UN ANGELICAL FANTASMA

Carlos Villamarín Escudero

 

   EL apartamento que acababa de tomar en arriendo el cuarentón y enjuto Gustavo Avellano, en un vetusto edificio de aspecto colonial, situado en la calle Sucre, número 214, de la franciscana ciudad de Quito, era a primera vista una ganga. Sus ventajas no podían ocultarse: una mensualidad evidentemente baja que debía ser abonada al finalizar el semestre, amplias habitaciones provistas de hermosos ventanales que daban a la calle principal, apacible silencio en todo el edificio y cómoda holgura. Todo esto, sin contar con el privilegio de encontrarse en el mero centro de la urbe.

   Don Gustavo Avellano, conocido también como “El hombre de la leonera” (de quien se decía que en su infancia había sido alimentado por una leona, al igual que Remo y Rómulo por una loba), no era el único inquilino de aquella casona poco menos que abandonada, en ella habitaban, además, una anciana pareja que apenas daba muestras de vida y otro individuo de mediana edad a quien se le veía de vez en cuando. Los tres ocupaban aposentos del piso superior inmediato al de don Gustavo. Esta sui géneris situación le dejaba como el único usuario de toda una planta de aquel caserón, que quizá otros se habrían negado a habitarla, dada su reinante desolación. Por cierto, había algunos detalles que enervaban el espíritu con sólo poner los pies allí, como por ejemplo, los grandes pasillos escasamente iluminados por alguna bombilla eléctrica, cuya débil luz se esforzaba por atravesar la gruesa capa de inmundicia que las moscas habían ido depositando durante luengos años; las crujientes escaleras de madera, que lanzaban espeluznantes alaridos al menor contacto con sus peldaños, y esa quietud asfixiante originada por un silencio sobrecogedor. Estas minucias hacían de esta mansión un tétrico refugio tan acogedor como un cementerio a mitad de la noche. Sin embargo, don Gustavo, hombre de jovial carácter y serenos nervios, no se inmutaba por tan poca cosa. Allí se sentía a gusto y hasta disfrutaba de aquella soledad difícil de encontrarla en otro lugar. Claro que, cuando alguna vez se le daba por ponerse sentimental, buena falta le hacía la compañía de alguien cercano con quien poder departir, ya que solamente en raras ocasiones era visitado por sus pocos amigos.

   Con el paso de los años, don Gustavo, el edificio que le albergaba y el silencio sobrecogedor de éste, se habían soldado entre sí para formar una bien definida unidad. Quienes estaban al corriente de esta situación, al ver a don Gustavo, se acordaban de inmediato del  inmueble de la calle Sucre en su aspecto desolado. Y lo mismo, si miraban el viejo edificio, automáticamente pensaban en don Gustavo, deslizándose por sus interiores, como un vampiro, en la más tétrica soledad.

   Mas para “El hombre de la leonera” aquella rutina pareció terminarse cuando cierta noche que el sueño se mostraba reacio en llegar en su ayuda, oyera lleno de sorpresa las notas de un piano, reproduciendo magistralmente una clásica melodía no lejos de sus habitaciones. La escuchaba arrobado, pero no tardó en quedarse dormido. A la mañana siguiente se acordó perfectamente el incidente de la víspera, pero se imaginó haberlo soñado y, como tantos otros sueños, lo olvidó por completo. Sin embargo, a mediodía, que era la hora de retorno a su domicilio, volvió a escuchar la misma melodía y descubrió, además, que provenía precisamente del apartamento situado enfrente del suyo. “Vamos. ¡Hasta que al fin tengo compañía!” Se dijo, dando por supuesto que aquellas habitaciones, antes vacías siempre, estarían al cabo ocupadas.

