pronto. Tras recibir una abundante dosis de golpes de puño, que anularon mi resistencia, quedé en tierra, sin fuerzas para intentar siquiera huir. Lacerantes dolores torturaban mi cuerpo y la vista la tenía nublaba. Ansiaba derrumbarme hacia la bendita evasión del desmayo, la fuga máxima de la mente, para poder escapar del dolor físico. El embate de un suceso angustioso y repentino que sacude la psiquis, afectando su frágil equilibrio.

   Sin embargo, el shock no llegó a producirse. Y, entre ayes de dolor, me escuché increpando a Navarrete:

   —Se puede comprender —dije— que individuos incultos y miserables, como sus ayudantes, no tuviesen escrúpulos en unirse a una cuadrilla de salteadores, pero jamás se podrá entender qué usted se haya lanzado a la mala vida. Don Juan, nada permanece eternamente en secreto, por cuidado que se ponga en ocultarlo. Pues tarde o temprano los demás han de enterarse. Y ¿qué hará usted cuando sus familiares y amistades conozcan de sus fechorías, aparte de que las autoridades no le concederán piedad alguna?

   Del grupo de jinetes surgió un fragor similar al estruendo producido por un trueno. Se estaban riendo.

   —Pero, ¿qué diablos dice usted? ¿Es qué se hace el tonto o se ha vuelto loco? —vociferó encolerizado Navarrete, al tiempo que, mediante un ágil salto, se apeaba de su caballo. Y, acercándose a mí a grandes pasos, agregó—: ¿Me cree usted capaz de una bajeza o de una mala acción? Miren muchachos quien lo dice.

   —Y ¿qué significa entonces el papel que usted asume en este mismo rato? ¿El de ángel de la guarda de los confiados viajeros? ¿Dígame con qué propósito se ha unido al bandido de Lasso? Confiese que lo de su profesión de geólogo y la misión de explorar la región no es sino una pantalla para desviar la atención de la gente que, de otra manera, podría dirigirla hacia la verdadera ocupación de ustedes.

   —¡No diga usted disparates! —rugió el aludido, llevando sus manos hacia mí para tomarme por las solapas de la chaqueta, hasta ponerme de pie¾ Debería usted sentirse avergonzado por el acto de pillaje que ha cometido. Y agradezca que aquí se castiga sólo con la cárcel y no con la cuerda a quien se da el lujo de apropiarse ilícitamente del caballo de su prójimo —luego de sacudirme por varias veces me empujó y caminó, con los brazos abiertos, hacia mi corcel, el cual, extrañamente, fue a su encuentro. Lo abrazó del cuello y, ante mi sorpresa, se puso a besarle en la cara. Y, dirigiéndose a sus ayudantes, añadió—: Cuánto lamento que la ley que regía en el viejo y lejano Oeste americano para castigar este tipo de crimen no perdurase hasta hoy y tuviera vigencia aquí. Con superlativo placer le hubiese colgado aquí mismo.

   Vaya sorpresa. ¡Resultaba ahora que, quienes merecían el calificativo de ladrones, me acusaban de haber abrazado yo tan noble profesión!

   —Podemos resucitarla esa sabia ley —le aconsejó alguien a quien no pude descubrir su identidad.

   —¡Magnífica idea! —aprobó Navarrete mientras volvía hacia mí. 

   —¡Una soga para adornar el cuello del cuatrero! —demandó Ventura. Le reconocí sin dificultad por el problema que tenía para hablar, debido a la pérdida de los dientes al ser coceado por una mula en plena boca.

   —¡No comprendo de qué se me acusa! —protesté realmente asustado, mirando patéticamente al geólogo con la remota esperanza de que sabría contener sus impulsos asesinos y los de sus lacayos.

   —Me roba usted mi purasangre, el cual he podido sonsacar al General tentándolo con una verdadera fortuna, ya que este ilustre caballero lo estimaba tanto como a su mujer o a sus hijas; malogra mi viaje a la Capital, para entrevistarme con el gerente general de la compañía, a quien debía informar de las labores realizadas en esta zona; me ocasiona ingentes gastos con el objeto de llevar a cabo su persecución, puesto que me ha costado una fortuna dotarles de caballos veloces a mis muchachos. Y ahora me sale usted con que no comprende de qué se le acusa.

   ¿Qué era, Dios mío, lo que ahora me estaba sucediendo? 

   —¡Una soga! —insistió Ventura.

   —Pero aquí no existe árbol ninguno donde poder colgarlo. Me parece más fácil despeñarlo —propuso Caramelo, tratando de empujarme con su caballo en dirección del abismo.

   —No, no. El cuatrero debe terminar sus días columpiándose del extremo de una cuerda y haciendo vanos y desesperados intentos por respirar —opinó Hurtado, quien, como hombre de la ciudad, había visto muchos linchamientos en las películas de vaqueros—. Este y no otro es el castigo apropiado para el abigeo. Un despeñamiento no impresiona a nadie. A quienes descubrieren su cadáver, les parecería sólo un desgraciado accidente. Hay que hacer un ejemplar escarmiento con el cuatrero.

   —¿Se han vuelto todos ustedes locos? —protesté desesperado— Sepan que este caballo no lo he hurtado. Si lo han encontrado en mi poder, se debe sencillamente a un cambio con mi acémila. Vamos señores. ¿Por quién me han tomado ustedes? —y levanté la cara con el fin de que vieran en ella el sello de la verdad.

   —Por un pillo —se mofó Navarrete.

   —Le digo la verdad —afirmé—. Lo adquirí como cambio por mi mula, a insistencia de don Jairo, quien me aseguró ser su propietario. A él le hacía más falta un animal fuerte que un caballo, impropio para destinarlo a la carga.

   —¡Conque esas tenemos! —rió Navarrete, bañando en su cálido aliento mi helada cara— ¿De modo qué me lo hurtó usted en complicidad con ese bribón de Campaña?

   —De ninguna manera —pretendí aclarar en vano—. Fue esta mañana cuando nuestro ex anfitrión me alcanzo algo más acá de Los Cades y me propuso el cambio del alazán, el cual cabalgaba, por mi lenta pero forzuda mula. Y es obvio que lo aceptara yo.

   —No lo creo, por la sencilla razón de que don Jairo no pudo haber estado cerca de nuestro campamento en el transcurso de la noche pasada, que era cuando me robaron el caballo —arguyó Navarrete—. ¿Acaso no lo recuerda usted a la señora Campaña decir que su esposo se había ausentado para no regresar en varios días? Lo que significa que éste debía viajar hacia un sitio más o menos lejano. Y sépalo usted que la distancia entre su casa y el campamento es apenas de tres kilómetros.

   —¿Está usted seguro de que esa mujer ha dicho la verdad? —inquirí, ladeando el rostro para evitar su aliento, que soplaba como un fuelle, continuara alcanzando mi nariz.

   —Aparte de ello —continuó el geólogo sin concederme crédito—, algunos arrieros, que cruzaron con usted, le vieron cabalgar solo.

   Eso era verdad. Durante el tiempo que me acompañó don Jairo, nadie nos había encontrado.

   —¿Lo ve usted que la mujer no mentía? —tronó mi inquisidor, tomando como prueba cierta de culpabilidad mi breve silencio.

   —Pero la señora Campaña no dijo la verdad cuando nos aseguró que la ausencia de su marido sería prolongada —insistí.

   —¡Miente! —gritaron al unísono sus ayudantes.

   —¿Quién miente? —preguntó el jefe, encarándose frenético a éstos.

   —El señor Vies —replicaron sus adláteres.

   No había forma de convencerles de la verdad. Anteayer les desquició la pérdida del hipotético yacimiento petrolífero y hoy les quitaba la razón el hallazgo, en mi poder, de un caballo robado...  ¿Caballo robado?... Entonces, ¡el príncipe de los equinos que me diera don Jairo en trueque por mi mula, jamás le había pertenecido a él! ¡Dios mío! A la postre, también yo había sido engañado.

   Navarrete me miraba hecho una furia. Y si las miradas mataran, probablemente se hubiese ahorrado el trabajo de vapulearme hasta que el cansancio le rindiera. Así que nuevamente me hallé rodando por el suelo, igual que una pelota en una cancha deportiva.

   Cuando Navarrete se vio obligado a detenerse, fatigado por el esfuerzo, creí llegado mi fin. Apenas podía yo respirar, torturado por los punzantes dolores que padecía en el abdomen y la caja torácica. Parecía tener triturados los riñones y varias costillas rotas o hundidas. Las dolencias me impedían permanecer quieto y mantener la boca callada. Y me vi regando el suelo con mi sangre mientras, entre gemidos lastimeros, me arrastraba como un perro moribundo.

   El sufrimiento me había empujado a un abismo de alucinaciones dantescas donde sin embargo la razón se filtraba como un furtivo rayo de luz. Debido a ello me conservaba enlazado a la realidad, permitiéndome recoger sensorialmente cuanto ocurría en mi derredor. Y desde mi estado de agónica postración pude escuchar:

   —Padece mucho el pobre hombre —se compadeció el doctor.

   —Sí, sufre una barbaridad —dijo alguien que no pude reconocerlo —sería mejor rematarlo y así evitarle inútiles sufrimientos.

   —Robayo, usa la escopeta —sugirió Analuisa al mozo de la hermosa nariz clásica.

   Ni corto ni perezoso, el aludido se acercó a mí y, tomando el arma por el calibre, me dio un culatazo entre los hombros. Fue un golpe que me inmovilizó en el acto. 

—¡Animal! No así —espetó Caramelo —. Descerrájalo un tiro en la nuca. ¿Qué esperas?

   —Es que la escopeta no está cargada. Los dos únicos tiros que traía, los disparé ya durante la persecución —justificó su acción Robayo. Y añadió, dirigiéndose al grupo de jinetes—: ¿Hay aquí alguien que disponga de una pistola o de algo por ese estilo?

   —¡Retírese de ahí, mamarracho! —rugió Navarrete mientras le arrebataba la inútil arma para lanzarla al barranco —Nada de armas de fuego. Se ha resuelto colgarlo de la rama de árbol y así se hará.

   —Pero, ¿cómo, señor ingeniero? —gimió Robayo—. Si aquí ni en la cercanía se nota la presencia de árbol alguno.

   —Iremos hasta encontrar alguno —dilucidó el ingeniero.

   —El bosque de Rayo no está lejos —intervino el Pato, dándose de conocedor de la zona—. Allí no se puede quejar por falta de árboles.

   Sin embargo, pese a la férrea determinación del geólogo en usar conmigo la cuerda, no todos estaban dispuestos en seguir obsecuentes su dictamen. Surgían pareceres y sugerencias diferentes aquí y allá. Sin embargo, Navarrete no tardó en anular las discrepancias e imponer su voluntad.

   En tanto yo, no obstante que desconocía la magnitud de mis lesiones y la posibilidad de poder volver a caminar, concebí la idea de intentar burlarme de mis captores mediante la fuga. Con ayuda de la suerte, podría quizá arrastrarme hasta unas matas espinosas que se hallaban cerca y, de allí, ganar el espeso chaparro y despistarlos en su maraña. Sabía que mi proyecto era una locura, pero aun así debía intentar ponerlo en práctica.

   Ninguno de mis enemigos estaba capacitado para rastrear a un fugitivo, valiéndose de sus huellas. Según sus propias conversaciones, conocía yo que ninguno de ellos era montañés o siquiera campesino. Salvo Ramiro, el estudiante de ingeniería por correspondencia, los demás eran mozos haraganes que, sólo hasta dos meses antes, habían vegetado sin oficio ni beneficio en el centro poblado de Sigchos. Pero un buen día había aparecido por allí un forastero (Navarrete) que, sin preguntarles si alguna vez hubiesen visto de cerca una pala o un machete, les había contratado para que abriesen trochas en la selva. De modo que mis captores desconocían tanto como yo los secretos del bosque, aunque durante las últimas semanas transitaran por él.

   Ahora se habían enzarzado ellos en una acalorada discusión y parecía que nadie se daba cuenta de mi lento desplazamiento hacia el chaparral.

   La reina de la noche, derramando su argentada luz desde un cielo despejado, miraba con interés los tétricos acontecimientos que la locura de unos cuantos irreflexivos sujetos habían puesto en marcha, profanando el embeleso nocturnal. Y un rayo de esperanza, procedente de las célicas profundidades, se posó en mi corazón. ¡Oh, divina Selene, quien de los mortales osaría perpetrar un crimen ante tu majestad!

   Mis verdugos, ablandados por el embrujo nocturnal, o acobardados por tu escrutadora mirada, renunciarán a tomar la justicia por sus manos y, en consecuencia, a derramar mi sangre, aunque, en su necedad, me creyesen acólito de Caco. Y contentos con el castigo ya efectuado, me dejarían en paz.

   Mas el milagro acariciado no pasó de ser una bella y esperanza.

   —¿Adónde piensa escabullirse usted? —aulló Zaramago, quebrando mi ensoñación y echando por tierra mi utopía de salvación. Y presentándome un pequeño bayo, muy diferente al alazán, mi efímera propiedad, que ahora era objeto de los halagos de Navarrete, me ordenó—: Suba a este caballo y no se preocupe, que más adelante ya encontraremos el árbol que más le agrade a usted para ser colgado de él —sus últimas palabras acababan de inspirarme una buena idea.

   Claro está que no pude seguir las indicaciones impartidas por Zaramago. Es más, ni siquiera pude pararme por mi propio esfuerzo. Y sólo logré levantarme y subir al caballo con el auxilio de otros. Pero la lengua, que parecía ser lo único que había quedado en mí intacta, puse de inmediato a funcionar.

   —¡Oh! Pero ¿se cree usted lo suficiente caballero como para cumplir la promesa que acaba de formular? ¿Pues no debería primero discutirla con su amo antes de concedérmela? —repliqué al miserable mulero, sabiendo de antemano que la capciosa pregunta me contestaría otro. No me equivoqué.

   El mulero miró inquieto a Navarrete, temiendo una reprensión suya. Pero éste, como para cortar de plano toda discusión, sin reparar en lo que decía, apoyó la promesa de su ayudante:

   —No lo dude usted, señor Vies —dijo—, que todos nosotros estamos completamente de acuerdo en colgarle a usted del cuello hasta que muera.

   —Ya lo creo —expresé, sosteniendo su chispeante mirada—. Mas mi pregunta es: ¿si también usted está de acuerdo en que se me ahorque del árbol de mi elección?

   —Pues sí —afirmó el aludido, sin preocuparse de someter mi pregunta al menor análisis—. ¿Por qué no? Todo condenado a muerte tiene derecho a que se le conceda una gracia, según tengo entendido. Y no seremos precisamente nosotros quienes vulneremos esta ancestral costumbre.

   —¿Puedo, entonces, confiar en su palabra, señor Navarrete? —proferí con una energía que no sé de dónde la saqué.

   —Desde luego. Tiene usted mi palabra de honor —dijo Navarrete desde la cúspide de su arrogancia, prometiéndome la gracia solicitada por mí, y dirigiéndose a sus ayudantes, añadió—: ¡Muchachos, hacia bosque de Rayo!

 

CAPÍTULO XV

   Bajaron el ala de los sombreros hasta los ojos y cubrieron boca y nariz con la bufanda, en prevención del polvo (detalle que en un principio me había imaginado como una precaución para esconder la identidad). Y, situándome en medio de ellos, nos pusimos en marcha, avanzando por el mismo camino que yo había programado transitarlo cuando diseñara el itinerario de mi viaje por aquel idílico rincón de la patria.

   Mis captores tenían prisa por avanzar. Picaban sin piedad a sus cabalgaduras, ansiosos por avivar su paso. El estrecho y sinuoso camino, sembrado de baches llenos de agua, no consistía obstáculo para recorrerlo a galope tendido, a riesgo de dar con los huesos en tierra, al perder el equilibrio. Yo, aunque seguro de que abandonaría en corto plazo este mundo, pero íntegro, me sostenía sobre mi jaca usando hasta las uñas. No quería presentarme mutilado ante Caronte.

   Recorrimos, por varios kilómetros, entre labrantíos y pastos recostados sobre valles y suaves laderas, y cerca de casas vigiladas por desconfiados perros que saludaban nuestro fugaz paso con furiosos ladridos. Aquellos celosos guardianes nos acompañaban a veces por un largo trecho, pegados a la cola de los caballos. Pero jamás noté la presencia de una sola persona que acudiera a averiguar la razón del alboroto. Los habitantes, dormidos o temerosos, mantenían las puertas de sus viviendas selladas a calicanto.

   Al cabo de tanto galopar, llegamos finalmente a una loma de tétrico aspecto y permanentemente azotada por un viento ululante y gélido, la cual conservaba intacto su bosque natural. Milenarios árboles de colosales dimensiones y cubiertos de albo y trémulo liquen, como las barbas de un anciano, enseñoreaban el funesto lugar. Estos gigantes, ocupados en practicar una rígida y lenta danza que, no obstante, arrancaba espeluznantes crujidos de sus troncos, semejaban negros espectros vomitados de averno. Sus leñosos brazos, simulando balancearse al ritmo de las notas surgidas de los gemidos del viento, daban la impresión de esperar solamente el momento adecuado para lanzarse sobre nosotros. Este endemoniado sitio lleva el flamígero nombre de Rayo.

   El jefe de la caravana ordenó detenernos, y un estremecimiento helado me recorrió de la cabeza a los pies.

   —Pues bien —dijo éste con satisfacción en cuanto nos encontrábamos junto al temible bosque, y como si se tratase de solicitar lumbre para prender su cigarrillo, añadió—: Hurtado, búsqueme una soga.

   —¿Y cómo podría encontrarla aquí? —respondió desconcertado el referido sujeto.

   —Supongo que a los caballos se los ata con sogas, ¿no? ―replicó irónico el gran jefe.

   —Pero, con la prisa que nos dimos para venir, a nadie se nos ocurrió traérselas —se justificó el hombre que se jactaba de su origen riobambeño.

   —Bueno, alguien tendrá algo parecido a una soga —insistió el mandamás.

   —Sólo contamos con las riendas de los caballos —se dejó oír el doctor por segunda vez en la noche.

   —¡A falta de pan buenas son las tortas! —filosofó Navarrete— Unan varias de ellas y compónganselas para confeccionar un buen lazo.

   —Y después, ¿cómo se las arreglaremos para conducir los caballos? ¾reflexionó sabiamente el doctor.

   —Conque usted, maldito doctor, se empeña en contradecir nuevamente mis órdenes, ¿no? —bufó Navarrete— ¡Aventúrese a pronunciar una sola palabra más y le cuelgo junto al cuatrero!

   El pobre hombre, luego de escuchar semejante amenaza, se puso tan blanco como una hoja de papel blanco.

   —No hay necesidad de cuerda ni mucho menos de riendas ―opinó Hurtado, respirando suficiencia.

   —¿Qué no? —se sorprendió su jefe—. ¿Es qué piensa usted estrangularle con las manos?

   —Mo, qué va. Sólo hay que buscar un árbol que tenga algún bejuco con el cual fabricar un lazo —se dignó Hurtado descubrir su privilegiada mentalidad.

   —¿Será posible que tal cosa de resultado? —volvió a sorprenderse Navarrete y, olvidándose que apenas un rato antes le había prohibido al doctor pronunciar una palabra más, se dirigió a éste en demanda de consejo— ¿Qué le parece a usted, doctor? ¿Sería posible construir un lazo corredizo con un bejuco?

   —Pues todo depende del bejuco, jefecito —expuso el hombre que exhibía aquel mote rimbombante—. Porque no todos los bejucos son iguales ni tienen las mismas características. Los hay de los que, siendo resistentes para la tensión, no soportan la menor inflexión. Son éstos quebradizos como un bizcocho. También existen otros con los cuales se puede muy bien efectuar un nudo marinero, pero no responden con la misma eficacia a la tensión ni a la distensión. Sin embargo, existe una liana...