   Transcurrieron un par de días sin que don Gustavo pudiera ver a su flamante vecino, no obstante su curiosidad por conocerlo. Las puertas de la morada de la cual emanaba la música, permanecían siempre cerradas. Mas una noche, cuando “El hombre de la leonera”, como de costumbre, se disponía a dejar su alojamiento para visitar su cafetería favorita, se vio de pronto ante unas puertas despejadas enfrente de él, mostrando generosamente todo el interior de un salón lujosamente amoblado. Y grande fue su sorpresa al descubrir que el personaje a quien lo suponía hombre, resultó ser en realidad una mujer. ¡Una joven y bella mujer que, instalada junto a un piano, interpretaba la melodía de siempre! Era alta, esbelta, de rostro ovalado, quizá demasiado pálido pero decididamente hermoso. Este rostro perfecto, enmarcado por una bruna cabellera que descendía en bucles hasta los hombros, poseía dos grandes ojos velados por largas y rizadas pestañas, que habían tomado para sí el color de las semillas de cafeto tostadas, una nariz clásica, que acreditaba el origen noble de su dueña, y una boca deliciosa que inspiraba candorosas sensaciones. Vestía una bata suelta color celeste, acercándose éste más al blanco que al azul, que le confería a la joven un aspecto etéreo similar al de una tenue nube.

   Don Gustavo Avellano, obsequioso y cortés como todo chulla* bien nacido, se sintió obligado a presentar sus respetos a la bella del piano. Y, con esta loable intención, efectuó un verdadero derroche de cuanto truco se le ocurrió a su viva imaginación con la finalidad de que ella advirtiese su presencia. Mas su deslumbrante vecina no se dio por enterada y continuó arrancando notas de su instrumento. Entonces nuestro héroe, experto en sortear escollos parecidos, cambió de táctica y atacó frontalmente.

   —Me llamo Gustavo Avellano— dijo éste, situándose estratégicamente en el umbral de la puerta del aposento de la bella mujer—. Vivo en el apartamento de enfrente. Y deseo presentar mis respetos a la beldad que, con su sola presencia, ha traído a este lugar alegría y felicidad.

   Ahora sí se fijó en él su vecina. Le miró sin sorpresa y detuvo la música. Se puso de pie y, desplazándose con elástica suavidad, que parecía flotar más que caminar, se acercó al galante caballero, permitiendo que le mirase en toda su majestuosa belleza. Le obsequió con una sonrisa y, sin invitarle a pasar, expresó con acariciadora voz:

   —¿Ha dicho usted, que mi presencia es motivo de felicidad y alegría? ¡Vaya panegírico al cabo de tanto tiempo!

   —¡Oh, señorita! —se apresuró a responder don Gustavo, creyendo ser objeto de un reproche— Le aseguro que es ahora la primera vez que tengo el superlativo placer de verla.

   De ello estoy segura —aclaró la beldad para alivio del sorprendido hombre—. Pues la situación que atravieso, me impide que alguien me viese tanto como yo quisiera.

   —¡Cómo! ¿Le tienen acaso secuestrada?— exclamó intrigado don Gustavo, intentando dar un paso adelante y atravesar el umbral de la puerta. Pero, pensó mejor, y se quedó donde estaba.

   —Tanto como eso no, caballero. En cambio, soy cautiva de alguien muy poderoso —aclaró la joven con profunda tristeza.

   —¡Oh! ¿Qué me dice usted? —se maravilló don Gustavo y añadió evidentemente disgustado—: Pero ¿cómo es posible violaciones a los Derechos Humanos de esta magnitud, cuando el siglo veinte está por fenecer? Por fortuna existen leyes que salvaguardan los derechos de las personas, sin importar cuan grandes sean los tiranos. Pues ahora mismo podrá usted librarse de esa opresión con sólo recurrir a la autoridad más cercana. Y créame, señorita, que si usted precisa de una ayuda, no seré yo quien se niegue a ponerse de inmediato a su servicio.

   La hermosa mujer quedó pensativa por un instante, luego dijo:

   —En verdad me hace falta una persona de buen corazón dispuesta a prestarme ayuda. Su generosa contribución me permitiría alcanzar la paz que anhelo desde mucho tiempo atrás. Mas el auxilio que preciso no se reduce a orientarme cómo entablar un litigio que a la postre ha de redundar en mi beneficio, sino a la entereza para seguir exactamente mis instrucciones después de enterarse de quien soy en realidad.

   —Estoy dispuesto a consagrar mi vida entera a su servicio —prometió “El hombre de la leonera”, demostrando que se hallaba interesado de verdad en ayudar a la dama.

   El coloquio tomaba un cariz a todas luces interesante. La dama declaraba precisar del socorro de una persona bondadosa, para poder librarse de la calamitosa situación que sin duda la estaba pasando. Bastaba con fijarse en su expresión, ensombrecida por la melancolía, para concluir que era presa de una honda preocupación. Por su parte, don Gustavo, situado junto a la puerta como al principio, seguía atentamente el mínimo gesto de su interlocutora, que parecía no tener en mente invitarle a pasar adentro, no obstante la confidencial plática que se había iniciado ya. Esta actitud poco cortés no le extrañó en absoluto. Experto conocedor del espíritu humano, supo comprender las desfavorables circunstancias que dominaban el estado emocional de la delicada mujer. Mas lo que vio dentro de la estancia, sí le llamó la atención.

   Se hallaba él frente a un verdadero museo de antigüedades. Todo el mobiliario y demás bártulos que contenía el salón, respondían al más gusto refinado por su diseño, material y perfecto acabado, aunque, extrañamente, pertenecían a una época muy anterior a la actual. Su estilo parecía ser más bien propio de la época colonial. Hasta las lámparas guardaban armonía con el escenario. No eran alimentadas por energía eléctrica sino por combustible. Sus amarillentas llamitas titilaban constantemente mientras dejaban escapar diminutas columnas de acre humo que alcanzaban el cielo raso para marcarlo con sus renegridos besos. Don Gustavo estaba desconcertado.

   —Señor Avellano, ¿puedo realmente contar con su ayuda? —interrogó la joven, sacando al aludido de sus pensamientos que por un instante se habían desviado de la ruta preconcebida.

   —Desde luego que sí —respondió un tanto azorado el caballero, como sorprendido en una falta grave —. Cuente usted con mi concurso para lo que estimase conveniente. Pero, señorita... señorita... —y cortó él intencionalmente la frase.

   La dama, contrariamente a lo que esperaba su interlocutor con la capciosa repetición de aquel eufónico diminutivo, no fue en su ayuda.

   Éste, visiblemente decepcionado, no tardó en retomar la palabra:

   —Pues bien, señorita mía, ruego me informe ¿quién es aquel desalmado opresor que trata de retener a usted contrariando su voluntad? Y también, ¿cuál es el dulce nombre de la deidad, que con sólo una de sus miradas ha logrado avasallar mi corazón?

  —Quien me tiene prisionera —respondió ella— es conocido con mil nombres distintos, mas nadie puede llegar a él mientras la vida anima su cuerpo. Por cierto, su infinita potestad jamás me sometió deliberadamente a la pena de mantenerme apartada de la gloria, la cual no podré alcanzarla sino cuando los pormenores de mi existencia terrenal sean esclarecidos. En cuanto a mi nombre, sigo llamándome Marieta.

   Don Gustavo, que mientras escucha las últimas frases de la dama, fue perdiendo poco a poco el color, comprendió plenamente que bajo las apariencias de una escena ordinaria, cuando menos lo esperaba, se hallaba frente a un suceso sobrenatural. Al terminar Marieta su alocución, no pensó sino retirarse de allí sin pérdida de tiempo, poniendo así su persona fuera del alcance de aquella mujer que aseguraba no pertenecer a esta vida. Mas de inmediato le asaltó la duda y, reconstituyendo someramente su aplomo, exclamó:

   —¡No es posible algo semejante! ¿Trata usted de asustarme, verdad? ¡Ah, claro que sí! ¿Lo que me ha dicho no es más que una broma, verdad?

   —¡No, amigo mío! —replicó Marieta, centrando su diáfana mirada en los medrosos ojos de su vecino—. En la situación que me veo no hay lugar para bromas ni tiempo para fijarse demasiado en la patética cobardía de un hombre que, pese a sus reiteradas promesas de ayuda, intenta huir frente a los escollos de la realidad. Se me antoja que pierdo el tiempo con usted —remató decepcionada la joven.

  —¡Oh no, eso nunca! Pues en mí no existe un ápice de cobardía —se defendió inquieto don Gustavo —¿Acaso el imponente león no se estremece al repentino zumbido de una mosca?

  Desde luego que “El hombre de la leonera” no era un pusilánime, pues en incontables ocasiones se había enfrentado al peligro con proverbial valor. Las amenazas de sus rivales y malquerientes jamás le habían arredrado. Pero esto de vérselas con un fantasma era un asunto muy especial.