   —¡Silencio! —rugió fuera de sí el geólogo —hace silencio o le estrangulo ahora mismo con mis propias manos.

   Ahora el pobre doctor, de puro blanco pasó a transparente. Inspiraba lástima su aspecto. Por su parte Navarrete, desentendiéndose de inmediato del asustado mozo, apremió a sus demás ayudantes poner en práctica la idea del riobambeño.

   Varios árboles de cuyas ramas se descolgaban infinidad de lianas, que tremolaban impulsadas por el viento, se alzaban casi en el mismo sitio donde nos encontrábamos. Por tanto, a mi caballo, conmigo encima, no tuvieron que llevarlo muy lejos para situarlo debajo de un añoso arrayán provisto de los instrumentos requeridos. Al instante, dos individuos, parándose sobre sus monturas, empezaron a manipular el bejuco que lo consideraron más a propósito para fabricar un lazo corredizo. Y en contados instantes, la fatídica herramienta estuvo lista para cerrarse en torno de mi garganta.

   —Vamos, señor Vies —me animó Navarrete—. ¡Acérquese sin temor, que lo único que perderá usted será la vida, la cual, de todos modos, le habrá estado resultando incómoda! —suspiró como si se hallase hondamente conmovido— Confabularse con don Jairo para robarme el yacimiento petrolífero, con el fin de explotarlo por cuenta de ustedes dos en cuanto me alejase de aquí, y no contento con ello, apropiarse de mi purasangre, no podían ser crímenes que le iban a permitir vivir con la conciencia tranquila. Vamos. ¡Acérquese con toda confianza!

   Ya me extrañaba que la decisión de asesinarme obedeciera únicamente al impulso de castigarme por el supuesto robo de su caballo, aunque éste se hubiese tratado del mismo Pegaso, o al menos de Babieca o de rocinante. Pero jamás podía imaginarme que Juan Navarrete fuese tan ingenuo como para continuar creyendo en el cuento del yacimiento de petróleo y, mucho menos, que me creyera capaz de confabularme con Campaña para usurparle su hipotética fortuna. Sin embargo, consideraciones aparte, lo cierto era que el instinto asesino que subyace en todo ser viviente, se había despertado en él sediento de sangre.

   —Este árbol no me agrada. Su tosco aspecto ofende mi vista, es un insulto para el buen gusto ¾respondí al geólogo, poniendo en marcha un ingenioso plan inspirado en un pasaje de la famosa y entretenida “Historia del rústico Bertoldo”.

   —¡Cómo! —expresó Navarrete, maravillado de mi protesta.

   —Simplemente que este árbol no me gusta para ser colgado de él —repliqué con energía.

   —Pero ¡esto es ridículo! —comentó aún sin entender Navarrete— Pues, ¿por qué tiene que gustarle a usted el árbol del cual va a ser ahorcado? Vaya capricho el suyo. ¡Muchachos, al árbol con él!

   —¡Un instante! —reclamé en alta voz, sin preocuparme ya de guardar la compostura— Recuerde usted que ha empeñado su palabra de honor a cambio de la promesa de no colgarme sino del árbol que lo eligiese yo. ¿Se retracta usted?

   —No tema. La cumpliré. ¡Muchachos, búsquenle otro árbol al señor Vies! —dijo a regañadientes Navarrete, llenando de incredulidad a sus esbirros, que se imaginaron que éste bromeaba. Todos se echaron a reír con tanto gusto y gana, que los dos individuos que se hallaban parados sobre las monturas, preparando el lazo, llegaron a perder el equilibrio y fueron a medir el suelo con sus cuerpos.

   Y casi en completa oscuridad, ya que la luz de la luna se filtraba escasamente a través del tupido follaje, empezó la búsqueda del árbol que se acomodase a mis exigencias. Al principio, guiados por la débil iluminación de cerillos y fosforeras. Pero cuando se agotaron éstos, el sentido del tacto pasó a sustituir al de la vista.

   A poco rato, la tarea se volvió molesta, pesada y aburrida hasta para mí. En cuanto me presentaban un “candidato”, lo rechazaba apenas tocarlo, atribuyendo en su contra defectos reales y ficticios: muy alto, demasiado corto, demasiado pequeño, deforme, delgado, leñoso, frondoso, etc.

   Pero Navarrete demostró no poseer el honor ni la paciencia de Albuino, rey de los longobardos, quien, habiendo condenado a Bertoldo a morir colgado del árbol que fuese elegido por el mismo, se fatigó sólo después de tres años de inútil búsqueda por todo el reino. El geólogo se puso furioso al descubrir mi ardid y ordenó a sus peleles estrangularme ya no del modo clásico, que consiste colgar a una persona por el cuello, usando una cuerda, sino mediante a un torniquete, al puro estilo español. De esa forma, el árbol y el lazo de bejuco quedaron descartados.

   La perspectiva de semejante suplicio me puso de carne de gallina. Pues esa es la manera que el retrógrado Estado español usa para perpetrar sus asesinatos legales. En mi memoria estaba aún fresco el recuerdo de la muerte del poeta vasco Juan Paredes**, junto a otros cuatro patriotas separatistas como él, ordenada por el tirano de Franco. Momia pútrida que, a sólo un paso de la tumba, se ufanó con vengar en la flor de la juventud intelectual la tortura que, procedente de su inmoralidad y del pus que roía sus entrañas, le consumía. Los cinco patriotas vascos fueron ejecutados con aquel suplicio medieval llamado garrote vil.

   —Sitúenle junto a ese delgado árbol y quítenle el cinturón para usarlo como torniquete —ordenó el geólogo, indicando un arbolito que se alzaba tímidamente al borde de un calvero, adonde habíamos ido a dar. Y sus esbirros me arrastraron hacia él.

   La esperanza de que, por casualidad, algún viajero acudiese para evitar la barbaridad que, aquellos insensatos, se proponían cometer conmigo, no tenía fundamento. En prevención de un infortunado encuentro con Lasso, nadie se atrevía a transitar aquellos andurriales durante la noche.

   Entonces, ¿quién podría salvarme? ¿Acaso, Ramiro? Pero él parecía haber desertado del equipo de exploradores o, quizá, pudo haber sufrido una caída de su cabalgadura. No le había visto ni escuchado en ningún instante.

   Me sentí propiedad de Proserpina.

   Aseguran que aquellos que mueren ahogados ven desfilar toda su existencia momentos antes de expirar. Pero tal cosa no es privilegio de esa única clase de defunción, sino para todos los casos precedidos de agonía. Y es increíble lo que acontece el instante en que la mente, sacudida por una especie de explosión de angustia, que actúa como catalizador, se modifica hasta alcanzar la transparencia de un espejo en el cual se reflejan con absoluta nitidez y detalles las vivencias de toda una existencia.

   Y, en el lapso de unos segundos, la volví a vivir, sin que faltasen de ella ningún pormenor, mi existencia completa.

   La correa, que ataba mi garganta al tronco, empezó a penetrar en la carne y a quitarme la respiración cuando el feísimo Pato —en realidad, más parecido a un ornitorrinco que a un pato—, usando una pequeña rama, que la había introducido en la ligadura, se puso a retorcerla, comprimiéndola más con cada vuelta. Y fue entonces cuando el milagro se produjo.

   —¡Suelten ahora mismo a ese hombre! —retumbo como el trueno la potente voz de un desconocido, al tiempo que alguien nos dirigía el luminoso haz de una linterna eléctrica, desde el lado opuesto del calvero.

   Nadie se movió.

   Parecían congelados por la sorpresa.

   Un manto de silencio, respetado aun por el follaje decidor y las eufóricas cigarras, se abatió sobre todos nosotros, encerrándonos en un campo de expectativa. El alba luz de la linterna, como un dedo acusador, señalaba las posturas —ridículos vestigios de fallidos movimientos— adoptados por aquellas burdas estatuas humanas de ojos enormes y brillantes.

   —¡Carajo! O sueltan de una maldita vez a ese hombre o empiezo a dispararles —volvió retumbar la voz y las estatuas adquirieron vida. Algunos movimientos suaves se produjeron en el grupo.

   —Pero ¿quién diablos es usted? ¡Identifíquese!  —trató de averiguar Navarrete.

   —Alguien que llega como enviado por la providencia para salvarles a todos ustedes: al prisionero, de una muerte injusta, y a sus necios captores, de permanecer por largos y tediosos años en la Casa Grande —fue la respuesta del hombre de la linterna.

   —¡Por un demonio! ¿Quién es usted? —rugió Navarrete, exasperado más por la violenta luz artificial que recibía directamente en los ojos que por la intromisión del desconocido.

   —¿Es posible que no lo adivine quién soy? En cambio yo si lo sé quién es usted. —respondió el desconocido. Y, dejando el amparo de las sombras, caminó hasta el centro del calvero, al cual bañaba la luma en sus argentinos rayos. Añadió—: Bien, don Juan Navarrete, ya puede usted verme a su antojo —dejó de enfocarles con su linterna, para que todos, desde la penumbra, pudiesen mirarle sin dificultad.

   Desde la precaria posición en que me hallaba, pude mirar al hombre que fue poco a poco emergiendo de las tinieblas del bosque, mientras la claridad le confería una gradual nitidez. ¿Cómo podría olvidar aquella escena acaecida, en una noche aciaga, en un calvero del bosque de Rayo? Cuando todo lo daba yo por perdido, apareció aquel gallardo joven. Era atlético y de elevada estatura. Jamás he mirado a los hombres en plan de evaluar sus atributos físicos. Quizá el complejo de machismo presente en mis cromosomas memoria me lo hayan impedido. No obstante, me hallé mirándole como hubiera contemplado a una estatua griega, creada por las milagrosas manos de Fidias. Porque la figura del hombre que tenía delante, se diría que pertenecía a uno de los caballeros del friso del Partenón.

   Su ondulada cabellera era castaña que se acercaba más al color de la miel que al del carbón. Sus ojos, grandes y circundados por largas y espesas pestañas, eran color de las semillas tostadas del cafeto, en los que se reflejaban el fuego de un cielo crepuscular. Reunía en sí la belleza de Adonis y la gallardía de Ares sin dejar de poseer la imagen de Hércules. Vestía camisa roja con cuadros negros, pantalones azules, que terminaban dentro de lustrosas botas de media caña. A pesar del fresco de la noche, no llevaba sombrero ni bufanda.

   —¡Atrápenlo y, tan pronto como acabemos con el ladrón, lo estrangulamos a ese imbécil! —ordenó el geólogo, arrugando los ojos como los gatos, por efecto de la furia sentida.

   —Eso, ¡no! Pues jamás pondría yo la mano encima de él —gimió el doctor, dejando entrever un miedo cerval en su voz. Este mozo y Robayo parecían ser los únicos que conocían al recién llegado.

   Varios de sus compañeros, aunque no lo habían visto antes, retrocedieron medrosos algunos pasos, desobedeciendo el mandato de su jefe.

   —Debe ser un policía rural —dijo por lo bajo Hurtado, dejándose guiar por la intuición.

   —No lo creo. No lleva sombrero ni canana —susurró alguien que se hallaba detrás suyo.

   —Sí, es un policía —aseguró Hurtado.

   —Pues bien, atrapen al policía —apremió Navarrete.

   Ninguno de sus ayudantes se movió.

   —¡Demonios! Pero qué esperan ustedes para ir a por él. ¡Malditos! ¿No han oído mis órdenes? —se enfureció el jefe del grupo. Y tomándole por el cogote a Robayo, quien se hallaba casualmente a su lado, le empujó hacia el hombre que se erguía como un coloso en medio del claro del bosque.

   Robayo, el hombre de la hermosa nariz clásica, no era un díscolo ni mucho menos. Era más bien un ferviente devoto de la correspondencia, y por tanto, gustaba de pagar con la misma moneda los honores recibidos. Por ello, tras recuperar el equilibrio, que estuvo a punto de perder a causa del empujón recibido de Navarrete, no vaciló en enfrentarse a éste. Y, desandando los pasos que le había obligado a dar, se le acercó para gritarle en su mismo oído:

   —¡Pendejo! Pues ¿a quién cree que tiene enfrente? ¿Supone que se trata de algún pelagatos como usted? —e intentó devolverlo el empujón. Navarrete, incapaz de soportar tamaña insolencia, transformado en un fierabrás, le aplicó a su ayudante un brutal puñetazo en medio de la cara, que por poco le hace volar como a un pájaro. ¡Buen Dios! La consecuencia del golpe fue desastrosa, ya que machacó por completo la nariz de su víctima. Pobre hombre, acababa de perder para siempre la belleza de su apéndice nasal. En adelante sería él ñato y ñatos serían sus descendientes. Porque de un golpe así no es posible recuperarse en una sola generación.

    —No se ufane usted de golpear a quien, por su condición de asalariado suyo, no podrá devolverle golpe por golpe —le increpó a Navarrete el imponente personaje—. ¿Por qué no viene personalmente a buscarme? ¿Es qué no se atreve, mi estimado amigo? Por cierto, no pertenezco a la Policía. Soy, simplemente, José Lasso —concluyó, presentándose el atlético joven.

   —¡Ooohhh...! —profirieron al unísono quienes acababan de conocer personalmente al famoso bandido, achicándose cual globos que han sido pinchados.

   “Mi estimado amigo”. ¿Pues no era la misma muletilla que gustaba de usar cierto anciano que la noche anterior compartiera conmigo el mismo techo? ¿Eran los dos, Viejo y Lasso, la misma persona?

   —Encantado de conocerle, señor Lasso. Llega usted puntual a su cita con la muerte —ironizó Navarrete y, dirigiéndose perentorio a sus ayudantes, ordenó—: ¡Muchachos, todos a él!

   Tampoco esta vez se movió nadie. La sorpresa y el temor habían soldado los pies a tierra. Pero el engreído jefe, sin prever el riesgo que implicaba su audacia, quiso lograr por sí mismo lo que sus tímidos ayudantes no se atrevían a intentar. Se acercó veloz y decidido a su retador, llevando los brazos por delante, como dispuesto a darle un efusivo abrazo. Pero en cuanto consiguió tocarle apenas, regresó, volando de espaldas, al mismo sitio que antes lo ocupara, como resultado del puntapié que Lasso le aplicara en el bajo vientre. Cayó en tierra como un fardo, de donde no quiso o no pudo levantarse, limitándose a boquear como un pez fuera del agua.

   —¡Lo ha matado! ¡Lo ha matado!—se lamentaba Caramelo, temeroso de perder el sueldo de casi dos meses de trabajo que lo había prestado, mientras trataba de localizar, en alguna aparte, el pulso del caído.

   Pese al resultado obtenido por su jefe, o tal vez debido a ello, el “Ornitorrinco”, esgrimiendo su cuchillo de cocina y vociferando obscenidades, se lanzó contra Lasso, seguro de vaciarle la vida por los orificios que le abriría a estocadas. Pero en cuanto su gruesa humanidad hizo contacto con el gallardo joven, rebotó como una mosca que ha chocado contra un sólido muro, por efecto del golpe de puño que lo recibiera en el pecho. Rodó por unos metros el “Ornitorrinco” e hizo denodados esfuerzos para ponerse de pie, pero sólo consiguió sentarse. De pronto se puso a revolcarse y a aullar semejante a un perro que está siendo apaleado.

   Los demás, ni fueron en ayuda de los contusos ni pensaron en vengarlos. Optaron más bien por la posición neutral, procurando no accionar el menor movimiento que pudiese mal interpretarlo Lasso. Únicamente el doctor no quiso dejar escapar la oportunidad que se le presentaba para poder emitir un comentario que, al mismo tiempo, aliviase su prurito de hablar y también sorteara el peligro que pudiese llegarle desde Lasso.

   —Los tenían bien merecido este par de zánganos —dijo mientras avanzaba unos pasos en dirección de Lasso—. Ha hecho usted bien, don Pepe, poniéndole a cada uno de ellos en su respectivo sitio. Créame usted que en más de una ocasión yo mismo me he sentido tentado por sobarles la maleta.

   Lasso no pudo contener la risa al oír semejante jactancia. Con seguridad, le conocía bien al mentiroso. Yo mismo, no obstante el dolor que me producía la correa sumida en mi garganta, fui incapaz de evitar que se me escapara una ahogada carcajada, que a los demás les habría parecido un aullido lastimero.

   —¡Liberen al prisionero! —repitió Lasso.

   Sin pérdida de tiempo y antes de que otro le adelantase, el doctor se me acercó solícito y, mientras me desataba, expresó:

   —Pero ¡cómo son las cosas, señor Vies! Anteayer me salva usted de las garras de Navarrete, y hoy me quepa a mí el placer de salvar su preciosa vida del mismo asesino. ¡Lo qué son las cosas!

   Cuando al fin me vi libre, más con señas que con palabras, agradecí la valiente y oportuna intervención de mi salvador. Desde luego, mi agradecimiento no iba dirigido al doctor sino a Lasso.

   —¿Qué les ha llevado a estos majaderos a intentar quitarle de en medio a usted? —me interrogó José Lasso cuando me hallaba junto a él.

   Le expliqué quien era yo, quienes los demás y todo lo ocurrido. Una vez que hube terminado de relatar, interrumpido a menudo por el doctor, ya fuese para recordarme o ampliar algún detalle, ya fuera para señalar los nombres de personas y lugares que intervinieran en los sucesos, mi bienhechor lamentó sin disimulo de que no fuese yo un abigeo de verdad. Y, respecto a la conducta irregular de don Jairo, manifestó que éste no era más que un consuetudinario bromista que se divertía jugando malas pasadas al prójimo.

   —Pero a consecuencia de una de sus bromas, estuve a punto de perder la única vida que poseo, a la cual, dicho sea de paso, la estimo más que a otra cosa —dije.

   —¿De veras? Entonces, ¿por qué la arriesga en un lugar donde ésta vale menos que un caballo alazán? —bromeó, o tal vez dijo en serio mi benefactor.

   Mas el doctor, tomando literalmente el significado de la expresión, comentó:

   —Y aun ése es un lujo que pocas veces se alcanza aquí. Lo más frecuente es que el precio de una vida no cubra lo que cuesta un asno viejo. La canción que dice: "La vida no vale nada", yo creo que se inspiró aquí. Por lo demás, viene como anillo al dedo...

   El locuaz individuo hubiese continuado con su perorata, pero Lasso le impidió al retomar él la palabra.

   —Tiene usted razón —me concedió Lasso, mientras miraba atento a los exploradores que, parcialmente cobijados por la penumbra originada por el follaje, se mantenían como petrificados—. El perder la vida como efecto de una broma resulta frecuente en estos pagos. No hace mucho, unos bromistas, con ganas de divertirse a costilla de uno que se las daba de bien templado, le pusieron una víbora venenosa en la cama, sólo para ver cómo reaccionaba aquél cuando fuese mordido por ésta en el sitio menos esperado. Pues bien, el susto que se llevó la víctima les pareció tan cómico a los socarrones que no cesaron de reír ni siquiera cuando la llevaron a sepultar.

   No hice ningún comentario. Sin poder mantenerme de pie, me alejé unos pasos para sentarme sobre un tronco medio deshecho. Pero conservé la atención. Lasso prosiguió:

   —También era asunto de pura broma lo que le sucedió, en La Cantera, al pobre “Merino”.  El “Merino” estaba amenazando siempre con abandonar a sus hijos. Un día, uno de  sus vástagos, sólo con la idea de engañar a sus hermanos que su padre al fin se había decidido a cumplir con su reiterada promesa, valiéndose de un hacha, le cortó la cabeza a su progenitor y escondió su cadáver en un lugar remoto del monte.