   —Entonces, ¿ratifica usted su promesa de caballero?—interpeló ella.

   —Desde luego, reina mía —respondió él, imprimiendo rumbosa majestad en su voz y permitiéndose por primera vez cierta libertad con ella. Algo le decía que todo lo que estaba ocurriendo no era más que una broma urdida por sus socarrones amigotes con la colaboración de aquella atractiva mejer, quizá la amiga de uno de ellos. Por tanto, seguiría él gustoso la corriente mientras trabajaba para consolidar la amistad con su fingida vecina. Ya verían los bromistas quien se divertiría mejor.

   —Bien —reanudó la conversación Marieta—. Empezaré diciéndole que el martes pasado se cumplieron doscientos años de mi muerte física e igual tiempo del que permanezco prisionera en este lugar...

   —Querrá usted decir que ha pasado encerrada aquí doscientas horas y que tal circunstancia le ha parecido terrible como la muerte —interrumpió “El hombre de la leonera”, intentando demostrar a la dama que nada tenía de lerdo.

   —Quise decir doscientos años, don Gustavo —enfatizó Marieta, sin manifestar molestia por la impertinencia de su vecino, y continuó—. Lo cierto es que, de momento, disfruto de mi segundo periodo de sosiego. Porque un alma en cuarentena (o, si se prefiere, en pena o en el purgatorio), dispone solamente de una semana de reposo cada cien años. Durante este lapso puede el alma penitente dejarse ver por los vivos y, por supuesto, también comunicarse con ellos. Claro está, sin abandonar el lugar donde fuera confinada.

   “Esta especie de vacación, sin embargo, no le es otorgada para emplearla en recreación ni mucho menos, sino para recabar ayuda de alguna persona caritativa que quisiera concederla. El camino de la Gloria se alcanza sólo desde el mundo terrenal. Y yo le ruego a usted, por lo que más quiera, otorgarme el socorro que necesito para poder abandonar este mundo que dejó de ser el mío desde hace mucho tiempo. Si en el pasado fue éste mi confortable casa, ahora es tan sólo mi opresora cárcel.

   De modo alguno, por excelente actora que Marieta fuese, hubiera sido capaz de representar una comedia con la conmovedora naturalidad de quien es realmente objeto de un sufrimiento inconmensurable. Sus palabras parecían surgir de las profundidades de un piélago de amargura.

   Don Gustavo, desechó sin más todo recelo de superchería por parte de su interlocutora. Conjeturó que si ella decía que llevaba dos siglos fallecida, pues bien, ¿qué iba a ganar con engañarlo? Una patraña de ese bulto, inventada sólo con la finalidad de fastidiarle, ciertamente, no tenía sentido. Mas, la certeza de que se había inmiscuido en un caso sobrenatural, le había puesto pálido nuevamente y sentía que sus piernas eran invadidas por un temblor ascendente, que, de continuar su avance, muy pronto se vería castañeteando los dientes. Notaba que el miedo empezaba hacerle presa, pero esta vez se hallaba muy lejos de pretender poner los pies en polvorosa. Iría hasta el final sin que le importase el precio que, a la postre, habría que pagarlo. Una promesa era una promesa, e incumplirla con un fantasma, por hermoso que fuese éste, sería peligroso.

   La dama, sin percatarse del apuro que atravesaba su vecino, siguió adelante con su discurso.

  —Decía que el martes pasado —continuó— había cumplido yo dos siglos de permanecer prisionera de la lúgubre soledad, sin conseguir desprenderme del lastre que mis pasados errores fueron acumulando en mi cuenta. Confinada en un profundo pozo, adonde fui a dar en cuanto abandonara mi envoltura material y fuera juzgada, miro constantemente desde su oscuro fondo el brocal que anhelo alcanzarlo para dejar mi prisión. Intento continuamente ganar la cima, que no es otra que la conquista de mi libertad, pero no soy lo bastante liviana como para poder ascender su perpendicular muralla. El pesado fardo de culpas, con el cual me regalara la vida, me impide remontar las alturas. Y continuaré así mientras no encuentre una persona caritativa que consienta en ayudarme. Si bien, el auxilio que preciso es determinante para mi salvación no requiere de colosal esfuerzo ni prolongado tiempo para efectuarlo. Y si, afortunadamente, encuentro en usted a esa persona bondadosa, podré al fin purificarme. Caso contrario, habré de permanecer cautiva siglo tras siglo en espera de la persona que vendrá en mi socorro —la joven exhaló un profundo y dilatado suspiro que encontró eco en la estancia débilmente iluminada que la albergaba y en el desierto y extenso pasillo que tenía enfrente. Don Gustavo sintió que se le erizaban los pelos y le faltó poco para proferir un grito de terror—. El tiempo apremia —continuó—. Una hora más y la facultad de poder comunicarme con alguien aún vivo habrá concluido para mí.

   “El hombre de la leonera”, aún presa del sobresalto que acababa de sufrir, apenas había puesto atención a las últimas palabras expresadas por su vecina. No obstante, se rehizo pronto.

   —¡No comprendo! —formuló estupefacto don Gustavo— Pero ¿cuál ha sido la falta cometida por usted para merecer castigo semejante?

   —El haber permitido deliberadamente que la gente me creyese mejor de lo que en realidad fui. Haber falseado la majestad de la Verdad en mi propio beneficio —respondió Marieta.

   —¡Imposible! —se maravilló aun más don Gustavo— Me hace difícil creer que fuese usted una mitómana.

   —Para su cabal comprensión es mejor que escuche la historia de mi vida terrenal —profirió la joven con gesto perentorio y empezó: —Nací en esta ciudad y en esta misma mansión, hace doscientos diecinueve años, en el seno de una distinguida familia, flor y nata de la sociedad capitalina de ese entonces. Habiendo sido yo, por luengo tiempo esperada por mis padres, cuando me hice presente a ellos, guiados por el amor que les inspirara mi presencia, me concedieron homenajes dignos de una princesa. Mas no conformes con ello, pronto me atribuyeron cualidades sobrenaturales que no tardaron en crearme una aureola de santidad. Esa apócrifa fama, rebasando el cerco familiar, llegó a la crédula ciudadanía capitalina que, de inmediato, no hablaba más que de mis virtudes. Y, para abonar este fraude, no faltaba de vez en cuando algún ingenuo que creyese haber sido agraciado con un milagro otorgado por mí.

   “Sin embargo, aunque acostumbrada yo a una deferencia especial desde la infancia, no alcanzaba a comprender porqué me debían los demás una consideración superior a la que se merecían ellos mismos. Pues no era de ningún modo mejor que otra niña de mi misma edad. Más tarde, consciente del barullo que había originado esta farsa, intenté proclamar la verdad y destruir así la imagen labrada en mi honor por el desmedido afecto que me profesaran mis padres. Pero al darme cuenta de la vergüenza a la cual se verían ellos enfrentados, ahogué los gritos de mi conciencia y cobardemente callé la verdad por el resto de mi corta existencia. Cuando cumplí dieciséis años de edad, mis progenitores, que supieron consolidar mi reputación de santa a prueba de detracciones, habían bajado ya a la tumba. Me hallaba en la época en la que el vino de las ilusiones embriaga con facilidad la mente, presentando la vida llena de espléndidos mirajes dignos de ser contemplados incesantemente....

   La joven se vio obligada a interrumpir el relato estremecida por un nuevo suspiro que don Gustavo apenas lo notó. O bien no lo fue tan fuerte como el anterior o bien se había acostumbrado pronto a estas sordas manifestaciones de dolor. Lo cierto es que sufrió tan sólo un leve respingo.

   —¿Entonces sus buenos propósitos quedaron relegados? —interrogó el caballero— ¿Le faltó valor para revelar la verdad?

   —Quizá —respondió la dama—. Además, a esa altura de mi vida, de nada me hubiese valido declarar que mi santidad no era superior a la del común de los pecadores. Figúrese usted que, en cierta ocasión, incómoda de continuar simulando ante los ojos de los demás una vida de penitencia, donde las oraciones fueran mi único sustento, decidí adquirir una vihuela y, tan pronto como mi destreza me permitió obtener unas cuantas notas, acompañada de ella, inundé el vecindario con la desbordante alegría de mis canciones. Con aquella escandalosa conducta esperaba que mis devotos cambiasen de opinión respecto a mí. Y ¿sabe usted cuál fue la reacción de ellos? Pues la de arrodillarse para escucharlas extasiados, como si se hubiera tratado de salmos interpretados por un ángel. Y desde entonces se dieron en llamarme “La Santa Canora”.