   Lasso me ofreció un cigarro. Aunque no poseo el hábito de fumar, lo acepté. Me dio fuego y prosiguió:

   —Aquí, el deporte predilecto no es el fútbol, como sucede en el resto de nuestro bananero y futbolizado país, sino la broma. Nada le divierte más a nuestro montubio como, por ejemplo, quitarle el sombrero al desprevenido mediante un tiro de escopeta cargada con perdigones, o el empujar a un ebrio desde el puente de un río. Y claro, como es de esperar, los accidentes no faltan cuando de bromas se trata.

   —Pero ¡lo que Campaña hizo conmigo no ha sido ninguna broma!

   —Bueno, digamos que no fue muy divertida, por lo menos para usted, la derivación de aquella broma tan inocente como la travesura de un niño.

   —Nada de eso. Por su culpa iban a liquidarme fríamente y no creo que a nadie le hubiera resultado divertido aquello. ¡Se lo aseguro! —proferí, poniendo especial énfasis en mis palabras, como si en algo me habría perjudicado el morir para diversión de mis verdugos.

   —En eso tiene usted razón —respondió Lasso, sin dejar de vigilar a los exploradores y refiriéndose a ellos, añadió—: Este grupo de estólidos son fuereños y no conocen el sentido del humor. Parecen latacungueños. En todo caso, sus motivaciones provenían del lado opuesto de la chanza.

   —¿Lo ve usted? —inquirí mientras me defendía a manotazos del asedio de los mosquitos, que habían descubierto que mi sangre constituía un manjar nada despreciable también para ellos.

   —Siendo así, esa misma circunstancia le ha salvado la vida. Además, el peligro que corría usted era mínimo.

   —¡Cómo!

   —Pues ellos tenían la sincera intención de borrar a usted de la demografía, ¿verdad? —se explicó Lasso— Llego yo casualmente, ya que el crimen se pretendía cometer cerca del camino real, y le salvo. De veras, usted no corría el menor peligro, puesto que si no hubiese sido yo, otro viandante hubiera sentido placer en ayudarle. También existe la posibilidad de que se rompiese la correa o que ésta no llegase a apretar el cuello lo suficiente, o que alguno de los asesinos, arrepentido, regresase para retirar el lazo antes de que fuera demasiado tarde. Los asuntos de esta índole, cuando se los propone consumar con la mayor decisión, casi siempre fracasan.

   —¿De modo que yo no corría peligro alguno? —sonreí.

   —No. Hace un tiempo habitaba o merodeaba en este sector un salteador de caminos que atacaba a sus víctimas disparándoles tiros. Jamás llegó a matar ni a herir a nadie, no obstante el empeño que ponía él en tratar de impedir que se le escaparan con vida para denunciarlo a la justicia. Su rotundo fracaso se debía a que sus intenciones de eliminar al prójimo estaban revestidas de máxima formalidad, que el rato de los ratos algo le salía mal. Pero, en cambio, si él hubiese usado la escopeta nada más que para asustar a sus víctimas, tal vez ninguna de ellas se hubiera salvado para contar su aventura. El motivo para que, a veces, una inocente broma derive hacia un lamentable suceso estriba en que ésta, por su apariencia inofensiva, tiene la decidida cooperación de los demás, incluyendo la de la víctima. Y sólo se ve que las cosas han ido demasiado lejos cuando es ya demasiado tarde. 

   En ese momento empezó Navarrete a dar indicios de vida. Miró la luna como un animal asustado, sin saber lo que le ocurría. El Pato, u ornitorrinco, por su parte, no cesaba de palparse las costillas. Daba la impresión de que las echaba de menos algunas de ellas. Los demás continuaban, inmóviles, cerca o arrimados a los árboles, medio ocultos por la sombra del espeso follaje, pero sin atreverse a moverse por temor de despertar sospechas en su vigilante.

    —¿Se siente usted mejor? —me sonrió el atlético joven.

   —Me hallo bastante mejor —presumí, a sabiendas de que me encontraba en pésimas condiciones.

   —Es hora de irnos —anunció Lasso mientras miraba los caballos que, espontáneamente, se habían ido agrupándose en el claro del bosque, en busca de hierba—. Amigo doctor, reúna usted los caballos y lléveselos hacia el camino. Tenga cuidado en que no falte ninguno —añadió José Lasso, demostrando que conocía al mandadero.

   —¡Con sumo placer, don Pepe! —respondió servilmente el aludido, yendo de inmediato a cumplir la orden recibida.

   —¡Oh, qué ruina la de estos pobres animales!  —exclamó Lasso cuando los caballos, arreados por el doctor, pasaron junto a él— Por lo visto, necesitan de alguien que les conceda mejor atención. Y, volviéndose hacia los exploradores, agrego—: En cuanto a ustedes, les recomiendo volver al buen camino antes de que se alejen demasiado de él. El manchar las manos de sangre, además de ser un acto repugnante y antihigiénico es un lujo altamente costoso. Recuerden, mis estimados amigos, que la próxima vez no estaré presente para evitar lo que al desdichado Caín le diera tan oprobiosa fama.

   —No puede usted llevarse los caballos —se apresuró a decir Navarrete, haciéndose cargo de lo que ocurría y recobrando el habla—. Aparte del alazán, que es de mi propiedad y al cual no lo vendería por ningún precio, los demás no me pertenecen.

   —Muy cierto, ya no los pertenecen a usted —le dio la razón Lasso—. Pues ahora son míos —y tomando, de entre la camisa y el pantalón, un enorme revólver, de aquellos que llevan consigo los policías rurales, disparó hacia el grupo formado por Navarrete, Caramelo y Analuisa, arrebatándoles limpiamente a cada uno de ellos su respectivo sombrero de un tiro. Su admirable puntería le había permitido poner cada bala en el sitio elegido, no obstante que los objetivos se encontraban bastante apartados y en la penumbra.

   Un silencio ominoso sucedió a las detonaciones. Hombres y caballos quedaron como petrificados por un dilatado lapso. Finalmente fue el mismo Lasso quien rompió el silencio:

   —¡No sé qué pasa con esta arma —fingió lamentarse José Lasso—, pues nunca da en el sitio que apunto! Si espero acertar en un ojo, lo más probable es que se lo dé en la boca, en la frente o hasta en la garganta. Pero basta ya de explicaciones que a nadie puede interesarlas y volvamos a lo nos atañe mutuamente. ¿Qué le parece a usted, señor Navarrete? Pues bien, ¿me parece que hace un rato me decía usted que todos los caballos eran míos?

   El aludido, sin duda alérgico al olor de la pólvora, como la mayoría de los ecuatorianos, ni siquiera titubeó para ratificar cobardemente el falso aserto del usurpador de su hacienda, temeroso de que le tomase como blanco de otros disparos que pudiesen lastimarle.

   —Por supuesto, señor Lasso, eso he dicho y sostengo mi palabra —se apresuró a decir Navarrete, con voz trémula, presentando de buen grado su anuencia al codicioso bandido—. Pues no faltaba más. Los caballos son suyos, incluyendo el purasangre. Se los obsequio con superlativo placer. ¡Lléveselos ahora mismo y que tenga usted excelente viaje!

   —¿Me los da en retribución de haberles impedido cometer un vil asesinato que les hubiese valido dieciséis años de cárcel a cada uno de ustedes?

   —¡Claro que sí!

   —Aunque jamás acostumbro a cobrar por un favor brindado —se justificó Lasso, siempre en broma—, por esta ocasión, y sólo a insistencia suya, acepto una retribución. Sin embargo, me hallo conmovido por semejante desprendimiento que significa a usted y a sus ayudantes el proseguir el viaje a pie. Y ahora, mi estimado amigo, con su permiso, me retiro también yo —y acercándose a mí, agregó de manera confidencial—: ¡Venga usted con migo, señor Vies, que en La Cantera nos espera una espléndida fiesta!

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** Las últimas ejecuciones del franquismo se consumaron el 27 de septiembre de 1975 en diferentes ciudades españolas, siendo ejecutadas cinco revolucionarios nacionales, entre ellos el afamado poeta Juan Paredes Manot (Txiki). Un año antes, el 2 de marzo de 1974, fue ejecutado con garrote vil en Barcelona Salvador Puig Antich.
Nota del autor.  

 

CAPÍTULO XVI

   Salimos al camino, y un gran espacio de cielo quedó visible. La soberana de la noche, situada en el cenit, pintaba de platinada luminosidad el bucólico paraje, confiriéndole una expresión de dulce melancolía. José Lasso se hallaba frente a mí, examinándome con atención. La complicada situación que le cupo afrontar poco antes, le había impedido mirarme con detenimiento. Mi lastimoso aspecto, consecuencia de las peripecias sufridas, debía inspirarle compasión, ya que una nube de congoja iba ensombreciendo sus ojos a medida que su mirada recorría las huellas dejadas por los golpes en el rostro y la magulladura que circundaba la garganta. El pesar que sentía el joven ante el dolor ajeno, proclamaba la posesión de un alma generosa.

   El haberme salvado la vida, la vida de un completo desconocido, a riesgo de perder la suya en el intento, ponía en relieve el espíritu de un hombre de nobles sentimientos más no de un desalmado. Sin duda esta laudable virtud le impedía mirar indiferente una injusticia si estaba en sus manos el poder evitarla. Porque si lo único que le interesara era los caballos, bien pudo habérselos apoderado mientras mis virtuales asesinos se ocupaban en alejarme de este mundo. Por cierto que tal cosa le hubiese resultado fácil sin necesidad de arriesgarse.

   Y pensar que había esperado yo ver en Lasso una especie de cocodrilo que, en cuanto le tuviese a uno en frente, lo atacara a dentelladas.

   De elevada estatura, atlético, hermoso como un héroe mitológico, parecía uno de los ases de la pantalla. A no dudar era él la imagen masculina ideal que millones de mujeres buscan en sus fantasías.

   Resultaba difícil creer que un hombre de tales cualidades, en vez de tomar un derrotero que le permitiese arribar a un sitial respetable de la sociedad, escogiera una vía que, tarde o temprano, le llevaría a la perdición.

   —Espero que usted no tenga inconveniente en venir conmigo hasta cierto lugar donde he pensado pasar la noche —profirió con amabilidad Lasso, posando familiarmente su mano sobre mi hombro—. Aunque esto represente para usted el sacrificio de volver sobre sus pasos unos cuantos kilómetros. Mas una vez allí, estoy seguro de que no se arrepentirá de haberlo obrado así.

   —¡Encantado! Y le agradezco por tan gentil invitación —exclamé realmente agradecido.

   Ordenó al doctor entregarme el alazán, que durante unas cuantas horas me hubiera pertenecido, y se uniera a nosotros, encargándose de conducir los caballos donados por el geólogo. El parlanchín individuo aceptó encantado el nuevo empleo, como si hubiese tratado de una alta distinción. Fue en busca de su jamelgo y, situándose a la cabeza de la cabalgata, se puso en marcha.

   Entonces, Lasso emitió un peculiar silbido, y al instante, un negro corcel de chispeantes ojos, emergiendo del bosque, en donde había permanecido oculto hasta entonces, fue al galope en dirección del joven. Éste, a su vez, sin esperar a que el animal se detuviese, tras apenas rozar con la mano izquierda en el pomo de la silla, cabalgó al vuelo y aceleró la carrera. Una precipitada carrera que competía con el rudo y ululante viento cordillerano. El acompasado balanceo de su cuerpo, resultado de esa elegante flexibilidad que es la tarjeta de presentación de quien posee los secretos del arte ecuestre, armonizaba con el rítmico tableteo que imprimía el noble bruto sobre el duro suelo del camino.

   Si fuese posible atravesar la barrera del tiempo como se cruza el agua de un río, se hubiera podido suponer que el viejo Quirón, maestro de equitación de Teseo, sería también el de Lasso y de Campaña. No obstante, estoy convencido de que los centauros de Tesalia jamás hubiesen podido superar en destreza y elegancia a sus análogos montenuevinos.

   ¡Qué extraño contraste presentábamos los dos jinetes! Pues mientras Lasso cabalgaba con la gracia y el desenfado de un caballista consumado, yo, agazapado sobre la silla, temiendo constantemente que mi maltrecha anatomía fuese de un momento a otro a parar bajo las patas de mi caballo, me sostenía con ambas manos, usándolas como garras.

   El lugar hacia donde me conducía Lasso no se encontraba justamente en La Cantera, donde, a mi paso, horas antes, ha-bía visto algunas casitas, sino a varios kilómetros de allí, luego de abandonar el camino principal. Se trataba de un predio cuyo nombre, pintado en letras negras sobre un tablero amarillo, decía: Las Mercedes.

   Las Mercedes era una hermosa hacienda situada en una ancha planada regada por riachuelos y circundada por agrestes elevaciones que parecían tener la misión de guardarla de miradas indiscretas. Varios corrales repletos de ganado bovino y equino, se encontraban no lejos de una casa de dos plantas y casi tan grande como un castillo. A pesar de lo avanzado de la hora, había luz en las ventanas de la casona y música de acordeón y guitarra surgían de ella. Se festejaba allí algo importante.

   “Un lugar a propósito como para esconder el producto de las rapiñas de Lasso y sus cofrades”, presumí al notar que aquel sitio reunía las condiciones necesarias de un escondite, puesto que ninguno otro sería más apropiado para disimular un botín. El hatajo que ahora conducía mi protector iría con seguridad a engrosar el número de inquilinos de los apriscos.

   El tropel de los caballos atrajo la atención de los perros que, a esa hora, merodeaban sin duda la cocina con la fundada esperanza de tomar parte del festín de sus amos. Sin embargo, dejando de lado sus apetencias gastronómicas salieron a darnos encuentro, saludándonos con estridentes ladridos, que el mismo cancerbero, en su afán de mantener inaccesible la entrada del inframundo, los hubiese deseado para sí.

   Escoltados por los canes, llegamos al patio de la casa, donde nos esperaba ya un grupo de hombres. Uno de ellos, de mediana edad, portaba una lámpara de queroseno que, debido a la luminosidad lunar, resultaba innecesaria. Le acompañaban tres jóvenes altos y atléticos, aunque no tanto como Lasso. Todos vestían trajes domingueros.

   —¡Ay, Pepino! ¿Por qué te asomas tan tarde? —reclamó con cariñoso reproche el más viejo de los hombres, dirigiéndose a mi protector— Te hemos esperado tanto para sentarnos a la mesa en tu compañía, que Mercedes se ha visto obligada a recalentar la cena por varias veces.

   —¡Buenas noches a todos! —respondió el aludido— Y ruego a usted, don Jesús, acepte mis excusas por la tardanza. La verdad es que un imprevisto surgido a última hora me impidió llegar antes.

   —¡Bien venido a esta tu casa, Pepino! Apéate. Pero, muchacho, ¿de dónde has sacado estos caballos? Ellos no fueron invitados a la fiesta —el hombre de mediana edad endureció la voz y agregó—: No lo tomes a mal, muchacho, pero te pido ordenes a los tipos que te acompañan llevarse estos animales muy lejos de mi propiedad.

   ¿De modo que el dueño de la finca no sólo que no era cómplice del cuatrero, sino que además, fiel a la enseñanza del séptimo mandamiento, sospechaba también de nosotros: del doctor y de mí de ejercer la noble profesión de aquél? ¡Diantre! Con qué facilidad se equivoca la gente.

   —No, don Jesús, estos caballos son bien habidos. Me los dio cierto señor muy generoso, como signo de gratitud por un favor que le prestara yo.

   —¿Era tan grande el favor como para que te pagase con una recua entera de caballos ensillados?

    —No lo sé realmente. Pero les evité a él y a sus esbirros ir a la cárcel por dieciséis años.

    —¡Ah, caramba! Evitaste un asesinato, ¿verdad? Te lo creo, porque nunca me has dicho una mentira. Pero, aun así, te exijo que envíes a otro sitio tanto a los caballos como a los hombres que te acompañan.

   —Estos hombres, don Jesús, vienen conmigo. De momento, no tienen adónde ir, sobre todo, este caballero —me indicó con la mano— es fuereño. Viene de lejanas tierras y se encuentra desamparado. Si alguien no le presta ayuda dudo que pueda volver a sus lares. Respecto a los caballos, si usted lo permite, quedarán aquí por unas horas solamente.

   —Está bien, muchacho. Y ahora vayamos adentro. También usted, fuereño, y por supuesto el señor que les acompaña —se dirigió a los jóvenes que se hallaban a su lado y añadió—: Ustedes, lleven esos caballos hacia el potrero de enfrente. Quítenlos el freno pero no la silla. Se irán pronto.

   Mi abuelo, hombre experimentado y sabio como una enciclopedia, quien siempre tenía la razón en todo lo que decía, se equivocó cuando aseguraba que la juventud era comparable a una pelota de caucho, pues se conservaba intacta por golpes que los recibiera. En cuanto a mí, pese a encontrarme en esa etapa de la vida, tan sólo una veintena de golpes recibidos me había dejado en condiciones de lanzar lastimeros ayes con cada movimiento que efectuara. Intenté bajarme del caballo conforme al estilo convencional y únicamente conseguí caerme a tierra como un inerte fardo, de donde me fue imposible poder erguirme. Acudió en mi ayuda el doctor, pero aun así me costó trabajo el levantarme y ¡qué trabajo el caminar!

   —Es sólo falta de ejercicio —me aseguró el mulero, como si no hubiera conocido el verdadero motivo de mi postración—. Apóyese en mi brazo y procure enderezar la espalda, ¡por Dios! De lo contrario, van a pensar que traigo conmigo un chimpancé.

   A pesar de la advertencia del doctor entré en la casa completamente doblado y moviendo las piernas sin flexionar las rodillas. Las miradas de los concurrentes, adoptando diferentes reacciones, se detuvieron en mí, para verme caminar como lo hiciera un elefante obligado a andar en dos pies.

   A más de mis torpes movimientos, el aspecto desastroso que presentaba yo, a causa de los golpes recibidos en el rostro y el polvo adherido a él y a la mugrienta ropa, no era precisamente lo más a propósito como para inspirar una favorable impresión en nadie. Don Jesús comentó con alguien acerca de que me había adelantado al festejo con un par de botellas. En cambio su esposa, dama aún joven y realmente hermosa, si bien no articuló palabra, daba la impresión de que trataba de adivinar en qué remota selva me habían dado caza y a qué variedad de simio pertenecía yo. Tal vez me confundía con el mítico sacha runa. En los demás desperté seguramente burla o lástima.

   Alejada de los demás y situada en el confín del salón, se hallaba una jovencita, bella como un rayo de sol, mirándome con infinita ternura.

   —Don Jesús, señora Mercedes y Merceditas, tengo el gusto de presentarles a mi amigo el señor Vies, quien es capitalino y se encuentra aquí de paso hacia Sigchos, donde realizará estudios de su milenaria antigüedad y tratará de encontrar material para esclarecer su prehistoria e historia, respectivamente —me presentó José a sus amigos, adornando con una falsedad el motivo de mi viaje. Y, señalando al doctor, añadió¾: A este otro amigo creo que ya lo conocen, ¿verdad?

   Desde mi ridícula posición saludé y formulé palabras de cortesía concernientes a esa especial ocasión. Tanto don Jesús como su mujer resultaron ser la personificación de la hospitalidad. Respiraban bondad y pronto me hicieron sentir animado y como en mi misma casa.

   —¡Qué vivan las santas! —exclamó con alegría Lasso.    

   —¡Qué vivan! —respondió la concurrencia.

   —¡Vivan las Mercedes!

   Era la noche del veintitrés de septiembre, víspera del día consagrado a la Virgen de las Mercedes, patrona de tres Mercedes vinculadas a Jesús Calderón: esposa, hija y hacienda.

   —¡Maestro Gerardo, arránquese con “La chicha de la santa”! —solicitó entusiasmado José Lasso, dirigiéndose a un hombre alto y flaco, de cabello crespo y mirada nostálgica, que sostenía pegado al pecho un acordeón.

   —¡Luego, luego! —detuvo el amo de la casa al músico, cuando éste, deslizando sus largos y ágiles dedos de artista sobre el nacarado teclado del instrumento, comenzaba ya a inundar el salón en una cascada de sanjuaneras notas, cuya calidez acariciaba el alma— Por supuesto, ya habrá tiempo para ocuparse de incendiar la casa con fuego de la alegría, maestro Gerardo. ¡La cena nos espera! ¡La mesa está puesta! Por acá, señores, por acá.

   Apoyándome siempre en el brazo del doctor  y conservando aún la configuración de una escuadra, formada con la colaboración involuntaria de piernas y espalda, sujetas por las tenazas de un calambre permanente, me dejé llevar hacia el comedor. La mesa se hallaba repleta de abundantes, variados y suculentos manjares dignos de un banquete de Trimalción. A su sola vista se me acrecentó el apetito contenido por largas horas.

   Me disponía ya a hincar el diente sobre un dorado y voluminoso muslo de pollo cuando experimenté la sensación de que la cabeza me daba vueltas, debilitando con cada “giro” mi estabilidad. Las imágenes se pusieron a danzar, substrayéndose gradualmente al dominio de mi vista cada vez más extenuada. Y al fin me vi succionado hacia un pozo negro y profundo.

   Inclinada sobre el brocal y siguiéndome con ansiosa mirada, una mujer bella y delicada cual azucena, se esforzaba por detenerme, alcanzándome con sus níveos brazos. Y yo, a punto de exclamar que me detuviera, temeroso de continuar con mi raudo viaje hacia la nada, levanto mis manos hacia mi salvadora, que, consiguiendo evitarme la caída, me iza hacia la superficie de la realidad.

 

CAPÍTULO XVII

   Abrí los ojos y vi junto a mí a Merceditas que, ahora inclinada sobre mi lecho, continuaba mirándome con igual ternura. Era tan bonita, que ejercía en mí una irresistible atracción. Luego habría de enterarme que su hermosura gozaba de tanta fama en la comarca, que, para ponderar la belleza de una flor,   decían que lo era tan hermosa como Merceditas Calderón.

   Su presencia me transportó a un mundo de candorosas emociones. Seducido por su encanto debí intentar tomar su mano o algo así. Más ella, asustada como una ninfa que ha sido sorprendida por la súbita aparición de un impúdico sátiro, huyó de la habitación.

   Salté de la cama para seguirla, sintiéndome curado. Me subyugaba el anhelo de volver a verla de inmediato. No obstante, imponiéndose a aquella dulce aspiración que embargaba mis sentimientos, empezó de nuevo a torturarme el hambre, dejándome sentir sus crueles dentelladas. Fue entonces cuando me acordé de la cena, la cual, apenas un instante antes la había dejado yo a punto de paladearla, y decidí ir en su busca. Tal vez mi plato aún se encontraba esperándome.

   Cuando me disponía a dejar la alcoba, acudió solícito el doctor y, luego de expresar su alegría por hallarme en franca mejoría, me sorprendió al decirme que él, por encargo de Lasso, no se había apartado un instante de mí durante los tres días que había yo permanecido dormido. Explico que se le había advertido que, sólo cuando me viera completamente curado, me acompañara hasta Sigchos. Y al inquirirle por aquel buen samaritano, me aseguró que él se había marchado con rumbo desconocido (llevándose los caballos, se entiende), en la madrugada de la misma noche de nuestra llegada a las Mercedes.

   El doctor, sacando sabe Dios de dónde, me tenía preparada ropa nueva y adecuada a mi talla. La indumentaria limpia, sumada al efecto que produce un concienzudo baño y la ventaja de poder caminar erguido, me devolvió la apariencia de una persona normal. Tal era el cambio operado en mí que don Jesús y su esposa, al volver a verme, creyeron que lo hacían por primera vez. Su buena disposición a concederme un trato deferente a partir de aquel momento, avalaba que mi flamante apariencia les agradaba más que la anterior.

   Esta circunstancia no podía alegrarme más, ya que presuponía que, en adelante, sería yo objeto de mayor atención de Merceditas. Ahora ya podría permanecer a su lado sin pena de inspirarle compasión o de causarle repulsa. Si bien, mi permanencia en su casa sería breve y, por tanto, no podía yo abrigar la ilusión de entablar una relación romántica con la bella joven, al menos podría conseguir que guardase la joven una impresión positiva de mi breve permanencia en su casa.

   Sin embargo, a punto estaba de ocurrir lo contrario a mis propósitos concebidos al principio. El comedido de Eros, actuando con asombrosa diligencia, consiguió herir, aunque levemente, nuestros corazones con sus dardos. Pero ¿a quién le interesa conocer la crónica de una efímera querencia que no describiría sino su trayectoria rectilínea y transparente, perfumada por un solo beso, surgida bajo aquel azul y nostálgico cielo serrano? En verdad, nuestro platónico romance no conoció aquellas incidencias pasionales que saturan las célebres historias de amor. Desde luego, La Cantera no era la isla de Aea, ni Merceditas, no obstante sus hechizos, tenía la menor semejanza con Circe, mucho menos yo me parecía en nada al ingenioso Ulises, aunque fuésemos los dos, viajeros atrapados por la pasión de la aventura y estuviéramos expuestos a perder la cabeza por el embrujo de una mujer.

   Mi permanencia en “Las Mercedes” transcurrió igual que un bello sueño del cual no quisiera uno despertar. Despertar de un hermoso sueño y enfrentar a la realidad es un suceso poco grato y casi siempre nos lleva al terreno de la desazón. La realidad, reina mezquina y celosa, no se detiene sino hasta despojar a sus vasallos del tesoro con que la generosa fantasía nos obsequia al trasladándonos a un mundo escondido y maravilloso donde nada es imposible. Sin embargo, los prosaicos dirán que nada beneficia más al hombre que el permanecer despierto. Un punto de vista de dudosa valía para el idealista.

   Luego de haber permanecido yo por varias semanas con la familia Calderón, confortándome con su pan y su sincero afecto, sabía que el momento de abandonarla experimentaría una profunda tristeza. Sólo me alentaba el consuelo de poder llevar conmigo su grato e imperecedero recuerdo, capaz de mantenerse incólume ante las vicisitudes que las adivinaba erizadas en el sendero de mi porvenir. En adelante ocuparía Merceditas un privilegiado sitio en mi mente, no para alimentarme de esperanzas sino para nutrirme de bellas reminiscencias.

   Nada podía cambiar el sacrificio de la renuncia que me imponía. Ella era la prometida de José Lasso, el hombre que no vaciló un instante en poner en juego su vida para amparar la mía.

   ¡Qué extraño contraste el de aquella pareja de enamorados! Él, un lobo vagabundo sediento de emociones, que sólo podía encontrarlas en situaciones que entraña el verdadero peligro. Ella, una flor esplendorosa, que el sol fúlgido la abrigó desde botón.

   Según propias afirmaciones, ella deseaba unir su destino al de Lasso con el único propósito de anular la mala influencia que amenazaba con llevarle al abismo. Omitió aclarar si ésta llevaba faldas o pantalones. Pero, en cambio, me confió que su noviazgo se mantenía aún en secreto. No temía una posible oposición ni de sus progenitores ni de sus hermanos (los tres mozos que le acompañaban a don Jesús cuando llegáramos a la finca). Los amaba y respetaba a todos ellos, pero con su beneplácito o sin él, se iría con el bandido, a pesar de que no le amaba ciegamente. Impulsada por su alma generosa, se había impuesto la obligación de asumir la función de su ángel de la guarda.

   Por seguirle a José, abandonaría su formación académica que recibía en la capital e hipotecaría su buen nombre. He aquí dos preciosas ofrendas prestas a ser quemadas en el altar del sacrificio.

   Durante este tiempo, el fastidioso del doctor se había convertido en mi sombra casi, puesto que apenas se apartaba de mí. Las órdenes recibidas de su nuevo jefe, en el sentido de velar por mi bienestar y de acompañarme hasta un sitio donde pudiese hallar un autobús, las tomaba muy en serio. Andaba a toda hora conmigo, igual que lo hubiese hecho un perro faldero: estorbándome y cruzándose sin cesar en mi camino.

   Su compañía, que no se limitaba al solo detalle de ocupar un lugar cerca de mí, se volvía insufrible cuando se le daba por mover la lengua. Hablaba y hablaba sobre los temas más disímiles sin que se librasen ninguno de ellos de su salsa predilecta: “Cómo decía Javier Solís”. El nombre de este famoso artista mexicano era mentado y machacado en cada una de sus frases con increíble desparpajo. Esta manía no la había adquirido últimamente ni mucho menos. Era en él un inveterado hábito que al abrir la boca acudía involuntariamente a sazonar sus enunciados.

   Los hermanos de Merceditas, adustos y de pocas palabras, pero respetuosos, preferían conservar la distancia conmigo. En cambio, doña Mercedes, distinguida y respetada matrona, era toda dulzura. Ocupaba su sitial en el hogar con la dignidad de una reina. Oriunda de la ciudad capital, había llegado a La Cantera, con la función de maestra, veinticinco años atrás y uno antes de los que llevaba casada con don Jesús Calderón. Y ¿éste? Don Jesús, geográficamente hablando, no había llegado de muy lejos ni había ido más allá de la instrucción primaria en el campo educativo. No obstante, distaba mucho de ser un ignaro. La lectura de los pocos libros a los que había tenido acceso, le había dotado de cierta cultura. Era, además, de carácter afable, conducta ejemplar y trabajador incansable. Su finca, si bien, no era la mayor de ese sector, era la mejor administrada.

   Por las tardes, cuando las faenas cotidianas quedaban cumplidas, sentados en el pórtico de la casa o caminando junto a los corrales, mientras el sol nos bañaba en sus últimos resplandores, don Jesús, por insinuación mía, relataba la tormentosa vida de José Lasso. Era esa la hora en que él podía hablar libre y tranquilamente acerca de aquel embarazoso tema. Mas cuando se hallaba en unión de su familia, debido quizá a que sus miembros no disfrutasen demasiado con los comentarios nada agradables sobre alguien vinculado a la casa, jamás pronunciaba una palabra respecto a ello.

   Fue así como me enteré de que José era su ahijado y, con algunas cortas interrupciones, había vivido en su casa desde los trece años de edad hasta cuando hubo cumplido los dieciocho.

   Luego se fue, pero les visitaba de tarde en tarde. De eso hacía ya cinco años.

   José había visto su primera luz en Sigchos, en el hogar de una familia pobre pero honrada, honrada y tranquila como sólo puede darse en una comarca donde toda la gente es buena y trabajadora. Hasta los veinte años, no fue diferente al común de sus coterráneos de similar edad, aunque se le notaba algo más trasnochador que sus coetáneos. Pero aquello se debía a su proverbial afición por llevar serenatas a las bellas del lugar. Y todos le suponían casado en breve plazo y, a la vuelta de unos años, rodeado de chiquitines y escuchando las quejas y sermones de su esposa. Por lo demás, es lo que acontece siempre con los labriegos de todas partes.

   Y fue precisamente su inclinación a expresar la admiración que sintiera por damas, mediante la poesía de sus canciones, acompañado por su melódica guitarra y bañado por la luz de la luna o el fresco de la lluvia, lo que le perdió.

   Cierta noche en que el joven visitara la casa de una de sus novias, para obsequiarla con una serenata, coincidió con alguien, poco romántico y nada decente, que poco antes hubiera acudido al gallinero de la misma casa. A la mañana siguiente, antes de que el trasnochador cantante dejase la cama, el padre de la agraciada con la serenata de la víspera, fue a pagarle la visita acompañado por los agentes de policía. Le acusaba de haberse apropiado ilícitamente de varias gallinas suyas.

   Fue detenido y, atado como un criminal, conducido a las mazmorras de la tenencia política. El titular de esa dependencia de policía le acogió igual que si el presunto delincuente hubiese devorado al más bonito de sus hijos. Este funcionario era el típico administrador de justicia en el área rural ecuatoriana. Presumido, analfabeto, borracho y bribón a la vez, vio en el detenido la oportunidad de curarse de la resaca de ese día y las venideras a base de gallina hervida, horneada o guisada. Y, en vez de emprender una prolija investigación con el fin de esclarecer el contenido de la denuncia, ordenó a sus esbirros suministrarle al detenido ración tras ración de palos hasta cuando aceptase la responsabilidad de los cargos imputados. No le importaba de dónde ni cómo habría de sacar el demandado las aves para entregárselas. Sólo pensaba en darse banquete tras banquete con ellas y que el demandante se conformase con ver comérselas.

   Rechoncho, pesado, de ojos saltones y enrojecidos, el representante de la Ley tenía el aspecto de un paquidermo. Pero en él no era lo físico lo peor, sino su conducta.

   El teniente político y sus esbirros apalearon al preso todo el día sin que obtuviesen el resultado apetecido. Llegada la noche, sintiéndose cansados, abandonaron la cárcel y fueron en busca de su taberna preferida. Libaron y jugaron a las cartas hasta bastante pasado la medianoche y, totalmente ebrios, retornaron a la cárcel en plan de visita al prisionero. Juraron que le harían declararse culpable, aunque para ello tuviesen que desollarle vivo.

   Abrieron la puerta de la celda y el paquidermo que ostentaba indignamente el cargo de rector de justicia, abalanzándose como un tigre enfurecido sobre su víctima, dispuesto a destrozarla a mordiscos, pretendió dar ejemplo de ferocidad a sus subalternos.

   Pero José, que se había cansado de ser torturado injusta e impunemente, les sorprendió con un recibimiento que no lo esperaban.

   Tanto al jefe como a los subalternos les molió con golpes de puño y les remolió con puntapiés, dejándoles tirados por el suelo, revolcándose en su propia sangre y aullando como unos condenados. Una vez libre, se encaminó a casa del hombre que le había denunciado ante la Justicia y, con su forzada ayuda, recogió del gallinero las aves que aún quedaban tras la incursión del ladrón, y se las llevó.

   Así, inopinadamente, el joven Lasso atravesaría la tenue línea marcada por la Ley y se convirtió en proscrito. Desde entonces, convencido de que ya nada tenía que perder, emprendió su azarosa vida.

   Durante los últimos tres años no había vivido sino del fruto de sus rapiñas, que en ningún caso las perpetraba con la saña que lo atribuían, ni eran tantas como se las adjudicaban. Pues, muchas veces, con el producto del hurto de una vaca o de un caballo se mantenía durante semanas. Pero sucedía con frecuencia que otros cuatreros, pasándose de listos, se aprovechaban de la mala reputación del joven Lasso para cometer sus fechorías, cargándola su cuenta con deudas ajenas.

   Hasta entonces, Lasso no había llegado a organizar una partida, desde luego, no por falta de postulantes, que hubieran deseado convertir sus tímidas operaciones en una próspera industria del delito bajo la dirección de un líder audaz e inteligente, sino porque lo era desconfiado en extremo, que no gustaba de poner su seguridad a merced de sujetos de dudosa fidelidad. Con todo, su precaución no fue siempre una inviolable fortaleza. Tenía ésta sus puntos débiles: excesiva seguridad en sí mismo y extremada generosidad. Y, naturalmente, fue por ahí donde, años más tarde, logró penetrar el judas que lo vendió.

   Durante sus andadas por esta rica zona, Lasso cabalgó solo, por decirlo así. Apenas acompañado circunstancialmente de tipos que, siendo colegas suyos, iban disfrazados de honorables ciudadanos. También, con frecuencia, se apoderaba del ganado de su elección en las propias barbas de su dueño, en pleno día y sin otra ayuda que su audacia. Pero los afectados, en vez de confesar su cobardía para defender su propiedad, atacada por un solo hombre, inventaban historias apartadas de la verdad. Proclamaban haber sido asaltados por un nutrido grupo de embozados bandoleros capitaneados por Lasso. El único en llevar el rostro descubierto ¾según ellos¾. Y, para configurar la supuesta cuadrilla, a menudo, no reparaban en dejar rodar sospechas sobre gente intachable, pero que no gozaban de sus simpatías.

   No era raro escuchar, de labios de personas aparentemente serias, comentarios que aseguran haber visto a Lasso arrear rebaños enteros con dirección de Quevedo o de Santo Domingo y que el producto de la venta, una vez convertido en joyas y lingotes de oro, lo escondía en algún lugar de la abrupta montaña del Guingopana. Y le inculpaban de crímenes que ni siquiera Henri Désiré Landrú o el mismo “Destripador de Londres” hubiesen sido capaces de cometerlos.

   Se dice que los beduinos gozan de fecunda imaginación, que, por ejemplo, si alguno de ellos ha presenciado el vuelo de un pájaro, asegurará a los demás que ha sido un avión y que, además, por poco no llega a chocar contra sus narices. Pero, con seguridad, si el beduino conociese la capacidad de inventiva de las buenas gentes de la comarca de Sigchos, se quedaría pálido de admiración.

   Don Jesús, con la autoridad que le confería la certeza de conocer perfectamente a sus coterráneos, aseguraba que aquí no pocas personas poseían dotes de adivinos. Tanto era el poder psíquico de sus privilegiados paisanos, que el descubrir lo que pensaran o hicieran en secreto los demás, les resultaba tan fácil como al común de los mortales el enterarse de los acontecimientos del día mediante la prensa. Nada permanecía oculto a las pitonisas sigchenses, tan infalibles como las sacerdotisas de Apolo, que emitían los oráculos de Delfos.

   Tal era la seguridad de don Jesús acerca de la veracidad de su creencia que, cierta vez en que la conversación nos llevó a especular sobre el legendario tesoro de Los Llanganates, afirmó tajantemente que a Rumiñahui ni siquiera se le habría pasado por la mente la idea de esconder allí su fabuloso tesoro, porque de haberlo puesto en algún lugar de aquella montaña, los sigchenses ya lo hubiesen descubierto muchos siglos atrás.

   Respecto de Lasso, no porque el innato don de clarividencia les hubiese fallado alguna vez a sus paisanos, claro está, sino más bien debido al consuetudinario gusto por magnificar la realidad de los sucesos, sobre todo, si tal cosa iba en detrimento de alguien que había caído en desgracia, sintieron el prurito de hacer circular tantas falsas historias en torno a él. Fue así que se le acusaba al joven de la autoría de una infinidad de violaciones y secuestros, además de convertir los caminos reales en cementerios de los viandantes. Y a consecuencia de este infundio que, de tanto repetirlo, llegaron a darlo como cierto, sólo los hombres de probada valentía se atrevían a transitar sin compañía durante la noche. Yo mismo fui prevenido de lo peligroso que representaba viajar solo por lugares frecuentados por Lasso.

   Pero la verdad era diferente. Si bien, el joven se apoderaba del ganado ajeno (ya que prefería que lo llamasen ladrón porque robara realmente y no solamente debido a inculpaciones calumniosas), lo hacía a quien podía absorber la pérdida sin peligro de arruinarse. Sus incursiones no estaban dirigidas al pequeño granjero, a quien la disminución de una sola res hubiera significado la fractura de su escuálido capital económico. A éste jamás le perjudicaba. Por el contrario, respetaba sus bienes como cosa sagrada y, si era posible, ayudaba a cuidarlos, ahuyentando a los cuatreros porfiados en visitar las pequeñas vaquerías.

   Además, no era raro que el campesino pobre que había sido despojado de su buey o su caballo, lo recobrase días después, sin otro trámite que el de buscar el socorro de Lasso, quien se hallaba dispuesto siempre a cooperar con la causa del necesitado. Versado en los secretos del oficio, conocía el modus operandi de todos y cada uno de sus colegas, y no tenía dificultad en dar con el paradero del animal hurtado por más pistas falsas que se las hubiese ingeniado en sembrar el caco.