   Al escuchar este nombre, don Gustavo emitió un grito de sorpre­sa, congoja y alegría a la vez, que retumbó como un trueno en todo el vetusto edificio y, poniéndose de hinojos, profirió con profundo fervor—: ¡Oh, bendita seas tú “Santa Canora”! ¡Oh flor de la pureza! ¡Felices mis ojos que tienen el privilegio de verte personalmente! Dichosos mis oídos que escuchan la divina melodía de tu voz. ¡Oh, “Santa Canora”, bendita seas mil veces por concederme esta entrevista personal! Perdón por mi torpeza de no haberte reconocido cuanto antes.

   Marieta, o la sombra de ella, que no esperaba tamaña reacción por parte de su interlocutor, luego de haber explicado que ella era sujeto de castigo precisamente porque le creyeran santa, no pudo reprimir su enojo y, agriamente, dijo:

   —Pero ¿qué es eso, don Gustavo? Y basta de arrastrarse por el suelo como un reptil. Pues ¿también usted va a atribuirme dotes divinos a sabiendas que jamás los poseí y que, además, contribuiría con ello a aumentar el peso de mi carga? Vamos. Déjese ya de comportarse como un insensato. Por otra parte, amigo mío, ¿quién le ha dado a usted permiso para tutearme? ¿Se ha olvidado que apenas nos conocemos? A mi entender, al ser el alma superior al cuerpo, ella debe ser objeto de mayor consideración que él, ¿no le parece? Por tanto, continúe tratándome con el pronombre personal “usted”.

   El pobre hombre no podía estar más abochornado. Un reproche de ese tinte, aunque viniese de la santa de su devoción, sería siempre un reproche de feísimo colorido. Avergonzado, tanto por la reprimenda recibida como por sentirse reo de una falta de lesa cortesía, se irguió, prometiéndose que iba a mantenerse quieto y a permanecer en lo sucesivo con la boca cerrada. Sin embargo, la necesidad de justificarse le exigió volver a tomar la palabra.

   —Ruego a usted acepte mis disculpas por el lapsus línguae que acabo de cometer —dijo con temblorosa voz—. Aunque si mal no recuerdo, cuando se trata de dirigirse a un santo, todo el mundo suele usar el pronombre tú.

   —¡Cuidado! —exclamó Marieta sin ocultar su enojo, levantando una mano, nívea y bella cual azucena, hasta la altura del rostro de su interlocutor, como si quisiera valerse de ella para detener el vacuo alegato que adivinaba venir— Merezco que se me respete y no permitiré que nadie me confiera un trato despectivo. El haber fallecido hace dos siglos no es motivo bastante para que el respeto por mí se degrade. Y en cuanto a la alusión de mi santidad, no consiento que se me vuelva a atribuirme.

   —¡Oh! ¡No puede ser! —clamó don Gustavo, a punto de caer de hinojos nuevamente mientras movía las manos sin poder controlarlas— Por repetidas ocasiones he leído la relación de la vida de usted, señorita Marieta, y sus páginas no hablan sino de profusos sacrificios, privaciones, recogimiento e inconmensurable amor al prójimo, que tan sólo una genuina santa pudo haber poseído.

   De pertenecer yo al mundo de los vivos, donde la vanidad prima sobre todas las cosas —dijo la dama moviendo con decepción su hermosa cabecita—, de buena gana le dejaría que continúe inmerso en un ridículo error que invita a la risa. Pero en mi actual condición, estas opiniones que tienen de mí, me resultan altamente perniciosas. Se lo he dicho ya, caballero. Por tanto, me opongo a que también usted sea parte y, además, fomente una creencia que, para mi desgracia, hace ya más de dos siglos naciera fundamentada en falsas apreciaciones y que continúa vigente como auténtica.