   Este comportamiento le significó, como es de suponer, la gratitud del beneficiario y la simpatía del humilde, que veían avalada su tranquilidad gracias a su amistad. Pero también le procuró la enemistad de sus colegas, sujetos de pésimo genio y violentas reacciones, dados a dirimir las diferencias a filo de machete o a tiros de revólver. Peligro que le persiguió sin tregua, pero que, no obstante, jamás le arredró.

   Naturalmente que sus amigos y simpatizantes no fueron únicamente quienes, alguna vez, mediante su intervención lograran recuperar sus bienes perdidos, sino también muchos desheredados de la diosa Fortuna, que eran ayudados constantemente por él. Era el suyo un socorro espontáneo tanto en géneros como monetario, que lo ofrecía no como una limosna que se la tira al mendigo, ablandado por la dudosa conmiseración, ni como el infame soborno que busca corromper al receptor, sino con sentido de solidaridad. Y puesto que un obsequio, por modesto que fuese, franquea las puertas de la amistad, ganó de este modo un considerable número de amigos de inquebrantable lealtad.

   En consecuencia, si visitaba aquella tranquila población, rodeada de verdes campiñas y sumida permanentemente en una atmósfera de dulce melancolía, llamada Isinliví, encontraba en más de uno de sus habitantes la calidez de la sincera amistad. De similares atenciones era objeto en Chugchilán. Un lugar cerca del cielo. Antiquísima población ubicada junto al volcán Quilotoa y refrescada por el viento cordillerano. Y en las subtropicales parroquias de Las Pampas y de Palo Quemado, tierra de jacareros trapiches, panela y aguardiente, se veía igualmente acogido y festejado. Adonde él fuese no faltaba quien le admitiera encantado en su casa.

    Lasso, más allá de ser calificado como ángel o demonio, debe ser mirado como humano. Cual velero al garete, en medio de una implacable tempestad de contradicciones, era empujado sin cesar de una orilla a otra de encontradas reacciones: bondad y malicia. Víctima de circunstancias adversas que, al principio no las buscó, fue apartándose cada vez más del camino recto, aunque a menudo sintiese nostalgia por él.

   Es indiscutible que abona en su beneficio su innata generosidad y el anhelo persistente de ayudar al necesitado.

   Nada más cierto que, entre el héroe que forjaron de él sus admiradores y el facineroso desalmado, como lo han calificado sus detractores, surge una figura intermedia que no muestra sino al hombre común, sujeto a las tentaciones del vicio y a los llamados de la virtud, y viviendo etapas de fortaleza espiritual y de flaqueza.

 

CAPÍTULO XVIII

   Durante los primeros días de mi permanencia en la finca Las Mercedes, nada se supo de Lasso. Tan sólo conjeturas con visos de lógica se especulaba sobre su desaparición. Pues mientras Juan, el hijo mayor del matrimonio Calderón, lo suponía al joven bandido en Monte Nuevo, don Jesús lo creía recorriendo La Carmela o Pucayacu, en busca de mercado para los caballos arrebatados al geólogo. Por su parte, Pedro y Pablo, los hermanos menores de Juan, opinaban que Lasso no andaría demasiado lejos de La Cantera, en espera de que las cosas se calmaran para luego adoptar la medida que acomodase mejor a las circunstancias. Uno de ellos señalaba como el hipotético lugar de retiro, Costa Azul. Juan discrepaba de la validez de esta presunción, aduciendo que aquel sitio sería el último por escoger Lasso, ya que allí tenía deudas pendientes con un importante ganadero, como consecuencia de la seducción y el rapto de una de sus hijas. El ganadero en mención era una persona de avanzada edad, pero en cambio contaba con varios hijos jóvenes dispuestos a lavar con sangre la ofensa perpetrada en su hermana, opinaba Juan.  

   Las damas no emitían jamás su parecer. En cambio el doctor, hombre de viva imaginación y propenso a elaborar conclusiones no siempre carentes de razón, se hallaba seguro de que nuestro común amigo se encontraba ya bastante lejos. Lo suponía que, después de obligar a Navarrete a obsequiarle los caballos, que no les pertenecieran ni a él ni a ninguno de los miembros de su pandilla (ahora lo llamaba así al grupo de ex compañeros suyos), habría tomado la vía de Salinas con la deliberada intención de que le creyesen que trataba de despistarlos al tomar un camino que pronto lo abandonaría para, tras un rodeo, ir en rumbo opuesto. Conjeturaba que así, los perjudicados, pensarían en Isinliví o Chugchilán como la segura meta del intrépido abigeo. Pero que, una vez convencido de haberlos engañado, se habría marchado tranquilamente a Las Pampas cuando no a Palo Quemado, donde sin problema po-día ir vendiendo su botín del modo que mejor le conviniese a sus monetarios intereses. Y desde luego que podía ser esto lo más probable.

   Lo cierto era que nada se conocía sobre el paradero de José Lasso.

   Recién el martes uno de octubre, luego de una semana exacta de mi permanencia en Las Mercedes, nos sorprendió la noticia que Loyola, uno de los braceros de la finca, traía de Sigchos. Aseguraba que, durante los días sábado y domingo anteriores, le había visto a Lasso en aquel centro poblado, en compañía nada menos que de Juan Navarrete y su séquito formado por sus ayudantes, ahora mucho más adulones que nunca. Además, se había enterado de que sus relaciones de amistad entre los dos eran excelentes, ya que no se apartaban el uno del otro ni siquiera por las noches.

   Loyola, más tarde, en sus repetidos desplazamientos a Sigchos, se informaría también que juntos, armaban ruidosas parrandas y se iban de serenata. Acompañados de acordeón, guitarra y percusión, cantaban bajo cada ventana. El repertorio era variado: pasacalles, yaravíes, pasillos, boleros y tonadas. Pero este rito de galantería, que acariciaba el ego de las damiselas, descorazonaba en cambio a los jovencitos de la localidad que, ubicados a prudente distancia, miraban de reojo a los nocturnos cantores.

   La ciudadanía se mostraba inquieta y procuraba mantenerse atenta a los movimientos de los parranderos, presintiendo que se avecinaban novedades poco gratas. Suponían que Navarrete, de quien nada sabían a ciencia cierta, había llegado sabe el diablo de dónde para unirse a Lasso y, en conjunto, organizar una cuadrilla de bandoleros en toda regla. Veían como indicio de sus presunciones el reclutamiento indiscriminado de vagos, bribones y fracasados del pueblo, bajo la patraña de que los llevarían al monte en busca de algo que jamás se les había perdido. Por lo demás, la desconfiada ciudadanía creía que esa mentira ya había usado meses antes y que ahora trataba de reeditarla.

   También la Policía se hallaba intrigada. Tenía en su poder no menos de una veintena de mandatos de prisión emitidos por la Intendencia de Policía en contra de José Lasso, pero los agentes de la Ley y el Orden no se atrevían a echarle el guante. Preferían dejarle tranquilo, contentos de que también él les dejase en paz.

   Varios de sus miembros, oportunistas y amigos de empinar el codo a costilla de otro, rondaban zalameros el grupo de alegres jaraneros, atraídos por los banquetes que Lasso y Navarrete se convidaban mutuamente. Su mayor tentación era por cierto la cerveza, que corría por los gaznates como el agua de un río que corre por su natural lecho, y el cerdo horneado y los llapingachos que se hacían servir copiosamente. Pero el adusto gesto con que los festejantes les obsequiaban a los uniformados, bastaba para que éstos batiesen en retirada. Aunque nunca se decidían a alejarse demasiado. La esperanza de ser invitados de un instante a otro, les mantenía cerca.

   Según información del mismo Loyola, para quien nada pasaba desapercibido, los policías, a pesar de adornarse el rostro con una ancha sonrisa, proyectaban un aire deprimente. Iban de un lado para el otro con la cabeza gacha y poniendo buen cuidado en no mirar de frente a los juerguistas, y de tener rabo, lo habrían llevado metido entre las piernas.

   Y un domingo por la tarde, Lasso y Navarrete, escoltado por sus ayudantes, entre los cuales figuraban nuevos elementos, se presentaron ante la autoridad civil y el primero de los nombrados manifestó que estaba decidido a cambiar su tenebrosa existencia por una honorable y llena de paz.

   —¡Hijo, eso está muy bien! —le respondió el teniente político, lleno de alegría y sin pensar en detenerlo— Pero dime, hijo, ¿de qué vivirás en adelante? ¿Acabas, quizá, de heredar una fortuna?

   Lasso, no menos alegre que su interlocutor, replicó:

   —Acabo de ser contratado, por el señor que viene conmigo, para trabajar como su guía. Él es geólogo y viene de Quito con la misión de explorar esta zona. Por lo pronto, nos ocuparemos del sector de Monte Nuevo. Señor teniente, vinimos a celebrar el contrato correspondiente.

   El teniente político, que por cierto no era el mismo que interviniera en el caso de las gallinas robadas, atendió la petición y quedó feliz de dar por finiquitada su máxima preocupación.

   Esta noticia se generalizó de inmediato en toda la población. La tensión descendió a su nivel más bajo en sus ciudadanos y la bienhechora tranquilidad retornó. Y ahora muchos se reían de haber juzgado a la ligera al desconocido e incluso al mismo Lasso.

   El día siguiente, lunes 30 de noviembre, muy por la mañana, se marcharon todos pacíficamente de Sigchos. De modo que Lasso había pasado, con su patrón, a poca distancia de la hacienda Las Mercedes y se había ido sin dar la buena nueva a sus amigos. A esas horas estaría él ya en el lugar previsto.

    Por esta vez, la permanencia de Lasso en Sigchos, había sido de cinco semanas exactas, y de todos sus pasos se enteraba Loyola durante los sucesivos viajes a aquella población.

   Pero ¿qué había sucedido con los caballos arrebatados al geólogo por Lasso y cómo consiguió éste ganarse tan fácilmente la confianza de aquél?

   En realidad, las dos interrogantes tenían una sola respuesta. Loyola, que estaba bien informado de todo por haberle referido personalmente Lasso, agregó que éste devolvió los caballos a Navarrete la mañana misma del día veinticuatro de septiembre, o sea pocas horas después que se los arrebatara.

   Navarrete y sus esbirros, luego de haber caminado durante parte de la noche, se hallaban apenas a un kilómetro de Sigchos cuando Lasso les dio alcance. Él les explicó que todo no había sido otra cosa que una inocente broma, ya que se hallaban precisamente en el País de las Bromas y, sin otro comentario, les entregó los agotados animales que, después de un día completo de galopar, apenas podían con la silla.

   El geólogo se puso loco de contento. Alabó la generosidad del bandolero como si, en vez de restituirle la manada, la estuviese regalándole. Y le juró eterna gratitud. Acto seguido, con los brazos abiertos, se abalanzó hacia el purasangre y, entre suspiros de gozo, decía que el haberlo recobrado le devolvía la vida. Abrazado del cuello del animal, no dejó sitio de su cara por besarlo. Pues ni siquiera exitatus habría recibido semejantes manifestaciones de afecto de Calígula, su alienado amo.

   Aquella misma mañana, Navarrete tomó el autobús con rumbo de la ciudad de Quito, donde permaneció tres días. Mientras tanto Lasso se había encargado de cuidar personalmente del noble alazán, llevándolo hacia un predio que po-seían sus abuelos en la hoya de Cusipe (la cual, según estudios recientes, se formó hace setenta y tres mil años como consecuencia del impacto de un asteroide). Se ocupó también de engrosar el equipo de exploradores con personal de su absoluta confianza. Con tal fin reclutó a dos incondicionales amigos suyos: Lucho Silva y Lucho Mena. Dos agüillanos de pésima catadura y detestable conducta, que gustaban de armar pendencia por un quítame de ahí esas pajas. Sobre todo Mena era proclive a ensañarse con los débiles. Su distracción favorita consistía en disfrutar con el sufrimiento de quienes no podían defenderse de sus agresiones gratuitas y consumadas con la mayor aversión y perversidad.

   A mí me produjo gran alegría conocer que José Lasso se hubiera cansado de andar a salto de mata, como se suele decir. Desde luego, después de llevar varios años de vida fácil, no le iba a resultar sencillo ganarse el pan con el sudor de la frente. Pero, en procura de la felicidad de Merceditas y la suya propia, bien valía el sacrificio de someterse a la severa disciplina que impone el trabajo honrado.

   Por supuesto que también el matrimonio Calderón respiraba satisfacción con la nueva. Parecían que acababan de hallar un tesoro. Merceditas se veía animada, aunque no emitía comentario alguno. Sin embargo, sus hermanos veían con reserva la repentina decisión adoptada por el amigo común de la casa.

   —¡Habrá que ver hasta cuando dura la saludable intención de Pepe! —reflexionó Pablo, durante la merienda del día que se supo la noticia del retorno de Lasso al buen camino.

   —Algo debe de traerse entre manos —comentó Pedro—. Pero ha conseguido engañar al fuereño. Hay que reconocer que es un maestro del disfraz y del disimulo.

   —Cuando un hombre se disfraza con el objeto de engañar a los demás, debe adquirir simultáneamente otros hábitos —filosofó Juan—. No basta al gavilán con maquillarse de blanco para hacerse pasar por paloma. También debe cambiar de su dieta la carne por trigo y maíz y, además, aprender a arrullar.

   —No olvidará de graznar ni aprenderá a comer trigo ni mucho menos maíz. Pronto se le verá levantar el vuelo con las garras tintas en sangre de sus víctimas —vaticinó con pesadumbre Pablo.

   —Debemos rogar a Dios para que sus buenos propósitos le permitan recuperar sus anteriores costumbres. El no siempre fue así —musitó como una plegaria doña Mercedes.

   —Descender de la luminosa cumbre de la libertad a la abyecta sima del lacayo es, como decía Javier Solís, ver al tigre sometido a la mansedumbre del cordero —se unió espontáneo a la reflexión el parlanchín doctor.

   Nadie se rió, ni aplaudió, ni reprochó el concepto del entremetido.

   Tampoco Merceditas abrigaba demasiada fe en el repentino cambio de José. Durante una conversación en privado, que tuvimos los dos, me descubrió el pesimismo que abrigaba. Sospechaba que el geólogo le habría convencido de la existencia de petróleo en la finca de Campaña, y temía por lo que podía sucederle a éste al no poder indicarles el sitio del supuesto yacimiento.

   Por mi parte, agradecido por haberme salvado de la muerte, prefería ver sinceridad en la decisión del joven y le deseaba éxito.

   Y durante una semana más nada se supo de él.

   

CAPÍTULO XIX

   Los días pasaron pronto en la verde campiña. Y yo, luego de un prolongado reposo, agradable compañía, sana alimentación y aire puro en abundancia, me hallaba totalmente recuperado y listo para continuar el viaje.

   La marca dejada en mi cuello por la correa, se veía aún como una mancha oscura y rugosa. Daba la impresión de que me hubiera adornado el cuello con un collar tejido en fibras de palma guinea. Claro está, se podía ocultarla muy bien debajo de una bufanda o del cuello de un suéter estilo tortuga. Además, ya podía cabalgar tanto o mejor que antes. De modo que me hallaba en condiciones de soportar los rigores del viaje. Mas ¿podía irme sin esperar el regreso de Lasso? Pues lo menos que le debía era darle las gracias personalmente.

   Sin embargo, debía partir. La tardanza en conocer la legendario población de Sigchos me tenía en ascuas.

   Era la víspera de mi partida. El día llegaba a su fin entre nostálgicos resplandores anaranjados y, como era costumbre a esa hora, en compañía de don Jesús, me encontraba paseando cerca de la casa, cuando los perros, desgarrando en espeluznantes jirones la deliciosa quietud de la tarde, se dispararon en dirección del camino que se extendía, formando suaves curvas, hasta perderse detrás de la loma vecina. La intención de los celosos guardianes era la de impedir el veloz avance de un jinete que se acercaba hacia nosotros. Mas, en cuanto se percataron de que la presencia del viajero no entrañaba peligro para nadie, desapareció de ellos la furia para dar paso a una serie de amistosos gruñidos.

   —Pero ¡si es mi compadre de Monte Nuevo! ¿Qué le traerá esta vez con tanta premura? —exclamó don Jesús, yendo al encuentro del jinete.

   El hombre cabalgaba una rauda mula que muy bien hubiese podido competir con el purasangre del geólogo, en pocos minutos cubrió una considerable distancia. Jamás me hubiese imaginado que una acémila pudiese correr tan rauda como el viento.

   Aún corría el brioso animal cuando su jinete se apeó de un ágil salto y, con grandes y apresurados pasos, se acercó a don Jesús, mientras decía:

   —¡Compadre, compadrito, ha ocurrido una terrible desgracia!

   —¡Sí! —le sorprendí al recién llegado— Pues acaba usted de encontrarme.

   No podía dar crédito a mis ojos, pues frente a mí le tenía al pícaro de Jairo Campaña en cuerpo, aunque no lo sé si también en alma. Y la mula que tanta admiración me había causado, debido a la gran velocidad que fuera capaz de desarrollar, era la misma que le diera yo a cambio del purasangre. Todavía llevaba la fina silla con la cual la equipara yo.

   Don Jairo, que sólo en ese momento acababa de reconocerme en el hombre que acompañaba a su compadre, de poco se cae del susto. Pues él, además de encontrarme cambiado físicamente, nunca se habría imaginado volver a verme tan pronto. Sin embargo, don Jairo no era hombre que se dejara atrapar fácilmente ni siquiera en las circunstancias más adversas, sin echar mano de algún recurso. Se recobró pronto y presentó hábilmente su jugada:

   —Espero, señor Vies, que usted se haya divertido de lo lindo con la broma —dijo el pícaro.

   —¡Tanto me he divertido que a punto estuve de morir estrangulado por la risa!

   Don Jairo que, posiblemente conocía de mis penalidades sufridas por culpa suya, temía sin duda una reacción violenta de mi parte y se mantenía alerta. Miraba disimuladamente a su derredor, preparándose para encontrar su salvación en la fuga. Pero yo, fingiendo no reparar en su nerviosismo, tomé la mula por la rienda mientras decía:

   —Gracias, don Jairo, por haberle enseñado a desplazarse como una flecha a mi vieja y perezosa mula.

   —¡Por nada! Sólo es cuestión de manejarla con suficiente energía —replicó el tunante, fingiendo modestia y sin pretender retener el animal.

   Dirigiéndome al doctor, que se hallaba junto a mí, por haberse convertido en mi sombra, le ordené con duro timbre de voz:

   —¡Cuídela con su vida mi noble acémila!

   El aludido aseguró que así lo haría.

   —¡Compadre, acaba de ocurrir una terrible desgracia! —repitió don Jairo, matizando su voz con una tonalidad de veras triste.

   —¡Qué! ¿Se le ha escapado su mujer?

   —¡Ay, compadre, qué ocurrido es usted! —se lamentó don Jairo —Nuestro querido José ha partido al Más Allá.

   —¿Más allá de dónde?

   —¡Ha partido! —se quejó entre suspiros Campaña, al tiempo que intentaba dibujar extraños signos en el aire que apoyasen su aserto.

   —Pero compadre, sea usted más explícito —reclamó don Jesús, aún sin entender lo que realmente quería informarle el visitante—. ¿A quién ha partido Pepe? Pues ya decía yo que un buen golpe de ese muchacho podía partir en dos a una persona.

   —¡Ay, compadre! Él ha fallecido, ha muerto, se ha ido al cielo.

   —Pero ¿cómo?

   —Ha sido asesinado.

   —¿Por usted? Pero compadre, ¡qué es lo que ha hecho usted! —expresó sorprendido don Jesús.

   —¡Ay, compadre! Usted me va a volver loco. Lo ha asesinado el maldito geólogo.

   —¡Toma!

   —Navarrete lo ha asesinado de una puñalada por la espalda, usando la misma daga de su víctima que luego la tiró al río.

   —¿La daga? —terció el doctor, interesado por conocer todos los detalles del cruento suceso.

   —¡Insolente! —bramó don Jairo con la suavidad de una pantera hambrienta, conteniendo a duras penas las ganas de caer sobre el ex colaborador del asesino del pobre Pepe, para sacudirle el polvo. Quizá la dificultad de su compadre para asimilar de inmediato y en toda su magnitud la fatal noticia, o debido tal vez a la pérdida inopinada de la mula, le había agriado el humor y ahora buscaba un chivo expiatorio en el cual poder descargar su enojo. No obstante, recobró en seguida la serenidad y continuó con el relato del funesto suceso:

   —Y el malvado geólogo, luego de arrancarle la vida a nuestro querido amigo Pepe, tiró su cadáver al río. El Toachi Grande lo recibió en su seno turbulento.

   —Pero ¿no acaba usted de decirnos que don Pepe se ha ido al cielo? ¿Es qué trata de confundirnos? —patentó su inconformidad el doctor.

   —Don Jairo no pudo más. La cólera lo encegueció. Acercándose al inoportuno le disparó, con el puño cerrado, un sonoro sopapo en el rostro. A su vez, éste, aunque sorprendido y dolorido por el aleve ataque que acababa de ser objeto, le hizo saber a su agresor que en modo alguno era él manco, correspondiéndole con media docena de latigazos, utilizando para ese propósito la rienda de la mula. Y antes de que las cosas pasaran a mayores, intervino don Jesús para apaciguarles:

   —Calma, señores, calma —expresó visiblemente preocupado don Jesús—. ¿Por qué pelearse? No saben que juego de manos es juego de villanos. Déjense de chiquilladas y, más bien, vayámonos todos a casa. Una vez adentro, compadre, ya nos explicará detenidamente lo sucedido.

   Los peleantes se sosegaron.

   —¿Lo han recuperado ya el cadáver? —inquirió el amo de la casa, una vez adentro, conmovido con la luctuosa nueva y por el estupor que ella hizo presa de su familia.

   También el doctor atravesaba por un estado de angustia. Se sentía como el ganadero que acude por la mañana al corral para inspeccionar su ganado, seguro de encontrarlo vibrante de vida, y se topa con qué, en el transcurso la noche, el tigre se ha cebado con él.

   —Todo esfuerzo ha sido vano —dio cuenta el aludido—. El río ha crecido con las últimas lluvias y sus aguas bajan de monte a monte. Lo hemos buscado durante tres días. La comuna, dirigida por el General, ha colaborado en la búsqueda. Pero ¡nada! Tan sólo hemos hallado un charco de sangre, en el sitio donde el chico fuera herido, y su camisa, con un corte en la espalda, cinco kilómetros más abajo, atrapada en las raíces de un pambil.

   —¡Santo cielo! ¿Cuándo mismo ocurrió la tragedia?

   —El viernes en la mañana.

   Aquel día era el martes ocho de diciembre. Si la muerte de Lasso había ocurrido el viernes anterior, que era cuatro, a la fecha habían transcurrido también ya cuatro largos días de ello.

   —¿Cómo saben que el autor del crimen ha sido Navarrete? —pregunté— ¿Alguien lo ha visto asesinar?

   —Desde luego —respondió Campaña—. Pues tanto Lucho Silva como Lucho Mena lo presenciaron, ellos aunque nada pudieron hacer para impedir que se consumara el crimen, ya que se encontraban en la orilla opuesta del río, recogiendo sedimento de su lecho. Llenos de impotente indignación vieron cómo Navarrete, aprovechando la circunstancia en que Pepe se agachaba para atar el cordón de una de sus botas, tomara el puñal que éste traía en la cintura y lo clavaba entre los hombros de su dueño. Y lo vieron también cómo el criminal empujaba el cadáver al agua.

   —Y los demás ¿no pudieron hacer algo para evitarlo? —indagué, sin poder creerlo que un hombre de la fortaleza de Lasso hubiese podido sucumbir tan fácilmente, aunque el ataque sufrido proviniese desde las sombras de la traición.

   —Los demás exploradores —continuó don Jairo— no andaban muy lejos pero si apartados del geólogo y de Pepe, quienes se convirtieran en pareja inseparable desde el principio. Varios de ellos oyeron claramente a la víctima decir: “¡Oh no!... ¡No haga eso!... ¡Oh…, me ha matado...!”

    “¡Hasta que ese loco de Navarrete ha conseguido manchar sus manos de sangre!”, me dije, tocándome inconscientemente la garganta mientras un frío estremecimiento me recorría de la cabeza a los pies. El recuerdo de haber estado yo, días antes, a punto de perecer a manos de ese irresponsable, me asaltaba continuamente.

   —¡Dios mío! ¡Dios mío! —musitaba doña Mercedes, enjugando con el pañuelo un verdadero raudal de lágrimas.

   A Merceditas le había paralizado el asombro. Sus bellos ojos miraban sin ver y sus labios de fresa se mantenían silentes.

   —A todo esto ¿qué ha dicho Navarrete? —inquirí.

   —Bueno, lo que suelen decir siempre los pillos —replicó Campaña con gesto de decepción—. Él ha negado toda responsabilidad. Ha jurado mil veces que sólo debido a un simple accidente Pepe había resultado herido levemente en la espalda y, posteriormente, caído en el río. Ha jurado también que jamás se le había ocurrido la idea de apuñalarle. Y, temeroso de las represalias de la comunidad, con el auxilio de alguno de sus incondicionales, quizá de Zaramago o del Pato, ha conseguido darse a la fuga, aunque le tuviéramos atado de pies y manos. El domingo por la mañana, cabalgando su alazán, lo vieron muy cerca ya de Patricia Pilar.

   —¿Quién lo ha visto? —inquirió Pedro o Pablo.

   —Nada menos que aquel terrible y misterioso viejo de barba y cabello blancos que últimamente frecuenta esta zona. Ayer mismo ha vuelto a pasar por Salinas y, mientras proseguía su incesante marcha, se ha dado tiempo para cruzar unas cuantas palabras con los vagos que pululan la plaza de ese poblado —respondió Campaña, bajando la voz como si temiese que sus palabras fuesen más allá de las paredes que nos encerraban, mientras se persignaba.

   —¡No cabe duda que cuándo el judío errante aparece, trae siempre desgracias consigo! —comentó por o bajo el doctor, apresurando también a santiguarse.

   Igualmente se santiguaron los demás.

   Entonces el viejo que me aseguró llamarse Viejo y que compartió conmigo el tambo de Los Cades, ¿era en realidad Ahasverus, aquel legendario personaje condenado a un desplazamiento perpetuo por no haber acogido a Jesús, cuando era conducido al Calvario? Y yo que, por un momento, había supuesto que pudiese tratarse simplemente de José Lasso disfrazado de anciano. ¡Vaya equivocación la mía!

   —Y ¿qué les ha sucedido a Zaramago y al Pato?

   —Ese par de tontos con pretensiones de matones, en este preciso momento están siendo conducidos a Sigchos para ser allí interrogados por la policía. Al menos ellos no podrán escapar de la justicia. Se los llevan como a los toros de San Gabriel: con una beta por delante y otra por detrás.

   —Pero ¿qué le indujo al geólogo a obrar de ese modo? —preguntó Juan.

   —Nadie lo sabe.

   La conversación cesó de pronto. Quizá se habían concentrado todos en algún recuerdo del finado, que se levantaba demasiado fresco en la memoria. Una reminiscencia buena, o una evocación mala, pero que perduraría en la memoria, perfumándola como una aromática flor o perturbándola como una negra e inquieta mariposa. En todo caso, viviría en la mente de cada uno de ellos.

   Y un tétrico silencio se abatió sobre nosotros. 

   Afuera, el viento ululaba, galopando sobre el confuso paisaje del cadáver del día, y una fría llovizna, que habría descompuesto el humor del mayor optimista de los hombres, empezó a dejarse caer. Y fue entonces cuando los perros empezaron a ladrar inquietos, alertados por algo fuera de rutina. Don Jesús miró a sus hijos, como preguntándoles la razón de la alarma de sus suspicaces vigilantes. Nadie supo responderle, pero Juan, tomando presto una linterna, salió para averiguar lo que ocurría. Adentro, el silencio continuaba invariable.

   Minutos más tarde, para mi sorpresa, apareció Juan acompañado de Ramiro, el estudiante de ingeniería por correspondencia. Venía algo bebido y traía una vieja guitarra bajo el brazo y dos botellas de licor en los bolsillos. A todas luces era la primera vez que aquel joven visitaba la casa de los Calderón, aunque demostraba no ser desconocido para ninguno de ellos. Su presencia fue acogida con signos de general simpatía.

   Se dirigían a él, llamándolo señor poeta y señor cantante y le trataban con deferencia. Quizá debido a la fama de bebedores que aureola tanto a cantantes como a poetas, no les extrañara la devoción que el visitante demostraba profesar a Baco. Yo, hasta entonces, no me había enterado de ninguna de estas cualidades que agraciaban al estudiante.

   El agrado de volver a vernos fue mutuo. Desde luego, Ramiro me creía para entonces ocupado en recorrer algún remoto país de ensueño y no, lamiéndome las heridas, aún sin conseguir llegar a la meta de la primera etapa de mi viaje. Ramiro ratificó lo relatado por don Jairo, respecto del asesinato de Lasso. Además, narró los detalles del percance que le tuvo postrado durante un mes en Salinas de Monte Nuevo, donde, a pesar de todo, estuvo a punto comprometerse en matrimonio con una de las más bellas salineras.

   Naturalmente que, debido a las circunstancias por las que atravesaba la familia Calderón, una intervención artística del poeta-cantor parecía de veras fuera de lugar. Por mi parte, sintiendo pena por el desaire que se llevaría mi bohemio amigo, preveía que no querrían escuchar sus canciones, respaldadas por la música de su vieja guitarra. Sin embargo, a pesar de ello, aceptaron gustosos paladear (los hombres, por supuesto) los licores obsequiados por Ramiro y solicitaron a una sola voz sus canciones (ahora si por unanimidad). “¡Qué cante, que cante el señor poeta!”, le pedían.

   Y Ramiro demostró, sobre todo, poseer una voz de oro.

   Cantó primero canciones melancólicas, que, con sus acongojadas notas, raspaban el alma como el papel de lija sobre la madera. Y pronto, un raudal de lágrimas bañó los ojos de los oyentes más sensibles, especialmente de las damas. Luego entonó sones alegres que elevaron el ánimo a velocidad inusitada, hasta alcanzar el nivel de la alegría desbordante. Finalmente el cantor derivó su repertorio hacia el campo de lo netamente sentimental y desgrano las confidencias del corazón en la miel de tiernos y exquisitos versos.

   Romántico y soñador por naturaleza, parecía desear inundar el universo con la ternura generaba por su privilegiada voz.

   Por descontado que la última etapa de su repertorio no la dedicó más que a una sola persona: Merceditas. Y, desde luego, la bella joven lo habría entendido así.

   Una hermosa velada que dejó a todos contentos y que fue también el epílogo de mi permanencia en Las Mercedes.

   

CAPÍTULO XX

   La mañana empezó brumosa y fría impidiendo mirar el paisaje circundante, cuya belleza permanecía oculta detrás de una cortina húmeda y vaporosa. El camino que seguíamos alcanzaba el lomo de la cordillera, poniéndonos a merced del riguroso clima que impera en las alturas.

   El viento gélido del páramo mordía mi rostro con sus afilados dientes que se introducían cruelmente hasta los huesos y, a su paso, suprimían el movimiento de los músculos faciales, impidiéndome hablar con claridad. Las palabras brotaban de mis labios, lentas y dolorosas, con el sordo estrépito de una piedra rodando peña abajo. Ahora comprendía la razón por la cual los habitantes de tierras altas son menos comunicativos que la gente de los valles.

   Desde luego, como todo el mundo, sabía yo que, para contingencias similares, se había inventado una prenda llamada bufanda. Pero, salvo el doctor, ni Ramiro ni yo contábamos con su protección. Tal vez, con la esperanza de suplirla, el estudiante buscaba combatir el frío envolviéndose en una masa de pestilente humo de tabaco. Fumaba cigarro tras cigarro y me invitaba constantemente a imitarlo. Pero con solo su olor tenía yo más que suficiente. Me sentía mareado.

   Felizmente, la neblina, aunque perezosamente, se disipó al promediar la mañana. El sol se asomó sonriente y doró el pajonal, y bañándonos además en su cálido aliento, trajo al corazón la benévola alegría. El panorama se pobló de colores y detalles. Y, como para contribuir a mi total bienestar, el poeta-cantor no tuvo ya pretexto para fumar. Ahora, en vez de transformar tabaco en nauseabundo humo, se dispuso a convertir las ideas en expresiones. Pero el doctor, que no soportaba la tortura de permanecer un instante sin hablar, le ganó la palabra. Entonces, con resignación, permaneció silente, conformándose con dejar vagar su mirada soñadora por la grandiosidad del paisaje mientras caminaba con su guitarra bajo el brazo.

   El doctor confesó que, antes de conocer que Lasso hubiese abandonado este mundo, había abrigado la esperanza de cabalgar juntos y, de favorecerle la suerte, llegar a ser su consejero y brazo derecho a la vez. Alabó los milagros del difunto y vaticinó que su recuerdo se proyectaría al futuro aureolado de leyenda.

   Sonreí, dudando que su profecía llegase a cumplir, y declaré que ni siquiera los políticos, con su límpida y brillante trayectoria, contaban con una póliza contra el polvo del olvido. Cavilé que, a la vuelta de la próxima generación, nadie sabría quién fue José Lasso. Pero mi joven amigo no compartía mi pesimista criterio y defendió con calor la perennidad del recuerdo de los milagros del santo de su devoción.

   Ramiro, interrumpiendo a su ex compañero de labores, tomó al fin la palabra para proclamar que se había enamorado locamente de Merceditas. Afirmó que si ella le aceptaba por esposo, él no vacilaría en asumir cualquier sacrificio, incluso el de trabajar, con tal de labrar la felicidad de aquel ángel convertido en mujer.

   —Jamás me hubiese imaginado —decía— que pudiese existir tanta belleza reunida en un solo ser. Ella es Afrodita y es Elena de Troya. Una diosa y una reina. ¡Ni alta ni baja, exactamente a la altura de mi corazón!

   Aplaudí su acertada elección. Y con el fin de que pudiese visitar a su amada, de manera más acorde a su condición de conquistador, prometí obsequiarle la mula en cuanto llegáramos a Sigchos. El poeta no poseía cabalgadura alguna y, por sus propios medios, tardaría demasiado en adquirirla una.

   Tal vez la linda chiquilla nunca consentiría en ser su mujer, o ¿quizá sí? Posiblemente a José ya no le hacía falta su protectora compañía. En todo caso, debía frecuentarla y probar fortuna. Pues dicen que para averiguar lo que hay dentro de un pozo, lo indicado es descender hasta su fondo para explorarlo.

   El camino, atravesando una extensa meseta cobijada de un manto de trémulo pajonal, llegó al punto más elevado de su escabroso recorrido, y toda interferencia física entre lontananza y nosotros quedó eliminada. Mi campo visual se ensanchó para ofrecerme un ilimitado horizonte que, a su vez, puso al descubierto la existencia de parajes de fascinante hermosura.

   Ramiro, arrancándome del sortilegio del panorama, me informó que aquel balcón andino se llamaba Siguata (balcón o mirador, lengua panzaleo).

   Al frente, alzándose de su base constituida por la Cordillera Occidental, se proyectaban hacia las azules profundidades del infinito, cual erectos senos de mujer, dos pirámides vestidas de perenne y albo manto denominadas Iliniza.

   ¡Son impresionantes estos colosos! Parecen seres vivos y dan la impresión de estar pendientes de lo que sucede enfrente de sí.

   Dos ramales montañosos, el Cerro Azul, al norte, y el Guingopana, al sur, partiendo desde los citados colosos, se dilatan hacia el poniente para unirse a la Cordillera de Chugchilán y, en conjunto, formar un círculo perfecto, espacioso, abierto en un solo sitio para permitir al río Toachi su impetuoso viaje hacia la mar.

   Y encerrada entre los muros de esta fortaleza se encuentra, bañada por el oro de la leyenda, la versión más exacta del Paraíso Terrenal. Es una acuarela plasmada, con trazos magistrales, en mirajes engalanados de altas montañas azules y rumorosas cascadas, en pampas y colinas pobladas de árboles frondosos y dorada mies, en valles y cantarinas fuentes. Su clima se adivina delicioso y su cielo de turquesa, siempre puro, siempre diáfano, se divisa como un lago de cristal.

   Instalada en la planicie de mayor extensión de este sector de la serranía, exhibiendo la gracia y la altivez que es patrimonio únicamente de la realeza, se levanta la milenaria Sigchos con sus casas de amplios portales y rodeadas de primaverales jardines.

   En sus calles y plazas, que fueron escenario de epopeyas gloriosas a través de su dilatada existencia, flota ese aire de nobleza que la hizo grande. Por ellas desfilaron civilizaciones que dejaron sus huellas en la cerámica primorosamente decorada y en sus edificaciones monumentales que yacen escondidas en su suelo en espera de que la arqueología las rescate.

   —¡Este es mi pueblo! —exclamó Ramiro con el orgullo de un soberano que se solaza contemplando su reino.

   Y ¿quién podría descartar la posibilidad de que por sus venas no corriesen unas cuantas gotas de sangre de alguno de los príncipes del antiguo reino de Sigchos, luego, Jatum Sigchos, y después, San Miguel de Jatum Sigchos?

   En efecto, existió el Reino de Sigchos y, según su toponimia, fue un Estado que abarcó extensos dominios. Los incas, impresionados de su grandeza, lo llamaron “Jatum” (jatum = grande), denominativo que lo antepusieron a su nombre original. Gran Sigchos.

   Dice la tradición, que Rumiñahui, perseguido por los españoles, buscó refugio en este aguerrido pueblo que se resistía heroicamente a la penetración del invasor blanco. Pero que, a causa de una traición, fue hecho prisionero y, cargado de cadenas, conducido a Quito. Mas, cuando pasaban por el cerro de Topaliví, el héroe se lanzó al abismo.

   Más tarde, en época de la colonia, Santa Mariana de Jesús, la Azucena de Quito, buscaba la paz de sus retiros espirituales en este lugar de ensoñación. Situada en el perímetro del poblado, existe aún una vetusta casa, cuya sola presencia inspira respeto, la cual aseguran haber pertenecido a la santa.

   —Avancemos —sugerí a Ramiro que, desde hacía largo un rato permanecía en silencio, extasiado, contemplando su patria chica.

 

CAPÍTULO XXI

   Dos años después

   Aquella tarde, contraviniendo el hábito de ausentarme a esa hora de casa, preferí quedarme en ella para examinar unos folletos de turismo recibidos por la mañana. Había transcurrido algún tiempo desde mi último viaje y el deseo de ver nuevos horizontes me impelía a preparar las valijas.

   Me hallaba sentado confortablemente en mi sillón favorito, junto a una mesita donde iba depositando los citados folletos luego de someterlos a un riguroso examen. Había que tener mucho cuidado con el alcance de sus promesas que las más de las veces no pasaban de ser meros cantos de sirena. Todos ellos ofrecían información detallada de las atracciones más conspicuas de los respectivos lugares que se ocupaban de pro-     mocionarlos. Pero sólo dos, debido a su extraño contenido, consiguieron llamar mi atención. Curiosamente, en cada uno de ellos, la propaganda se reducía a ilustrar uno solo de sus “tesoros”, y éste podía interesar únicamente a los eruditos en esa materia.

   En apariencia, prometían poca cosa al común de los turistas que anhelan con visitar la mayor cantidad posible de lugares sin tomarse el trabajo de recorrer grandes distancias entre un punto y otro. Y esta particularidad, traducida al lenguaje financiero, significa economizar dinero.