   Sin ser nuestro amigo, “El hombre de la leonera”, un fanático de la religión católica, era respetuoso de sus preceptos más conspicuos: oía misa los domingos y fiestas de guardar, se confesaba llegada la Cuaresma y cuando presentía peligro de muerte a causa del reumatismo que padecía, daba limosnas a todo menesteroso que le extendía su enflaquecida mano y, por supuesto, contaba con una santa de su devoción. Y vaya peregrina coincidencia, la santa que escogiera como su patrona, era precisamente “La Santa Canora”. Desde luego que él se hubiera decidido por ésta, no era nada raro, ya que los católicos de la localidad, atentos a la infinidad de milagros que con facilidad concedía ella a sus devotos, le retribuían con su devoción.

   El prestigio que, a través de los siglos, “La Santa Canora” se había ganado como campeona en otorgar milagros, despertó en sus conciudadanos el afán de adquirirla un puesto de honor junto al sillón del Señor Dios. Se decían: “favor con favor se paga”. Y por verla cuanto antes canonizada, trabajaban denodadamente. Eran razones de peso para que don Gustavo se negara a someterse a la advertencia que acababa de oír, aunque la oyese de la boca de la misma santa. Debido a eso supuso que lo dicho por ella no podía ser más que una prueba con la finalidad de medir la consistencia de su fe, quizá porque tenía en mente encargarle la fundación de su orden religiosa. Y para demostrar que su fe estaba plenamente arraigada, decidiéndose a poner de rodillas, dijo:

   —¡Oh, Santa Canora! Nada podrá erradicar de mi corazón la devoción que por usted siente. Cada vez que mis ojos recorren las páginas de vuestra historia repleta en penitencia, dolor y sacrificio, mis ojos no pueden reprimir el torrente de lágrimas que se desprende de ellos. Siento en lo íntimo de ser el beneficio de sus enseñanzas, que las practico, y la veneración por usted es mayor cada día.

   —¡Por favor, don Gustavo! —dijo Marieta decepcionada más que nunca— ¿Cuándo se verá usted libre de tan molesta ingenuidad? Comprenda de una vez que en mí no hubo más dolor ni sacrificio de los que padeció María Magdalena antes de conocer al Nazareno.

   —¡No! —gimió incrédulo don Gustavo, manteniéndose arrodillado— Entonces, —¿qué significado tuvieron sus ayunos y autoflagelaciones?

   —¡Eh, amigo mío, poco a poco! —se apresuró a responder Marieta, esbozando en sus ojos una graciosa sonrisa—. Pero si jamás me negué a ingerir alimento con la intención de mortificarme. Que a veces despreciara algunos manjares se debía únicamente a que ellos no satisfacían plenamente las exigencias de mi delicado paladar. Y en cuanto a las flagelaciones que usted se refiere, pues no las recu­erdo.

   ¡No puede ser! —exclamó don Gustavo, incorporándose sin siquiera darse cuenta— Pues la historia de su vida las relata claramente.

   —Empiezo a recordar tales comentarios ahora que usted los cita —comentó Marieta luego de permanecer por varios segundos silente—. Pues lo que los originó fue lo siguiente: Hubo una época de mi existencia en que, con frecuencia, era yo objeto de agudos dolores de cuello y espalda que no respondían a la acción de ningún medicamento. Mas un buen día descubrí que estos desaparecían como por ensalmo en cuanto aplicara suaves golpes en los lugares afectados. Y como la dolencia se presentara en cualquier sitio y momento y no siempre disponía de un objeto adecuado del cual valerme, en más de una ocasión me veía forzada a usar alguno no muy elegante que digamos. A veces debía conformarme con el mango desprendido de una sartén, un trozo del astil de una escoba o hasta con mi propio cinturón. Sin embargo, estos actos llevados a cabo con la intención de propiciar alivio físico, fueron interpretados en sentido contrario a su fin y, al volar de boca en boca de quienes especulan con la exageración, se modificaron y magnificaron. Pero esta falacia resulta insignificante al lado de aquella tejida acerca de mi muerte. Como usted habrá leído, la historia afirma que, a cambio de la salvación de mis compatriotas de la terrible epidemia que por entonces se desencadenó en el país, llegué a ofrendar mi vida. Pues, don Gustavo, la verdad es muy distinta, fui yo su primera víctima. Y bien, ahora que conoce usted mi legítima historia, incuestionable causa de mis sufrimientos actuales, le suplico preste atención a las instrucciones que voy a dictarle, porque apenas me queda tiempo para hacerlo —la dama miraba a su interlocutor con expresión de súplica, temía sin duda que la obsesión que se había apoderado de éste le restara concentración—. En el marco superior de la única ventana de este salón —continuó—, disimulado con el tapiz que cubre las paredes, existe un intersticio donde reposa un pequeño libro que contiene mi diario íntimo. Éste debe ser remitido de inmediato al Sumo Pontífice para evitar mi canonización y, con ella, mis penalidades.