   Una de las guías mención anunciaba con orgullo un museo que albergaba, entre otras reliquias rescatadas por la arqueología, cuatro momias humanas de milenaria data como máxima novedad de su país, un flamante y pequeño Estado antillano. Según los gráficos, los restos de aquellos ilustres desconocidos poseían una rara característica que atraía poderosamente la atención. ¡Llevaban adornada la cabeza por dos cuernos que, naciendo de la frente se curvaban graciosamente hacia atrás, como los de un macho cabrío! ¿Se trataba acaso de sátiros, célebres personajes de la mitología griega o, simplemente, de maridos burlados? Pues vaya usted a saberlo.

   El otro folleto, sirviéndose de floridas frases y, por supuesto, de fotografías a todo color y bien logradas, daba detallada cuenta de la existencia de un peculiar bosque formado por enormes rosales tan grandes como árboles de eucalipto, cuyas flores aromáticas y colosales cabrilleaban con los colores del arco iris. El emplazamiento de este bosque florido se hallaba en el exótico Irán, junto al Mar Negro, por el cual se podía llegar cómodamente en yate.

   Por lo demás, resulta fácil de entender que si las corporaciones especializadas en fomentar la industria del turismo se habían limitado a usar, como anzuelo para captar turistas, una sola de sus atracciones, era sin duda porque la crían más que suficiente para despertar el interés de conocerla. Además, no hacía falta ser especialista en la materia para comprender la importancia de lo que se exhibía. Por lo demás, todos somos capaces de beneficiarnos de una visita a lugares considerados monumentos a la cultura y la belleza.

   Nada hay más hermoso ni valioso en la vida que el llevar prendida en la memoria la estela luminosa de un acto realizado con el propósito de nutrir el espíritu. Las imágenes de una grata experiencia contemplativa suelen anidarse en el rincón más recóndito del alma y, debido a ello, perduran siempre frescas y relucientes.

   Los dos lugares me parecían ideales para signarlos como meta de mis próximos viajes. Sólo que no me decidía por cuál de los dos empezar. Me hallaba en este dilema cuando, con molesta insistencia, el timbre de la puerta comenzó a sonar. Algo molesto por la urgencia de interrumpir mi actividad, deposité los folletos sobre la mesa y fui a cerciorarme del motivo de aquella impertinencia. Esperaba, por cierto, encontrarme con alguien a quien poder despedirle allí mismo.

   Franqueé de mal talante la puerta y, ante lo que acababan de ver mis ojos, me quedé yerto. ¡José Lasso, a quien le creíamos muerto, dos años atrás, a mano de un orate llamado Juan Navarrete, se encontraba frente a mí, respirando a pleno pul-món y lleno de vida!

   Iba trajeado con la deslumbrante elegancia de un destacado ejecutivo de la banca e irradiaba salud y vitalidad. El tiempo que no le había visto yo, le habían acentuado sus rasgos y proporcionado distinguida personalidad, dotándole de mayor gracia varonil y elegancia.

   La sorpresa me impidió responder de inmediato a la salutación formulada por él. Y sólo después de mirarle por un rato, sin comprender si lo que veía respondía a la realidad o que simplemente era fruto de una alucinación, me convencí de que, el caballero que lo tenía frente a mí, era en efecto José Lasso. Al fin pude recobrar el aplomo e invitarle a pasar.

   —¿De modo que usted no ha muerto? —inquirí tontamente, luego de que el joven, a petición mía, hubiese tomado asiento.

   —Pues, parece que no —respondió el aludido, esbozando en la mirada una insinuación de burla mientras palpaba parte de su atlético cuerpo. Simulaba haber entendido como una broma mi ingenua pregunta.    

   Usando fino traje de casimir inglés, confeccionado a la medida, elegante corbata de seda, seleccionada con buen gusto, y sobre todo, empleando modales congruentes a las exigencias que norma la buena educación, el caballero que tenía junto a mí se hallaba muy lejos de parecerse al temerario muchacho que, dos años atrás, me salvara de perecer mediante el garrote vil. En aquella ocasión, que me parecía ya lejana, si bien se desenvolvía él con garbo y altivez, en lo demás no era diferente a cualquier otro campesino.

   —Bueno, quiero decir que ni la puñalada inferida por Navarrete, ni las turbulentas aguas del río Toachi-Grande, afortunadamente, han logrado terminar con usted —me apresuré a esclarecer—. Celebro que tal cosa no haya tenido un desenlace fatal, amigo mío. Pero dígame, ¿cómo ha podido salvarse si quienes examinaron el río, aunque no encontraron cadáver ninguno, hallaron pruebas evidentes de que Navarrete lo asesinara a usted?

   —Muy simple. A unos pasos de donde, en apariencia fuera asesinado yo y engullido por las turbulentas aguas del río, el follaje se inclinaba hasta besar el agua. De modo que sólo hube de dejarme hasta llegar allí, donde pude salir a la superficie sin ser visto.

   —¿Lo consiguió aun herido como estaba?

   —No me hallaba herido. A Navarrete jamás se le hubiera ocurrido la idea de quitarme de en medio.

   —Sin embargo, lo vieron a éste clavar el puñal en la espalda de usted. ¿Mintieron acaso quienes declararon así?

   —De ninguna manera. Pues tanto Lucho Silva como Lucho Mena, mirándonos desde la orilla opuesta, a una distancia de unos setenta metros, vieron en realidad cómo Navarrete se apoderaba de mi puñal mientras me agachaba de espaldas a él. Este acto un tanto irregular despertó, como era de suponer, terribles sospechas en ellos y, en adelante, vieron con la imaginación más que con los ojos. Por tanto, cuando advirtieron hundirme en el agua, creyeron sinceramente haber visto al geólogo herirme en la espalda segundos antes.

   —¡Increíble! No obstante, recuerdo haber oído decir a don Jairo que, junto al sitio donde usted cayera al río, encontraron un charco de sangre. ¿Cómo se explica aquello?

   El elegante caballero me sonrió con simpatía y prosiguió:

   —Nunca existió tal charco de sangre, al menos de sangre humana. Tan sólo se trataba de sangre de drago, dejada en ese lugar un momento antes por mí.  

   —No lo comprendo.

   Lasso me miró algo extrañado. Parecía sentirse defraudado de ni ineptitud para llegar al trasfondo del asunto. Permaneció pensativo por un instante, sin duda imaginándose que sería yo incapaz de penetrar la verdad sin que lo expusiese él mismo algo que no quería expresar frontalmente. Continuó:

   —Señor Vies, todo aquello no fue sino un ardid elaborado por un servidor suyo, para atrapar en él a Navarrete. Pues, como usted recordará, éste era un tipo medio loco y debido a ello terriblemente peligroso. De haber continuado éste unos días más en Monte Nuevo, con seguridad, alguien hubiera salido lastimado. Quizá don Jairo habría muerto por su mano, o tal vez aquél por la de éste. En ambos casos el daño hubiese sido irreparable para la familia Campaña. Aunque resulta difícil de creer, el geólogo estaba convencido de la existencia de petróleo en algún lugar del predio de don Jairo y, para descubrirlo, no iba a escatimar medidas drásticas. Me lo dijo él mismo. Y yo sabía que, de no expulsarlo pronto y definitivamente de allí, acabaría por hacer realidad su promesa.

   —Al fin lo entiendo —murmuré, persuadido de haberlo entendido realmente—. El plan de echarlo de allí lo trazó usted en cuanto regresaron a Salinas, ¿verdad? Porque, según decían, sólo un poco antes parecía usted profesar verdadero afecto a él.

—¡No, no! —exclamó mi interlocutor, elevando por primera vez el nivel de su educada voz y arqueando una ceja. Era evidente que no sentía precisamente admiración por mis reflejos mentales que obraban con lentitud desesperante —Debo aclararle que todas mis diligencias, desde el principio hasta el final, estaban orientadas a un solo propósito: armar la trampa que debía atrapar al potencial asesino, sin despertar en él ni en nadie más la menor sospecha. Y, para tener éxito, no hubo otro remedio que el de unirme a ese loco y estudiarle de cerca.

   

CAPÍTULO XXII

   El joven llevó su silencio más allá del tiempo requerido para ordenar los recuerdos. Tenía la mirada puesta en el paisaje urbano que, a través de la ventana, se mostraba pletórico de artificial belleza. Era la oportunidad para ofrecerle una copa de licor y un cigarrillo, sin peligro de interrumpir el relato de la artimaña que usara para ahuyentar al indeseable sujeto.

   Aceptó gustoso el licor, pero se negó cortésmente a recibir el cigarrillo.

   —Cuando le hallé a usted a punto de ser asesinado en medio del bosque —prosiguió—, no fue por casualidad. En realidad, durante toda la tarde y parte de la noche de ese día cabalgué detrás de Navarrete y sus ayudantes, decidido a evitar lo que pretendían hacer con usted si llegasen a alcanzarle.

   —Y ¿cómo adivinó usted lo que pensaban hacer conmigo?

   —Perdón. Debí empezar por el principio. Pues bien, ese día viajaba yo en la misma dirección que usted lo hacía. Al comienzo, casi pegado a sus talones, y después a cierta distancia. Iba tranquilamente, procurando no fatigar sin necesidad mi montura, cuando di con don Jairo, que, cabalgando una mula, avanzaba lleno de alegría en sentido contrario al que seguía yo. Le pregunté el motivo de su contento y me respondió que se debía a una broma jugada a cierto desconocido. Me explicó en que había consistido ella. Reímos por un instante y nos separamos. Luego me enteré de que otro desconocido, el dueño del caballo que don Jairo tomara “prestado” para permutar con la mula del primer desconocido, convertido en un tigre furioso, había organizado una partida para recobrar su pertenencia de manos del ladrón que, según las huellas, iba camino de Sigchos. Entonces intuí que el bromista había llevado esta vez demasiado lejos la chanza, la cual podía derivarse fácilmente en un conflicto de fatal desenlace que, necesariamente, lo comprometería a él.

   El primer desconocido podría ser alguien importante y su desaparición no quedaría impune. En consecuencia, la policía, pese a su ineptitud y su manifiesta desidia al cumplimiento del deber a ella encomendado, se vería obligada a realizar alguna somera investigación que, no obstante, podría dejar en claro la muerte violenta de aquél. Entonces la chapería no tendría más remedio que detener a los implicados en el crimen, incluido el pícaro de don Jairo. Además, los chapas podrían llegar con instrucciones de permanecer allí por un tiempo indefinido, empañando con su odiosa presencia la paz y el natural encanto de ese paradisíaco recinto. Le confieso que fue esa la principal razón que me impulsó a tratar de evitar que se consumara la tragedia que se veía llegar inexorable.

   —De todos modos, señor Lasso, agradezco a usted su valiente y generosa intervención que sin duda evitó mi muerte segura —pude al fin, luego de dos años, expresar mi gratitud a quien le debía el adorado tormento de continuar aún con vida.

   —Situado siempre a prudente distancia —continuó el gallardo joven, sin dar importancia al servicio que me había prestado ni al reconocimiento formulado por mí—, presencié cómo los sucesos tomaban cada vez peor cariz. Sentía verdadera curiosidad por ver hasta dónde sería capaz de llevar su extravagancia el geólogo. En todo caso, tenía yo la seguridad de poder intervenir con éxito en el último instante, claro está.

   Le ofrecí otra copa y, por supuesto, también yo me serví otra. Últimamente había llegado yo a la conclusión de que era imposible ir por el mundo despreciando en todas partes el patrocinio del generoso Baco. De manera que ahora libaba moderadamente de vez en cuando.

   —Y fue así cómo pude enterarme de la especie de víbora que era Juan Navarrete —prosiguió —. Codicioso, porfiado y dispuesto siempre a pasar por encima de todo con tal de conseguir sus propósitos. Máxime cuando le secundaba un grupo de obsecuentes peleles, hipnotizados por la esperanza de convertirse de repente en millonarios. Sí, mi estimado amigo, por el bien de todos, Navarrete debía cambiar de aires antes de que llegase a desencadenar un cataclismo en aquella tranquila y poética comarca.

   —Comprendo, señor Lasso, la inquietud que debió invadirle a usted el enterarse de la peligrosidad de aquel sujeto. Sin dar vueltas el asunto, pensó en la necesidad de preservar la tranquilidad de ese lugar, cortándolo el peligro de raíz. Sin embargo, supongo que usted, en algún momento, no habría visto del todo incompatible el beneficio personal con el deber cívico. En otras palabras, ¿pensó alguna vez en apoderarse de veras de los caballos del geólogo, en especial de su alazán?

   Lasso arrugó ligeramente el ceño y se puso a mirar por un instante el trozo de la ciudad que se levantaba frente a nosotros. Luego, esbozando una suave sonrisa, continuó sin mostrar disgusto:

   —Se equivoca usted al suponer que mi intención, en algún instante, estuviese orientada a satisfacer ambiciones personales.

   —¿Qué no?

   —¡En absoluto! Si me llevé los caballos fue tan sólo porque deseaba impedir que los agresores de usted nos diesen alcance mientras nos poníamos a buen recaudo. No lo olvide que era usted, a los ojos de Navarrete, culpable de haberse confabulado con don Jairo para apropiarse de su rico yacimiento. Y de volver a caer en sus manos no estaría ahora recordando lo acontecido hace dos años. Además, al quitarle los caballos, especialmente el purasangre, tenía la seguridad de ablandar su ferocidad mediante la desesperación. Pues no se resignaría a que le robasen su fino y amado corcel dos veces durante el mismo día. La pena habría de transformarle en un desdichado. Si en esas circunstancias, para recuperarlo su tesoro, le hubiesen pedido como rescate uno de sus ojos, lo habría dado gustoso los dos. Ahora bien, cuando ya ninguna esperanza de recuperarlo tenía, se le presentaba alguien para devolvérselo, lo menos que podía él hacer por su benefactor era recompensarlo con su gratitud. Y no me equivoqué.

   Sin lugar a dudas, mi amigo era un hombre sumamente inteligente, aparte de valiente y generoso. Había calculado con matemática precisión las reacciones emocionales de Navarrete y llevó a la práctica su plan sin que surgieran dificultades. Era digno de admiración, sobre todo, de alguien como yo, que, gracias a su ayuda, pude salvar el cuello más o menos intacto. Pero al margen de la gratitud y admiración que le profesaba en retribución de su generosidad, virtud que explicaba ampliamente el porqué de su interés en rescatarme, perduraban aún frescas viejas interrogantes que, pese a la diversidad de respuestas que las moldeaba yo para tratar de encajar en ellas, nunca habían resultado lo suficiente sólidas como para soportar la prueba de estos razonamientos:

   ¿Por qué Lasso, después de liberarme el momento mismo en que el barquero Caronte se frotaba las manos para tomar la moneda en concepto de pago de mi pasaje a través del Estigio, en vez de trasladarme a la hacienda de su padrino no lo hizo a Sigchos, donde habría tenido yo mayores posibilidades de substraerme de la venganza de mi perseguidor? La excusa de hacerme partícipe del festejo que, esa noche, se efectuaba en casa de los Calderón, era tan frágil como una columna de humo. ¿Me hallaba, acaso, en condiciones de poder disfrutar del baile y la bebida apenas una hora después de haber sido molido a golpes y medio estrangulado?

   Además, ¿desde cuándo era visto como una gestión ideal de socorro el dejar a un protegido a merced de una familia en cuyo seno es admitido de mal grado el mismo protector?

   Pero, en realidad, ¿me abandonó Lasso en casa de los Calderón? ¿Acaso esta familia no me curó y nutrió hasta mi completa recuperación? Ciertamente, aquel solícito auxilio prodigado a un completo desconocido no habría sido posible sin los buenos oficios de Lasso. Pero aun para éste ¿no era yo un ilustre desconocido? Y ¿por qué, luego de ponerme a salvo, dejándome en sitio seguro, vio la necesidad de que me acompañase el sujeto apodado doctor?

   Al fin podría yo conocer por qué mi protector se había visto obligado a tomar tales precauciones de seguridad conmigo.

   —Y no me equivoqué —prosiguió Lasso antes de que pudiese yo formular las preguntas que bullían en mi mente—. Navarrete, al recuperar a su amado equino, recobró también la paz y, con ella, el optimismo y el anhelo de llegar a la meta que se había fijado: convertirse en magnate del oro negro. Calculó que mi concurso, es decir, el del sanguinario bandolero, podía habilitar el sendero que habría de transitarlo, y me contrató como su asistente. El primer encargo que recibí de él fue el de reorganizar su equipo, el cual, para justificar ante la compañía minera, aparentaría ser de exploración, pero en realidad sería su guardia de corpus. Para ello debía dejar cesantes a los hombres que aún conservaban escrúpulos e incorporar a sus filas a sujetos verdaderamente duros de corazón y dispuestos a todo, incluso a jugarse la vida.

   “Esta situación favorecía más de lo previsto a mis planes. Despedí a varios de sus antiguos colaboradores y los reemplacé con personal de mi confianza. Entre ellos figuraban dos chicos de pasado y presente truculentos. Crecieron los dos tan retorcidos como las trepadoras. Se llamaban Lucho Silva y Lucho Mena. Eran vecinos y amigos entre sí y se les conocía como los malucos.

 

CAPÍTULO XXIII

   —El primero de los malucos —continuó Lasso—, antes de cumplir los doce años de edad, peleó con un chico mayor suyo y de quien recibió una soberana paliza. Para desfogar su furia, fue en busca de un machete al cual lo afiló hasta dejarlo como una navaja de barbero y probó su filo en la anatomía de su enemigo. Este resultó con graves heridas, pero se curó a pesar de todo, y el caso no conoció, o fingió no conocer, la autoridad.

   “Más tarde repitió ese tipo de agresión en la persona del propietario de una taberna llamada “El Remedio”. Este era hombre cordial y amigo de bromear con todo el mundo. Un bendito día llegó el maluco Silva a “El Remedio” en busca de su medicina. Parecía él bastante bebido. Hablaba con dificultad, babeaba y sus movimientos eran pesados y torpes, pero traía consigo todavía mucho dinero, asunto que no le disgustó al tabernero. Silva solicitó una botella de licor cuyo coste abonó aún antes de recibirla. Se sirvió su contenido directamente de ella y casi sin intervalos, como si se tratara nada más que de agua azucarada. Su apariencia de ebriedad se acrecentó y, entre balbuceos y traspiés, se dispuso a retirarse. Entonces el tabernero, quizá sólo con el ánimo de bromear, intentó de mala manera hacerle pagar otra vez el licor consumido. De pronto, recuperando Silva la lucidez, en vez de dinero le dio varias puñaladas al propietario de “El Remedio”. El herido estuvo a punto de morir desangrado, pero se salvó milagrosamente. No obstante, durante dos meses completos permaneció recluido en su lecho, privándoles de distracción a sus parroquianos. Respecto a la ebriedad del maluco, al visitar la taberna, no había sido más que una treta para tentar al asistente de Baco a dar un mal paso y poder así cobrar una vieja deuda de venganza.

   “Este suceso, aunque parezca raro, le granjeó al maluco Silva la simpatía de las damas de la comuna, ya que el pobre tabernero era visto por ellas como un voraz vampiro que jamás se sentía ahíto con el dinero que succionaba a sus maridos. Pero, como era de esperarse, también le procuró la antipatía de éstos. Y tampoco esta vez le pidió cuentas la Justicia.

   “Más tarde, el siguiente día de su boda, este maluco pegó terriblemente a su mujer. El motivo fue que las sábanas del tálamo nupcial habían permanecido enteramente blancas luego de que los flamantes esposos hubieran pasado la noche en él. Pero la reacción de su santa suegra no se hizo de esperar ante la falta de delicadeza para la hija de ésta. La enojada señora chilló, zapateó, blasfemó y le faltó poco para que llegara a arrancar, con las uñas, los ojos del ogro de su yerno. Éste, para calmarla, la ató sobre un montón de rastrojos para prenderlos fuego acto seguido. Los chillidos de la mujer, lejos de restituirle la calma, fueron en aumento y alertaron a los vecinos, quienes la rescataron de las llamas, medio chamuscada y con la cara cubierta de hollín.