   Al escuchar estas últimas palabras, la reacción de “El hombre de la leonera” no pudo ser más extraña. Su actitud que hasta unos segundos antes fuera de humildad, tomó un giro brusco para situarse en el polo opuesto. Nuevamente le asaltó la idea de que era víctima de una broma confeccionada en su honor por sus pícaros amigos. Recapacitó que “La Santa Canora”, por apurada que se viera, no se habría tomado la molestia de abandonar la tumba, donde reposaba en completa paz durante doscientos años, únicamente para concederle una entrevista y mucho menos para andar de confidencias con él. Se sintió avergonzado, pero de inmediato la vergüenza se trocó en disgusto que lo disimuló a duras penas bajo una sonrisa tensa. Se dijo entonces que de él nadie se iba a burlar.

   Usando el cuello como un aceitado eje de la cabeza, barrió con reiteradas y veloces miradas el área del enorme pasillo que tenía a sus espaldas, no obstante, de saberlo desierto. Pero debía estar seguro de que no habían moros en la costa. Bien podían hallarse sus bellacos camaradas, disimulados por la penumbra, mirándole divertidos desde el vano de las puertas vecinas. La experiencia le decía que, por precauciones que una persona tome para asegurar su privacidad, siempre hay alguien asechándola a sus espaldas. Pero, presentes o ausentes, ellos no se iban a salirse con la suya. Por cierto, también para la bribona tenía una sorpresa.

   Y moviendo los brazos con velocidad supersónica, intentó rodear con un apretado abrazo el talle de la mujer. Mas, en el instante en que sus brazos se cerraban, increíblemente se esfumó ella, llevando consigo todo lo que había a la vista. Ahora, ante los asombrados ojos de don Gustavo, no quedaba otro objeto que la indiferente puerta, cerrada como de costumbre, que tantas veces la vieran. El defraudado caballero, imaginándose que la tal Marieta fuera más veloz en hacer girar la puerta que él en pestañar, ya que ni siquiera había podido ver la maniobra, se puso molesto. En un intento por pasar al interior de la habitación, empujó fuerte y por repetidas ocasiones la hoja de madera que cortaba su paso. También llamó con ansiosas palabras, que en el silencio absoluto de la mansión fueron respondidos con atronadores ecos, pero sin resultado. Pues antes se enronqueció que conseguir ser escuchado.

   —Ahora mismo sabré qué es lo que está sucediendo aquí —masculló y fue presuroso en busca del conserje.

   El conserje, un viejo de aspecto bonachón y de movimientos pesados, similar a los de un pato cebado, negó que aquel departamento hubiera estado habitado durante los últimos cuarenta años, que era el tiempo que él servía en esa casona. Pero ante la obstinación de nuestro heroico amigo, no tuvo otra opción que la de ir en busca de las llaves para franquear aquella bendita puerta.

   Tras un chirrido de herrumbrosas herraduras, la puerta quedó abierta, mostrando el interior de la lúgubre estancia desprovisto completamente de mobiliario e impregnado de una atmósfera pesada e irrespirable.

   —¡En verdad era “La Santa Canora” —dijo don Gustavo, exhalando terror hasta por sus poros—, o me estoy volviendo loco!

   Extrayendo valor de su abatido corazón, como se obtiene unas gotas de zumo de un limón nuevo, caminó hasta la solitaria ventana de la estancia y, ante la extrañeza del conserje, rasgó sin miramiento el papel tapiz, en el sitio que unía la pared con el marco superior de aquella hoja de madera y cristal. Y de pronto, en el intersticio que acaba de descubrir, tal como le indicara Marieta, encontró el librito al cual hiciera referencia. Luego de hojearlo brevemente, comprobó que se trataba del diario de la extinta mujer conocida como “La Santa Canora”.

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* Chulla. Alias del quiteño de clase media. N. del A.

   Madrid, 24 de mayo de 2002