   “El caso de la mujer chamuscada, como también era de esperarse, disgustó a las damas, que retiraron su simpatía del pirómano. Pero, eso sí, conquistó el aprecio de los varones de la comunidad, en especial de los casados.

   El maluco Mena, por su parte, desde su temprana juventud venía usando la peinilla, para herir a su prójimo, con la misma facilidad y frecuencia que la cuchara para llevar la comida a la boca.

   Ambos malucos eran chicos malos, que encontraban su diversión favorita en maltratar a la gente. Sin embargo, eran leales hasta límites increíbles con sus amigos. Y era precisamente yo uno de ellos. Les recluté porque su fama de matones no dejaría a Navarrete otra opción que la fuga, si quería salvar su vida, luego de que le viesen herirme mortalmente.

   “Recuerdo como si hubiese ocurrido apenas ayer, el desconcierto y, luego, el huracán de furia que se desencadenó en ellos al verme, desde la orilla opuesta del río, caer “herido” al agua sin que pudiesen prestarme ayuda. Fue tal el odio que sentían a quien lo creían mi homicida, que, con el fin de ajustarle cuentas de inmediato, no pensaron sino en cruzar el río, en aquella época del año y en ese sitio, difícil de atravesarlo. Y, gracias a que ambos eran excelentes nadadores, se salvaron de perecer ahogados. Las aguas, hinchadas y negras como consecuencia de las continuas lluvias, aullaban como una manada de lobos y arrasaban con todo cuanto se interponía en su paso.

   “La víspera, ateniéndose a un consejo mío, Navarrete impartió a los malucos la orden de trasladarse de inmediato a la otra orilla del río, dos kilómetros más abajo de donde nos encontrábamos, con el encargo de recoger muestras sedimentarias de aquel sitio. El cumplir esa orden no era tan sencillo como recibirla. Para ello se requería caminar cinco kilómetros río arriba, hasta llegar a cierto vado, atravesarlo y caminar siete kilómetros aguas abajo. Mi propósito era el de tener a estos dos hombres presentes, pero imposibilitados de poder caer sobre Navarrete cuando lo viesen “asesinarme”. Conocía yo la forma de reaccionar de ellos frente al agravio y, debido a ello, no podía correr el riesgo de convertirme en responsable de un crimen cuando lo que deseaba era evitarlo. Sí Navarrete contaba con algún tiempo para tomar las de villadiego, no sería tan tonto como para desaprovecharlo. Se iría de allí sin volver la cabeza.

   “Por cierto, los mencionados hombres tenían instrucciones de recoger las muestras sedimentarias, solamente cuando las aguas retornasen a su nivel normal. Mientras tanto debían mantenerse atentos, ya que éstas podían descender de un instante a otro en el transcurso de la mañana o de la tarde del siguiente día. Desde luego, eso era difícil de predecir, pero Navarrete lo esperaba así.

   “En cuanto partieron los malucos, fui al lugar elegido para llevar a cabo mi actuación en algún momento de la mañana siguiente. La sangre de drago, que la obtuve de uno de estos árboles situados junto al camino, regué cuidadosamente sobre las piedras del sitio que habría de servir de escenario de la “tragedia”. Confiaba en que la lluvia la mantuviera fresca. El escenario previsto era una explanada despejada y visible desde donde mis amigos estarían en permanente espera a que la crecida bajase. Grandes cantos rodados, como huevos de dinosaurios, cubrían toda el área. Unos metros más abajo, el río formaba un recodo y el follaje se inclinaba hasta rozar la superficie de la corriente. Difícilmente se hubiera podido hallar otro mejor lugar para poner en práctica mi plan.

   “Desde días atrás había venido yo estudiando la manera de involucrar al geólogo en algún incidente que tuviese la apariencia de un crimen a los ojos de los demás y, a los suyos, un desgraciado accidente muy difícil de explicar su inocencia a la Justicia. Y tras meditar en conspiraciones poco convincentes, comprendí que, para llevarle a la trampa por su propio pie, no hacía falta recurrir a métodos complicados, sino tan sólo permitirle demostrar sus dotes de superhombre. Ya lo había notado que era vanidoso en grado extremo. Fue así cómo, llevando la conversación al campo de las confidencias, le confesé que mi puñal jamás había sido tocado por manos que no fueran las mías y que lo creía poco probable que alguien lo pudiese hacer en adelante, ya que nunca me hallarían desprevenido. Y tal como lo suponía yo, él apostó lo contrario.

   “A partir de entonces, Navarrete, presto a sorprenderme al primer descuido, ya no pensó en otra cosa que no fuera en apoderarse de mi puñal, el cual lo llevaba yo sujeto a la cintura, colocado en una funda de cuero.

   “La mañana de los sucesos, tal como lo veníamos haciendo desde cuando llegamos a Monte Nuevo, en espera de la mejor ocasión para secuestrar a don Jairo y apretarle las clavijas, salimos del campamento los dos juntos. Caminamos río abajo, sin separarnos de su orilla, para sumarnos al grueso del grupo de exploradores que se había marchado una hora antes. También como siempre, iba yo adelante de mi compañero. Al llegar al sitio previsto, vi a los malucos que nos saludaban con la mano desde la otra orilla. El geólogo se hallaba detrás de mí, acechándome siempre. Entonces, situándome lo más cerca posible del agua y simulando la necesidad de ajustar los cordones de las botas, coloqué un pie sobre una piedra y me agaché.

   “De inmediato sentí cómo mi acompañante se apoderaba de mi puñal y, dando escandalosos gritos, lo esgrimía triunfante. Acto seguido, de un salto, trató de subir a la misma piedra en la cual tenía yo apoyado un pie. La magnitud de su alegría hurtó la concentración que debía fijar en el difícil ejercicio que pretendía efectuar limpiamente. Se resbaló y, finalmente, se vino encima de mí, con el arma por delante, hiriéndome levemente en la espalda. En realidad, el corte no era mayor que el rasguño que lo haría un gato.

   “Todo resultó mejor de lo esperado, aunque el esperar que me hiriese realmente no lo estaba programado.

   “Sin siquiera regresar a mirarle, grité que no me matase y me dejé caer al río. Las enfurecidas aguas levantaron hacía mí sus manos de espuma para introducirme en sus obscuras fauces, donde las Parcas preparaban ya sus tijeras, impacientes por cortar el hilo de mi existencia. Pero yo, aferrado como nunca a la existencia, me dejé llevar por la corriente unos metros y, protegido del follaje, salí a la superficie. Ahí oculto, vi a los malucos, desesperados por cruzar el río, y cómo Navarrete era aprehendido por su propia gente.

   “No podía yo perder tiempo. Arrojé la camisa al río, fui al campamento, tomé parte de mi equipaje y me esfumé en la selva. Por la noche, disimulado por la oscuridad, regresé al campamento y liberé de sus ataduras a Navarrete, que sin duda atribuyó el auxilio a uno de sus incondicionales. Por la mañana, tras adoptar algunos cambios en mi aspecto para confundir a los demás, mi estimado amigo, regresé a Salinas con el propósito de conocer los detalles de la especular fuga del asesino de José Lasso.

   “¿Mi estimado amigo?” Esta frase que él la pronunciara de manera muy especial, me recordó de repente al anciano llamado Viejo que protagonizara una inolvidable escena en Salinas de Monte Nuevo. Sonreí. Acababa de descubrir al fin en Lasso al legendario personaje que por esa misma fecha tenía atemorizados a los habitantes de esa zona.

   —Y regresó usted bajo el aspecto de cierto sujeto condenado a caminar eternamente, ¿no es así? —inquirí.

   —Así pude averiguar personalmente los sucesos que derivados de mi muerte —sonrió, sin responder mi pregunta—. Días más tarde vine a Quito, ciudad de oportunidades, y me confundí en el anonimato.

   —¿Cuánto tiempo ha permanecido usted aquí?

   —Estos dos últimos años casi completos. Tan sólo hace una semana retorné al terruño, impelido por la añoranza. En adelante ya no volveré a abandonarlo.

   —Sin embargo, ya lo ha abandonado.

   —Tan sólo por breve lapso.

   —Según puedo notar, señor Lasso, parece que las cosas no le fueron del todo mal por aquí, ¿no es cierto?

   —No, desde luego que no. Sobre todo, aquí he aprendido mucho. Trabajé de guarda espaldas de un alto funcionario de Carondelet, encargado de administrar la cuenta de fondos reservados del Gobierno. Y por supuesto que disfruté de las mismas prerrogativas que gozara mi todopoderoso patrón: viajes frecuentes al extranjero, oportunidad de codearme con la flor y crema de la buena sociedad, dinero a manos llenas, excelente indumentaria —y como una nota jocosa añadió entre sonrisas— y desde luego, el privilegio de amar y ser amado por beldades de rostro angelical, turgente busto, cintura breve, caderas rotundas y piernas largas y torneadas, de aquellas que no se ven todos los años.

   ¡Ahí radicaba entonces la razón de su diametral cambio! Una vida de chocolate en leche. Qué bien decía mi abuelo: “Viajad y disfrutaréis”

   —Ya me imagino la sorpresa que se habrían llevado, al verle vivo e irradiando salud, quienes lloraron su muerte. Sobre todo, quienes le amaron verdaderamente. ¿No le han reprochado por haberse fingido muerto durante tanto tiempo? ¿Cómo lo han tomado los Calderón, sobre todo Merceditas, su repentina resurrección?

   El joven entornó los párpados y permaneció en silencio por un instante. Sin duda, tenía el pensamiento vagando en torno del recuerdo de la bella muchacha. Fijó su mirada en una lejana nube que flotaba despaciosamente en el horizonte y suspiró melancólico. Me dejé contagiar de su melancolía y también suspiré.

   —Ciertamente que se alegraron de volver a verme aún con vida —sonrió—. ¿Por qué habrían de reaccionar de otro modo?

   —¿Y jamás le causó remordimiento de conciencia el ocasionarles sufrimientos de dudosa necesidad? ¿No pudo confiar en alguien la comedia que usted tenía en mente interpretarla? ¿Por qué hacerles creer durante tanto tiempo en su ficticia muerte?

   —No podía confiar en nadie un asunto tan delicado. El secreto no hubiese ido más allá de unos cuantos días y de nada me iba a servir el sacrificio invertido. Era indispensable tener engañados a todos por mucho tiempo.

   —En todo caso, usted habría logrado el mismo resultado: alejar definitivamente de allí a Navarrete.

   Lasso paseó su mirada por la sala, donde el sol entraba a raudales por las ventanas que daban al poniente. Parecía divertirse con mi inquietud. Arqueó por enésima vez la ceja izquierda y dijo:

   —Desde luego. Pero mi propósito de expulsar a Navarrete era solamente la mitad de la tarea que me había impuesto lograr con mi fingida muerte. La retirada de aquel loco evitaría sin duda que la paz fuese alterada en la comarca, donde si bien acaecen sucesos lamentables es por razones fáciles de comprender y de asimilar. Tal cosa favorecía a la comunidad, y yo me sentía complacido de poder contribuir a su bienestar. Sin embargo, la otra mitad de la tarea beneficiaba únicamente a una persona. 

   Se detuvo, simulando concentrar la atención en una acuarela, colgada enfrente suyo, que mostraba un paisaje subtropical.

   La respuesta a mis preguntas tantas veces formuladas, venía a calmar esa suerte de ansiedad que originara en mí la imposibilidad de poder dar a cada una de ellas la explicación adecuada. Además, la certeza de que, a lo largo de una sucesión de equivocaciones durante mi primera experiencia como aventurero, siquiera por una vez no había andado errado en mis conjeturas, prometía alivianar el peso de mi innata candidez. ¿Qué revelaciones haría Lasso? ¿Algo que pondría al descubierto la trama de una patraña elaborada para su propio beneficio? De ser así, su declaración me resultaría enojosa, puesto que yo no iba a gozar viendo descender a mi héroe al fango donde se revuelca la canalla.

   —En cuanto a la segunda parte de mi tarea —dijo al fin el elegante caballero—, ahora que ya todo pertenece al pasado, le aseguro que era tan importante como la primera. Se trataba, pues, de la salvación de una adolescente obstinada en sacrificarse en procura del retorno al buen camino de un hombre que había diseñado su propio derrotero para ir por él hasta el final. Ella estaba tan ciega que ni siquiera notaba el riesgo al cual se exponía.

   —Un gesto noble en beneficio de Merceditas —le interrumpí, sintiéndome animado, porque su confidencia reforzaba la base de mi admiración por él, y también para manifestarle que no había pasado inadvertido para mí el detalle de su romance con la hermosa chica.

   —¿Usted lo creé? —dijo indiferentemente Lasso, sin dar importancia a la alabanza ni a mi perspicacia.

   —Pero, para disuadirla, ¿no encontró otro medio que el de lastimarla con el dolor de la pérdida definitiva del ser amado? —le reproché, adoptando gesto adusto, como si se hubiese tratado de reprender a mi hermano menor. Quizá la frialdad de su respuesta me impulsara a tomar aquella descortés actitud.

   Volvió a concentrar la mirada en el cuadro. Aproveché su silencio para servirle una copa más.

   —¡Naturalmente! —continuó— Lo intenté poner en práctica todos los medios, sin que ninguno surtiese el resultado apetecido. Y ¡sépalo de una vez que fue con este fin que le introduje a usted en su casa!

   Me quedé perplejo. Pues aquel sujeto ¿había sido capaz de usarme como su instrumento para librarse de alguien que, de unirse a él, le causaría solamente quebraderos de cabeza? Bueno, ahora sí que encajaba la clave en el rompecabezas constituido por las preguntas que me había hecho.

   —Cuando me decidí a ofrecer ayuda a usted, mi intención era sólo la de evitar que le asesinaran. Sus razones ya las conoce usted. Más cuando descubrí que mi protegido era un hombre joven y atractivo, quizá sensible a los hechizos de la belleza femenina, creí que si llegaba a pasar unos cuantos días cerca de Merceditas, podrían enamorarse mutuamente. Así todos saldríamos ganando.

   Vaya, tipo tramposo.

   En cuanto a conocerme cuando me hallaba a punto de ser asesinado, no era exacto, salvo si el viejo que sacudiera el polvo a Blanco y a Pereda, en Salinas, y después compartiera conmigo el refugio de Los Cades, nada tuviese que ver con Lasso. Pero eso no podía ser, ya que éste, un rato antes, virtualmente, había asegurado haber adoptado la personalidad de aquél, para, disfrazado así, poder circular a su antojo, sin despertar sospechas, empapándose de las noticias en torno de su ficticia muerte. No obstante, preferí obviar  la contradicción.

   —Muy agradecido de mi parte —farfullé con marcada iro-nía—. Le pido perdón por no haber sabido aprovechar de semejante oportunidad para ganarme una esposa. Pero me temo que usted eligió mal su comodín.

   —De eso no me quepa la menor duda. Y si he de ser sincero, le diré que lo presentía. No obstante, nada perdía con probarlo. Comprenda que estaba en juego el honor y la felicidad de una inocente niña que se había propuesto asumir la función de mi ángel guardián.

   —A pesar de ello, aún me sigue molestando que hubiese elegido precisamente a mí para probar su experimento. ¡Debió usted valerse de otra persona!

   Sobre la gratitud que le debía, empezaba a levantarse un oleaje de desprecio hacia él, por haberme usado de ese modo. Qué molesto se siente uno en cuanto le hieren en su amor propio.

   —Señor Vies, si ha de servirle de consuelo, le diré que también al doctor le introduje en casa de esa niña con el mismo fin que lo hiciera con usted.

   —¡Vaya!

   Lo que acababa de oír fue un trago amargo que hube de apurarlo pese a la convulsión que se produjo en mi ego. Que me hubiese usado para ese fin motivado por alguna cualidad especial inherente en mí, no me hubiera parecido un ultraje de lesa dignidad. Y bien mirado, podía haber pasado por un acto rayano en la deferencia. Pues había oído decir que los esquimales, fieles a las leyes de hospitalidad, ceden sus esposas a su huésped con sumo placer. Pero aquello de incluirme en un dúo para cortejar al alimón a su prometida, me parecía demasiado ofensivo. ¿Es qué me había tomado por un juguete?

   Tenía las manos cubiertas de sudor, y estoy seguro que la palidez invadía el rostro mío. Me encontraba verdaderamente dolido. No obstante, una corta explicación de mi ofensor tuvo la virtud de devolverme la serenidad. Y pronto lamenté mi inveterada costumbre de sacar conclusiones apresuradas.

   —¿De qué se sorprende usted y, más que nada, por qué me mira como a un criminal? —se quejó— Le suplico comprender que si deseé y busqué desviar los sentimientos de Merceditas hacia usted era porque le consideraba muy superior a mí espiritual y físicamente. Incluso al doctor le veía muy por encima de mí. Pues, al fin y al cabo, era un hombre sin cuentas pendientes con la Ley. Mas me equivoqué. Usted, con el demonio de la aventura metido en el alma, pensando sólo en alejarse; el doctor, un infeliz que seguía sumiso su destino sin atreverse a luchar para conquistar su propia felicidad. ¡Me engañé! Loyola me tenía siempre al tanto de lo que ocurría entre ustedes.

   Claro, desde este punto de vista, esa cuasi desesperada gestión de Lasso, era sin duda digna de elogio. Aunque, eso sí, debió de procurarse un candidato mucho más a tono con la edad, el gusto y las aspiraciones de Merceditas. Tal vez si él hubiese propiciado la entrada en casa de ésta a la persona adecuada, todo se habría arreglado fácil y rápidamente. Quizá la persona mejor indicada hubiera sido aquel estudiante de ingeniería por correspondencia. Y se lo dije:

   —¿Jamás le pasó a usted por la mente que Ramiro podía haber sido un partido que difícilmente hubiese soslayado Merceditas? Joven, bien parecido, atlético, con cierta cultura y, además, con innegables dotes de cantautor, este hombre no hubiese pasado del todo inadvertido a los ojos de una dama por exigente que fuese. Debió usted encauzar sus esfuerzos hacia allí.

   —¡Imposible! —se sorprendió Lasso— Pues Ramiro, siendo todo eso y mucho más, era la persona menos indicada para forjar la felicidad de nadie.

   —Se equivoca usted. El mismo me confió que se hallaba locamente enamorado de Merceditas.

   —Desde luego. Ramiro pudo muy bien haberse enamorado de ella. Pues él ha tenido siempre por norma mantener abiertas las puertas de su corazón a toda mujer bonita. Pero en cambio adolecía de un detalle técnico de imposible solución: estaba casado y a la sazón contaba con dos hijos procreados con su esposa.

   —¡Oh!... ¿Qué es lo que me dice usted? ¡Increíble!... Pero ahora que usted ha cambiado de vida, podrá sentirse ya merecedor del amor de la joven. Estoy seguro de que le habrá recibido con los brazos abiertos, ¿me equivocó?

   —No ha ocurrido así. Merceditas no pertenece ya al mundo.

   —¡Cielos!... ¿Ha muerto?

   —Afortunadamente, no. Hace un año ingresó como novicia a una comunidad religiosa. Mañana será su consagración. Sus padres y hermanos, que han venido para honrar el solemne evento, me han encargado transmitirle a usted su invitación. Esperan la acepte usted.

    El visitante explicó la hora y el lugar de la ceremonia. Saludo con una inclinación de su majestuosa cabeza de dios mitológico y salió.

F I N

 

Primera edición:
Quito, mayo de 1996
Reimpresión:
Quito, septiembre de 2013